Detrás de la máscara Capítulo 30
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Capítulo 30

—¿Quién iba a decir que una rata de alcantarilla como tú podría pescar a un marqués?

—preguntó el detective Roberts, mirándola con desprecio—.

Y no a un marqués cualquiera, sino al mismísimo heredero del duque de Bellrose, uno de los hombres más influyentes del país y con una de las fortunas más grandes de Inglaterra.

Habían vuelto a entrar en la casa de Gretta, pero, en lugar de bajar al sótano, habían subido por una angosta escalera hasta una pequeña habitación en el piso de arriba.

Era una estancia espartana, iluminada por una ventana que en esos momentos estaba abierta y dejaba entrar una suave brisa que hacía ondear, juguetona, unas raídas cortinas de color beis.

Su único mobiliario constaba de una cama de sábanas amarillentas, situada en una esquina, y un destartalado mueble con un aguamanil y una jofaina, en la otra.

Al entrar, el detective Roberts —todavía le costaba pensar en él como Julius Brown— la había arrojado sobre la cama y se dedicaba a pasear nervioso en círculos por la habitación.

Kathleen estaba sentada en la cama, hecha un ovillo en la esquina, mirando los movimientos de Roberts con cautela. No lo perdía de vista, alerta por si de repente se decidía a atacarla de alguna forma, mientras el hombre despotricaba sin parar.

—Tu maldito prometido se atrevió a venir a Scotland Yard para amenazarme con acabar con mi carrera —rugió, indignado—.

Pues bien, lo ha conseguido. Un maldito detective que me tenía ganas lo oyó y le fue con el cuento a mi superior.

Y ahora me han echado del cuerpo. Todo por tu culpa y por culpa de la ramera de tu tía —escupió, apuntándola con la pistola que sostenía y mirándola con tanta furia que la hizo estremecer.

Por el rabillo del ojo, Kathleen vio un movimiento en la ventana. Algo tan fugaz que por un momento pensó que lo había imaginado. ¿Podía haber visto la cabeza de un chico asomándose desde fuera? Era inverosímil, teniendo en cuenta que estaban en un primer piso.

Roberts continuaba hablando, gesticulando profusamente mientras se movía por la habitación.

—La muy puta me la jugó del todo. Contacté con ella para que me dejara utilizar su burdel para colocar mi mercancía —explicó, refiriéndose sin duda a las niñas—, pero se negó, diciendo que MacDunne estaba en contra de la prostitución infantil.

Como sabía que era peligroso contrariarme, endulzó su negativa ofreciéndome su cuerpo y yo caí como un tonto.

Me sedujo con sus encantos y luego me robó la libreta.

Pretendía utilizarla para chantajearme. La muy zorra.

—¿Por eso mandó a sus hombres para que la asesinaran?

—¿Crees que soy estúpido? Mandé a mis hombres a recuperar la libreta, pero se les fue la mano. Eran unos inútiles incompetentes —gruñó—. Cabos sueltos que era mejor eliminar. Me sorprende que una mosquita muerta como tú haya podido acabar con uno de ellos.

Kathleen se estremeció al recordar que había matado a un hombre, pero prefirió no pensar en ello. Ahora debía mantener la mente fría.

—¿Por qué me está contando todo esto? —preguntó Kathleen, en un intento de disimular su asombro cuando vio asomarse otra vez una cabeza por la ventana.

No habían sido imaginaciones suyas. Era el mismo chico de antes. Esta vez le dedicó una sonrisa tranquilizadora, le indicó con un gesto que guardara silencio y sus impactantes ojos aguamarina le hicieron un guiño cómplice. Acto seguido volvió a desaparecer.

Kathleen intentó centrar su atención en Roberts, que continuaba con su diatriba.

—Verás, ahora que me han echado de Scotland Yard, mi negocio corre peligro.

Para mí era una ventaja perseguirme a mí mismo —explicó con tono de burla—.

Era inalcanzable. Pero ahora todo se va a complicar.

Tu maldito prometido está moviendo a la policía y a detectives privados para que acaben con Julius Brown, y, si continúo en el negocio, pronto darán conmigo.

