Detrás de la máscara Capítulo 29
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Capítulo 29

—Como hayas matado también a esta zorra, el jefe te abrirá en canal.

Aquellas palabras la despertaron de su bendita inconsciencia para traerla de vuelta a un mundo de dolor.

Sintió la dureza del suelo bajo su cuerpo y la frialdad de la piedra contra su mejilla.

Un fuerte olor a humedad y suciedad le inundó las fosas nasales.

Estaba tumbada en el suelo, boca abajo. La sien le palpitaba y un agudo dolor le atravesaba la cabeza, pero no se atrevió a moverse.

Su instinto le advirtió que cualquier movimiento atraería sobre ella una atención indeseada, así que permaneció inmóvil, escuchando.

—Solo le he dado un golpecito con la culata de la pistola; no tardará en despertar.

Kathleen reconoció aquella voz como la del hombre de los ojos negros que los había asaltado en la biblioteca.

—Pues a la otra le arreaste tan fuerte con el atizador que la dejaste tiesa al instante.

Esa era la voz del rubio.

—Me tuve que defender —se excusó el de los ojos negros—. La muy puta se me echó encima con el atizador cuando nos sorprendió rebuscando entre sus cosas.

—Y tú vas, se lo quitas y le partes la cabeza con él. Muy inteligente, hombre —ironizó el otro—. La cagaste. Así nos fue imposible saber dónde escondía la libreta la puta. Lo raro es que el jefe siga dejándote respirar después de eso.

Kathleen contuvo el aliento cuando sus palabras penetraron en su mente. Estaban hablando de tía Heather. De cómo la habían matado.

—Bueno, supongo que hoy lo he compensado cargándome a MacDunne —afirmó el de los ojos negros—. Era una rata molesta y el jefe le tenía ganas.

Kathleen no pudo evitar un jadeo ahogado al escuchar aquello. Connor había muerto. Recordó el instante en que se había derrumbado, alcanzado por la bala, y los ojos se le anegaron de lágrimas. Había llegado a apreciarlo como a un amigo y su muerte le dolió en el alma.

—Así que la putilla ya se ha despertado.

Continuó inmóvil, intentando hacerles creer que seguía inconsciente, hasta que sintió un fuerte dolor en la pierna que la hizo gemir e incorporarse de golpe, arrastrándose hacia atrás hasta que su espalda quedó contra la pared.

—Eh, no la patees; el jefe nos dijo que la quería en perfecto estado.

—No la he pateado, tan solo le he dado un empujoncito con el pie —gruñó el de los ojos negros, mirándola tan fijamente que la hizo estremecer.

—Pues deja ya de dar empujoncitos y golpecitos a la chica; todavía no sabemos qué planes tiene el jefe para ella.

Kathleen se hizo un ovillo contra la pared, mirando a su alrededor para encontrar una vía de escape mientras los hombres discutían. No tardó en reconocer la habitación. Era el mismo sótano inmundo donde habían encontrado a Grace y a Mary. Estaba en casa de Gretta.

El lugar seguía siendo igual de lúgubre, pero la oscuridad quedaba relegada a los rincones gracias a una lámpara de queroseno que habían puesto sobre un pequeño taburete, a un par de metros de ella.

Kathleen miró en dirección a la puerta, la única salida visible de la habitación, que aquellos hombres habían dejado abierta de forma tentadora. Pero la barrera humana de aquellos dos indeseables se interponía en su camino.

—¿Qué planes crees tú que puede tener para ella? Mírala, es una putilla de primera. Querrá catarla antes de matarla.

—Podríamos catarla nosotros mientras viene el jefe —propuso el rubio, lanzándole una mirada soez—. Si esta putilla ha conseguido cazar a un marqués, es porque debe de tener algo especial entre las piernas —añadió, mientras codeaba a su compañero.

La miraban como dos perros hambrientos a punto de abalanzarse sobre un trozo de carne.

