Capítulo 28
A pesar de los nervios, de su dolorido corazón y de su incierto futuro, Kathleen no podía negar que estaba disfrutando de la noche.
Después de todo, era humana. Se había convertido en el centro de atención de una decena de apuestos Richmond, todos ellos primos de Nicholas, que, entre bromas, sonrisas pícaras y guiños seductores, competían por su interés.
Llevaba un hermoso vestido de seda color rosa que le sentaba de maravilla, enmarcando su figura como un reloj de arena, efecto realzado por el estrecho corsé y el pequeño polisón de la parte trasera.
Un delicado bordado de rosas con incrustaciones de perlas adornaba la zona del corpiño y enmarcaba el acentuado escote, que dejaba al descubierto más piel de la que estaba acostumbrada a mostrar.
Más aún cuando las mangas se reducían a unas estrechas tiras de seda que le dejaban los brazos desnudos.
Se sintió un poco cohibida por mostrar demasiado hasta que se dio cuenta de que su vestido era de los más recatados del salón.
Llevaba el cabello sujeto en un elegante recogido, adornado con pequeñas rosas naturales del mismo tono que el vestido, dejando sueltos algunos mechones que creaban un efecto encantador.
Lucía un sencillo conjunto de pendientes y gargantilla de perlas, prestado por Samantha para la ocasión, que, por su sencillez, realzaba la elegancia del atuendo.
Se sentía hermosa y, a juzgar por la cantidad de admiradores que tenía alrededor, ellos también la veían así.
—Señorita Swan, ¿le apetece un refrigerio? Me encantaría tentar su paladar con las exquisiteces que ha preparado el cocinero de los duques para esta ocasión —sugirió un pícaro moreno de unos dieciocho años, llamado Kenneth.
—Tú no tentarías ni a una mosca, hermanito —gruñó un hombre arrebatador de unos veinticinco años, con unos profundos ojos negros, dándole un suave empellón en el brazo—. Vete a jugar con los jovencitos y no molestes a los mayores.
Lejos de amilanarse, el joven enarcó una ceja con altivez.
—Derrick, ¿acaso estás sugiriendo que la señorita ya no es joven?
—Por Dios, no —se apresuró a decir, mirando a Kathleen, consternado—. Lo que yo quería decir…
—Señorita Swan, ¿quiere que le traiga un poco de ponche? —atajó un elegante rubio de mirada seductora.
—Ni lo pienses, Warren —gruñó otro—. Por mucho que la emborraches, no vas a conseguir que pase por alto esa narizota que tienes.
—Tal vez, si acaricio tu nariz con mi puño, la tuya se vuelva aún más grande que la mía —masculló Warren con tono belicoso.
—Señorita Swan, ¿me concede el siguiente baile? —aventuró un apuesto moreno, no mucho mayor que ella, llamado Dustin.
—Olvídalo, primo. El siguiente baile es mío —rezongó Kenneth, pegándole un codazo al otro.
Kathleen se estaba divirtiendo tanto con las interminables puyas que intercambiaban los hombres que, por un momento, olvidó las incertidumbres de su vida, hasta que una profunda voz masculina la trajo de vuelta a la realidad.
—Caballeros, creo que la dama estará de acuerdo en que el siguiente baile me corresponde. Después de todo, va a ser mi futura esposa.
Kathleen ahogó un gemido de sorpresa ante tamaña declaración emitida en público. Varias exclamaciones de asombro se dejaron oír a su alrededor y se hicieron eco por toda la sala a medida que se extendía la noticia.
Sus admiradores abrieron el cerco para dejar pasar la imponente figura del recién llegado, como cuando las aguas del mar Rojo se partieron para dejar paso a Moisés.
Y, cuando la mirada de Kathleen encontró la de Nicholas, el resto del mundo desapareció.
Su corazón aleteó ante la arrebatadora figura de su amado.
El traje oscuro de gala acentuaba su moreno atractivo, y la apreciativa mirada con la que recorrió la figura de Kathleen tuvo más efecto en ella que todos los cumplidos que había recibido durante la noche.
No dudó cuando Nicholas le tendió la mano. Se la tomó sin dilación y se dejó arrastrar hasta el centro del salón, donde empezaron a girar siguiendo los alegres acordes de Voces de primavera, de Johann Strauss hijo.
Era la primera vez que bailaban juntos y Kathleen disfrutó de la sensación de volar en sus brazos, girando al son del vals. Ninguno de los dos habló hasta que acabó el baile, concentrados en saborear el placer de su mutua cercanía.
Cuando la música dejó de sonar, Nicholas la mantuvo entre sus brazos. Era una falta total de etiqueta, pero a Kathleen no le importó. Por el rabillo del ojo vio al joven Kenneth dispuesto a reclamar el siguiente baile, y la entristeció que aquel momento mágico fuera a acabar.
—Ni lo intentes, muchacho —gruñó Nicholas sin molestarse en mirarlo; sus ojos se mantuvieron clavados en Kathleen—. Me adjudico también el siguiente baile.
Kenneth frunció el ceño, dispuesto a insistir, con el atolondramiento típico de la juventud, pero la sonrisa radiante de Kathleen ante aquella declaración lo hizo desistir. No tenía sentido luchar en una guerra que ya estaba perdida.
