Detrás de ti Capítulo 14
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Capítulo 14

Intentamos gritar.

Golpeamos las puertas, tiramos de las manijas. Todo fue en vano. David había trabado el auto desde el principio, como si hubiera planeado cada detalle con la misma paciencia con que había planeado todo lo demás.

Me giré hacia Jessica. Ella me miró. Sus ojos no tenían pánico, tenían algo más parecido a la concentración, esa manera suya de procesar las cosas antes de actuar que yo siempre había admirado sin decírselo.

Intenté hablarle con la mirada. Ella asintió apenas, casi imperceptible.

—¿Pueden quedarse quietas? —La voz de David llegó desde adelante, sin levantar el tono, lo cual era peor que si hubiera gritado.

Nos callamos.

El auto siguió. Miraba por la ventana intentando memorizar algo, una esquina, un cartel, cualquier punto de referencia. Pero el miedo me nublaba y las calles pasaban sin que pudiera aferrarme a nada.

Jessica rozó mi mano con la suya. Un contacto mínimo, deliberado.

Seguimos.

* * *

El lugar era oscuro y olía a humedad. Un galpón, o algo parecido, con una sola luz colgando del techo y una ventana demasiado alta para ser una salida.

David nos empujó hacia adentro con una calma que me heló más que cualquier violencia. Nos sentamos en el piso. Ató nuestras manos con precintos sin apuro, como alguien que tiene todo el tiempo del mundo.

Porque creía que lo tenía.

Se paseó un momento por el espacio, evaluando, satisfecho. Después se agachó frente a mí.

—Tanto tiempo —dijo—. Y al final estamos acá.

No respondí.

—¿Sabés lo que más me gusta de este momento? —Hizo una pausa—. Que nadie sabe dónde están.

Jessica apretó mi mano todo lo que los precintos le permitían.

David siguió hablando. De él, de nosotras, de lo que había planeado. Esa voz suya tranquila que nunca levantaba el tono porque no necesitaba hacerlo.

Y entonces cambió algo en el aire.

No fue una palabra específica. Fue el tono. Esa satisfacción particular de alguien que está por decir algo que llevaba tiempo guardando.

Jessica lo notó antes que yo. Lo vi en su cara, en cómo se tensó un segundo antes de que David hablara.

—El auto que pasó en rojo —dijo—. El que se dio a la fuga.

Me quedé quieta.

—Fui yo.

El silencio que siguió fue de otro tipo. De esos que no se llenan porque no hay palabras para lo que acaba de decirse.

—No… —empezó Jessica.

—Sí. —La miró con esa calma suya—. Fue fácil. Solo había que esperar el momento justo.

Algo en mí se rompió de una manera que no tenía sonido. Ludmila. Lucas. Cande. Sus caras aparecieron todas al mismo tiempo y no pude hacer nada con eso, no había dónde poner algo tan grande.

—Ellos estaban con vos —continuó David, mirándome—. Te cuidaban. Te alejaban de mí. —Pausa—. Eso no podía permitirlo.

Las lágrimas salieron sin que yo las decidiera. No de tristeza solamente. De algo más parecido a la devastación, a entender que el daño que David había hecho no empezaba ni termina en mí.

Se acercó a mi oído.

—Ahora sí estamos solos, Ori.

* * *

El tiempo dentro de ese galpón tenía una textura diferente. Largo y corto al mismo tiempo.

David se alejó hacia la puerta en algún momento, dándonos la espalda. Revisando algo afuera, controlando algo.

Jessica se movió hacia mí lo más que pudo.

—Tu mochila —susurró.

Tardé un segundo en entender.

—El botón antipánico —continuó—. ¿Lo tenés?

La mochila. La había sentido en la espalda cuando nos bajaron del auto. David no la había revisado.

—Sí —murmuré .

—Escuchame. —Su voz era baja pero firme—. No lo usamos todavía.

La miré sin entender.

—Si lo activás ahora y él está cerca, no llegamos vivas al rescate. Necesito que confíes en mí.

Asentí.

—Sé dónde estamos —dijo—. Cuando entré conté los giros. Estamos cerca de la zona industrial. —Hizo una pausa—. Cuando él se distraiga, salimos. Vos atrás mío. No corremos hasta estar afuera. No gritamos.

—¿Y el botón?

—Cuando estemos en movimiento.

Ruido de pasos. Bajamos la cabeza. David volvió con una botella de agua.

—No quiero que se me desmayen —dijo—. No todavía.

Se agachó frente a mí primero. Me acercó la botella.

—Tomá.

Negué.

Su mano se tensó.

—Dale, David —dijo Jessica, con una voz medida—. Si se descompone no te sirve de nada.

Funcionó. Se levantó para mirarla con fastidio.

Y me dio la espalda.

No fue un pensamiento. Fue el cuerpo actuando antes que la cabeza, esa rabia que había estado creciendo desde el galpón, desde la confesión, desde Ludmila y Lucas y Cande, desde once años atrás en una playa.

La botella estaba en el piso, al lado de mi rodilla .