Pese al terror que sentía, procuró mantener la cabeza fría.

Sus primeros ocho años de vida los había pasado en aquel barrio, donde había que tener los pies rápidos y la mente ágil para sobrevivir.

Había salido airosa de situaciones difíciles a base de ingenio.

Era consciente de que sería incapaz de resistirse a la fuerza bruta de aquellos dos hombres, y la salida era inalcanzable… ¿o no?

Necesitaba una distracción.

En el mismo momento en que los hombres dieron un paso hacia ella, la llama de la lámpara tembló, haciendo titilar la luz de la habitación.

Una idea brotó en su mente. Sin pensarlo ni un segundo, se lanzó hacia la lámpara.

El movimiento fue tan rápido que los dos hombres no pudieron reaccionar.

Kathleen la cogió y la estrelló contra el rubio con todas sus fuerzas, rompiéndola sobre él.

El queroseno empapó al hombre y el fuego prendió, convirtiéndolo en un segundo en una antorcha humana.

Pero Kathleen no se detuvo a mirarlo. Salió corriendo como alma que lleva el diablo mientras el rubio gritaba de dolor y el de los ojos negros trataba de apagar las llamas que envolvían su cuerpo.

Kathleen voló escaleras arriba. Como había estado allí hacía poco, sabía dónde estaba la puerta de salida y la alcanzó con premura.

Los gritos habían cesado, sustituidos por improperios y juramentos de venganza.

Forcejeó con el pasador que la cerraba, con las manos demasiado temblorosas para resultar efectivas.

Oyó las maldiciones y gruñidos masculinos que subían por la escalera.

Demasiado cerca. Con un gemido nervioso, consiguió descorrer el pasador y abrir la puerta.

Salió disparada, con los pies volando por el empedrado del callejón. Miró hacia atrás, esperando ver aparecer a su perseguidor por el vano de la puerta que había dejado atrás. En ese momento tropezó, trastabilló y cayó directamente en los fuertes brazos de un hombre.

Un gemido de alivio escapó de sus labios al ver el rostro del hombre que la sostenía en un abrazo protector.

—Los hombres de Brown me atraparon —sollozó—. He conseguido escapar, pero…

—Tranquila, yo me encargo.

—Pero es que no lo entiende, debemos escapar —apremió Kathleen, nerviosa—. Fueron ellos quienes mataron a mi tía Heather y también han matado a Connor MacDunne.

Pero el hombre no se movió. Esperó inmóvil mientras el hombre de los ojos negros se acercaba, resollando.

—Jefe, qué suerte que la haya atrapado —rezongó, jadeando tras la carrera.

—¿Tienes la libreta?

—Sí, la tengo en el bolsillo, pero la muy puta ha quemado vivo a mi primo Joe y…

No pudo terminar de hablar. Una bala le atravesó la cabeza, silenciándolo.

Kathleen lo vio caer al suelo, con la mirada perdida de un cuerpo despojado ya de vida, y se giró horrorizada hacia el hombre que ahora la sujetaba con fuerza.

—Usted… usted es Julius Brown —balbució la muchacha con los ojos desorbitados.

La mirada de zorro del detective Roberts brilló con dureza mientras una sonrisa cruel le dibujaba los labios.

***

Nicholas empezaba a darse cuenta de que Kathleen era un imán para los problemas.

Había sido un error separarse de ella, pero su tozuda prometida había insistido en que tenía que ir por última vez a El Jardín Secreto y él debía dejar terminados unos asuntos en la oficina.

Nicholas había acabado antes de la cuenta y, cuando acudió a El Jardín en busca de Kathleen, se encontró con un auténtico alboroto.

Una de las chicas lo condujo, nerviosa, a la biblioteca, donde dos personas yacían tendidas, cada una en uno de los sofás.

La señora Veillard estaba consciente y se quejaba de dolor de cabeza. Un abultado chichón empezaba a amoratarle la frente. En el sofá de enfrente, un Connor MacDunne ensangrentado estaba al borde del desmayo, mientras un par de muchachas revoloteaban a su alrededor.

