Detrás de ti Capítulo 3
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Capítulo 3

El mensaje de papá llegó mientras terminaba de arreglarme.

¿Querés venir a cenar hoy? Sé que mañana no trabajás y tengo una sorpresa que te va a encantar cuando LO veas.

Me quedé mirando ese "LO" un momento. Raro. Papá no era de hacer énfasis en las palabras, ni de guardar sorpresas. Era más de llamar por teléfono a las once de la noche para preguntar si había comido bien.

Le respondí que sí, que llevaba el helado, y salí.

La tarde estaba tranquila. Caminé sin apuro, disfrutando ese aire de marzo que en Bahía tiene algo particular, ni frío ni calor, esa temperatura que invita a quedarse afuera un rato más de lo necesario.

Lo noté a media cuadra.

Un hombre caminando en la misma dirección que yo, en la misma vereda. Buzo oscuro con capucha. Algo en ese buzo me llamó la atención sin que pudiera explicar bien por qué, el color, la tela, algo familiar que no terminaba de ubicar.

Lo ignoré. Bahía no es una ciudad tan grande pero tampoco tan chica como para que cruzarse con desconocidos sea raro.

Llegué a la escuela y saludé a los chicos antes de entrar. Cuando estaba por cruzar la puerta miré hacia la vereda de enfrente casi sin querer.

El hombre estaba ahí. Parado frente a la escuela, apoyado contra un árbol, con las manos en los bolsillos del buzo .

Me quedé quieta un segundo.

Ese buzo. Esa postura.

La noche anterior. La silueta entre los árboles.

No, me dije. Estaba cansada y el cansancio hace esas cosas, conecta puntos que no tienen por qué estar conectados.

Entré a la escuela.

—Ori, ¿qué pasa? —Jessica apareció en el pasillo con su cara de saber que algo pasaba antes de que yo dijera nada.

—Nada, me asustaste.

—Estabas mirando hacia afuera con cara de espanto. ¿Qué viste?

Dudé. Si le contaba iba a salir corriendo a buscar al hombre sin pensarlo dos veces, y si me había equivocado sería una vergüenza innecesaria. Y si no me había equivocado... tampoco quería pensarlo todavía.

—Nada —dije—. Después te cuento. Tengo clases.

Me miró con esa expresión suya que decía claramente que no había terminado con el tema. Le di un beso rápido y me alejé por el pasillo.

Cuando llegué a mi aula miré una vez más hacia la calle por la ventana.

El hombre ya no estaba.

O eso quise creer. Porque la sensación de que alguien me observaba no desapareció en toda la mañana.

—Ahora sí me contás —dijo Jessica en cuanto nos sentamos a almorzar.

Le conté. Lo del hombre en la vereda, lo de enfrente de la escuela, el buzo que me había llamado la atención .

—¿UN HOMbrE? —Su voz subió lo suficiente como para que varias cabezas se giraran hacia nosotras—. ¿TE SIGUIÓ UN HOMbrE Y NO FUISTE CAPAZ DE DECIRME EN EL MOMENTO?

—Cálmate, por favor. No sabemos si realmente me siguió. Quizás me equivoqué.

Me miró con esos ojos suyos que cuando se enojaban daban genuino miedo.

—¿Podemos comer sin pensar en eso por ahora? Ya pasó.

—OK. —Su voz sonaba controlada pero apenas—. Pero que sea la última vez que pasás por algo así y no me avisás en el momento.

—Esta noche ceno con papá —cambié el tema antes de que retomara impulso.

—Yo tengo una cita.

—¿En serio? ¿Con quién?

Por su cara supe la respuesta antes de que hablara.

—Es a ciegas. Cande y Ludmi.

—Ay, amiga —fue todo lo que pude decir.

Sonrió y siguió comiendo. Dos horas después terminaba la jornada y yo ya pensaba en los ravioles de Carlos.

Pasé por la heladería antes de ir a su casa. Un kilo, mitad dulce de leche granizado, mitad tramontana, como siempre.