La agarré con ambas manos.

Me levanté.

El miedo estaba ahí, no había desaparecido. Pero la rabia era más grande.

Golpeé.

El sonido fue seco y horrible. David soltó un gruñido y tambaleó, su mano yendo a la cabeza, la sangre empezando a correrle entre los dedos.

—¡Ahora! —gritó Jessica.

Me lancé sobre él y lo empujé con todo lo que tenía. No fue limpio ni calculado. Fue desesperado y suficiente. David cayó contra una mesa vieja que cedió bajo su peso.

Corrimos hacia la puerta lateral. Jessica la empujó con el hombro. No cedió.

—¡Otra vez! —grité.

La empujamos juntas. Atrás nuestro David gritó nuestros nombres con una rabia que no reconocí como suya.

La puerta se abrió.

La luz entró como una promesa.

Corrimos.

* * *

Llegamos a los contenedores oxidados sin aliento. Jessica me tomó del brazo.

—¿Estás bien?

—Sí. —Mentira. Pero era la única respuesta posible.

Apreté el botón antipánico con los dedos temblorosos. Una sola vez .

—Manuel va a llegar —dijo Jessica—. Antes que él.

Esperamos. El silencio era de los que duelen.

Entonces lo escuchamos.

—¡Oriana!

Me heló la sangre. Cómo nos había encontrado tan rápido.

David apareció frente a nosotras. La herida en la sien todavía sangrando, los ojos con algo que no había visto antes, una rabia sin máscara, sin el control de siempre.

Tenía un arma.

La levantó despacio.

—Basta —le supliqué—. Déjanos ir. Por favor.

—No —respondió, con esa calma que era peor que cualquier grito—. Vos te venís conmigo. A tu amiga la dejamos acá.

—No. —Me interpuse—. No la toques.

Sonrió.

—Sé que apretaste el botón. —Miró mi celular en el piso—. Tu noviecito te estuvo llamando. —Lo levantó y leyó—. Estoy yendo. Aguantá. —Nos miró—. Qué lástima que no va a llegar a tiempo.

Apuntó.

Cerré los ojos.

El sonido fue ensordecedor.

Esperé el impacto.

No llegó sobre mí.

Cuando abrí los ojos el mundo tardó un segundo en ordenarse. Después lo entendí todo de golpe, con esa claridad brutal que tienen las cosas que no querés entender.

Jessica estaba en el suelo .

—No… —Me arrodillé a su lado—. No, no, no. Jessi, por favor.

Presioné su herida con las manos. Inútilmente, lo sabía, pero no podía no hacerlo.

—Despertá. Por favor despertá.

No respondió.

La rabia me tomó entera. Me levanté sin pensar.

—¿Qué hiciste? —Le grité a David—. ¡Te odio! ¡Nunca voy a amarte! ¡Nunca!

Me abalancé sobre él sin medir nada. Ya no tenía miedo. El miedo había desaparecido en el momento en que Jessica cayó porque ya no había nada que perder que no hubiera perdido ya.

—¡David Montes!

La voz de Manuel llegó desde algún lugar detrás de mí.

Mis piernas cedieron solas. Me senté en el suelo mientras escuchaba el forcejeo, un disparo, el silencio.

—David Montes, queda detenido por el asesinato de Camila Quintana, falsificación de identidad, secuestro…

Dejé de escuchar.

Me arrastré hasta Jessica.

—Ya está —le dije, aunque sabía que no podía escucharme—. Ya terminó. Podés despertarte.

No se despertó.

La abracé igual. Con todo lo que tenía. Con todo lo que no había podido decirle en los últimos meses, las veces que no había contestado el teléfono, las veces que la había necesitado y no había sabido pedírselo, las veces que ella había estado ahí de todas maneras sin que yo tuviera que pedírselo.

—Perdón —le susurré—. Perdón, Jessi. Perdón .

Por haberla dejado entrar a esto. Por haber dejado entrar a David once años después sabiendo en algún lugar que algo no estaba bien. Por cada señal que había ignorado mientras ella miraba y esperaba y seguía estando.

Si yo no hubiera abierto esa puerta, ella estaría viva.

Ese pensamiento se instaló con una certeza que ninguna lógica iba a poder mover fácilmente.

—Ori.

La mano de Manuel en mi hombro.

—Tenemos que dejar que trabajen.

No me moví enseguida. Me quedé un momento más con la frente apoyada contra la de Jessica, en ese espacio pequeño e íntimo que ya no era de nadie más.

—Lo siento —dijo Manuel, con la voz quebrada—. Llegué tarde.

—No. —Levanté la vista—. Fui yo. Todo fue mi culpa.

Me sostuvo. No dijo que no. No intentó convencerme de lo contrario con frases que en ese momento no hubieran servido para nada.

Solo me sostuvo.

Y yo me dejé sostener ; con las manos todavía manchadas, el zumbido en mi oído de nuevo y el peso de todo lo que había perdido instaladose en algún lugar del pecho donde iba a quedarse mucho tiempo.