Capítulo 5
—Amor, es un buzo. Desde aquel día que fuimos al puerto y no tenías abrigo, lo dejé ahí por si pasaba lo mismo.
Su voz era demasiado tranquila. De alguien que tiene la respuesta lista antes de que llegue la pregunta.
Volví a mirar el buzo en el asiento de atrás. Azul oscuro, tela de algodón, capucha. Seguía sin poder ubicar dónde lo había visto antes y esa incapacidad me molestaba más que el buzo mismo.
—¿No creerás que es de alguien más? —Se rió brevemente—. Por favor, no empieces a inventar cosas donde no las hay.
—No estoy inventando nada. —Mantuve la voz firme—. Desapareciste varios días y mentiste sobre ir al café-bar.
—Estás exagerando. Venís muy sensible últimamente.
Puso en marcha el auto y no dijo más nada.
Yo tampoco.
Miraba por la ventana mientras la ciudad pasaba afuera y pensaba en el buzo aunque no quería pensar en el buzo. Intenté recordar. El hombre en la vereda camino a la escuela. El hombre frente a la escuela. La silueta bajo los árboles a las tres de la mañana.
Azul oscuro. Capucha.
No , me dije. Estás buscando problemas donde no los hay .
Quise creerme.
Cuando David detuvo el auto miré por la ventana sin reconocer el lugar de inmediato. Después sí.
Algo en mi pecho se apretó de una manera que no esperaba.
—¿Qué hacemos acá? —dije, con la voz más baja de lo que quise—. Sabés que esta casa trae malos recuerdos.
—¿No notás nada nuevo?
Miré hacia el frente. El cartel del banco que había estado ahí durante años, ese cartel que yo había aprendido a no mirar porque verlo dolía, no estaba.
—¿Por qué mostrarme que la vendieron? —Sentí que los ojos me ardían antes de poder evitarlo—. ¿Por qué hacerme esto?
—Amor, cálmate. Mirá.
Parpadeé. David tenía en la mano un manojo de llaves.
Me quedé mirándolas sin entender del todo. O entendiendo pero sin poder procesar lo que significaba.
—¿La compraste?
Asintió. Bajó del auto, dio la vuelta y me abrió la puerta tendiéndome la mano.
Me quedé parada en la vereda frente a la casa un momento largo. La misma fachada. El mismo árbol en la esquina del jardín que de chica me parecía enorme. La misma puerta, aunque con pintura nueva.
Mamá había vivido ahí. Yo había crecido ahí. Y después el banco se la había llevado y nosotros habíamos tenido que irnos y yo había aprendido a no pasar por esa calle para no tener que mirarla.
—¿Es tuya ahora? —pregunté, con la voz todavía quebrada.
—Es tuya, amor. La compré para vos.
Sentí algo complejo que no supe nombrar del todo. Gratitud, sí. Pero también otra cosa debajo, algo que no terminaba de cerrar y que empujé hacia el fondo porque no quería arruinar el momento.
—Por cierto, esto es tuyo.
Sacó algo de su billetera.
Mi DNI.
Lo tomé casi sin darme cuenta. Lo miré. Mi foto, mi nombre, todo.
—¿Qué hacés con esto?
—Lo tomé prestado de tu cartera para hacer los papeles —dijo con naturalidad—. Igual hay que ir juntos después para firmar las escrituras.
Lo tomé prestado.
Como si hubiera pedido permiso. Como si yo hubiera dicho que sí en algún momento que no recordaba.
Intenté reconstruir cuándo pudo haberlo tomado. Cuántas veces había estado cerca de mi cartera sin que yo prestara atención. Cuántas veces había dejado su campera sobre mi silla, había alcanzado algo de mi bolso, había estado lo suficientemente cerca.
—Podrías haberme pedido —dije, en voz baja.
—Era una sorpresa, amor. —Sonrió—. Si te decía, arruinaba todo.
Lo miré. Después miré la casa. Después volví a mirarlo a él.
Había comprado mi casa. Mi casa. Había hecho todo eso.
—Gracias —dije finalmente.
Y guardé la incomodidad donde siempre. En ese lugar cada vez más lleno donde ponía las cosas que no quería ver todavía.
Entramos.
El living me golpeó antes de que pudiera prepararme.
