Detrás de ti Capítulo 2
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Capítulo 2

Había una canción que no podía escuchar sin que algo en mí se tensara.

No era una canción triste, ni siquiera hablaba de lo mismo que yo sentía. Pero hay canciones que se instalan en momentos específicos y después no pueden desanclarse de ellos por más que uno quiera.

Hate you sonaba de fondo esa tarde en mi departamento mientras Jessica repasaba sus apuntes de matemática en el sillón y yo fingía corregir los míos de literatura.

—¿Estás bien? —preguntó sin levantar la vista—. Te pusiste rara de golpe.

—Sí, es solo que esta canción…

No terminé la frase. No sabía cómo terminarla sin que sonara a más de lo que quería decir.

Jessi cerró el apunte y me miró. Esa mirada suya que no preguntaba sino que esperaba, que sabía que tarde o temprano iba a llegar lo que yo estaba guardando.

La conocía hacía un año. O mejor dicho, hacía un año que nos conocíamos de verdad.

Nos habíamos cruzado varias veces en el instituto sin haber hablado realmente.

De esas personas que uno ve y reconoce sin saber su nombre, que existen en la periferia sin terminar de volverse reales.

Hasta que una noche de junio, en la fila para entrar al recital de Axel, nos encontramos paradas una al lado de la otra sin haberlo planeado.

—Che, vos estudiás en el Advanza, ¿no? —me había preguntado ella, mirándome con esa franqueza directa que después aprendí que era simplemente su manera de ser.

—Sí. Literatura. Vos también, ¿no?

—Matemática. —Sonrió—. Somos lo más opuesto que existe y las dos vinimos a ver a Axel.

Nos reímos. Y de ahí no paramos.

Esa noche cantamos juntas durante dos horas, nos sacamos fotos que salieron todas movidas, tomamos el colectivo de vuelta hablando como si nos conociéramos de toda la vida. Para cuando llegué a casa ya teníamos un chat de WhatsApp y planes para el fin de semana.

Con Jessi fue así. Sin ceremonias, sin proceso. Un día no existía y al siguiente era la persona con quien hablaba de todo.

Casi de todo.

Porque lo de David nunca se lo había contado. No por falta de confianza, sino porque decirlo en voz alta lo volvía demasiado real. Y durante un tiempo preferí que siguiera siendo solo mío, ese peso que sabía cargar porque lo había cargado siempre.

Hasta esa tarde.

—Es sobre alguien —dije, mirando el vaso que tenía entre las manos.

Jessi no dijo nada. Esperó.

—Alguien de antes. De hace mucho.

Y lo conté. Todo. Desde que nos conocíamos desde bebés porque nuestras madres eran amigas, del vals en mis quince; hasta la playa, desde el beso hasta el silencio en esos años.

Desde la muerte de mamá hasta los días contando meses esperando que apareciera y la certeza gradual de que no iba a aparecer .

Cuando terminé, Jessica explotó.

—¿Cómo se va a ir sin decir nada? —Se levantó de golpe—. ¡Lo odio! ¡Ni lo conozco y ya lo odio! ¡Decime dónde está que voy y le exijo una explicación!

La miré sin sorprenderme. Era exactamente la reacción que esperaba.

—No vas a hacer nada —dije, más tranquila de lo que me sentía—. Ya lo busqué. Durante años. No hay nada, ni un rastro. Es como si hubiera desaparecido.

Jessi frunció el ceño.

—Eso es rarísimo. Nadie desaparece así. —Dudó—. A menos que…

Se frenó sola.

—Que esté muerto —dije yo.

El silencio que siguió fue pesado. Sí, lo había pensado mil veces. Era la única manera de explicar ese vacío. Eso, o que simplemente hubiera decidido borrarme de su vida.

—Perdón —murmuró Jessi—. No debería haber dicho eso.

Negué con la cabeza.

—No pasa nada. Al contrario, creo que necesitaba decirlo.

Y era verdad. Por primera vez no estaba sola con eso.

Jessi se acercó y me abrazó sin decir nada más. Después, como solo ella sabía hacer, puso música y el momento pasó sin necesidad de que ninguna de las dos lo forzara.

BTS. Después las dos cantando como si no existiera nada más importante en el mundo que esa canción en ese momento.

