Detrás de ti Capítulo 6
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Capítulo 6

El primer día sin David fue raro; no tenía apetito, le culpe a la fiebre.

Le escribí, pero al no recibir respuesta decidí darle su espacio. Al  fin y al cabo fui yo quien le dijo que se fuera.

El segundo, fue incómodo. Me preguntaba si debería llamarlo, pero no lo hice.

Mi cuerpo estaba mejor, ya no tenía fiebre y el apetito volvió.

Al décimo día sin David decidí que era suficiente.

No fue un pensamiento dramático. Fue algo más simple y más cansado que eso. Me levanté esa mañana, preparé los mates, miré el celular sin mensajes nuevos y pensé: si no le interesa saber de mí, entonces no le va a interesar lo que hago con mi vida.

Y quería hacer cosas con mi vida.

Llamé a Jessica.

—Al fin —dijo ella antes de que yo pudiera hablar.

Me reí. La primera vez en días que me salía una risa de verdad.

Esa semana terminé de mudarme a la casa.

Hice varios viajes con el auto de papá, cajas con libros que pesaban más de lo razonable, la ropa, las cosas de la cocina, los cuadernos donde escribía.

Acomodé todo a mi manera, cambié algunas cosas de lugar, puse en el living los objetos que me importaban y guardé los que David había elegido sin preguntarme en los lugares menos visibles.

Era mi casa. Iba a parecerlo.

Cuando le conté a papá no lo podía creer. Se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja que no le había visto desde hacía mucho tiempo, desde antes de que mamá se fuera, y eso solo ya valió todo.

Las cosas estaban tranquilas. Y por primera vez en semanas, yo también.

* * *

—Jessi, ¿querés que nos veamos hoy? Podríamos salir con los chicos a algún bar.

—¡Al fin! ¿Has sabido algo de…?

—No. —La interrumpí antes de que terminara la pregunta. No quería ni escuchar el nombre—. Y no quiero hablar de eso esta noche.

—Entendido. En una hora te paso a buscar.

Esa noche salimos todos. Marcos, Adrián, Román, Cande, Ludmila, Jessica y yo. Caminamos por el centro, buscamos un bar que no estuviera demasiado lleno, terminamos en uno cerca del parque.

Al pasar por la calle del café-bar de David nadie dijo nada. Pero sentí las miradas de costado, ese cuidado colectivo de no nombrar lo que todos estaban pensando. El local tenía las luces apagadas y un cartel en la puerta.

Cerrado por vacaciones.

Vacaciones. Como si fuera tan simple.

Seguimos caminando.

La noche transcurrió normal. Tomamos, hablamos, nos reímos de cosas que no recordaría al otro día. Me dejé llevar por esa ligereza que hacía semanas no sentía, esa sensación de estar en el lugar correcto con las personas correctas sin tener que medir cada palabra.

Hasta que llegó el amigo de Marcos.

—¡Ahí estás! —Marcos se levantó a saludarlo.

Las chicas ya lo conocían por foto y estaban, como era de esperarse, demasiado entusiasmadas para disimularlo. Solo Jessica seguía tranquila a mi lado.

—Comportense —dijimos al unísono, y nos reímos.

—Hola. Un gusto, soy Manuel.

Saludó a todos uno por uno. Cuando llegó a mí hubo algo, un segundo de más que no supe bien cómo leer. Sus ojos verdes fijos en los míos un momento que duró lo justo para que yo lo notara.

Me extendió la mano y la tomé. Un contacto breve, completamente normal.

Pero algo en mi cuerpo reaccionó antes de que yo pudiera hacer nada al respecto. Un calor rápido, inesperado, que subió sin permiso y que apagué casi en el mismo instante en que lo sentí.

Tengo novio, me recordé. Aunque ese novio lleve días sin aparecer.

Me senté y desvié la mirada.

La conversación siguió. Cande y Ludmila con su cuestionario habitual, Marcos y Adrián hablando de algo que no seguí. Yo escuchaba a medias, con esa parte de mi cabeza todavía ocupada en apagar lo que no quería sentir.

—¿A qué te dedicás? —preguntó Cande.

—Soy policía. Investigador. —Manuel tomó su vaso—. De hecho vine por trabajo. Estoy investigando un caso, el de Camila Quintana .

El nombre cayó sobre la mesa como algo pesado.

Todos lo conocíamos. Hacía meses que era lo único de lo que hablaban las noticias. Primero la desaparición, después el cuerpo encontrado envuelto en bolsas debajo del puente del Bicentenario. A diez cuadras de donde ella vivía.

—¿Y por qué estás acá en Bahía? —pregunté—. ¿No tenían al padre como sospechoso?

—Sí. Pero hace poco supimos que ella tenía novio. —Hizo una pausa—. Que misteriosamente salió de la provincia justo después de su desaparición. Buscando pistas llegué hasta acá.

