Detrás de ti Capítulo 11
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Capítulo 11

A la mañana siguiente me levanté decidida.

Iba a retomar mi rutina. Iba a hacer las cosas que hacía antes de que David volviera a existir en mi vida. Iba a ser normal aunque tuviera que fingirlo hasta que fuera verdad.

Lo primero era el mate. Y no había yerba.

Me vestí sin pensar demasiado. Cuatro cuadras hasta el negocio de la esquina, comprar yerba, volver. Simple. Rápido. Sin drama.

Cuando estaba por salir vi el botón antipánico sobre la mesa de luz y el celular cargando en el escritorio.

Estoy cerca de casa , pensé. Cuatro cuadras. No me va a pasar nada en cuatro cuadras.

Salí.

* * *

El negocio estaba casi vacío a esa hora. La chica de la caja me saludó sin levantar la vista. Agarré la yerba, pagué, guardé el vuelto.

En el camino de vuelta el aire estaba tranquilo. El barrio a esa hora tenía esa quietud particular de las mañanas entre semana, el ruido lejano de un colectivo, algún perro, nada más.

Fue a media cuadra de casa cuando lo sentí.

Su perfume .

Ese olor específico de tabaco mezclado con su perfume que once años no habían cambiado. Lo reconocí antes de poder evitar reconocerlo, de la misma manera en que el cuerpo reconoce cosas que la cabeza preferiría olvidar.

Miré hacia todos lados. La vereda vacía. Un auto estacionado. Una señora con un carrito de compras a media cuadra.

Nadie fumando. Sin viento que pudiera traer el olor de otro lado.

No está , me dije. Es tu cabeza.

Seguí caminando. Pero apuré el paso sin darme cuenta.

* * *

En la puerta de casa había un papel doblado.

Lo vi desde la vereda y por un segundo pensé que sería alguna boleta, algún aviso del consorcio. Después recordé que hacía meses que recibía todo por mail.

Lo agarré sin dudar. Lo abrí.

Siempre estaré cerca tuyo, aunque vos no quieras, así será. SOS MÍA, SÓLO MÍA.

Me quedé parada en la entrada de mi casa con ese papel en la mano.

Las letras eran prolijas. Eso fue lo primero que pensé, qué absurdo, que las letras eran prolijas. Que se había tomado el tiempo de escribirlo con cuidado. Que no era un impulso sino algo planeado.

Siempre estaré cerca.

Cuánto tiempo llevaba cerca. Cuántas veces había pasado por esta vereda, había estado a metros de esta puerta, había sabido exactamente dónde vivía yo mientras yo creía que se había ido.

Arrugué el papel con las dos manos y lo tiré adentro antes de cerrar la puerta con llave .

Dos veces.

Me quedé parada en el living un momento. La casa estaba en silencio. Todo en su lugar, todo como siempre.

Pero el perfume. Ese perfume que había sentido afuera.

¿Podría haber entrado? La ventana de la cocina, ¿la había cerrado bien anoche?

Fui a revisar.

Estaba abierta.

No del todo, pero lo suficiente. Lo suficiente para que alguien que quisiera entrar pudiera entrar.

La cerré. La trabé. Revisé el cierre dos veces.

Después decidí limpiar.

No porque la casa estuviera sucia. Sino porque necesitaba hacer algo con las manos, algo concreto y controlable en un momento donde nada más lo era. Si limpiaba la casa podía decirme que estaba haciendo algo. Que no estaba parada en el medio de una habitación con miedo sin forma.

Empecé por el baño. En silencio primero, con ese silencio que al principio parece necesario y después se vuelve demasiado pesado. Cuando terminé el baño puse música. Algo tranquilo que no requiriera atención, solo acompañara.

Después la cocina. Después el comedor. Después el pasillo.

Para cuando llegué a la habitación la música seguía sonando desde el living y yo me había convencido a medias de que estaba exagerando. Que el papel era una amenaza vacía. Que la ventana la había dejado yo sin querer. Que el perfume había sido mi imaginación.

