Detrás de ti
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Prólogo
Tendría que haber notado algo esa noche.
Quizás lo noté y no quise verlo. A los dieciséis años y enamorada, uno ve lo que quiere ver.
Caminamos hasta la orilla sin apurarnos.
La noche estaba quieta, el mar también. David tenía la cara todavía colorada por las cervezas que había tomado antes, más de las que debería, intentando encajar en un lugar donde no era necesario que encajara.
Eso siempre me pareció raro en él: esa necesidad de ser lo que los demás esperaban, como si la versión real no fuera suficiente.
Nos quedamos parados frente al agua un rato largo sin decir nada. El silencio con David nunca había sido incómodo. Era de esos silencios que se comparten sin esfuerzo, de toda la vida.
Después me abrazó por detrás.
No fue un gesto brusco ni inesperado del todo. Fue algo que pareció natural en el momento, su manera de estar cerca sin tener que explicarlo. Sentí su respiración cerca de mi oído y algo en mi pecho se apretó de una manera que no supe cómo nombrar.
—Te quiero, tontita —susurró.
No era la primera vez que me lo decía. Pero esa noche sonó diferente. Más pesado. Como si la palabra tuviera un fondo que no terminaba.
Me giré apenas para mirarlo. Sus ojos estaban fijos en los míos, con una intensidad que no le había visto antes. O que no había querido ver.
No sé quién se acercó primero. Solo sé que mis labios cedieron antes de que pudiera pensarlo, y que por un momento él me devolvió ese beso como si también lo hubiera estado esperando.
Duró poco.
David se apartó de golpe, como si algo lo hubiera quemado. Vi en su cara algo que no entendí: no era solo sorpresa. Era otra cosa. Algo más oscuro, más controlado. Como si hubiera tomado una decisión antes de que yo terminara de darme cuenta de lo que había pasado.
—Esto está mal —dijo.
Las palabras fueron secas, definitivas. Se metió al mar sin mirarme más, como si necesitara poner distancia entre los dos de la manera más literal posible.
Lo esperé en la orilla, sin saber qué hacer con las manos, con el corazón, con todo.
Cuando salió, no me miró.
—Volvamos. Fue un error.
Caminó adelante. Yo lo seguí, intentando decirle que no, que no había sido un error, que hacía tiempo que sentía algo y que no podía ser solo yo. Pero su espalda recta, sus brazos moviéndose de más, todo en él decía que la conversación había terminado antes de empezar.
Esa noche volví a Bahía Blanca en silencio, dormida contra la ventana del auto para no tener que sentir la tensión. O eso pretendí.
Lo que no supe entonces es que David no se había apartado por miedo a lastimarme.
Se había apartado porque no sabía qué hacer cuando algo se le escapaba del control.
* * *
Esa noche no podía dormir.
Me pasaba seguido desde que mamá había enfermado. Me quedaba despierta escuchando la casa, los ruidos que hacía el silencio cuando papá no estaba, cuando éramos solo ella y yo.
Me levanté despacio y fui hasta su habitación. La puerta estaba entornada, como siempre la dejábamos para escucharla si necesitaba algo.
Estaba despierta. Me miró cuando entré y sonrió, como si verme fuera lo mejor que le podía pasar aunque fueran las dos de la mañana.
—¿No dormís? —preguntó. Su voz era más baja que antes, pero seguía siendo ella.
—Vine a ver si necesitabas algo.
—Compañía —dijo—. Si tenés ganas.
Me senté en el borde de la cama con cuidado, como había aprendido a hacer estas últimas semanas. La habitación tenía esa luz amarilla de la lámpara pequeña que dejábamos prendida de noche, y olía a los remedios y a su perfume mezclados, un olor que con el tiempo aprendí a asociar con el miedo.
Estuvimos un rato en silencio. De esos que con ella nunca fueron incómodos.
—¿Cómo vas con el secundario? —preguntó.
—Bien. Casi termino.
—Tu papá me contó que estás sacando muy buenas notas.
—Intento.
Asintió despacio, con los ojos fijos en el techo.
—Sé lo que estás pensando, Ori.
La miré.
—Que cuando termines vas a ponerte a trabajar para ayudarlo. —Me miró de costado—. No quiero eso.