Por eso voy a poner en práctica mi plan alternativo.

—¿Y cuál es?

—Comenzar una nueva vida en Estados Unidos, la tierra de las oportunidades —declaró el hombre con una sonrisa—. Entre lo que he sacado durante todos estos años con la trata de niños y lo que voy a sacar por tu rescate, podré llevar una vida de lujo allí.

—¿Va a pedir un rescate por mí?

—Una verdadera fortuna: un rescate digno de un rey.

Seguro que tu prometido no pone reparos en pagarlo; lástima que a cambio solo vaya a recibir un cadáver.

—Eso confirmaba la sospecha de que iba a matarla—.

Sin duda quedará desolado —continuó diciendo—.

Parecía que le importabas mucho cuando vino a verme —murmuró, y su voz se tornó pensativa cuando deslizó los ojos por el cuerpo de Kathleen—.

Algo especial debe de tener una rata de alcantarilla como tú para haber pescado a un hombre como él.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Kathleen cuando leyó la lujuria en los ojos de Roberts. Se encogió más sobre sí misma, en un intento inconsciente de autoprotección.

Su movimiento desesperado no pasó desapercibido para el hombre, que esbozó una sonrisa cruel.

—Venga, no te hagas la remilgada conmigo. Ya te has abierto de piernas para el marqués, y seguro que también para ese desgraciado de MacDunne. Te aseguro que yo te voy a hacer pasar un rato que no olvidarás, al menos hasta que dejes de respirar.

Un segundo después de que Roberts soltara la pistola y se abalanzase sobre ella, un agudo silbido sesgó el aire, silenciando el chillido que iba a brotar de la garganta de Kathleen.

Dos cosas sucedieron a la vez. El muchacho que había visto asomarse por el exterior se deslizó por la ventana con un movimiento ágil y silencioso, con la misma elegancia y sutileza con que lo habría hecho un gato, para hacerse con la pistola.

Mientras, Nicholas irrumpía en la habitación como un mastodonte enfurecido, echando la puerta abajo, resoplando, con las aletas de la nariz dilatadas y un brillo asesino en la mirada que se clavó en Roberts sin vacilar.

Lo quitó de encima de Kathleen, agarrándolo por la ropa y estrellándolo contra la pared.

No importaba que Roberts fuera igual de corpulento: el miedo y la furia que habían atenazado el cuerpo de Nicholas durante aquellas horas hacían de él un adversario insuperable.

Cuando Roberts se lanzó al ataque, Nicholas lo noqueó con un par de puñetazos brutales.

Un segundo después, abrazaba a Kathleen con desesperación.

—Por Dios, mi amor. Acabo de envejecer cien años —gruñó contra su cabello—. Cuando llegué a El Jardín Secreto y MacDunne me dijo que te habían secuestrado…

Kathleen sintió temblar su poderoso cuerpo y se abrazó más a él, enterrando el rostro en su cuello, inhalando con desesperación el familiar aroma que siempre lo acompañaba. El mejor aroma del mundo. Nicholas.

Y solo cuando sus fosas nasales lo absorbieron, cuando sus pulmones se desbordaron de él, Kathleen dejó de sentir miedo. Entre los brazos de su amado sabía que siempre estaría protegida.

Algo de lo que había dicho Nicholas se coló en su mente.

—¿Has dicho que hablaste con Connor? ¿No… no ha muerto? —balbució, con un atisbo de esperanza en la voz.

—Querida, me temo que MacDunne seguirá incordiándonos muchos años más —dijo Nicholas con fingido pesar.

Un suspiro de alivio escapó de los labios de Kathleen.

—¿Y quién es tu amigo? —preguntó con franca curiosidad al ver al muchacho que se había colado por la ventana.

—Te atrapé —lo oyó murmurar mientras pateaba la figura inconsciente de Roberts.

El chico levantó la mirada al oír la pregunta de Kathleen.

—Mi nombre es Jack Ellis —declaró, con una fluida reverencia y una sonrisa.

Kathleen lo miró parpadeando, pensando que aquel chico guardaba más de un secreto. Porque, para ser un muchacho, tenía una sonrisa notablemente femenina.