Y Kathleen no estaba por ninguna parte.

—¿Qué demonios ha pasado aquí?

Nicholas se acercó a Connor y lo inspeccionó con cuidado, en busca de la herida.

—Oímos un disparo y, cuando bajamos, nos encontramos a los dos tendidos en el suelo —explicó una muchacha morena mientras se frotaba las manos con nerviosismo, mirando el rostro macilento de Connor.

—Que alguien traiga al doctor Richmond de inmediato —ordenó con voz atronadora, al ver una herida de bala en el hombro de MacDunne.

—Ya lo hemos mandado llamar —dijo una de las chicas.

—Richmond… se la han llevado —murmuró Connor con voz ronca, con la mirada un tanto desenfocada por la pérdida de sangre.

Sus palabras le helaron la sangre.

—¿Quiénes?

—Yo… intenté detenerlos —balbució con los dientes apretados.

—¿Quiénes se la han llevado?

—Los hombres de Brown… Los del otro día.

Nicholas maldijo en silencio, notando cómo el miedo atenazaba su estómago. Pensar en su Kathleen en manos de aquellos dos tipos le causó terror, y al instante una furia ciega corrió por sus venas. Si le tocaban un pelo, acabaría con ellos; los descuartizaría trozo a trozo.

—¿Tienes idea de dónde se la han llevado?

—No.

Aquellas dos sílabas lo desolaron, abriendo un pozo negro en su interior.

—Pero, si alguien puede averiguarlo, es mi socio… Jack Ellis —la voz de Connor sonaba cada vez más débil.

—¿Dónde puedo encontrarlo? —apremió Nicholas.

—En Whitechapel, en la taberna El Ángel y la Corona, en el número 74 de Mile End Road —esto último lo dijo en un murmullo tan bajo que Nicholas tuvo que acercar el oído a sus labios para captar sus palabras.

Nicholas salió disparado, llevándose casi por delante a su hermano cuando salía por la puerta.

—En la biblioteca. MacDunne. Herida de bala en el hombro —informó escuetamente antes de subir al mismo carruaje que había llevado a su hermano hasta allí.

Charles, el joven conductor del carruaje de Joshua, acostumbrado a las urgencias de su señor, enfiló a toda velocidad hacia la dirección que le había dado Nicholas. A los pocos minutos llegaron a su destino.

A aquellas horas del día solo había una figura en la puerta de la taberna. Un joven rapaz de unos doce años que ni siquiera levantó la vista cuando Nicholas descendió del carruaje a toda prisa.

Entró como una tromba en la taberna, recibiendo miradas de curiosidad por parte de los pocos parroquianos que disfrutaban de unos minutos de descanso regando sus gaznates con alguna bebida espirituosa.

—Estoy buscando a un hombre que se llama Jack Ellis —informó Nicholas con voz atronadora.

Pero solo le respondió el silencio.

—¿Nadie conoce a un hombre llamado Jack Ellis? —rugió por segunda vez, a punto de perder la paciencia—. Pagaré una libra a quien me diga dónde está.

—No conozco a ningún hombre llamado así —rezongó al fin el tabernero, con un brillo divertido en la mirada—. Pero pregúntele al muchacho de la puerta; él tal vez lo conozca.

Nicholas lanzó una libra sobre la barra y salió de la taberna en busca del chico.

Lo encontró en la misma postura indolente, recostado contra la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho, los pies cruzados entre sí y la mirada perdida en algún punto del suelo, como si dormitara.

Lucía ropas humildes que, si bien no estaban raídas, sí habían visto tiempos mejores.

Con la gorra calada hasta las cejas, el rostro sucio y las prendas anchas, parecía uno de tantos rapaces que correteaban por las calles sin rumbo.

—Chico, ¿conoces a Jack Ellis?

