Detrás de ti Capítulo 8
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Capítulo 8

—No sé si es correcto salir con Manuel —dije mirándome al espejo—. Me parece darle falsas ilusiones.

Jessica estaba tirada en mi cama con la misma energía de siempre, evaluando cada opción de ropa que yo descartaba como si fuera una decisión de estado.

—Dejá de pensar en eso. —Se incorporó—. Capaz no son falsas ilusiones y terminás enamorada vos también.

—Callate.

—Es guapo, es buena persona y le gustás. ¿Cuál es el problema exactamente?

—Que salimos como amigos. Le dejé en claro que era una salida entre amigos.

—Vos le dijiste eso. Él claramente no lo tomó así.

—Jessica.

—¿Qué? Solo digo lo que veo.

Me giré hacia el placard para no darle el gusto de que viera que tenía razón.

—Llevate este —dijo, levantando un vestido—. Te favorece y es muy tu estilo. Es más, es todo tuyo.

—OK. Será ese entonces.

Me lo puse. Me miré. Algo en el espejo me devolvió una versión de mí que hacía tiempo no veía, alguien que no estaba midiendo si le iba a gustar a otro antes de salir .

—Estás muy bien —dijo Jessi, más seria de lo habitual—. Merecés pasarla bien esta noche. Sin culpa.

No respondí. Pero le agradecí con los ojos.

* * *

Manuel llegó puntual. Exactamente a la hora que había dicho, ni un minuto antes ni uno después. Algo en esa puntualidad me resultó tranquilizador de una manera que no esperaba.

—Hola, preciosa.

Me devolvió el beso en la mejilla y me abrió la puerta del auto. Un gesto simple que no tenía nada de extraordinario pero que de alguna manera lo era.

El restaurante era tranquilo. Pocas mesas, luz suave, el ruido justo para que la conversación no tuviera que competir con nada. El tipo de lugar donde uno termina quedándose más de lo planeado.

Nos sentamos y por un momento ninguno de los dos habló. No fue incómodo.

—¿Cuándo fue que supiste que querías ser profesora? —preguntó.

—Desde los 17. —No dudé—. Después de perder a alguien importante, empecé a escribir. Me hundí en los libros y lo supe. Era la manera de vivir dentro de la literatura sin tener que salir de ella.

Me miró con atención genuina. No de educación, de las que se ponen cuando uno espera que el otro termine de hablar. De las que significan que algo de lo que dijiste te llegó de verdad.

—¿Y vos? —pregunté—. ¿Siempre quisiste ser investigador?

—No exactamente. —Sonrió apenas—. En mi familia somos todos policías. Era lo que se esperaba. Mi padre quería que llegara a sargento .

—¿Y?

—Decidí contradecirlo. —El tono era liviano pero había algo real debajo—. Ser investigador era lo mío. Lo que me agradaba y en lo que era bueno. Al final no le quedó más que aceptarlo. Hoy dice que está orgulloso.

—¿Lo creés?

—Sí. —Una pausa—. Aunque le costó admitirlo.

Nos reímos. Y de ahí la conversación siguió sola, de una cosa a la otra, sin esfuerzo. Hablamos de música en algún momento, de Morat, y cuando mencioné que me gustaban también me miró de una manera diferente.

—¿Sabías que vienen a Córdoba? Si el caso se resuelve antes del concierto, te invito.

Lo miré sorprendida. La reacción fue automática, demasiado intensa para alguien que en teoría solo estaba saliendo como amigos.

—¿Hablás en serio?

—Muy en serio. —Sonrió—. Podés pagar las bebidas.

No discutí. Porque de alguna manera me gustó que lo decidiera así.

—¿Cuándo creés que lo resolvés?

Su expresión cambió apenas. Solo un segundo, pero lo noté.

—Pronto —dijo—. Cada vez estoy más cerca. Aunque a veces siento que cuando avanzo algo sale mal. —Golpeó suavemente la mesa—. Es frustrante.

Su reacción me tensó. No por el enojo, sino por la intensidad detrás. Como si no fuera solo el caso lo que lo afectaba.

Llegó el momento de encontrarnos con los demás .

Al salir del restaurante algo me detuvo antes de llegar a la puerta.

No fue un pensamiento. Fue el cuerpo.

Entre la gente, hacia la derecha, una figura. El buzo oscuro. La misma postura de siempre.

El aire se me quedó atrapado en el pecho.

No puede ser , me dije. Se fue. Vendió el café-bar. Desapareció.

Pero mi cuerpo no reaccionaba como si fuera un error. Reaccionaba como si ya lo hubiera vivido antes. Como si el peligro nunca se hubiera ido del todo.

Parpadeé. Miré de nuevo.

No había nadie.

O no quise que hubiera nadie. No esa noche.

Continué.

* * *

Los encontramos en el parque. Risas, empujones, el calor de ese grupo que con el tiempo había aprendido a sentir como propio.

—¡Hola tortolitos! ¿Ya son novios?

