Detrás de ti Capítulo 7
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Capítulo 7

El noticiero de la mañana era lo primero que ponía cuando me levantaba. No porque me gustara, sino porque necesitaba saber qué había pasado mientras dormía. Mala costumbre de investigador, me decían. Yo decía que era eficiencia.

Esa mañana estaba preparando el café cuando escuché el nombre.

Dejé la cafetera donde estaba.

Pelo ondulado teñido de rojo. Estatura media. Un tatuaje de mariposa en la mano izquierda. Desaparecida después de una discusión con su padre.

Me quedé escuchando aunque no quería.

Tenía una hermana de 25 años. Se llamaba Valentina y vivía en Mendoza y me mandaba audios de diez minutos hablando de cosas que no importaban y que yo escuchaba completos aunque tardara tres días en responder.

Cada vez que un caso me llegaba con una chica de esa edad pensaba en ella aunque no quisiera pensarla.

Este no iba a ser diferente.

Apagué el televisor y terminé el café de pie, mirando por la ventana.

Sonó el teléfono.

—¿Podés venir antes ?

—Ya me estoy cambiando. No debería prender más la televisión por las mañanas.

—Lo siento. Ya sabés que esas horas libres…

—Vos y yo sabemos que no las voy a tomar nunca.

Corté y salí.

* * *

El padre de Camila era un hombre de unos cincuenta años que respondió cada pregunta sin dudar. Demasiado sin dudar, pensé. Pero eso no era evidencia, era una intuición, y las intuiciones sin respaldo no servían de nada en una sala de interrogatorio.

Le pedimos nombres, lugares, contactos. Los dio todos.

Pasé horas revisando cada uno. Amigos que decían lo mismo. Lugares que no llevaban a nada. Un expediente que se iba llenando de información inútil.

Lo que no estaba en el expediente era lo que me importaba.

—Tiene que haber alguien más —murmuré.

Golpeé la lapicera contra el escritorio. Cuando algo no aparecía era porque alguien lo había escondido. Y cuando alguien escondía algo en un caso como este, no era por casualidad.

Dos meses. Dos meses mirando las mismas páginas esperando que algo cambiara.

Hasta que sonó el teléfono.

—Creo que deberían venir al puente del Bicentenario. Encontraron bolsas debajo. Hay un cuerpo.

—¿Es Camila?

—No lo sabemos. No es nuestra área.

—Qué manera de no querer trabajar. —Corté asegurándome de que todavía me escuchara. Javier nunca me había caído bien .

La forense ya estaba cuando llegué.

—Hola, Manuel.

—Vamos a lo importante.

—Lo sé. —Una pausa—. Es Camila. Tiene el tatuaje.

Sentí algo caerme en el estómago. No fue sorpresa, era lo que esperaba después de dos meses. Pero esperarlo no lo hacía más fácil.

Me quedé mirando el lugar un momento antes de decir nada.

Veinticinco años. La misma edad que Valentina.

Había llegado tarde. Otra vez ese pensamiento que aprendés a cargar en este trabajo sin dejar que te aplaste, porque si te aplasta no podés seguir, y si no podés seguir nadie más lo hace.

Lo guardé donde siempre lo guardaba y volví al trabajo.

—Hay que avisar al padre para que reconozca el cuerpo.

—Ya están yendo.

—Bien. Necesito las cámaras de la zona. Todo lo que haya.

* * *

Los días que siguieron fueron de esos que se mezclan. Revisé el caso desde el principio buscando lo que había estado mirando sin ver.

Camila tenía un novio. O alguien con quien se veía seguido. Nunca apareció. Nunca respondió. Como si no hubiera existido.

Liberamos al padre. Algo en su reacción cuando le dimos la noticia del hallazgo no era la de alguien descubierto. Era la de alguien destrozado, lo cual no era lo mismo.

Nos habíamos equivocado.

Las cámaras del lugar donde encontramos el cuerpo mostraban a alguien con buzo oscuro y capucha. Alto. Contextura marcada. Sin rostro visible.

Repetí el video una y otra vez.

