Capítulo 4
—¿Con quién hablás?
Ni hola. Ni perdón por llegar tarde. Directo a eso.
Llevaba una hora esperándolo en el bar con el celular en la mano, respondiendo mensajes de las chicas sobre la salida del fin de semana. Una hora mirando la puerta cada vez que alguien entraba.
—Hola, amor. Perdón por llegar tarde —dije, sin moverme.
Me miró.
—Perdón por llegar tarde. —El beso que me dio fue rápido, sin sentimiento—. ¿Con quién hablabas?
—Con las chicas. Estamos organizando para salir el fin de semana con los chicos.
Su cara cambió. No de golpe, sino de esa manera suya, gradual, como una tormenta que se ve venir desde lejos.
—¿Puedo ir o es solo con tus amigos?
—David, ya lo hablamos. De vez en cuando podemos salir solos sin el otro.
Quise agarrarle la mano. La apartó.
—¿Sola? ¿Acaso alguno de tus amigos tiene alguna otra intención con vos? —Su voz empezaba a tener ese filo que conocía—. Además, ¿David? ¿Cuándo me vas a decir amor? Perdón por molestar y solo querer cuidarte.
—Basta. Ninguno de mis amigos tiene ninguna intención rara conmigo.
—¿Y por qué no puedo ir entonces?
—Porque a veces necesito mis espacios. Como vos los tuyos.
Silencio. Ese silencio suyo que no era paz sino otra cosa.
—Es mejor que cada uno vaya a su casa hoy. Esta semana tengo exámenes y capacitaciones, no vamos a poder vernos mucho .
—No te preocupes. Yo también tengo inventario.
El beso de despedida fue frío. Me fui sintiendo que había hecho algo mal aunque no supiera exactamente qué.
Llegué a casa y estuve un rato parada en el living sin encender la luz.
No estaba triste. Estaba confundida, que es peor, porque la tristeza al menos tiene una forma clara.
Me fui a dormir diciéndome que mañana iba a escribirle y que todo iba a estar bien.
No le escribí.
El primer día pensé que era cuestión de horas. Revisé el celular varias veces esperando ver su nombre en la pantalla. Nada.
El segundo abrí nuestra conversación. Mi último mensaje seguía ahí, sin respuesta. Pensé en escribirle algo simple. No lo hice. Recordé su cara la última vez que hablamos y cerré el chat.
El tercer día me enojé. No era justo. No después de haberme hecho sentir como si yo hubiera hecho algo mal.
El cuarto día dejé de esperar el mensaje. Y algo en mí se relajó.
No tener que responderle. No tener que explicar dónde estaba, con quién, qué hacía. No tener que medir cada palabra para que no se molestara.
Me sentí liviana. La sensación duró poco porque enseguida vino la culpa.
No debería sentirme así. Es mi novio.
Pero el alivio había estado ahí. Y eso era suficiente para preocuparme.
—Jessi, ¿te acordás de ese día que te conté que había alguien siguiéndome?
Estábamos almorzando en la escuela. Jessica me miró extrañada por el cambio de tema.
—Sí, el mismo día que conocí a Marcos. ¿Cómo no voy a acordarme?
—Esta mañana cuando llegué creí verlo de nuevo. Pero cuando volteé para confirmarlo ya no estaba .
Jessica dejó el tenedor.
—¿Lo viste de nuevo?
—No estoy segura. Por eso no dije nada todavía. —La miré—. Pero me quedé pensando.
—¿Y David? ¿Le vas a contar?
—No sé. —Dudé—. Capaz sí.
—Ni se te ocurra. —Su voz fue directa—. Es capaz de decir que es tu culpa.
No la contradije. Porque en el fondo sabía que tenía razón.
Cambiamos el tema. Marcos, la cita a ciegas que había resultado mejor de lo esperado, los planes del fin de semana. Pero la imagen del hombre encapuchado siguió ahí, en algún rincón de mi cabeza, sin terminar de irse.
Hacía cuatro días que no sabía nada de David cuando apareció en la escuela.
Lo vi desde el pasillo antes de que él me viera a mí. Traía algo detrás de la espalda y hablaba con Jessica, que lo miraba con esa expresión suya de cuando estaba conteniendo muchas cosas al mismo tiempo.
Cuando me vio sonrió.
—Vine a traerte esto en son de paz.
Sacó el ramo de flores de detrás de su espalda.
Me quedé quieta un momento. Las flores eran hermosas, eso no podía negarlo. Y él estaba ahí, en mi lugar de trabajo, con esa sonrisa que once años atrás me había resultado imposible de resistir.
Pero también recordé su cara en el bar. La mano apartada. El frío del beso de despedida. Los cuatro días de silencio que me habían hecho sentir culpable por algo que no había hecho.
No cedas, me dije.
—Son hermosas —dije.
Y me abalancé sobre él y lo besé sin terminar de entender por qué mi cuerpo siempre llegaba antes que mi cabeza cuando se trataba de David.
Jessica nos separó .
—Los están viendo todos.
—Vayan —dijo después, más tranquila—. Puedo cubrir tus clases si necesitás. Parece que tienen cosas de qué hablar.
—No estoy segura.
—Vamos, amor. —David tomó mi mano—. Quiero mostrarte algo.
Jessi me susurró algo al oído antes de dejarme ir, algo que por la cara de David no fue un halago. Después me abrazó y me dejó partir.
En el auto le recordé que nunca más debía aparecer en mi trabajo sin avisar.
—Aprecio el gesto y las flores —dije—. Pero no era el lugar.
—Tenés razón. —Arrancó—. ¿Te gustó la sorpresa igual?
—Sí. —Miré por la ventana—. No sé cuándo voy a acostumbrarme a que todo en vos sea una sorpresa.
—Ok, no todo es sorpresa. Vamos, tengo algo que mostrarte.
Al acomodar mi mochila en el asiento de atrás lo vi.
Un buzo. Azul oscuro, tela de algodón, con capucha.
Me quedé mirándolo un momento sin hablar. Algo en ese buzo me generó una incomodidad que no supe ubicar del todo. El color, la tela. Dónde lo había visto antes. Intenté recordar y no pude, pero la sensación siguió ahí, instalada sin que pudiera sacarla.
—David, ¿qué es esto?