—No. Aún no tengo ese placer. —Manuel me miró con una sonrisa y me dio un pequeño empujón—. Aunque espero que pronto me acepte.

—Uuuuh, Oriana no lo dejés pasar o te lo robo.

Todos nos reímos. Intenté reír con ellos. Pero una parte de mí seguía en esa puerta, buscando entre la gente.

Fue Marcos quien se acercó cuando el ruido bajó un poco.

—¿Podemos hablar?

—Claro. ¿Qué pasa ?

—Es David. Un amigo y yo lo vimos hace unos días cerca de tu barrio. ¿Lo has visto?

Sentí que las manos me empezaban a sudar.

—No. —La mentira salió sola, rápida, demasiado rápida—. Y espero no hacerlo.

No era solo protegerlos. Era que decirlo en voz alta lo volvía real de una manera que no estaba lista para manejar todavía. Si lo nombraba, si confirmaba que sí, que lo había visto, que seguía cerca, entonces tendría que hacer algo al respecto. Y no sabía qué.

Así que mentí. Y guardé el peso de esa mentira en el mismo lugar donde ponía todas las cosas que no quería ver todavía.

—¿Estás bien amiga? —Jessi se unió a nosotros.

—Sí. —Miré a Manuel casi sin querer.

Él no me estaba mirando a mí. Miraba hacia otro lado. Seguí la dirección de su mirada.

Me paralicé.

El mismo buzo. La misma postura. Esta vez sin posibilidad de convencerme de que era mi imaginación.

—Creo que es mejor volver a casa. Estoy un poco cansada.

—Te puedo acompañar.

Lo supe en su tono. Manuel había notado mi reacción. Y había notado lo que yo había notado.

—Sí. Dale. Gracias.

Prefería no estar sola. Ya no sabía de lo que David era capaz. Y esa incertidumbre era peor que cualquier certeza.

* * *

En el auto Manuel no arrancó enseguida. Sus manos estaban sobre el volante pero su mirada estaba en otro lugar. Analizando.

—Recién, en el parque. Había un hombre. Buzo oscuro, alto. —Me miró—. Te pusiste nerviosa al verlo.

—Si no me equivoco… es David. Mi ex novio.

Sus ojos se abrieron. Demasiado.

El silencio que siguió fue pesado. Como si algo se hubiera activado dentro de él que yo no podía ver del todo.

Arrancó el auto.

—¿Te molesta que ponga música?

—Para nada. Es tu auto.

Empezó a sonar Morat. Sonreí sin poder evitarlo.

—Esta canción me encanta.

—A mí también. —Me miró un segundo—. ¿Ves? El concierto tiene sentido.

Llegamos a mi casa. Le conté todo antes de bajar. Desde el principio hasta el final, sin saltearme nada. Él escuchó sin interrumpir, sin opinar, con esa atención suya que no era de educación sino de alguien que necesita cada detalle.

Cuando terminé hubo un silencio.

—¿Puedo ver una foto de él?

Me sorprendió.

—Para reconocerlo —agregó rápido—. Por si lo veo.

Le mostré la foto.

La observó más de lo necesario. Sus ojos recorrieron cada detalle de una manera que no parecía la primera vez que veía ese rostro. O al menos no la reacción de alguien que está viendo a un desconocido.

Algo pasó en su cara. Algo pequeño que se controló casi en el instante en que apareció.

—¿Estás bien? —pregunté—. Parecés haber visto un fantasma.

—Sí… perdón. —Su tono cambió—. Se me ocurrió algo para la investigación. ¿No te molesta si me voy?

—No, claro que no.

Tomé su mano. Estaba tensa.

—¿Vas a estar bien?

Esa pregunta no sonó casual. Sonó a alguien que ya sabía que algo podía pasar y que estaba calculando cuánto decir y cuánto guardar.

Bajamos del auto. Me acompañó hasta la puerta. Antes de dejarme entrar recorrió la calle con la mirada, lento, detallado.

—Vas a estar bien. Me voy a asegurar de eso.

Fruncí el ceño.

—¿Qué te pasa? Estás raro.

No se rió.

Sacó algo del bolsillo.

—Tomá.

Un botón antipánico.

—Si pasa algo, lo apretás. Me llega tu ubicación.

—Manu… me estás asustando.

No me dejó terminar.

Me besó. Dulce. Intenso. Inesperado.

Y yo no me aparté.

—No te lo olvides —susurró—. Tenelo siempre con vos. Siempre.

Me dio otro beso antes de alejarse. No arrancó hasta verme entrar.

Cuando cerré la puerta me quedé quieta en el oscuro del living.

Con el corazón acelerado.

Con el botón antipánico en la mano.

Y con la imagen de su cara cuando vio la foto de David grabada en algún lugar de mi cabeza donde las cosas que no entiendo del todo se quedan hasta que puedo entenderlas.

Algo había reconocido en esa foto.

Algo que yo todavía no sabía.