Capítulo 1
Hacía tres días que Sirius no aparecía.
No era la primera vez. Los gatos hacen eso, se van, exploran, vuelven cuando quieren como si nada hubiera pasado. Me lo repetí esa tarde mientras le dejaba el plato con comida en el patio y el ventiluz entornado por si se dignaba a volver.
—Si llegás y no hay comida es tu problema —le dije al aire.
El aire no respondió. Sirius tampoco.
Salí caminando sin apuro. La tarde tenía ese clima de marzo que en Bahía engaña, fresco pero no frío, con una luz que caía de costado y hacía que todo pareciera más tranquilo de lo que era.
Me gustaba caminar a esa hora, cuando la ciudad todavía no había terminado de apagarse pero ya no tenía la urgencia del mediodía.
Jessi no había podido. Correcciones, me dijo, y yo la entendí porque era exactamente la excusa que yo misma usaba cuando no quería salir. Pero esa tarde sí quería. Necesitaba aire, movimiento, algo que no fuera las cuatro paredes de casa.
Pensé en el bar mientras caminaba.
Cande llevaba semanas hablando del dueño. Ludmila también. Las dos con esa energía suya de cuando descubrían algo o a alguien que les parecía extraordinario.
—Tenés que conocerlo, Ori —me había dicho Cande la última vez, con esa cara de quien guarda un secreto a punto de explotar—. Es una cosa seria.
—Muy seria —había agregado Ludmila—. Y te quedás corta.
Yo había sonreído y había cambiado el tema, como siempre. No era que no quisiera conocer a nadie. Era que ya había intentado hacerles caso una vez y el resultado había sido dos horas escuchando a un chico hablar de sí mismo sin pausas, mirándome como si yo fuera parte del decorado.
Después de eso decidí que prefería elegir yo.
El problema era que hacía tiempo que no elegía nada en ese sentido. Después de David, algo en mí había aprendido a estar sola sin que doliera demasiado. O quizás había aprendido a no mirar en esa dirección para no tener que descubrir si dolía o no.
Lo más fácil era no intentarlo.
Vi el cartel desde la mitad de la cuadra.
Besos bajo la luna.
El nombre ya me resultaba incómodo antes de entrar.
Me detuve un momento en la vereda, mirándolo.
Había algo en ese nombre, en esas palabras juntas, que me generaba una incomodidad que no supe explicarme.
Una especie de reconocimiento sin objeto, como cuando una canción te suena familiar pero no podés ubicar de dónde.
Entré igual.
El ambiente era cálido. Madera, luz suave, música que no molestaba. El tipo de lugar donde uno entra y decide quedarse sin haberlo planeado. Habría unas quince o veinte personas distribuidas en las mesas, el murmullo tranquilo de las conversaciones, el olor a café.
Después vi las paredes.
Pehuén Co. Una y otra vez. De día, de noche, con marea alta y con marea baja. Atardeceres que conocía de memoria aunque hubiera estado ahí una sola vez en mi vida.
Algo en mi pecho se apretó.
En el centro, el cuadro más grande. Una pareja besándose bajo la luna. La imagen era borrosa, imprecisa, pero no lo suficiente. No necesité ver los rostros para sentir que algo en esa escena me pertenecía de una manera que no quería que me perteneciera.
Me senté en la primera mesa libre. Solo un café, me dije. Nada más.
—Buenas tardes. ¿Qué le puedo servir?
El cuerpo reaccionó antes que la cabeza. Me giré despacio, con esa certeza extraña de quien ya sabe lo que va a encontrar aunque no pueda explicar cómo.
Y ahí estaba.
Once años. Once años y seguía siendo él, aunque distinto. Más alto, más marcado, con una barba que antes no tenía y un cigarrillo apagado detrás de la oreja. Los mismos ojos marrones que me habían quemado en una playa de noche hacía demasiado tiempo.
—¡David!
No pude evitarlo. Varias cabezas se giraron hacia mí. No me importó.
Él me miró. Con una calma demasiado perfecta, demasiado neutral.
—¿Te conozco?
El golpe fue directo al pecho. Me levanté. Agarré mis cosas. No iba a pasar por eso otra vez, no después de once años, no en medio de un bar lleno de gente que ahora nos miraba sin disimulo.
—Era un chiste.
Su mano en mi cintura fue inmediata. Firme. Demasiado firme para ser casual.
—¿Cómo no voy a saber quién sos, tontita?
Ese apodo. Ese tono. El olor a tabaco que antes no existía y que ahora lo definía de una manera que no me gustó.
—Soltame —dije, en voz baja pero sin dejar margen—. Y no me digas tontita.
Me solté. El calor me subió de golpe, no de vergüenza sino de algo más parecido al enojo, a las ganas de decirle todo lo que había guardado once años y al mismo tiempo de no darle la satisfacción de ver que todavía podía afectarme.
—Hablemos, Ori. —Intentó tocarme otra vez.
Me corrí.
—¿No me extrañaste?
La pregunta me atravesó de una manera que no esperaba.
—Sí —dije, y era verdad—. Por momentos sí. Pero te fuiste. —Las palabras salieron solas, sin filtro—. No volviste. Ni siquiera cuando mamá murió .
El silencio que siguió fue pesado.
—Perdón —dijo—. Volví por vos.
Algo en esa frase no me tranquilizó. Al contrario.
—Abrí este lugar esperando que entraras.
Miré las paredes. Las fotos de Pehuén Co. El cuadro del centro.
—No es casualidad —agregó.
No. No lo era. Y eso era exactamente lo que me hacía querer salir.
—Dejame ir.
No levanté la voz. No hacía falta.
—Y no me busques más.
Intenté caminar hacia la puerta pero no llegué lejos. Sus brazos me rodearon por detrás, en el medio del bar, con gente mirando, con todo.
—No puedo dejarte ir.
Y entonces me besó.
No fue un gesto dulce. Fue algo más parecido a una declaración, a querer demostrar algo delante de todos. El gusto a cigarrillo me invadió y por un segundo, solo un segundo, algo en mí recordó una playa y una noche y dieciséis años.
Pero solo un segundo.
Lo empujé. Fuerte.
Las miradas seguían ahí. No me importaron.
Me fui sin mirar atrás.
El aire frío de la calle me golpeó de lleno. Caminé rápido, sin dirección clara al principio, hasta que el bar quedó atrás y después más atrás todavía.
Pero la sensación de sus brazos no desapareció con la distancia.
David había vuelto. Había construido un lugar entero esperando que yo entrara.
Y algo en eso, algo que no quise nombrar todavía, me daba más miedo que cualquier otra cosa.
Llegué a casa y fui directo al baño. Necesitaba el agua caliente, necesitaba quitarme el olor a tabaco de la ropa y el recuerdo de ese beso de la boca.
Mientras esperaba que se calentara el agua llamé a Sirius por costumbre.
Nada.
Tres días. Seguro volvía mañana, me dije. Los gatos hacen eso.
Abrí la ducha y dejé que el vapor llenara el baño antes de entrar.
No pensé en Sirius.
Pensé en David. En sus ojos cuando fingió no reconocerme. En esa fracción de segundo donde la máscara había estado perfectamente puesta.
Demasiado perfecta.
Demasiado ensayada.