Capítulo 9
Esperé a que entrara.
No arranqué enseguida. Me quedé con las manos sobre el volante mirando la puerta cerrada como si eso pudiera decirme algo más. Como si pudiera asegurarme de verdad que estaba a salvo.
Recién cuando la luz del interior se encendió respiré.
Pero no del todo.
Arranqué. Di una vuelta a la manzana.
Después otra.
No estaba seguro de qué buscaba exactamente. Sí de qué no quería encontrar.
La calle estaba tranquila. Los árboles quietos. Nadie con buzo oscuro apoyado contra nada.
Esta vez.
* * *
De vuelta en el hotel fui directo a la computadora. Ni siquiera me saqué la campera.
Busqué: David Montes.
Poco. Demasiado poco para alguien de su edad. Eso ya era una señal.
A los 18 se había ido de Bahía Blanca. Buenos Aires. UBA. Contador. Los primeros años trabajando para otros, después solo. Plata suficiente para abrir un café-bar. Plata suficiente para comprar una casa.
Suficiente para construir una vida desde cero. O desde una mentira.
Seguí bajando. Trabajos sueltos. Cambios frecuentes. Nada estable, nada profundo. Como alguien que no quiere dejar huella aunque no pueda evitar dejarla.
Hasta que apareció. El último registro antes de que todo se borrara.
Un cambio de dirección. Córdoba.
Me quedé quieto mirando la pantalla.
Córdoba.
Agarré el teléfono.
* * *
—¿A esta hora? —La voz de Leandro tenía ese tono suyo de quien finge estar más dormido de lo que está.
—¿Podés hacer una investigación por mí? Necesito todos los movimientos de Tomás Romero.
—¿Todo?
—Todo. —Hice una pausa—. Creo que tengo algo pero no quiero equivocarme.
—¿Lo encontraste?
No respondí enseguida. Porque decirlo en voz alta lo volvía real y lo real tenía consecuencias.
—No estoy seguro. Pero todo indica que sí.
—Hacemos videollamada y vemos juntos.
—Buscá vos primero. Voy a ducharme.
—Dale. Pero después me contás de la cita misteriosa .
—Después.
Corté antes de que siguiera.
* * *
Me metí en la ducha y dejé que el agua cayera sin moverme.
Necesitaba cinco minutos. Solo cinco minutos donde el caso fuera el caso y nada más.
No funcionó.
Oriana apareció igual. Su voz cuando me contó lo de David. La manera en que eligió cada palabra con cuidado, como si decirlas en voz alta costara algo. La forma en que sostuvo mi mano cuando me preguntó si iba a estar bien.
Y el beso.
Cerré los ojos con fuerza.
Había cruzado un límite. Lo sabía. Lo había sabido en el momento en que lo hice y lo había hecho igual, lo cual era peor que no saberlo.
Ella venía de una historia que la había roto desde adentro. Y yo aparecía así, sin pedir permiso, en el peor momento posible.
Pero no había sido solo impulso. O no del todo.
Había algo en ella que no sabía cómo nombrar todavía y que precisamente por eso me resultaba más difícil de ignorar.
Oriana no era solo Oriana.
Era parte de esto. Sin saberlo. Y eso la ponía en peligro de una manera que yo tendría que haber calculado mejor antes de besarla.
Salí de la ducha. Volví a la computadora.
* * *
La pantalla de Leandro apareció con esa cara suya de cuando tiene algo.
—¿Qué encontraste?
—Poco. Y eso es lo raro. —Se acomodó frente a la cámara—. Tomás Romero aparece de la nada en Córdoba. Antes, nada. Trabajo: contador independiente.
Me quedé quieto.
—¿Contador?
—Sí. ¿Por?
Tragué saliva.
—Porque tengo una sospecha.
—¿Cuál?
—Que Tomás Romero no existe.
Silencio al otro lado.
—¿Qué?
—Que es un nombre falso. Mirá esto.
Le mandé todo lo que tenía de David. Sus años en Buenos Aires, el contador, los trabajos sueltos, el café-bar, la casa.
—Mirá la contextura. Y si encontrás algún tatuaje, comparalo con el del video.
—Podría ser coincidencia.
—No. —Negué aunque él no pudiera verme—. Esta noche estuvo frente a mí.
—Hay mil tipos con buzos oscuros, Manu.
—Sí. Pero no todos hacen que alguien reaccione como reaccionó ella.
Pausa.
—¿Ella? —Una sonrisa apareció en su cara—. ¿Así que tiene nombre?
Apreté la mandíbula.
—No estamos hablando de eso.
—Estás hablando vos solo. Yo solo pregunté.
—Leandro.
—Es linda.
—Seguí con lo tuyo.
—Lo estoy haciendo. Vos sos el distraído.
Suspiré. Con Leandro siempre igual. Doce años trabajando juntos y seguía siendo el mismo de siempre, el único que podía hacerme reír en medio de una investigación y el único capaz de sacarme de quicio en el mismo momento.
—Registros. Nacimiento. Familia. Tiene que haber algo.
Leandro volvió a su computadora. El silencio se llenó del sonido de teclas y de su respiración concentrada.
Pasaron segundos. Largos.
—¡Lo encontré!
Me incliné hacia la pantalla.
—Decime.
—Un nombre en común.
El mundo se achicó a esa frase.
—¿Cuál?
—Armando Montes. Figura como padre de ambos.
El silencio que siguió fue de otro tipo. No de sorpresa. De confirmación. De esa certeza que aparece cuando las piezas que venías moviendo de un lado al otro finalmente encajan en el único lugar donde siempre debieron estar .
Me recosté en la silla.
Tomás Romero no existía. David Montes sí. Y era él. Siempre había sido él.
Leandro no dijo nada por un momento. Lo conocía suficiente como para saber que estaba procesando igual que yo.
—Nos equivocamos desde el principio —dijo al fin.
—Sí.
—¿Qué hacemos?
Pasé una mano por mi cara. La campera todavía puesta, el pelo húmedo de la ducha, la pantalla iluminando el cuarto del hotel en la oscuridad.
—Mañana llamo a los de acá. Necesito respaldo oficial antes de moverme.
—¿Y ella?
No respondí enseguida.
—Está sola —dije finalmente. Y esas dos palabras pesaron más de lo que esperaba.
Porque mientras yo había estado acá armando el rompecabezas, David había estado cerca de ella. Siguiéndola. Observándola. Y yo la había dejado sola con un botón antipánico y la promesa de que iba a estar bien.
—Manu. —La voz de Leandro cambió de tono—. ¿Estás bien?
—Sí.
—No me parece.
—Estoy bien, Leandro.
Me miró un momento a través de la pantalla con esa cara suya de cuando no me cree pero decide no insistir.
—Dale. Mañana hablamos .
—Mañana.
Corté.
Me quedé mirando la pantalla apagada.
Oriana no era solo parte de la investigación. Eso lo sabía desde que la vi en el bar con esa sonrisa forzada que cualquiera hubiera leído como genuina. Pero saberlo y admitirlo eran dos cosas distintas.
Lo que no sabía era si lo que sentía era el instinto de proteger a alguien vulnerable en medio de una investigación, que era lo que debería ser, o algo más que estaba creciendo en un lugar donde no tenía permitido crecer.
No tenía respuesta para eso todavía.
Lo que sí tenía claro era que mañana iba a encontrar a David Montes.
Antes de que él la encontrara a ella.