—Te estás comportando como un bárbaro —lo reprendió Kathleen con suavidad, intentando ponerse seria—. Para ser un hombre al que no le gustan los escándalos, tu forma de actuar esta noche va a dar mucho que hablar.
—Tal vez alguien me haya hecho comprender que hay cosas por las que merece la pena actuar según los dictados del corazón, incluso a riesgo de escandalizar a ciertas personas.
Estaban parados en medio de la pista de baile y se estaban convirtiendo en el foco de atención de más de un centenar de ojos que los miraban con curiosidad.
—Nicholas… —susurró Kathleen, nerviosa.
—Tal vez alguien me haya hecho comprender que mi escandalosa familia, aunque sea bulliciosa y pendenciera, también es cariñosa, honorable y sincera. Y que tengo suerte de tenerla siempre a mi lado —continuó él con una sonrisa ladeada.
—Nicholas, tal vez quieras continuar esta conversación en algún lugar más íntimo —musitó Kathleen, intentando moverlo del sitio.
Pero Nicholas permaneció inmóvil y continuó hablando.
—Ahora comprendo que demostrar tus sentimientos en público a la persona que amas no debería considerarse vergonzoso, puesto que amar a alguien nunca debería entender de vergüenzas —añadió con seriedad.
—Nicholas —suspiró Kathleen, abriendo los ojos como platos, cuando por fin entendió.
Dejó de importarle dónde estaban, dejó de importarle quién los miraba. Porque parecía que, por fin, a él tampoco le importaba.
—Lo que trato de decirte es que eres la persona más valiente, honesta y generosa que conozco.
Sé que no soy digno de ti, pero espero que tengas compasión de este pobre hombre herido de amor y que aceptes mi humilde proposición de matrimonio —añadió, tomándola de la mano y arrodillándose ante ella—.
Porque te amo, Kathleen Anne Sweeney, y me harías el hombre más feliz del mundo si…
—Sí.
—…me concedieras el honor de… —Nicholas se interrumpió, mirándola, desconcertado—. ¿Has dicho sí?
—Sí —asintió Kathleen con una sonrisa deslumbrante y los ojos arrasados de lágrimas de felicidad—, me casaré contigo.
Nicholas se puso en pie y la abrazó, alzándola y girando con ella, mientras una carcajada de júbilo brotaba de su interior y encontraba eco en muchos de los espectadores, que aplaudieron entusiasmados. Cuando cesó el giro, la pareja se fundió en un apasionado beso.
Los duques corrieron a darles la enhorabuena, seguidos de Joshua y Samantha, esta última bañada en lágrimas por la felicidad de la pareja.
Después de aquella noche, en Londres se correría el rumor de que el hasta entonces intachable marqués de Dunmore por fin se había dejado llevar por la incorregible vena familiar de escandalizar a la alta sociedad.
Toda clase de especulaciones corrieron en torno a la pareja, pero en lo que muchos caballeros de alta cuna coincidieron fue en que el heredero del duque de Bellrose se había humillado delante de una insignificante mujer, sin renombre ni riquezas.
En los salones, las damas coincidían en que aquella había sido una actitud totalmente vergonzosa y fuera de lugar, pero, en la intimidad de sus alcobas, soñaban con un amor como aquel, capaz de quebrantar las normas sociales.
Solo unos pocos, los que habían sido testigos de primera mano, opinaron sin tapujos, ante cualquiera que pudiera oírlos, que aquella había sido una de las declaraciones de amor más hermosas jamás presenciadas.
***
Acordaron celebrar la boda en Bellrose House. Pese a la oposición de Madeleine y Samantha, y con el apoyo de Nicholas, decidieron que sería una ceremonia íntima a la que solo acudiría la familia.
No obstante, antes de la boda, Kathleen insistió en ir a Londres, y Nicholas, en acompañarla.
La muchacha quería empezar su nueva vida como Kathleen Anne Richmond —qué bien sonaba— evitando cualquier cosa que pudiera avergonzar a su nueva familia.
Y eso significaba no volver a pisar El Jardín Secreto.
Mientras Nicholas ultimaba unos asuntos en la oficina, Kathleen fue a su casa a ver a los niños.
Como ya no contaba con la ayuda de Lorraine y ella estaba ausente la mayor parte del tiempo, había decidido contratar a Daffy, a Bluebell y a Marigold para encargarse de los pequeños.
Las tres habían progresado mucho con las clases y estaban entusiasmadas con la nueva vida que se les ofrecía.
Mientras encontraba un nuevo hogar para los niños, quería asegurarse de que allí no les faltara nunca de nada.
Después de comprobar que todo estaba en orden, Kathleen fue a El Jardín Secreto. Nada más salir del pasadizo, encontró a Connor sentado tras su escritorio.
—La verdad es que ese sillón te queda bastante bien.
El hombre, concentrado leyendo unos documentos, levantó la mirada, sorprendido.
—Por Dios, ¿qué te ha pasado en la cara? —exclamó la muchacha, azorada.
Connor tenía un ojo casi cerrado por la hinchazón, varias contusiones y el labio partido.