Capítulo 28 #2
—Tu exprometido es lo que me ha pasado —gruñó, enfadado—. Será mejor que hagáis las paces pronto y que aprendas a hacerlo feliz en la cama para que no vaya desahogando su mal humor en inocentes como yo.
—¡Connor MacDunne! Haz el favor de cuidar tus palabras —lo reprendió ella—. Déjame aclararte un par de cosas.
Connor puso cara de resignación.
—Primero, no es mi exprometido, vuelve a ser mi prometido. Ya hemos hecho las paces —añadió con una sonrisa de absoluta felicidad.
—Mi enhorabuena, has pescado el pez más gordo del lago.
—Segundo —continuó ella, ignorándolo—, mi prometido me ha dejado bien claro que es muy feliz compartiendo el lecho conmigo.
—¡Qué comentario más soez! —exclamó él con una sonrisa irónica.
—Y tercero, aunque esto te sorprenda, de inocente no tienes nada.
Connor hizo un gesto teatral como si le hubiesen clavado un puñal en el corazón.
—¿Sabes? Creo que te voy a echar de menos —confesó Kathleen entre risas.
—¿Qué quieres decir? —inquirió Connor, repentinamente serio.
—Nicholas habló con el detective Roberts. Le ha quitado las ganas de seguir chantajeándome —aclaró con una sonrisa complacida—. Así que ya no tengo por qué venir más por aquí. El Jardín Secreto es todo tuyo.
Kathleen observó con asombro cómo Connor se recostaba en el sillón, pensativo. Su ceño fruncido era muy esclarecedor.
—¿No es eso lo que querías?
—Puede que lo quisiera antes, pero no sé si lo quiero ahora —declaró Connor con cautela—.
No quiero tener nada que ver con un negocio por el que niñas de diez años acaban embarazadas —afirmó, pensando sin duda en Mary—.
Todo lo contrario, me gustaría acabar con indeseables como Brown y hacer de Whitechapel un lugar mejor.
—Tal vez podrías convertirte en detective de Scotland Yard —sugirió Kathleen, entusiasmada por aquel giro inesperado.
—¿Bromeas? Si los detectives de Scotland Yard son como Roberts, prefiero ir por mi cuenta.
Para tu información, tu prometido me ha contratado para que vele por la seguridad de Whitechapel.
Ha sugerido que organice una brigada de vigilancia privada para colaborar con la policía.
Y mi primer objetivo es acabar con Julius Brown.
Kathleen se sorprendió por la noticia.
—De hecho, sería de mucha ayuda encontrar la dichosa libreta que buscaba el detective Roberts, pero he vuelto a revisar el maldito secreter y no aparece —prosiguió Connor—. Tan solo he descubierto un par de cartas antiguas —añadió, frustrado—. Por cierto, una de ellas es de tu tía Charlotte.
—Charlotte Carlston no es mi tía —aclaró Kathleen con una sonrisa, creyendo que estaba equivocado.
—Yo no he dicho que se apellidara Carlston —objetó Connor—. Firmaba como Charlotte Sweeney.
—No puede ser —musitó la muchacha con un estremecimiento.
—Mírala tú misma —dijo Connor mientras se la tendía.
Kathleen cogió la carta con manos temblorosas y la leyó.
Estaba fechada hacía más de veinte años.
Por lo que parecía, era la última carta de una correspondencia fluida entre las hermanas.
En ella, Charlotte le decía a Heather que tenía la oportunidad de empezar una nueva vida, una vida respetable, pero que, para ello, debía romper todo contacto con su anterior existencia.
Rogaba a Heather que no diera a conocer su nueva identidad y que guardara su secreto.
En el contenido de la carta no había nada que la relacionara con la señora Carlston, pero Kathleen identificó la letra y la firma. Era la misma rúbrica, aunque con diferente apellido.
A Kathleen le dio vueltas la cabeza. Siempre le había extrañado que le permitieran entrar en el internado.
Todavía recordaba cómo habían discutido Heather y Charlotte el primer día, y aquella carta ofrecía el motivo más plausible.
Seguro que Heather chantajeaba a Charlotte y por eso la mujer siempre la había detestado.
—Así que, después de todo, el secreter sí que guardaba un gran secreto —musitó Kathleen, pensativa.
—A saber qué más puede esconder. Es un artefacto infernal —empezó a parlotear Connor con frustración—.
Heather siempre me decía que los secretos más importantes se escondían detrás de una máscara, pero te aseguro que en esa afirmación no tenía en cuenta este maldito mueble.
