Detrás de ti Capítulo 10
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Capítulo 10

Manuel: Necesito que hablemos.

Me quedé mirando el mensaje un momento largo.

Tres días. Tres días desde el beso y desde esa cara suya cuando vio la foto de David. Tres días de mensajes cortos y neutros, de esos que dicen todo bien sin decir nada.

Había intentado convencerme de que era el trabajo. Que estaba ocupado. Que investigar un caso no dejaba mucho espacio para otra cosa.

Pero algo en ese mensaje ahora no sonaba a ocupado. Sonaba a alguien que había estado procesando algo y que finalmente había decidido que era momento.

Yo: Claro. ¿Querés que vayamos a algún lado?

Manuel: Prefiero que sea en tu casa. Les avisé a los demás, es algo que todos deben saber. Pero sobre todo vos.

Sobre todo vos.

La inquietud llegó antes que la lógica. Algo en esa frase tenía un peso que no supe ubicar del todo.

Yo: OK. No tengo nada para compartir así que voy a tener que ir a hacer compras. ¿Querés acompañarme?

Manuel: Claro. En una hora estoy por allá.

Una hora. No estaba ni bañada y la casa era un desastre. Perfecto.

Limpié, ordené, me bañé en tiempo récord. Y exactamente una hora después Manuel estaba en la puerta. Puntual. Siempre puntual.

—Hola, preciosa.

Me devolvió el beso en la mejilla y me abrió la puerta del auto. Ese gesto suyo tan simple que sin embargo siempre me desarmaba un poco.

—¿Vamos?

* * *

El supermercado a esa hora estaba tranquilo. Agarré un chango y empecé a caminar por los pasillos sin apuro.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Manuel caminando a mi lado.

—Pensaba pizzas. Son rápidas y a todos les gustan.

—Dale. ¿Qué necesitás?

—Harina, levadura, salsa. Queso. —Fui mirando las góndolas—. Vos elegís las coberturas.

Me miró.

—¿En serio?

—Sí. —Me encogí de hombros—. No me importa lo que pongas arriba.

Eligió sin dudar. Jamón, morrones, aceitunas. Me preguntó si me gustaban las aceitunas antes de agarrarlas.

Algo tan simple. Tan ridículamente simple. Preguntarme si me gustaban las aceitunas antes de ponerlas en el chango.

No dije nada pero algo en mi pecho se acomodó de una manera que no esperaba.

Seguimos caminando. Hablamos de cosas que no tenían nada que ver con lo que venía, de una serie que ninguno de los dos había terminado de ver, de si el café de la esquina del hotel de él era bueno o regulero, de música.

Cuando mencioné a Axel él lo conocía, y cuando él mencionó algo de jazz que escuchaba mientras leía yo lo miré con una expresión que lo hizo reír.

—No te gusta el jazz.

—No entiendo el jazz.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo.

Nos reímos. Y por un momento, solo un momento, todo lo demás quedó afuera.

Fue en la góndola de las bebidas cuando su expresión cambió.

—¿Querés que te adelante algo? —pregunté, notando el cambio.

—Tiene que ver con To... —Se cortó solo. Una fracción de segundo—. Con David.

Me quedé quieta.

To... Había empezado a decir otro nombre. Estaba segura. Y se había corregido tan rápido que casi podía convencerme de que lo había imaginado.

Casi.

—¿Qué pasa con David? —dije, más tranquila de lo que me sentía.

—Esta noche te cuento todo. —Me miró—. Con vos a mi lado no tenés que preocuparte.

Esa frase me dio calma y miedo al mismo tiempo. Tomé las bebidas y seguimos.

Pero la sílaba incompleta se quedó conmigo el resto de la tarde. “ To…”

* * *

Cocinamos juntos. Manuel resultó ser mejor con la masa de lo que esperaba y peor con la salsa de lo que decía, algo que le señalé sin piedad y que lo hizo reír de esa manera suya tranquila que empezaba a reconocer.

Todos llegaron puntual, lo cual confirmó que Manuel les había adelantado algo suficientemente serio como para que nadie llegara tarde.

—¿Quiénes son y qué hicieron con mis amigos? —dije cuando los vi aparecer uno por uno en el horario exacto.

Risas. Pero Manuel no se reía igual. Estaba presente pero con algo contenido, como alguien que está administrando el tiempo antes de algo inevitable.