Así era Jessi. Así éramos nosotras.

* * *

Esa misma noche, en el presente, el timbre sonó a las nueve.

No me sorprendió verla. Le había escrito apenas llegué a casa, con las manos todavía un poco temblorosas y el olor a tabaco todavía en la ropa.

Jessi entró levantando dos packs de cerveza como trofeos.

—Traje refuerzos —dijo—. Contame todo.

Se tiró en el sillón como si fuera su casa, que en cierta manera era. Mientras buscaba algo para picar le conté lo que había pasado esa tarde. El bar, las fotos de Pehuén Co, el cuadro del centro, David apareciéndose detrás del mostrador como si once años fueran nada.

Cuando terminé me miró fijo.

—Pará. ¿Me estás diciendo que el dueño del bar es David?

—Sí.

—¿El mismo David?

—El mismo.

Tomó un trago largo.

—¿Y te besó?

No contesté enseguida.

—Sí.

—No, bueno, listo. —Se levantó de golpe—. Yo lo mato.

—Jessi…

—¿Cómo hace eso como si nada? ¿Once años después? ¿Qué se cree? —Empezó a caminar de un lado a otro—. ¿Y vos qué hiciste?

La miré. Se quedó quieta.

—Lo besaste.

—Fue un segundo …

—Lo besaste —repitió.

—Sí.

Silencio.

—Bueno —dijo al fin—. No te juzgo. Pero lo odio igual.

Después de un rato se le ocurrió algo. Encendió la computadora como si fuera una misión.

Buscamos en todos lados. Facebook, Instagram, variaciones del nombre. Nada.

—Esto no es normal —murmuró—. Nadie no tiene nada.

Sentí un pequeño nudo en el estómago.

—Capaz no usa redes.

—O capaz no quiere que lo encuentren.

La frase quedó flotando más de lo necesario.

—¿Y si tiene otra vida? —agregó—. ¿Familia, hijos…?

—Jessica.

—Bueno, bueno. Solo digo.

Pero ya me había dejado pensando.

La noche siguió, pero evitamos volver al tema. Cuando se fue me quedé ordenando en silencio hasta que el celular vibró.

Instagram. Una solicitud de seguimiento de @Besos_bajolaluna.

No acepté.

Apagué la pantalla y fui a ver si Sirius había vuelto. El plato seguía lleno. El ventiluz, abierto.

Cuatro días ya.

Me fui a dormir diciéndome que mañana aparecía.

Me desperté de golpe pasada la medianoche. La habitación estaba quieta pero algo no se sentía bien, una de esas sensaciones que el cuerpo tiene antes de que la cabeza pueda explicarlas.

Me acerqué a la ventana despacio.

Afuera, entre los árboles de la vereda, había una silueta. Quieta. Mirando hacia mi casa.

El corazón me empezó a latir más fuerte.

Parpadeé. Ya no estaba.

Cerré la ventana de golpe y la trabé. Me quedé parada en el medio de la habitación sin saber bien qué hacer con lo que acababa de ver, o creer ver.

El celular vibró sobre la mesa de luz.

3:07 a.m. David.

Si no me respondés, voy a tener que hablar con Carlos.

El enojo me atravesó el pecho de una manera física, como un golpe. Mi papá. Que llevaba años rehaciendo su vida después de perder a mamá, que trabajaba demasiado y dormía poco y lo último que necesitaba era que alguien apareciera del pasado a complicarle lo que había construido con tanto esfuerzo.

Que se atreviera a nombrarlo me sacó de cualquier duda que pudiera haber tenido.

Dejé el celular boca abajo. No iba a responder, no esa noche, ni nunca si podía evitarlo.

Puse música bajito. Morat.

"Si yo nunca te busqué, no me llames…"

Solté una risa corta y sin gracia. Publiqué la frase en Facebook sin escribir ningún nombre. No era una respuesta directa, pero era suficientemente clara para quien tenía que entenderla.

A los minutos :

David: Por favor.

No contesté. Apagué la luz.

Pero el sueño no volvió. Me quedé mirando el techo con los ojos abiertos, escuchando la casa, pensando en la silueta entre los árboles y en si había sido real o si el cansancio me estaba jugando una mala pasada.

Y pensando en Sirius, que seguía sin aparecer.