—No es el padre —murmuré.

Seguimos revisando. Buscando un ángulo, una cara, cualquier cosa.

Después llegó la vecina.

—Se llama Tomás Romero. Hace tres meses que no lo veo. Contador independiente. Y no es de acá, es de Bahía Blanca.

Eso fue suficiente.

Bahía Blanca. El nombre cayó en mi cabeza con el peso de una certeza que todavía no podía probar pero que se sentía real.

Tomás Romero. Contador. Sin rastro previo.

Cuando algo no tiene pasado, no es porque no lo tenga. Es porque alguien se tomó el trabajo de borrarlo.

* * *

El viaje fue largo.

Salí de mañana con el mate en el portavasos y la música que siempre ponía cuando manejaba solo, algo tranquilo que me dejara pensar sin interrumpir. Morat esa vez, creo. O Axel. Algo que no requiriera atención.

Repasé el caso en mi cabeza durante las primeras dos horas. Camila. El cuerpo. El buzo oscuro. El novio que desaparecía.

Después dejé de repasar y solo manejé.

Había algo en este caso que me incomodaba más allá de lo profesional. No era solo Valentina, aunque Valentina siempre estaba ahí de fondo. Era la sensación de que alguien había construido una vida falsa con mucho cuidado, con paciencia, con la intención específica de no dejar rastro .

Ese tipo de persona no para sola.

Llegué a Bahía Blanca al mediodía. Me instalé en el hotel, revisé los mensajes que habían llegado durante el viaje y salí a caminar un rato para estirar las piernas y ver la ciudad con los ojos de alguien que busca algo sin saber exactamente qué.

Esa noche Marcos me escribió.

"Salimos todos. Venís?"

No tenía ganas. Pero acepté. En este trabajo aprendés que las noches encerrado en un cuarto de hotel no te llevan a ningún lado.

Error. O no.

* * *

Los vi desde la puerta del bar antes de entrar.

Marcos con su grupo, las chicas, algunos chicos que no conocía. Una mesa ruidosa y tranquila al mismo tiempo, de esas que se forman cuando la gente se conoce bien.

La vi a ella antes de ver al grupo.

Estaba sentada con una copa en la mano, mirando algo que alguien decía, con una sonrisa que cualquiera hubiera leído como genuina. Yo no. Había algo en esa sonrisa que no cerraba, una fractura pequeña entre lo que mostraba y lo que había detrás.

Cara tranquila. Ojos con algo adentro que reconocí demasiado bien.

Miedo. No evidente. No exagerado. Pero estaba.

Me pregunté qué lo causaba antes de recordar que no era asunto mío.

Marcos me vio y se levantó a saludarme.

—¡Ahí estás !

Saludé a todos uno por uno. Cuando llegué a ella hubo un segundo de más que no debería haber estado. Sus ojos se encontraron con los míos y algo en mi cabeza hizo una cosa que no tenía permitido hacer en medio de una investigación.

Notar. De verdad notar. No como investigador sino como otra cosa que no quise nombrar.

—Hola. Un gusto, soy Manuel.

La noche siguió. Preguntas, risas, el ruido habitual de un grupo que se conoce. Yo participé lo suficiente para no parecer ausente y observé lo suficiente para no perder el hilo.

Cuando mencioné el caso todos reaccionaron como reacciona cualquier grupo. Sorpresa. Morbo. Curiosidad. Normal.

Menos ella, que reaccionó un segundo después de todos los demás. Como si hubiera estado en otro lugar y hubiera vuelto justo a tiempo.

Ese segundo de más me quedó dando vueltas.

Y después el comentario de su amiga sobre el novio que había desaparecido.

Miré a Oriana. Ella me miró a mí. Fue un instante, pero en ese instante algo se acomodó de una manera que no me gustó. Porque empezaba a dibujar una figura que no quería ver todavía.

Guardé el pensamiento donde siempre guardaba las cosas que necesitaban tiempo.

Y seguí con la noche como si nada hubiera pasado. Aunque algo había pasado. Y los dos lo sabíamos.