Doblé por su calle y lo vi.

Otro hombre encapuchado, parado cerca de la casa de papá. Mismo buzo, misma postura, mismas manos en los bolsillos.

Esta vez no me convencí tan fácil de que era casualidad. Pero tampoco quería llegar a lo de papá con eso en la cabeza y arruinar la noche. Lo ignoré lo mejor que pude y seguí caminando .

El olor a salsa llegó desde afuera. Cerré los ojos un segundo y me dejé envolver por ese aroma que desde chica significaba una sola cosa: estar en casa.

Papá abrió la puerta antes de que tocara el timbre. Lo miré y sentí ese pellizco familiar de preocupación, las canas que habían avanzado, las ojeras que delataban noches cortas, las arrugas nuevas que el tiempo le iba dejando sin pedirle permiso.

—¡Mi Ori! —Me abrazó fuerte.

—Otra vez sin dormir —le dije contra su hombro.

—Dejate de preocupar por mí. Estoy bien.

—Mentira.

Se rió. Entramos.

La casa olía a él, a comida, a ese orden particular que había desarrollado desde que mamá no estaba, todo en su lugar pero sin la calidez que ella le daba a cada rincón sin esfuerzo.

Estábamos por sentarnos cuando sonó el timbre.

—Llegó tu sorpresa —dijo Papá, con una sonrisa que no le veía desde hacía tiempo.

Lo seguí hasta la puerta sin apuro, todavía pensando en los ravioles.

Abrió.

Y el mundo se detuvo.

No fue inmediato. Fue como cuando el cuerpo procesa las cosas en capas, primero los detalles sueltos, el pelo negro, los hombros más anchos que recordaba, los ojos marrones que once años no habían cambiado del todo.

Después lo que tenía en brazos.

Sirius .

Mi gato. Cuatro días desaparecido. Ahí, tranquilo, acurrucado contra el pecho de David como si llevara toda la vida en ese lugar.

David me miró con una sonrisa juguetona que no llegaba del todo a los ojos.

—Hola Carlos—dijo, acariciando despacio a Sirius.

Eso fue lo último que registré.

Me desperté en el sillón con la cabeza pesada y un dolor sordo detrás de los ojos.

—Oriana, hija. ¿Estás bien?

La voz de papá llegó desde algún lugar cercano. Parpadeé hasta que el techo familiar de su living tomó forma.

Y entonces lo recordé todo.

Giré la cabeza despacio.

David estaba sentado frente a mí, con los codos sobre las rodillas, mirándome. Sirius seguía en sus brazos como si nada.

Ese gato traidor.

—¿Qué se supone que hacés acá? —Me incorporé demasiado rápido y la cabeza protestó—. Que se vaya, papá. Por favor.

—Hija, ¿cómo podés reaccionar así? Creí que te pondrías feliz de verlo. ¿Cuánto pasó? ¿Once años, no, David?

Él asintió. Una sonrisa melancólica que no le creí ni por un segundo.

Papá estaba emocionado. Genuinamente emocionado, con esa alegría suya de cuando algo del pasado volvía y por un momento su Elena volvía también, aunque fuera de costado, a través de alguien que ella había querido.

No podía contarle. No esta noche. No sin arruinarle algo que claramente lo estaba haciendo bien.

Me resigné a quedarme.

La cena fue larga. Ellos hablaron de los viejos tiempos mientras yo movía los ravioles en el plato sin comerlos, sintiendo en todo momento la mirada de David buscando la mía cada vez que papá miraba hacia otro lado.

Una mirada que no era de reencuentro. Era de otra cosa.

De alguien que está exactamente donde quería estar.

Sirius se instaló en mi falda en algún momento de la noche sin que yo lo invitara. Lo acaricié casi sin darme cuenta, por costumbre, y sentí algo parecido a la rabia cuando me acordé de dónde había estado estos cuatro días.