Empujé la puerta de la habitación.

Y me detuve .

El libro.

Estaba en el escritorio. No en la mesa de luz donde yo lo había dejado la noche anterior con el señalador en la página cuarenta y tres, sino en el escritorio, cerrado, perfectamente alineado con el borde.

Me quedé mirándolo desde el umbral.

Después miré el resto de la habitación.

La cama tendida con una prolijidad que no era la mía. Los libros del estante alineados de una manera diferente a como yo los tenía. El escritorio ordenado de una manera diferente a como yo lo tenía.

Todo perfecto. Todo en su lugar.

Todo distinto.

Un frío me recorrió el cuerpo de pies a cabeza. Me sostuve del marco de la puerta porque las piernas de repente no eran del todo confiables.

Él había estado acá.

No cerca. Acá. En esta habitación. Había tocado mis cosas, las había movido, las había ordenado a su manera mientras yo no estaba, mientras yo compraba yerba a cuatro cuadras pensando que cuatro cuadras eran suficiente distancia para estar a salvo.

Sobre la cama, en el centro, había otro papel.

Me acerqué despacio. Como si acercarme despacio pudiera cambiar lo que decía.

Espero que te guste cómo ordené todo. Un gesto de mi amor. Puse las sábanas que usamos el día que te hice mía.

SOS MÍA, ORIANA. SÓLO MÍA.

Las piernas cedieron solas .

Me senté en el piso al lado de la cama sin haberlo decidido. El papel en la mano, la música todavía sonando desde el living como si nada hubiera pasado, el libro en el escritorio perfectamente alineado.

¿Por qué me está pasando esto?

No lo dije en voz alta. Pero lo sentí en todo el cuerpo, esa pregunta que no tiene respuesta útil pero que sale igual.

Busqué el celular. Estaba en el escritorio, donde lo había dejado.

Después busqué el botón antipánico.

Miré la mesa de luz. Ahí lo había dejado la noche anterior, estaba segura. Lo había visto antes de salir esta mañana.

No estaba.

Moví el libro que tenía en la mesa de luz. Revisé el cajón. Miré debajo de la almohada, debajo de la cama.

Nada.

Se lo había llevado.

Me quedé sentada en el piso de mi habitación con el celular en la mano y sin el botón antipánico y con el olor de su perfume todavía en algún lugar del aire y entendí algo que había estado evitando entender desde que Manuel me lo dio.

Esto no era una amenaza.

Era un aviso de lo que podía hacer cuando quería.

Y yo acababa de quedarme sin la única línea directa que tenía.

* * *

Luego de aquel día las cosas se tornaron cada vez más incómodas para mi. Sentía que David me miraba hasta cuando me bañaba, si salía me sentía observada.

Decidí que las compras las haría en un mayorista para no tener que salir a comprar, Manuel me acompañó el primer día.

—¿Te pasa algo? — Me miró con desconcierto — Estas extraña.

—No, estoy bien. — Me miró como si supiera que mentía, debía desviar el tema. — Quería decirte que perdí el botón que me diste. Soy media despistada y lo habré olvidado en algún lugar sin darme cuenta.

—Tranquila. Tengo otro en el auto, te lo doy después. Solo intentá mantenerlo con vos siempre. Por las dudas.

Asentí. Y mientras él seguía hablando del caso yo me quedé pensando en por qué no le había dicho la verdad.

No era solo vergüenza. Era algo más parecido al miedo de lo que pasaría si lo decía en voz alta.

Si le contaba que David había entrado a mi casa, que había tocado mis cosas, que se había llevado el botón, entonces Manuel lo sabría con certeza y yo tendría que aceptar que también lo sabía.

Que no había sido mi imaginación. Que el peligro era real y estaba adentro de las paredes donde se supone que una está a salvo.

