Detrás de la máscara Capítulo 31
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Capítulo 31

Cuando Kathleen traspasó el umbral de lo que había considerado su hogar durante los últimos diez años, un sentimiento difícil de discernir le atenazó el estómago.

En su fuero interno conservaba un atisbo de duda sobre si había errado en la elección de lo que quería para su futuro.

Había salido de allí con la firme convicción de que quería pasar su vida entre aquellas paredes, dedicada a la enseñanza. Pero ahora…

Ahora, mirando al hombre que la acompañaba, que le ofrecía el brazo con una mezcla de ternura y posesividad y la observaba con adoración, cualquier atisbo de duda desapareció.

Su futuro, su felicidad, su vida siempre estarían junto a él.

La señora Carlston salió a recibirlos con una sonrisa de bienvenida.

—Kathleen, querida, no sabes lo mucho que me alegra tu visita —exclamó la mujer con entusiasmo, tomando sus manos y apretándolas con afecto.

La muchacha contuvo el impulso de abrazarla. Sabía que esas demostraciones de afecto incomodaban a su mentora y ella lo respetaba. Así que le devolvió el apretón y le sonrió con cariño.

—Charlotte, quiero presentarle a Nicholas Richmond, marqués de Dunmore y… mi prometido —añadió con una sonrisa de inmensa felicidad.

La señora Carlston la observó con sorpresa, pero pronto se hizo eco de la felicidad que evidenciaba el rostro de Kathleen y sonrió con deleite.

—Enhorabuena, querida. Me alegra que hayas tomado la decisión que te hace más feliz —dijo, sincera—. Lord Dunmore, espero que sepa valorar a la extraordinaria mujer con la que se va a casar —añadió, con una mirada de advertencia hacia el marqués.

—No le quepa la menor duda. Kathleen es mi mayor tesoro.

Esa afirmación le valió una mirada de aprobación por parte de la señora Carlston.

—Charlotte, yo… hay una cosa de la que me gustaría hablar con usted.

La mujer debió de leer en la mirada de Kathleen que se trataba de un asunto serio, porque su expresión se volvió un tanto reservada y tensó el cuerpo.

—Como gustes, querida. Pero será mejor que pasemos a la biblioteca.

—Si no hay inconveniente, yo os esperaré aquí —declaró Nicholas, sabiendo lo que Kathleen pensaba hacer y ofreciéndole la privacidad que necesitaba para aquella conversación tan delicada.

Una vez encerradas en la intimidad de la biblioteca, Kathleen comenzó a hablar con cautela, sin saber muy bien cómo abordar el tema en cuestión.

—Recuerdo a la perfección el día que llegué al internado.

Mi madre acababa de morir. Tía Heather apareció de la nada y me trajo aquí.

Aunque intentaba disimularlo, me sentía aterrada —reconoció, sin vergüenza—.

Charlotte, siempre le estaré agradecida por la manera en que me acogió.

La paciencia que tuvo conmigo, las clases extra que me dio en privado para poder estar al nivel de las chicas de mi edad, el apoyo y el cariño que siempre me ha demostrado.

Siempre sentí que yo era especial para usted —añadió, mirándola con fijeza—, pero hasta ahora no sabía por qué.

Aunque la señora Carlston permanecía inmóvil, a Kathleen no se le escapó el brillo fugaz que destelló en sus ojos, un instante de reconocimiento que la hizo palidecer ligeramente.

—Lo sabes —musitó.

No era una pregunta, era una afirmación.

—Sí, lo sé —confirmó Kathleen—. Lo que todavía no sé es por qué me lo ocultó todos estos años.

La señora Carlston suspiró con alivio, como si con sus siguientes palabras fuera a quitarse un gran peso que había arrastrado durante mucho tiempo.

—Vergüenza, remordimiento, miedo —musitó con pesar—.

Elige cualquiera de ellas o las tres a la vez.

Cometí muchos errores en mi juventud, pero el peor de todos fue abandonar a mis hermanas.

Con catorce años tuve la oportunidad de unirme a una compañía itinerante de teatro, bastante penosa, pero cualquier cosa era mejor que la vida que me esperaba en Whitechapel, así que me fui sin dudar.

Al principio mantuve correspondencia con mis hermanas, pero, cuando conocí al señor Carlston, decidí cortar todo lazo con mi pasado —admitió—.

El señor Carlston era un erudito sin familia, con mucho dinero y pocas aspiraciones, que disfrutaba de una vida sencilla en el campo y solo buscaba un poco de compañía —explicó, recordándolo con cariño—.

Se encaprichó de mí, tanto que se casó conmigo.

Yo era como un reto personal para él, convencido de que las mujeres podían ser tan inteligentes como los hombres y de que, con la guía adecuada, incluso una mujer del arroyo como yo podía convertirse en toda una dama.