Durante la cena todo fue normal en la superficie. Conversación, pizza, el ruido habitual del grupo. Pero yo seguía sintiendo ese To incompleto dando vueltas y la cara de Manuel cuando vio la foto de David y esa frase de sobre todo vos que no había podido sacarme de la cabeza desde la mañana.

Jessica me miró dos veces durante la cena. Solo eso. Dos veces con esa mirada suya que decía que sabía algo que yo no sabía todavía.

Cuando terminamos de comer el silencio cayó solo.

—¿Qué tenías que decirnos? —preguntó Cande.

Manuel apretó los puños sobre la mesa. Respiró.

Me buscó con la mirada.

Y ahí entendí que lo que venía era para mí.

—El día que salí con Oriana vi a alguien. —Su voz era tranquila pero medida—. No nos miraba a nosotros. La miraba a ella.

El aire empezó a faltarme.

—Después confirmé que era David Montes.

Silencio.

—Y el buzo que llevaba esa noche era igual al del video del caso de Camila Quintana.

—No. —La palabra me salió sola, en voz baja.

—Le pedí una foto. —Siguió, sin apartar los ojos de mí—. El tatuaje lo confirmó. Tomás Romero y David Montes tienen el mismo padre.

—¿Cómo? —Cande no entendía todavía.

—Son la misma persona —dijo Marcos, que lo había procesado antes que los demás.

El silencio que siguió fue de otro tipo. Pesado. De esos que se forman cuando algo que no querías saber se vuelve real de golpe.

Todas las miradas cayeron sobre mí.

Jessica tenía los ojos brillosos. Adrián y Román se miraron entre ellos sin saber qué decir. Marcos apretó la mano de Jessica. Cande y Ludmila estaban quietas, con esa quietud de cuando algo es demasiado grande para reaccionar enseguida.

—¿Es así? —mi voz no era mía—. ¿David es…?

—Lo siento —dijo Manuel.

Y ahí todo se rompió.

Las lágrimas salieron solas, sin control, sin pausa.

No era solo miedo. Era todo junto: los recuerdos, las veces que dudé y elegí no ver, las noches contando señales que no quería nombrar, la casa que él había comprado, el DNI que había tomado sin permiso, las semanas creyendo que podía con eso sola.

—¿Cómo no me di cuenta? —susurré.

—Porque no tenías por qué —dijo Jessica, que estaba a mi lado antes de que yo me diera cuenta de que se había movido.

Me abrazó. Y después de un momento todos se acercaron de alguna manera, una mano en el hombro, una palabra corta, esa presencia colectiva de las personas que te quieren cuando no sabés cómo sostenerte sola.

Cuando finalmente se fueron el silencio volvió. Pero esta vez dolía.

Manuel se había quedado.

—¿Estás bien? —preguntó.

Se había quedado por mí. Eso lo sabía aunque no lo dijera.

—No lo sé. —Mi voz todavía temblaba—. Es demasiado.

—Lo sé.

—No… no lo sabés. —Lo miré—. Es descubrir que la persona con la que estuviste es un asesino. Y no tener dudas.

Eso era lo peor. No dudar.

—¿Lo amás?

La pregunta me atravesó.

—No. —Respiré—. Pero lo amé. Y eso es suficiente para que duela así.

Los recuerdos volvieron en orden y sin orden al mismo tiempo. Las frases. Las evasivas. El control disfrazado de cuidado. Siempre había estado ahí. Yo no había querido verlo.

Empecé a llorar otra vez. Más bajo, más cansado.

Manuel se acercó. Se detuvo.

—¿Puedo?

Asentí.

Su abrazo no arregló nada. Pero sostuvo. Y eso era exactamente lo que necesitaba en ese momento, no que alguien arreglara nada sino que alguien se quedara.

—No tenés que ser fuerte ahora —susurró—. Solo tenés que estar viva .

Cerré los ojos. Y por un instante el ruido se apagó.

Cuando se fue revisé la puerta dos veces. Después una tercera.

El botón antipánico quedó sobre la mesa de luz. Lo miré un momento antes de apagar la luz.

Esta vez no me pareció exagerado.

Me acosté en la oscuridad y entendí algo con una claridad que dolía: no estaba loca, no estaba exagerando, no había sido su culpa.

Estaba en peligro.

Y por primera vez desde que David había vuelto a mi vida, esa certeza no me paralizó.

Me hizo querer seguir.