Mientras no lo dijera podía seguir funcionando.

O eso me decía.

—Mañana van a venir refuerzos de Córdoba para dar con su panadero de una vez.

—¿No creés que eso hará que se dé a la fuga?

—Lo pensé. Pero no lo hará. David tiene algo acá que no puede soltar.

Su mirada se clavó en mí. —Sé lo que está pasando, Oriana.

Desde que se te perdió el botón. Accidentalmente o a propósito, David lo activó.

Seguí el rastro, pero perdí la señal. Lo había roto.

Después fui a tu casa… y vos estabas ahí .

Sentí el peso de sus ojos. No supe si estaba decepcionado o asustado por mí.

—Perdón por no decirte —dije—. No quería que te preocuparas. No quiero vivir con miedo. Fue solo ese día. Desde entonces no supe nada de David. Te lo prometo.

—¿Por eso hiciste esta compra? ¿Para no salir más de lo necesario?

Su tono me dejó claro que no le gustaba la respuesta.

—Sí. Creo que así es más seguro.

—Entonces sí tenés miedo.

—No. Precaución. Hasta que lo atrapen.

Me observó unos segundos antes de hablar.

—Voy a creerte. — Me tendió el nuevo botón. —Pero no salgas sin esto. Atalo a la ropa, que no se note.

Me mostró cómo asegurarlo sin que fuera visible.

Cuando llegamos a casa me ayudó a bajar todo y acomodarlo en el cuarto de invitados. Había comprado provisiones para dos meses. Soy una persona sola. No como tanto.

Después le pedí que se quedara a almorzar. Quería agradecerle.

Pasamos la tarde juntos hasta que llegó Jessi.

—Cuando venía me llegó un mensaje preocupante…

Me abrazó. Temblaba.

—¿Qué pasó?

—Ori… —le costó decirlo—. Marcos me mandó el link de una publicación. Subieron una foto tuya a internet.

—¿Qué?

Manuel le arrebató el celular .

—¿Sos vos?

Se me cortó la respiración. No solo era yo: era reciente. Una foto mía, bañándome.

Lo sabía. Me está mirando incluso ahí.

Me dejé caer en el sofá.

—Miren mi pelo —susurré—. Hace una semana que lo llevo natural.

—Tenés razón —dijo Jessi.

Manuel no dijo nada. Fue directo al baño.

Minutos después volvió con un objeto pequeño en la mano. Una cámara.

—¿Cómo pudo poner esto en tu baño?

—Y no solo ahí.

En la otra mano tenía más. Cinco en total. Dos estaban en el cuarto y en el baño.

Mis espacios más íntimos habían sido violados.

Me sentí expuesta. Vulnerable. Observada.

—Nunca voy a estar tranquila mientras David siga suelto.

Lo miré suplicando.

—Ayudame. Encontralo.

—Tranquila.

Me sostuvo por la cintura.

—Lo voy a atrapar.

Sus dedos en mi rostro me desarmaron.

—Por favor…

No pude evitar besarlo. Me apartó casi de inmediato .

—Lo siento. No es conveniente. Sos una víctima más del hombre que persigo. Sos clave para la investigación. No puedo involucrarme.

—Perdón… —dije—. No sabía que para vos solo soy una cliente. Una carnada para llegar a David.

—No. No quise decir eso. Jamás te usaría de carnada. Me gustas, y mucho. Pero no es momento para eso ahora.

—Está bien. Chicos, creo que deberían irse.

Mi cabeza estaba a mil, necesitaba pensar sin interrupciones ni distracciones.

—¿Estás segura, Ori?

—Si amiga. necesito estar sóla. Si es que David no anda escondido por ahí.

—No digas eso, no es gracioso. — Se molestó Manuel.

Se despidió recordándome que llevara siempre el botón, el nuevo, el que me había dado en el supermercado. Le aseguré que lo haría.

Le aseguré que estaría bien. Jessi se fue con él.