—Mamá…
—No quiero eso —repitió, más suave pero igual de firme—. Vas a estudiar. Lo que quieras, pero vas a estudiar.
No respondí. Sabía que discutir no tenía sentido, y tampoco quería gastar esa noche en eso.
Hubo otro silencio. Afuera un auto pasó despacio y después todo volvió a quedarse quieto.
—Tengo algo que contarte —dije, sin haberlo planeado del todo.
Ella no se movió, pero algo en su atención cambió. Esa capacidad suya de escuchar con todo el cuerpo.
—Es sobre David.
Esta vez sí se movió. Giró apenas la cabeza para mirarme mejor.
—¿Qué pasó con David?
Dos años guardando eso. Dos años diciéndome que no era para tanto, que ya iba a pasar, que no hacía falta contarlo. Y sin embargo ahí estaba, en esa habitación con olor a remedios y luz amarilla, incapaz de seguir callándome.
—Cuando fuimos a Pehuén Co —empecé—, la última noche nos besamos.
El silencio que siguió fue breve pero lo sentí largo.
—¿Se besaron?
No fue una pregunta. Era ella acomodando algo que no esperaba tener que acomodar.
—Sí. Yo… hace tiempo que siento algo por él. No sé desde cuándo. Y esa noche pasó y después él dijo que había sido un error y volvimos sin hablar y nunca más supimos nada de él.
Mamá no dijo nada enseguida. Me miraba con esa expresión que yo conocía bien, la de cuando estaba pensando de verdad antes de hablar.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
No había reproche en su voz. Solo una pregunta genuina, y debajo de ella algo más pequeño, algo que se parecía a la tristeza de enterarse tarde.
—No sé —respondí, honesta—. Creo que si no lo decía en voz alta podía hacer de cuenta que no había pasado. Que no me dolía.
Asintió despacio. Eso lo entendía.
—¿Lo querés?
—Sí —dije—. O lo quería. Ya no sé bien qué siento.
Se quedó mirando el techo otra vez. Cuando volvió a hablar, eligió cada palabra con cuidado.
—David siempre fue un chico difícil de entender, Ori. Aunque no lo parezca. —Hizo una pausa—. Hay algo en él que nunca terminé de leer del todo. No sé explicarlo.
Quise preguntarle qué quería decir. Qué era eso que no podía explicar. Pero antes de que pudiera hacerlo la tos llegó, primero una vez, después más seguido. Me levanté a buscarle agua, le acomodé las almohadas, esperé a que pasara.
—Estoy bien —dijo cuando pudo, con una sonrisa que era puro esfuerzo—. Dejame de preocupar.
Le tomé la mano y me quedé así un rato, sin decir nada .
—Mañana seguimos hablando —dijo ella, con los ojos ya pesados—. Hay cosas que quiero contarte.
—Mañana —prometí.
Esperé a que se durmiera antes de irme. Me quedé en el borde de la cama escuchando su respiración hasta que se hizo pareja y profunda.
No supe que era la última vez.
A la mañana siguiente entré con el desayuno como todos los días.
Pero mamá ya no respondió.
* * *
Los meses que siguieron a la muerte de mamá fueron de esos que no se recuerdan del todo.
Papá trabajaba más que antes, si eso era posible. Llegaba tarde, comía poco, dormía menos. Yo aprendí a respetar ese silencio suyo porque era la única manera que él tenía de seguir de pie. Cada uno procesaba a su manera. Él trabajando. Yo quedándome quieta.
Terminé el secundario casi sin darme cuenta. Lo hice porque había que hacerlo, porque mamá lo hubiera querido, porque era lo único que tenía claro en medio de todo lo demás que no lo estaba.
Durante meses no toqué sus cosas.
La habitación quedó como ella la había dejado. Papá cerraba la puerta al pasar, yo la abría a veces y me quedaba parada en el umbral sin entrar, como si cruzar ese límite fuera hacer algo irreversible.
Hasta que una tarde de invierno decidí que era momento.
No fue una decisión dramática. Fue simplemente que me levanté, abrí la puerta y entré.
Empecé por el placard. Doblé su ropa despacio, sin apuro, dejándome quedar un momento con cada prenda si necesitaba. Después la mesita de luz, los cajones del escritorio.