Y cumplí con creces sus expectativas —reconoció con orgullo.

Luego su mirada se tornó triste—. Tras su muerte, heredé todas sus posesiones y decidí convertir su mansión en una escuela para señoritas, algo prestigioso que ofreciera una educación a la altura de las escuelas masculinas.

—¿Y por qué no contactó de nuevo con sus hermanas? ¿No pensó que tal vez necesitaran su ayuda? —inquirió Kathleen, tratando de entender.

—¡Lo hice! —exclamó la señora Carlston en voz alta, perdiendo un poco la compostura. Con un suspiro, volvió a tranquilizarse—. Lo hice, contacté con ellas. Pero tu madre era demasiado orgullosa para recibir limosnas. Siempre rechazó cualquier tipo de ayuda por mi parte. Y en cuanto a Heather…

—Tía Heather se aprovechó de su buena voluntad y comenzó a chantajearla —adivinó Kathleen, consciente de cómo había sido su tía.

—Como directora de una academia de señoritas, la reputación lo es todo. Si se hubiera conocido mi verdadero origen, habría significado la ruina —admitió la señora Carlston, confirmando las sospechas de Kathleen.

—Ella nunca pagó mi educación aquí, ¿verdad?

Charlotte negó con la cabeza. Se levantó de la silla y empezó a andar por la habitación, sin rumbo, frotándose las manos como solía hacerlo cuando intentaba controlar alguna emoción profunda.

—Yo… no sabía de tu existencia hasta que te vi ante mi puerta.

Si hubiese sabido de ti, habría insistido a tu madre para que aceptase mi ayuda, incluso te habría traído aquí —balbució—.

No hacían falta chantajes para que me ocupara de ti.

Por Dios, eres mi sobrina. Te quise desde el primer momento en que te vi —admitió con un sollozo.

Kathleen se levantó al instante y corrió a abrazarla.

La señora Carlston al principio se puso rígida, no acostumbrada a las demostraciones físicas de afecto, pero enseguida comenzó a temblar y sus brazos se cerraron con fuerza en torno a ella.

La abrazó como no se había atrevido en todos aquellos años, como habría deseado hacerlo un millar de veces, mientras lágrimas calientes brotaban de sus ojos y atemperaban su corazón.

***

Dos días después, el sol brilló con especial intensidad para ser testigo del feliz enlace. La ceremonia se llevó a cabo en la pequeña capilla de Bellrose House, rodeados de sus familiares y amigos íntimos, y, pese a la improvisación, resultó hermosa y muy emotiva.

Cuando Kathleen atravesó el pasillo del brazo del duque de Bellrose, se sentía flotar en una nube de felicidad, sobre todo porque, al mirar a los ojos del hombre que la esperaba al pie del altar, podía leer un profundo amor, reflejo del suyo propio.

Intercambiaron sus votos con voz solemne, y, cuando Nicholas deslizó el anillo en su dedo, no pudo evitar que las lágrimas de dicha rodaran por sus mejillas.

Él la amaba. A Kathleen Anne Sweeney, no a Kathleen Swan. Eso significaba que en verdad no le importaban sus orígenes y que realmente la amaba a ella, no a la imagen que había proyectado para encajar.

En cuanto terminó la ceremonia, se vieron envueltos en un torbellino de abrazos y felicitaciones.

—Ahora ya has pasado a ser oficialmente mi hermana —exclamó Samantha, jubilosa, mientras le daba un fuerte abrazo—. No sabes lo feliz que soy. Es el mejor regalo de cumpleaños que podría desear.

—Para nosotros es un orgullo darte la bienvenida a la familia —aseguró Nathaniel Richmond con voz grave, abrazándola con cariño.

—Siempre ha sido de la familia —rectificó Madeleine con una tierna sonrisa—. Solo que ahora ya es oficialmente una Richmond.

—Como ya le dije a mi hermano, eres una mujer extraordinaria —aseveró Joshua con seriedad—. Solo te encuentro un defecto.

—¿Cuál? —preguntó Kathleen con cautela.

—Tu pésimo gusto en hombres —contestó Joshua con una sonrisa que se convirtió en gruñido cuando Nicholas le dio un codazo en las costillas.

Kathleen rio, encantada, más feliz de lo que podía describir con palabras.

Tía Charlotte —qué bien se sentía al llamarla así— corrió a darles la enhorabuena mientras lágrimas de felicidad rodaban por sus mejillas.

Parecía que, una vez abierta la puerta de sus sentimientos, no pudiera volver a controlarlos.

Pero Kathleen la prefería así, más cercana, más accesible, más sincera.

Fue un día agotador, pero el tiempo pareció volar, sumidos en la burbuja de dicha que los envolvía.

En cuanto pudieron quedarse a solas, Kathleen abrazó a Nicholas y depositó un tierno beso en su mejilla.

—Gracias.

