Detrás de la máscara Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

El primero y más importante: velar por la seguridad de Kathleen.

Había mantenido una larga conversación con Connor MacDunne, que, a su pesar, empezaba a caerle bien, para determinar la mejor forma de acabar con el indeseable de Julius Brown.

Lo primero era localizarlo. Por lo que MacDunne le había explicado, Brown era una figura que se mantenía en la sombra, delegando en sus secuaces; por eso era tan difícil atraparlo.

Se había rodeado de una panda de malhechores que, no se sabía por qué, le eran completamente fieles y lo protegían.

Pero toda fortaleza tenía un punto débil, y ellos estaban dispuestos a encontrarlo.

Así pues, había decidido contratar a MacDunne y a su amigo Jack Ellis para solventar aquel asunto.

Después de todo, ellos se movían mejor en los bajos fondos que cualquiera que Nicholas pudiera conocer, y Scotland Yard, hasta el momento, no había sido de gran ayuda.

Ese era el segundo asunto que lo había llevado a Londres.

Scotland Yard y, más concretamente, el detective Matthew Roberts.

El maldito se había atrevido a utilizar a una muchacha inocente para sus propósitos, poniéndola en grave peligro.

Cuando Nicholas llegó al edificio situado en el número 4 de Whitehall Place, donde tenía su sede Scotland Yard, y preguntó por el detective Roberts, no tardaron en llevarlo hasta él.

Disfrutó diciéndole que Kathleen era su prometida, que estaba enterado del chantaje y que, si por él fuera, podía ir buscando otro empleo.

Aunque habría disfrutado mucho más estrellándole un puño en la cara.

Puesto que tanto le gustaba proferir amenazas, Nicholas le hizo una muy en serio: si filtraba cualquier tipo de información sobre el pasado de Kathleen, se aseguraría de acabar con su carrera en la policía.

En cuanto a su tercer propósito, se sentía exultante.

Después de hacer uso de todas sus influencias y tras mucha insistencia, había conseguido una licencia especial de matrimonio para poder casarse con Kathleen en cuanto ella dijera que sí.

También le había comprado un anillo de compromiso, un hermoso diamante de talla ovalada rodeado de pequeños zafiros tan oscuros como el azul de sus ojos.

Tenía todo lo que podía necesitar para casarse con Kathleen, incluso las alianzas.

Todo menos el sí de la novia.

Durante el camino había estado pensando en ello. Tal vez lo mejor sería invitarla a dar un paseo a caballo por la mañana, los dos solos, y buscar algún rincón romántico y discreto donde poder hablar de sus sentimientos sin interrupciones.

Después de asearse y cambiarse de ropa, bajó presto a reunirse con su futura esposa, impaciente por estrecharla entre sus brazos.

Una cara conocida se reunió con él en la puerta del salón de baile.

—Nicholas, tengo que hablar contigo —declaró Arthur, un poco nervioso—. Llevo varios días intentando localizarte.

—He estado un poco ocupado —contestó, distraído, intentando localizar con la mirada a su rubia sirena.

—Tengo que hablarte de algo importante —confesó Arthur—. Es sobre Lorraine —añadió, bajando la voz.

Esas palabras le trajeron a la mente la conversación que tenía pendiente con su amigo y lo miró con seriedad.

—Arthur, sobre el consejo que te di… Fue totalmente infundado y prejuicioso. Si en verdad estás enamorado de Lorraine, cásate con ella, sin importar lo que los demás puedan pensar. Tu familia acabará por entenderlo y tu madre…

La voz de Nicholas fue apagándose cuando en su campo visual se cruzó la madre de Arthur, que acompañaba, con una sonrisa orgullosa, a una hermosa pelirroja de sonrisa dulce, mientras la presentaba a una de sus amistades.

—Mi madre adora a mi esposa.

Nicholas miró a su amigo con asombro.

—¿Te has casado con Lorraine?

—Esta misma mañana —confesó con una expresión de intensa felicidad—. En cuanto me dio el sí, conseguí una licencia especial.

—¡Ah, viejo zorro! —exclamó Nicholas, palmeándole el hombro con entusiasmo—. Nunca me he alegrado tanto de que no me hicieras caso.

—No creas, tu consejo me hizo pensar, pero no del modo en que tú lo planteaste.