El que lo elaboró debía de ser un genio, porque…
Kathleen, que solo lo estaba escuchando a medias, se puso súbitamente alerta.
—¿Qué has dicho?
—Que el que elaboró ese mueble debía de ser…
—No, antes de eso —lo apremió, impaciente.
—Que Heather siempre me decía que los secretos más importantes se escondían detrás de una máscara.
—Pero qué tonta he sido —exclamó Kathleen, llevándose una mano a la frente—. Hemos estado buscando todo el tiempo en el lugar equivocado. Y tú ya podías haberlo dicho antes —añadió, frunciéndole el ceño.
—¿De qué demonios estás hablando? —preguntó Connor, confuso.
—De que apostaría lo que fuera a que la libreta está ahí —aseguró Kathleen, señalando hacia la pared.
—¿En la chimenea?
«Si ese era un ejemplo del poder deductivo de Connor, el pobre se iba a morir de hambre como detective», pensó con ironía.
—No, tonto. La libreta está detrás de la máscara —afirmó Kathleen.
Fue hasta la chimenea y descolgó el lienzo enmarcado sobre el que iba montada la máscara.
—Ya miré ahí y no había ninguna caja fuerte escondida detrás.
—Eso es porque está aquí —señaló Kathleen, inspeccionando la parte trasera del lienzo.
No tardó en descubrir un doble fondo de tela, parecido a un sobre, de unos treinta centímetros de largo por treinta de ancho. Metió la mano, conteniendo el aliento, mientras Connor la miraba con expectación.
—¿Está ahí?
—¿Tú qué crees? —inquirió Kathleen con una sonrisa, mostrándole una pequeña y roída libreta.
—Creo que eso nos pertenece —aseguró una voz desde la puerta.
Los dos se giraron con sorpresa y miraron con asombro a los dos secuaces de Julius Brown que la habían abordado varias noches atrás.
Portaban sendas pistolas, sin duda mejor preparados de lo que habían estado la otra noche.
Uno de ellos, un rubio, tenía agarrada a la señora Veillard y le apuntaba a la sien con su arma.
El otro, el que había hablado, parecía ser el cabecilla.
Sus fríos ojos negros tenían el mismo brillo mortífero que la boca del cañón de la pistola con que los apuntaba.
—Lo siento, mademoiselle —sollozó la mujer—. Al abrir la puerta de entrada se me echaron encima.
—No se preocupe, señora Veillard —aseguró Kathleen mientras un temblor interior la recorría—. Usted no tiene la culpa.
—MacDunne, no mueva ni un pelo —advirtió el hombre de los ojos negros con voz fría, al ver que Connor intentaba poner a Kathleen detrás de sí.
El rubio empujó con brutalidad a la señora Veillard dentro de la estancia. La mujer trastabilló, cayó al suelo y se golpeó la cabeza, quedando inconsciente.
—He dicho que no mueva ni un pelo —gruñó el hombre al ver que Connor se movía para alcanzar a la mujer.
Pese a la furia que destilaba su mirada, MacDunne intentó razonar con ellos.
—No hay necesidad de dañar a nadie. Cojan la libreta y márchense.
El hombre de ojos negros escupió en el suelo.
—¿Quién te crees que eres? Ahora no tienes tu pistola para poder darnos órdenes. ¿Por qué piensas que nos vamos a ir sin más?
—Porque apreciáis vuestra vida. Porque, si hacéis daño a la futura marquesa de Dunmore, todo el mundo removerá cielo y tierra para acabar con vosotros, y yo personalmente no descansaré hasta poner vuestros míseros cuerpos bajo tierra.
Lo dijo con una mirada tan letal y una voz tan mortífera que los hombres dudaron un segundo, pese a que eran ellos quienes iban armados.
Connor aprovechó ese instante de vacilación para lanzarse contra ellos.
Desarmó al de los ojos negros de una patada y se abalanzó sobre el rubio en cuestión de segundos.
Mientras los dos hombres forcejeaban en el suelo, Kathleen vio cómo el de los ojos negros se apresuraba a recuperar su pistola.
Sin dudarlo, se lanzó hacia él, pero lo hizo demasiado tarde.
El atronador disparo le hizo zumbar los oídos y, por el rabillo del ojo, vio cómo Connor se derrumbaba.
Kathleen gritó hasta que un dolor agudo le atravesó la cabeza y la oscuridad la envolvió.