—¿Qué? —El grito fue colectivo.

Manuel levantó una mano pidiendo calma.

—Creemos que tenemos al sospechoso equivocado. Nos parece muy extraño que el novio se haya ido en vez de quedarse a buscarla.

—De esos hay varios —dijo Cande, mirándome—. Si no, preguntale a Ori que su novio desapareció hace días.

La fulminé con la mirada.

—Perdón. No debí decir eso.

—No pasa nada.

Pero sí pasaba. Porque el paralelismo que Cande había trazado sin querer se me quedó instalado en algún lugar de la cabeza y no se fue. Un novio que desaparece. Una chica que espera. Una historia que termina mal.

No es lo mismo, me dije.

Pero la idea siguió ahí, callada y persistente, durante el resto de la noche.

Noté que Manuel me miraba de manera diferente después del comentario de Cande. No con lástima. Con algo más parecido a la atención, como si acabara de agregar una pieza a algo que estaba armando.

Lo ignoré.

—Qué lástima que tenés novio —me dijo en un momento en que los demás estaban en otra conversación—. Sos muy de mi tipo.

—Gracias, supongo. —Sonreí apenas—. Pero como te dije, tengo novio.

—No lo veo por acá.

—No se lleva bien con los chicos.

—Qué incómodo debe ser eso.

No respondí. Me levanté a buscar algo para tomar y aproveché para respirar un momento lejos de esa conversación y de esos ojos verdes que me resultaban más difíciles de ignorar de lo que quería admitir.

Cuando volví la noche seguía igual. Música, risas, el ruido del bar mezclándose con las voces de mis amigos.

Fue en uno de esos momentos de distracción cuando lo vi.

Entre los árboles de la vereda de enfrente. Una figura quieta, oscura. Un buzo con capucha.

El corazón me dio un salto.

No, me dije enseguida. Es tu imaginación. Estás buscando cosas donde no las hay.

Pero la corazonada estaba ahí, instalada en el pecho con esa firmeza particular de las cosas que el cuerpo sabe antes que la cabeza.

Parpadeé. Miré de nuevo.

No había nadie.

O eso quise creer .

Volví a la conversación. Reí cuando los demás rieron. Respondí cuando me preguntaron algo. Hice todo lo necesario para que nadie notara que una parte de mí seguía mirando hacia los árboles de la vereda de enfrente.

De camino a casa, con el ruido de la noche todavía en los oídos, traté de convencerme de que había sido mi imaginación.

Casi lo logré.

* * *

El mes sin David fue distinto a lo que esperaba.

No fue fácil, pero tampoco fue lo que temía.

Los primeros días seguí mirando el celular más de lo que quería admitir. Después dejé de hacerlo. Después ni me acordaba de revisarlo hasta que llegaba algún mensaje de las chicas o de papá y me daba cuenta de que había pasado horas sin pensar en si David había escrito.

Empecé a escribir de nuevo.

No sobre él, o no solo sobre él. Escribía sobre otras cosas, sobre los días, sobre los alumnos, sobre esa sensación particular de hacer algo sin preguntarme primero si iba a molestarlo. Era una sensación tan simple que me daba vergüenza admitir lo mucho que la había extrañado.

Reorganicé la casa a mi manera. Cambié el sillón que nunca me había gustado. Puse los libros como quería tenerlos. Colgué en la pared una foto de mamá que había guardado en una caja porque no quería que David opinara sobre ella.

Pequeñas cosas. Pero eran mías.

* * *

—Tengo que contarte algo.

—Esperá que termine de tragar. —Jessi tragó despacio mirándome—. Por tu cara es algo serio y no quiero atragantarme. ¿Qué pasa?

Habían pasado casi dos meses desde el enfrentamiento con David. Estábamos en la escuela, en ese hueco corto entre clases que a veces alcanzaba para almorzar algo rápido y otras solo para tomar un café de pie.

—Tengo un atraso.

—¿Cómo? —Bajó la voz de golpe—. ¿No conocen los condones tu novio y vos?

—Cálmate, Jessica, por favor, nos van a escuchar. —Le tapé la boca con la mano—. La verdad es que no recuerdo si David usó ese día.

Jessi se quedó en silencio. Ese silencio suyo que era peor que cualquier pregunta.

—¿Cómo que no recordás?

Bajé la mirada al vaso que tenía entre las manos.

—Fue… raro.

No sabía cómo explicarlo sin que sonara peor de lo que ya era. Sin que sonara a lo que en el fondo sabía que era.

—¿Raro cómo? —insistió, más suave esta vez.

Dudé.

—Estaba ahí pero… no del todo. —Las palabras se me enredaban—. Es como si todo hubiera pasado muy rápido. Como si no hubiera tenido tiempo de pensar.

—¿No querías?

La pregunta me atravesó.

—No sé —respondí, demasiado rápido—. Sí… o sea… era mi novio .