A mi modo de ver, tenía dos opciones: pasar toda mi vida con una persona socialmente aceptable por la que no sentía nada, o compartirlo todo con la mujer de mis sueños, aunque la sociedad me diera la espalda —explicó Arthur con sencillez—.

La opción correcta era obvia: me caso con la mujer, no con la sociedad, así que lo importante era elegir a la mujer a la que en verdad amase.

Y esa es Lorraine —concluyó con sencillez.

—¿Cómo has conseguido que tu madre la ponga bajo su ala tan pronto?

—Eso no ha sido cosa mía, ha sido obra de Fiona, la hija de Lorraine —confesó, bajando la voz—.

Es imposible amar a Lorraine y no terminar enamorado de su hija.

He llegado a quererla como si fuera mía, y eso es lo que le dije a mi madre; o, más bien, lo que tu hermana Samantha le dijo. Que Fiona era hija mía.

—¿Samantha? ¿Qué tiene que ver ella en esto?

—Si contábamos la verdad, condenábamos a Lorraine y a Fiona a ser unas parias sociales.

Tú sabes lo dañinas que son las murmuraciones y lo crueles que pueden llegar a ser en nuestros círculos.

No quería hacerles pasar por ese trago —murmuró, bajando la voz para que nadie lo oyera—.

Así que decidí pedirle consejo a tu hermana.

Esa muchacha siempre ha tenido un don especial para inventarse cosas, y más aún para manipular a las personas —añadió con admiración—.

A Samantha se le ocurrió mirarlo todo desde un punto de vista diferente.

Le dijo a mi madre que Lorraine era una prima lejana de los Richmond y que, hacía un tiempo, habíamos cometido una indiscreción, fruto de la cual había nacido Fiona, pero que ella se negaba a casarse conmigo porque pensaba que no era lo bastante buena para mí.

Eso llamó la atención de mi madre, pues lo normal es que las damas acostumbren a ensalzar sus virtudes para demostrar que están a mi nivel.

Cuando conoció a Lorraine y a Fiona, quedó tan encantada con ellas que terminó convenciendo a Lorraine de las ventajas de casarse conmigo.

—¿Y cuál es la versión oficial?

—Mi madre ha contado a todas sus amistades que nos casamos hace cosa de un año, en una ceremonia íntima debido al precario estado de salud del padre de Lorraine, y que este falleció justo después. Se supone que Lorraine ha estado todo este tiempo de luto en nuestra casa de campo.

Esa era una historia creíble, puesto que, durante el primer año de luto, no estaba bien visto salir de casa a no ser para ir a la iglesia o a visitar a algún familiar directo. Ni que decir tiene que estaba totalmente prohibido acudir a acontecimientos sociales.

La hermosa pelirroja se acercó a los hombres con una sonrisa tensa y cierto temor en los ojos.

—Me alegra volver a verlo, lord Dunmore —susurró, efectuando una reverencia perfecta.

—Es un placer verte por fin en una fiesta, prima —dijo Nicholas, tomándola de la mano con afecto—. Espero que todo el mundo te esté tratando bien.

Lo dijo en voz alta, para que todos los que estuvieran a su alrededor pudieran oírlo. Con esas sencillas palabras daba credibilidad a la historia que habían inventado y advertía que no toleraría ningún insulto hacia la muchacha.

—No tengo queja, primo Nicholas —musitó, con una mirada de profundo agradecimiento—. Todo es perfecto —añadió, mirando con amor a su esposo.

—Por casualidad, ¿has visto a la señorita Swan? Se suponía que se encontraría conmigo en el baile.

—Sí, claro. Está justo allí —indicó con una sonrisa, señalando al fondo del salón.

La mirada de Nicholas voló hacia el grupo de hombres que se apelotonaban al fondo.

Había creído que se trataba de los admiradores que habían caído rendidos a los pies de su hermana, y así era, pero solo en parte.

Aguzando la vista, pudo distinguir el brillo de una cabellera rubia como un rayo de luna justo en el centro de un montón de apuestos hombres del clan Richmond.

Sus ojos se entrecerraron, presagiando peligro.

—Si me disculpáis —gruñó, despidiéndose de la pareja con una elegante inclinación de cabeza—. Voy a espantar a ciertos buitres y a reclamar mis derechos sobre cierta señorita cabeza dura.

Sus ojos grises brillaron con la determinación de un tiburón cuando cruzó el salón de baile sin apartar la mirada de su presa.