—Tal vez —contestó tras unos segundos, sin siquiera levantar la vista.

—Te daré una libra si me llevas ante él.

—¿Y se pue’ saber quién es usté? —inquirió el chico. Tenía la voz ligeramente ronca, con un marcado acento cockney—. Jack Ellis es una persona mu’ ocupá. No le gusta perder el tiempo con cualquiera.

—Soy Nicholas Richmond, amigo de Connor MacDunne.

—Connor MacDunne no tiene amigos —declaró el muchacho con una mueca divertida.

—Mira, chico, no puedo perder el tiempo. MacDunne me ha dicho que solo Jack Ellis puede averiguar dónde retiene Julius Brown a mi prometida.

El muchacho por fin levantó la mirada y Nicholas se encontró ante unos impactantes ojos azul verdosos. Había pensado que era un simple rapazuelo, pero había algo en su mirada aguamarina, un brillo de inteligencia y conocimiento, que hizo pensar a Nicholas que no se trataba de un muchacho corriente.

—¿Y quién es su prometida?

—Es Diana, la propietaria de El Jardín Secreto —informó Nicholas con cautela.

Sabía que, cuando Kathleen había ido a Whitechapel, lo había hecho como la dueña del burdel. En aquel barrio la conocían por su alter ego, por lo que, si había alguna oportunidad de encontrarla, sería como Diana.

Un brillo de reconocimiento fulguró en los ojos del chico.

—Sígame —ordenó, y, sin mirar atrás, salió disparado calle abajo, girando en el primer callejón.

Era sorprendente la velocidad con la que se movía.

Nicholas tuvo que correr para no perderle el paso.

Giró tras él y llegó a tiempo de ver cómo el muchacho murmuraba instrucciones a otros cinco pilluelos que se escondían entre las sombras del callejón.

Segundos después, salían disparados, cada uno en una dirección.

—Esperaremos aquí —indicó el chico, adoptando otra vez la postura indolente de antes.

Nicholas empezaba a sospechar que aquel aire perezoso enmascaraba una actitud vigilante.

—¿Han ido a buscar a Jack Ellis?

—No, han ido a localizar a su prometida —aclaró el muchacho—.

¿Sabe? Por aquí se la empieza a conocer como el Ángel de Whitechapel.

Está haciendo mucho bien entre los niños y las prostitutas de este barrio, y no nos gustaría que le ocurriera nada malo —declaró—.

Ya he hecho correr la voz. Si está en Whitechapel, la localizaremos enseguida.

Mis chicos son los espías perfectos: son muy numerosos, se mueven como la pólvora y pasan desapercibidos entre los rincones del barrio.

Después de todo, si algo abunda en Whitechapel, además de prostitutas y ratas, son niños.

Nicholas lo escuchó con atención, sorprendido de que hubiera hablado con una dicción educada, lejos del acento cockney del principio.

—¿Tú eres Jack Ellis? —concluyó, consternado.

El chico inclinó la cabeza a modo de saludo, reconociendo su identidad. Sus labios esbozaron una sonrisa ladeada, dejando al descubierto unos dientes sorprendentemente blancos, sin duda divertido por el asombro de Nicholas.

Diez minutos después, un niño de unos siete años apareció de entre las sombras. Cuchicheó con Jack y volvió a desaparecer.

—Parece que Lizzie, una vieja prostituta que trabaja en Thrawl Street, ha visto cómo un hombre pegaba un tiro a otro por una mujer —explicó el muchacho—.

Se trataba de una dama, y por aquí de esas no abundan.

Tal vez sea la suya. En ese callejón está la casa de Gretta, una de las alcahuetas que trabajan para Brown —añadió en tono despectivo—.

Está cerca de aquí; no perdemos nada echando un ojo.

—Veo que has perdido tu acento —apuntó Nicholas, siguiendo al muchacho.

—Es parte del disfraz —reconoció el chico con un guiño pícaro.