—Voy al baño —dije en algún momento, necesitando salir aunque fuera un minuto.

No llegué lejos.

—Estás muy callada —dijo David detrás de mí en cuanto doblé hacia el pasillo—. Antes no cerrabas la boca.

—No quiero hablar con vos. ¿No te quedó claro?

—Quiero que me dejes en paz. Que no me mandes mensajes, que no le escribas a mi papá y que no vuelvas. Alejate como lo hiciste aquel día.

Su sonrisa desapareció.

—No lo haré. —Se acercó despacio, con una seguridad que me molestó más que cualquier otra cosa—. Volví con el objetivo de estar con vos. No me voy a rendir esta vez, Oriana.

Lo tenía a cinco centímetros. Su mano en mi cintura, la otra rozando apenas mi mentón. Quise apartarlo pero mi cuerpo se tensó de una manera que no obedecía lo que yo quería.

Su pulgar acarició mi labio inferior.

—Dejame besarte —susurró—. Sé que vos también querés .

Quise decirle que no. Que se equivocaba. Que once años y todo lo que había pasado en ellos eran razones suficientes.

Pero no lo hice.

Y eso, más que cualquier otra cosa que hubiera pasado esa noche, fue lo que más me asustó de mí misma.

Cuando abrí los ojos Carlos estaba en el umbral del pasillo con la cuchara de madera todavía en la mano, mirándonos con una expresión que tardó un segundo en acomodarse.

El calor me subió a la cara de golpe.

—Pa...Papá.

—Tranquila, Ori. —Una sonrisa pequeña y cómplice—. Veo que interrumpí algo.

—No interrumpiste nada. —Me separé de David más rápido de lo que debería—. No fue nada.

David se rió bajito a mi lado. Le di un empujón que no sirvió de nada.

—Bueno —dijo Carlos, con la diplomacia de alguien que decidió no meterse—. Yo me voy a la cama que por fin tengo sueño. Quédense si quieren.

—Gracias, pa. Descansá.

Lo abracé. Me devolvió el abrazo con esa fuerza suya tranquila y después desapareció por el pasillo.

El silencio que quedó era incómodo de una manera diferente al de antes.

—Te llevo a casa —dijo David.

—No hace falta, puedo tomar un taxi.

—A esta hora no. —No era una sugerencia—. Vengo en auto.

—Estoy bien. Siempre lo hice.

Me miró con esa expresión que no supe cómo leer del todo.

—Antes no estaba yo.

Algo en esa frase me generó una incomodidad que no supe nombrar. Sonaba a cuidado. Sonaba a alguien que quería protegerme. Pero había algo debajo, algo en el tono, que no terminaba de cerrar .

Lo descarte. Era tarde y estaba cansada y quizás simplemente estaba buscando problemas donde no los había.

Acepté.

El auto de David olía a tabaco y a ese perfume suyo que once años no habían cambiado. Me acomodé en el asiento del acompañante y miré por la ventana mientras él arrancaba sin apuro.

La ciudad a esa hora tenía algo de irreal. Las calles casi vacías, las luces amarillas de los semáforos, el ruido del motor como único sonido.

—¿Querés que ponga música?

—Como quieras.

Puso algo suave que no reconocí. Nos quedamos en silencio un rato.

—Gracias por quedarte —dijo después.

—No me quedé por vos. Me quedé por papá.

—Lo sé. —Una pausa—. Igual gracias.

No respondí.

Cuando frenó frente a mi casa apagó el motor pero no hizo ademán de bajarse. Se quedó con las manos sobre el volante mirando hacia adelante.

—Quiero que me des una oportunidad, Ori.

—David…

—Una sola. —Se giró hacia mí—. Sé que tengo once años de silencio en contra. Sé que no tengo derecho a pedirte nada. Pero estoy acá y no me voy a ir.

Lo miré. En la penumbra del auto sus ojos marrones tenían algo que no había visto antes, o que no había querido ver. Algo que se parecía a la vulnerabilidad aunque no pudiera estar segura de que lo era.