Fue en el último cajón donde los encontré.
Cuadernos. Varios, apilados con cuidado, como si alguien los hubiera guardado sabiendo que algún día alguien más los iba a encontrar. Las tapas eran simples, sin adornos. Abrí el primero con cuidado, casi con miedo.
La letra de mamá llenaba cada página.
Poemas. Historias cortas. Fragmentos de cosas más largas que quizás nunca terminó. Una escritura íntima, sin pretensiones, de alguien que escribía porque necesitaba hacerlo y no por ninguna otra razón.
Me senté en el piso y leí durante horas.
En el último cuaderno, doblado con cuidado entre las páginas, había un papel diferente. Lo abrí despacio.
Era su título. Profesora de Lengua y Literatura.
Me quedé mirándolo un momento largo sin entender del todo. Nunca había sabido eso de ella. Nunca me lo había contado, o yo nunca había preguntado, y de repente no sabía cuál de las dos cosas me dolía más.
Esa noche esperé a que papá llegara.
Lo encontré en la cocina calentando algo sin ganas y me senté frente a él con el título sobre la mesa entre los dos.
Me miró. Después miró el papel. Después volvió a mirarme. Suspiró.
—¿Dónde lo encontraste?
—En sus cuadernos. —Hice una pausa—. ¿Por qué nunca me dijeron que era profesora?
Soltó el aire despacio, como quien suelta algo que lleva mucho tiempo cargando.
—Porque ella no quería que lo supieras de esa manera. Quería contártelo ella misma cuando fuera el momento. —Apoyó las manos sobre la mesa—. Lo dejó cuando naciste. Dijo que prefería estar con vos, que el resto podía esperar. Que iba a volver cuando vos fueras más grande.
—Y no volvió.
—No volvió.
El silencio que siguió fue de esos que no necesitan llenarse.
—Escribía —dije después.
—Siempre escribió. Desde que la conocí. —Una sonrisa pequeña le cruzó la cara por un segundo—. Era lo suyo. Como vos .
Como vos.
Esa frase me quedó dando vueltas toda la noche.
A la mañana siguiente fui a anotarme en el profesorado de Literatura. No porque lo hubiera planeado, sino porque de repente era lo único que tenía sentido.
Me recibí una mañana de noviembre con papá en la primera fila aplaudiendo como si fuera una final del mundo, con los ojos brillosos que él nunca hubiera admitido.
Empecé a trabajar en una escuela secundaria del centro. Encontré en las aulas algo parecido a lo que mamá debió haber sentido, aunque nunca pude preguntárselo. Encontré también en la escritura el mismo refugio que ella había encontrado antes que yo, sin saber que lo estaba heredando.
Mi vida a los 27 era tranquila. Ordenada. De la casa a la escuela, de la escuela a casa. Algunas salidas con amigas, algún concierto, algún bar. Nunca sola, siempre acompañada. Me gustaba así.
Fue en uno de esos días tranquilos cuando apareció Sirius.
Lo encontré en el patio de atrás una mañana de marzo, flaco y desconfiado, mirándome desde el rincón como si yo fuera la intrusa y él el dueño de casa. Le dejé comida. Volvió al otro día. Y al siguiente.
Al cabo de dos semanas dormía adentro.
Era un gato negro con una mancha blanca en el pecho, serio y silencioso como si cargara con algo importante. Le puse Sirius porque me pareció que le quedaba. Porque los gatos de la constelación siempre encuentran el camino de vuelta.
Durante semanas fue el compañero perfecto. Siempre estaba cuando llegaba, siempre en el mismo lugar del sillón, siempre mirándome con esa expresión suya de saber más de lo que decía.
Hasta que una mañana no estaba.
Revisé el patio, llamé por el barrio, pregunté a los vecinos. Nada. Sirius había desaparecido sin dejar rastro, como si nunca hubiera estado.
Lo que no supe entonces es que alguien lo había encontrado antes que yo.
O mejor dicho, que alguien lo había tomado sabiendo exactamente lo que hacía.
David llevaba semanas en Bahía Blanca. Yo todavía no lo sabía. Pero él sí sabía de mí.
Esa tarde, sin Sirius y sin planes, le escribí a las chicas.