Era el mismo espacio. Las mismas proporciones, la misma ventana grande que de chica me gustaba porque dejaba entrar la luz de la tarde de una manera particular.
Pero todo lo demás era diferente. Muebles que no eran los nuestros, colores que no eran los que mamá había elegido, una decoración que era prolija y estaba bien pero que no tenía nada de mí.
Era mi casa vestida con ropa ajena.
—Espero que no te moleste que me tomara el atrevimiento de decorarla —dijo David detrás de mí—. Supongo que no has cambiado mucho de gustos.
Me quedé mirando el living un momento sin responder.
—Me gusta —dije al fin.
No era del todo mentira. La decoración no me disgustaba.
Me incomodaba que la hubiera elegido sin preguntarme, que hubiera tomado decisiones sobre mi espacio como si ese espacio ya le perteneciera a él también.
Pero no quería que lo viera en mi cara, no quería que creyera que no valoraba lo que había hecho.
—A partir del mes que viene te voy a ir pagando cada centavo —dije.
—No es necesario. Es un regalo. Aunque quizás puedas pagarme de otra manera.
Hizo una mueca que entendí antes de que se acercara. Me besó y empezó a guiarme hacia la habitación.
Sentí algo tensarse en mi cuerpo. Un aviso que no supe escuchar o que escuché y decidí ignorar porque él había comprado mi casa y yo sentía que le debía algo aunque nadie me lo hubiera dicho en voz alta.
Me dejé llevar.
* * *
Me tiró a la cama y siguió besándome.
Intenté estar ahí. De verdad intenté .
Pero en algún momento, sin que pudiera precisar cuándo, me fui.
No del cuerpo. El cuerpo siguió ahí, quieto, respondiendo en piloto automático a cosas que no terminaba de sentir. Pero yo, la parte de mí que piensa y siente y decide, se escapó hacia otro lugar sin pedirme permiso.
Me fui al techo.
Una humedad pequeña en la esquina. Una grieta fina que cruzaba el revoque en diagonal. Me quedé mirándola como si fuera lo más importante del mundo, como si mientras la tuviera en foco todo lo demás pudiera seguir pasando en una dimensión paralela que no me tocaba del todo.
Afuera un auto pasó despacio. Después otro. El sonido del motor llegaba amortiguado a través de la ventana cerrada, ese ruido familiar de la ciudad que sigue aunque adentro el tiempo se detenga.
Debería querer esto , pensé. Es mi novio. Me regaló la casa.
Pero algo no terminaba de encajar y no supe qué hacer con eso.
Hubo un momento en que quise frenar. Decir algo. Pedir que parara. La palabra estuvo en algún lugar entre mi cabeza y mi boca y no llegó a salir.
Pensé en su cara cuando lo contradecía. En cómo se ponía. En lo que había dicho en el auto sobre que estaba exagerando, sobre que era muy sensible.
No es para tanto , me repetí. Es lo que hacen las parejas.
Me aferré a la grieta en el techo y esperé.
Cuando todo terminó me quedé quieta, mirando ese mismo punto fijo, sin moverme.
—¿Te gustó? —preguntó .
Tardé en responder. Quise decirle que no. Que algo no había estado bien. Que yo no había estado ahí del todo. Pero en lugar de eso sonreí apenas.
—Sí.
—A mí sí —dijo, satisfecho—. Ahora sí puedo decir que sos completamente mía.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Esa frase no sonó a amor.
Me abrazó y el miedo se opacó con ese gesto, aunque no desapareció. Me quedé quieta entre sus brazos mirando la grieta en el techo hasta que el sueño me venció.
* * *
A la mañana siguiente desperté y él no estaba en la cama.
Escuché ruidos en la cocina y la calma volvió. Me levanté, me puse la ropa y fui.
David estaba de espaldas, con una bermuda gris y el torso desnudo, preparando el desayuno como si la mañana fuera completamente normal. Como si la noche anterior hubiera sido completamente normal.
Café y tostadas con mermelada sobre la mesada.
—Eeem, amor. No tomo café.
—¿Cómo que no? —Se giró genuinamente sorprendido—. Cuando éramos chicos vivías tomando café.
—Sí, antes. Ya no.
—Ok. No hay yerba para el mate.
—Tengo en la mochila. ¿Me prestás las llaves del auto para buscarla?
—Yo la busco .