Ni yo me creí esa respuesta.

—Recuerdo partes —seguí en voz baja—. Pero hay otras que no. Y no sé si eso es normal.

El silencio entre nosotras se hizo pesado.

—Ori… eso no está bien.

—No, no es eso. —Me apuré a decirlo—. O sea… tampoco la pasé mal.

Pero la frase me sonó vacía incluso a mí en el momento en que la dije. No la pasé mal no era lo mismo que decir que la había pasado bien. Y esa diferencia, pequeña y enorme al mismo tiempo, era exactamente lo que no podía nombrar del todo.

Jessi me miró un momento sin decir nada. Después apoyó su mano sobre la mía.

No hizo falta que dijera más.

Fue en ese momento cuando lo vi. Ese escalofrío que conocía demasiado bien. El hombre frente a la escuela, las manos en los bolsillos del buzo azul oscuro, tela de algodón.

Esta vez no dudé.

—Prestame tu teléfono.

Jessi me lo extendió sin preguntar. Marqué el número que tenía guardado y llamé.

Al otro lado de la calle el hombre metió la mano al bolsillo.

—Hola. ¿Quién habla?

No respondí.

Me levanté. Le devolví el celular a Jessica y le pedí con los ojos que me cubriera. Ella ya estaba atenta antes de que yo terminara de pedírselo.

Caminé hacia la vereda de enfrente. Él quiso moverse pero fue tarde.

—¡David!

Frenó de golpe. Se sacó la capucha despacio y me miró con una sonrisa que no tenía nada de arrepentida.

—Amor…

—No. —Di un paso atrás cuando intentó acercarse—. No soy tu amor. ¿Me podés explicar qué es esto? ¿Por qué me seguís?

—No te sigo. Solo quiero estar cerca por si necesitás algo.

—¿En serio? —La rabia me subió limpia, sin confusión—. Desapareciste un mes. Sin un mensaje, sin una llamada, nada. Y ahora me decís que estás cerca por si necesito algo.

—Creí que estabas enojada. Que ya no me querías.

—No. No me des vuelta esto. Estoy harta de que des vuelta todo.

Lo miré y por primera vez no sentí la mezcla de cosas confusas que siempre me generaba. Solo vi con claridad lo que había estado mirando sin querer ver durante meses.

—Amor, por favor. —Su voz cambió, más baja, más desesperada—. No puedo perderte. Sos mía, ¿te acordás? Debemos estar juntos.

—No. —Fue la palabra más clara que había dicho en mucho tiempo—. Ya no soy tuya. Mejor dicho, nunca lo fui. Esto se termina acá.

Me di vuelta.

No llegué a dar tres pasos. Su mano me aferró el brazo con una fuerza que me detuvo en seco.

—No te vayas. Si te vas no voy a poder seguir.

La rabia se mezcló con algo más frío. Porque esa mano apretando mi brazo no era nueva, pero esta vez la sentí diferente. Esta vez la sentí como lo que era .

—Soltame. —Mi voz no tembló—. Me estás lastimando.

Me solté con un movimiento brusco. Y en el momento en que lo hice Jessica ya estaba a mi lado, su mano en mi hombro, su presencia como un ancla.

—Hazte ver, David —dijo ella, sin levantar la voz pero sin suavizarla tampoco—. No estás bien.

Él nos miró a las dos. Por un segundo pareció que iba a decir algo más. Después no dijo nada.

Me dejé sostener por Jessica mientras sentía que el equilibrio volvía despacio.

Al otro día llegó mi período. Mi cuerpo había hablado: era estrés.

Pero la marca en mi brazo tardó dos días en desaparecer.

Las cosas después de ese día continuaron con una normalidad que al principio me costó creer.

No sentí su ausencia. O la sentí de una manera tan diferente a lo que esperaba que casi no la reconocí: no como un hueco sino como un alivio que se iba volviendo costumbre.

Le conté todo a papá una tarde en su casa, entre mate y el noticiero de fondo que ninguno de los dos estaba mirando. Mientras hablaba fui entendiendo con más certeza que aceptar a David de vuelta había sido el error más grande que había cometido.

Papá me escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé me contó que el mismo día del enfrentamiento David había aparecido en su puerta, llorando, pidiéndole que me convenciera de volver.

—¿Y vos qué le dijiste?

—Que se fuera. —Su voz fue simple, directa—. Que no era asunto mío.

—Bien, papá .

—Sí. —Sus ojos mostraron algo que era tristeza y alivio al mismo tiempo—. Es lo mejor. Aunque tenerlo cerca me daba algo de consuelo, por estar cerca de alguien que mamá quería.

—Lo sé. Pero ese chico ya no es el mismo. Y a mamá no le agradaría.

—Tenés razón. —Se levantó a buscar más agua para el mate—. Ahora a comer que se enfría la comida.

No volvimos a hablar de David desde ese día.