Pensé en la playa. En los dieciséis años. En todo lo que había guardado durante once años sin saber bien dónde ponerlo.

Pensé en lo que quería decirle, que no, que era demasiado tarde, que el silencio tiene un precio que no se paga con volver.

—Una oportunidad —dije en cambio.

Y lo vi sonreír en la oscuridad .

Abrí la puerta para bajarme. Antes de que pudiera cerrarla su mano encontró la mía.

—Quedame un poco más.

—Es tarde.

—Cinco minutos.

Me quedé. No sé por qué me quedé pero me quedé.

Se acercó despacio, dándome tiempo para apartarme si quería. Una parte de mí quería. Otra parte, esa parte vieja y cansada de querer algo que nunca había podido tener, no se movió.

Me besó.

Esta vez fue diferente al del pasillo. Más tranquilo. Más paciente. Como alguien que siente que finalmente tiene tiempo.

Cuando me aparté tenía el corazón acelerado y algo parecido a la confusión instalado en el pecho.

—Buenas noches, David.

—Buenas noches, tontita.

Entré a casa sin mirar atrás.

Cerré la puerta y me quedé parada en el oscuro del living un momento, escuchando el sonido del auto alejándose.

No pensé en la incomodidad de antes. No pensé en el tono de su voz cuando dijo "antes no estaba yo" como si mi vida antes de él hubiera sido un error que venía a corregir.

Solo pensé en que por primera vez en once años había tenido lo que siempre quise.

Y traté de convencerme de que eso era suficiente para ignorar todo lo demás.

Semanas después

Pasaron las semanas. David y yo terminamos saliendo.

Todo parecía normal pero no lo era.

Aparecía sin avisar. Preguntaba demasiado, miraba demasiado. Y cuando algo no le gustaba se notaba, en el silencio que se volvía tenso, en la mandíbula apretada, en esa manera suya de hacer que yo sintiera que había hecho algo mal sin decirme exactamente qué.

Aprendí a leer esas señales sin darme cuenta de que las estaba aprendiendo.

Ese día había quedado con él después del trabajo. Estaba hablando con Luciano, uno de mis alumnos más aplicados, explicándole que podía escribirme al mail si necesitaba ayuda con el trabajo práctico, cuando escuché su voz detrás de mí.

—Espero que no necesites escribirle a mi novia, pendejo.

Me giré. David estaba ahí, con esa expresión suya que conocía cada vez mejor y que nunca me gustaba ver.

Luciano recogió sus cosas y se fue sin decir nada.

—¿Me podés explicar qué hacés acá? —Le hablé en voz baja, controlándome—. Te dije que no vinieras a mi trabajo así.

—¿Por qué? ¿Para que puedas andar a las risitas con tus alumnos?

—Es un alumno, David. Su única intención es aprobar mi materia.

—¿Y por qué le das tu mail y no tu celular? ¿Tenés miedo que vea cómo te escribís con otros?

Respiré hondo.

—Te estás pasando. O parás con esos celos o terminamos.

—Solo intento cuidarte. —Me tomó del brazo con una presión que no fue gentil—. Siempre tan ingenua, sin ver las intenciones de los demás.

—Es un alumno de dieciséis años. —Me solté—. Pará de una vez.

Me di vuelta y empecé a caminar. Escuché sus pasos apresurándose detrás.

—Ori, amor, pará. —Sus brazos me rodearon por detrás, su cara en mi cuello, su voz bajando hasta volverse casi tierna—. Perdoname. Tenés razón.

Lo sentí aflojarse contra mí y algo en mi pecho se aflojó también aunque no quería.

Así era siempre. El enojo, el límite, el abrazo. El ciclo tan prolijo que a veces me preguntaba si era real o si lo tenía ensayado.

—¿Queremos ir a merendar? —susurró.

Y yo, como siempre, elegí creer que esta vez iba a ser diferente.