—Puedo ir yo.
—Que voy yo te dije.
Ese tono. Esa impaciencia que llegaba sin aviso y se iba igual, dejando un silencio incómodo donde había estado.
—Está bien —dije.
Me quedé en la cocina mientras él salía. Quería hablarle. Necesitaba hablarle. Decirle que algo de la noche anterior no había estado bien, no para hacerlo sentir mal sino porque yo necesitaba que existiera en voz alta, que alguien más supiera que había pasado.
Volvió con la mochila. Le preparé los mates en silencio.
—Amor, necesito que hablemos sobre ayer.
—Tranquila. —Ni me miró—. Estuviste maravillosa. No tenés nada de qué preocuparte.
—No es eso. Es que…
—¿Vas a decir que no te gustó? —Ahora sí me miró, con algo que no era exactamente enojo pero se le parecía—. ¿Sabés lo que significa para un hombre eso?
La conversación había terminado antes de empezar.
—No —dije—. No pasa nada.
Tomé el mate y miré por la ventana.
La grieta en el techo de la habitación seguía ahí, en algún lugar detrás de esa pared. Pequeña. Diagonal. Mía.
* * *
El resto del día transcurrió de manera tranquila. Miramos películas en el sillón, me parecía incómodo y el color no me gustaba; pero estaba aprendiendo a no decirlo. Preferí no discutir por algo tan poco importante, aunque por momentos pensaba que las cosas no deberían ser así.
Al caer la tarde comencé a pensar en todo lo que pasaba, y algo en mí me gritaba que no era lo correcto. Por no querer discutir, no hice caso a nada de lo que pensaba.
Mi cuerpo empezó a parecer pesado.
—¿A dónde vas?
— Al baño, no me siento bien. ¿Tengo que decirte cada uno de mis movimientos?
—No es eso, quiero cuidarte. ¿Qué te pasa?
—Puedo cuidarme sóla. No sé; creo que tengo fiebre.
—No creo que puedas cuidarte sola —. Se levantó apresurado y me tomó por la cintura en un gesto de ayuda —Vamos, te acompaño, y luego te llevo a la cama.
Luego del baño, me llevó a la cama.
—Voy a la farmacia, estas hirviendo.
—No tomo cualquier medicina. ¿Podrías fijarte…
— Tranquila—. Me interrumpió, y a mi me estaba empezando a molestar que hiciera siempre eso.
— Yo me encargo.
Luego que se fue me levanté hacía el baño de nuevo. Prefería tomarme una ducha con agua tibia primero. Quizás eso me ayudaría y no necesitaría tomar nada.
David tardó dos horas en volver, cuando llegó yo estaba dormida. La ducha me había ayudado a relajarme y me sentí un poco mejor.
—Amor, tomate esto.
—¿Qué es? Te dije que no puedo tomar cualquier medicina .
—¿Cómo que no? Es ibuprofeno, todo el mundo puede tomar ibuprofeno.
—Pués yo no. Si me escucharas podrías saber. El ibuprofeno no me hace efecto.
—Ahora todo es mi culpa por no saber cosas de vos.
— Otra vez daba vuelta las cosas a su manera.
—Esta mañana el café, ahora la medicina.
Te recuerdo que no nos hemos visto en once años.
Tenías razón, todo el mundo cambia en once años.
Pero estoy intentando hacer algo bueno por vos, podrías al menos apreciar eso. ¿No crees?
—Deberías calmarte. No estoy con las energías para empezar una pelea. Si queres hacer algo bueno por mi empieza por no ponerme más mal de lo que estoy.
—Bueno… veo que soy una molestía para vos. Mejor me voy.
—No puedo creer que actúes así. Pero si, creo que lo mejor es que te vayas.
No iba a dejar que me hiciera sentir mal por pedirle que sea un poco más considerado conmigo, no estaba de humor para una pelea.
Se fue sin decir más nada. Le pedí que me avisara cuando llegara a su casa, pero no se si me habría escuchado. El sonido de la puerta de entrada siendo azotada por David retumbó por toda la casa. Luego un silencio absoluto invadió todo a mi alrededor.
Pasaron tres horas y no tuve ninguna noticia de David. Le escribí un mensaje antes de irme a dormir para que me dijera si todo estaba bien y para avisarle que me sentía mejor. No tuve respuesta.