—¿Por qué? —inquirió él con voz ronca, abrazándola a su vez.

—Por hacer realidad mi sueño. Por darme la familia que siempre he deseado tener. Te amo —añadió, acariciando los labios del hombre con los suyos.

—Dios, muchacha —gimió Nicholas, estrechándola con fuerza—. Tú sí que eres un sueño hecho realidad. Mi sueño.

La tomó en brazos con suavidad, mirándola a los ojos con pasión.

—Déjame demostrarte cuánto te amo —musitó, depositándola en la cama con delicadeza.

Hicieron el amor despacio, como si el tiempo se hubiese detenido entre las sábanas de aquella cama, con una lánguida entrega que les hizo suspirar de placer, acariciándose con ternura, amándose con pasión, hasta que el sueño los envolvió en su cálido abrazo mientras en sus mentes se repetía el eco de las promesas de amor susurradas.

***

Minutos después, un suave latido la arrancó de los brazos de Morfeo y la depositó en los de su amado.

Tum, tum.

Tum, tum.

Mantuvo los ojos cerrados, dejando a sus sentidos disfrutar del momento.

Inspiró con fruición el olor de Nicholas, un sutil aroma a sándalo que siempre lo acompañaba, un olor efímero que siempre provocaba que Kathleen sintiera ganas de enroscarse alrededor de su cuello, de meterse bajo su piel.

Su mejilla se entibió sobre la cálida piel masculina mientras el suave vello del pecho le cosquilleaba en la nariz, haciéndola sonreír.

Había sido el día más feliz de su vida, todo un sueño del que, por desgracia, debía despertar. Quedaba un asunto sin aclarar entre ellos que era de suma importancia para ella.

Nicholas había dejado bien claro que no estaba dispuesto a permitir que ella corriera riesgos callejeando por Whitechapel y, a su pesar, podía entenderlo a la perfección.

Después de todo lo vivido por culpa de Brown, Kathleen se había sentido aterrada, pero no por lo que pudiera pasarle a ella, sino por si Nicholas resultaba herido de alguna forma al intentar protegerla.

Tendrían que encontrar algún tipo de solución que satisficiera a ambos, porque Kathleen estaba decidida a continuar ayudando a las mujeres y niños que habían caído en las redes de la prostitución.

Si bien era consciente de que no podía ayudar a todos, sí podía beneficiar a unos cuantos, empezando por sus niños y por las muchachas de El Jardín Secreto.

El problema era que no quería sacar el tema tan pronto porque sabía que terminaría en discusión. Se merecían un par de días en paz después de todo lo que habían pasado. Suspiró, intentando que su mente se abstrajera.

—¿Qué te preocupa?

La voz ronca por el sueño de Nicholas fue música para sus oídos. Se imaginó escuchándola por las mañanas el resto de su vida y no pudo evitar un estremecimiento de placer.

—Nada, duerme.

Nicholas se incorporó y, poniendo un par de almohadas a su espalda, se recostó en la cabecera de la cama, con Kathleen acunada bajo su brazo, mirándola con intensidad.

—Tal vez ha llegado el momento de hablarte de tu regalo de bodas.

—Yo… no quiero ningún regalo —balbució la muchacha—. Ya me has dado demasiadas cosas.

—Shhh —la acalló, poniendo un dedo sobre sus labios—. Déjame hablarte de una propiedad que tengo. Está en Greenford, en una zona tranquila. Es una enorme mansión de estilo Tudor, rodeada de varios acres de jardines. Incluso cuenta con un lago.

—Nicholas, no quiero que me regales una casa —murmuró, desconcertada—. Deseo que vivamos juntos.

—Y vamos a vivir juntos. Muy juntos —aseguró él, estrechándola con fuerza—.

Había pensado que tal vez los niños podrían ser felices allí; los críos disfrutarían más viviendo en el campo.

Como te he comentado, es una mansión muy grande; cabrían muchos más niños si quisieras.

Podrías convertirla en un hogar de acogida para huérfanos, un lugar donde puedas asegurarte de que reciben los cuidados y el cariño necesarios para crecer.

Kathleen sintió una opresión en el pecho.

—Un sitio como ese podría dar trabajo a muchas mujeres —continuó su esposo—.

Sería una solución para sacar de la prostitución a las chicas que intentas ayudar.

Allí podrías continuar dando a esas mujeres las clases que tanto te gusta impartir para que…

—se detuvo al ver cómo las lágrimas rodaban por el rostro de la muchacha—.

No llores, Kathleen —exclamó, compungido—.

Pensé que te gustaría, tan solo era una idea que se me ocurrió para hacerte feliz.

—Es la mejor idea del mundo —sollozó la muchacha.

—¿Y por qué lloras?

—Porque me conoces, porque me comprendes y porque de verdad, de verdad, me amas. A mí, a la mujer que se escondía detrás de la máscara.