Capítulo 27
A la mañana siguiente, Kathleen se despertó con el mal sabor de boca que provocaba un amor no correspondido.
Y no era de extrañar, teniendo en cuenta que Nicholas no había dicho nada tras su patética confesión de que no podía casarse con él porque no la amaba.
Su corazón había quedado desgarrado, destrozado, despedazado, desmenuzado, y con unos cuantos «des…
» más que en ese momento no le venían a la cabeza.
Y entonces lo vio.
Un nudo en una esquina de la sábana.
Un nudo como el que le hacía su madre por las noches para recordarle lo mucho que la amaba. Le había contado aquella historia a Nicholas en el banquito de del jardín de El Jardín Secreto.
Y estaba segura de que aquel nudo lo había hecho él.
¿Sería posible que la amase?
En el tocador, el mismo donde habían compartido unos inolvidables momentos de pasión, también había encontrado una rosa blanca, como las que había en el invernadero donde se dieron su primer beso, y una sencilla nota.
Resérvame un baile esta noche.
Por siempre tuyo, Nicholas.
«Por siempre tuyo». Sonaba a música celestial.
¿Podría ser cierto?
Lo único que podía hacer era esperar, porque, junto con el desayuno, le habían dado la noticia de que Nicholas había tenido que ir a Londres y no llegaría hasta la noche. La esperanza la hizo permanecer en la habitación durante todo el día, observando por la ventana cómo llegaban los invitados.
El decimoctavo cumpleaños de lady Samantha Evangeline Amber Richmond iba a ser todo un acontecimiento social.
Los invitados eran la élite de la sociedad inglesa, tanto aristócratas de rancio abolengo como ricos comerciantes asociados a los negocios familiares.
Las invitaciones habían sido muy selectivas: solo familia y amigos; apenas unos trescientos invitados.
Nadie había osado declinar una invitación de los duques, puesto que se consideraba todo un honor haberla recibido.
Los Richmond habían organizado tres días de celebraciones en Bellrose House, empezando el viernes y acabando el domingo. Excursiones, pícnics, una cacería y juegos al aire libre para distraerse durante el día, y, por las noches, cena de gala y baile.
Los duques habían puesto a disposición de sus invitados las trescientas sesenta y cinco habitaciones de la mansión, por lo que todo el personal de servicio estaba en pleno ajetreo para tenerlo todo preparado a tiempo.
Aquel era un evento especial porque, además del cumpleaños de Samantha, también iba a marcar el comienzo de su presentación en sociedad. Después de aquel fin de semana, muchos comenzarían las migraciones a la capital para los preparativos de la temporada, que empezaba en abril.
Los Richmond también irían para preparar la primera temporada social de la pequeña del clan.
Cualquiera diría que aquel acontecimiento tendría presa de los nervios a la protagonista de las celebraciones, pero la muchacha en cuestión lo vivía todo con absoluta resignación.
—No sabes la suerte que has tenido de poder esconderte aquí durante todo el día —suspiró Samantha al entrar en la habitación de Kathleen.
Se dejó caer sobre la cama con toda naturalidad, con la confianza que da una amistad tan estrecha como la que unía a las dos muchachas.
—¿Tan malo está siendo?
—Peor —bufó la muchacha con cierta indignación—. Conozco a muchos de los invitados, pero a otros no los había visto nunca.
Kathleen entendió al instante cuál era el problema.
—¿Cuántas van hasta el momento?
—Dos —gruñó la muchacha—, tal vez tres —añadió, pensativa—. La última no la tengo muy clara porque el pobre hombre tartamudeaba tanto que no pudo terminar la proposición de matrimonio.
Kathleen la miró con una mezcla de diversión y compasión. La espectacular belleza de Samantha, unida a su encanto y su apellido, siempre había provocado arrebatos de locura en los hombres. Como proposiciones de matrimonio segundos después de conocerla. Era un hecho habitual que la sacaba de quicio.
—Creo que la dichosa temporada social va a ser un infierno —sentenció Samantha, abatida.
—Muchas muchachas darían un ojo de la cara por ponerse en tu lugar, Sam —dijo Kathleen, intentando animarla—. Piensa en todos los hombres que vas a tener a tus pies, lisonjeando tu hermosura y…
Sam interrumpió a su amiga con una frase que no se cansaba de repetir:
—No quiero un batallón de hombres a mis pies; solo quiero uno en mi corazón.
Kathleen la miró con admiración. Samantha siempre había tenido muy claro lo que quería en la vida: amor verdadero.
Había crecido siendo testigo del profundo amor que unía a sus padres y a otras parejas de su familia, y sabía con certeza que no iba a conformarse con menos.
Incluso tenía claro que, en cuanto pusiera los ojos en el hombre de sus sueños, lo reconocería al instante y no habría nada que pudiera interponerse entre ellos.
Ojalá ella tuviera esa total confianza en sí misma que siempre demostraba Samantha.
—Hablando de corazones —continuó Sam—, ¿qué tal anda el tuyo?
—Confuso, no sé qué esperar —dijo sin más.
—Mi hermano no es tonto. Sin duda sabe el diamante que eres y no va a dejarte escapar.
—Sí, un diamante de cristal.
—Te equivocas, no hay nada falso en ti. Eres un diamante de primera.
—¿Y entonces por qué se ha ido?
—No le des más vueltas —adujo Samantha con pragmatismo—. Lo importante es que va a regresar esta noche, y debemos conseguir que, cuando te vea, le sea imposible volver a separarse de ti.
—¿Y cómo pretendes lograr semejante proeza?
—Haciendo uso de la artillería pesada —terció una voz femenina desde la puerta.
La duquesa de Bellrose entró en la habitación con una mirada cauta y una sonrisa contrita, seguida de cerca por una doncella que venía cargada con una enorme caja de cartón.
—Todavía no me he disculpado por mi deplorable comportamiento de ayer. Te pido mil perdones por la terrible forma en que actué contigo —dijo de corazón, tomando las manos de Kathleen entre las suyas.
—No tiene por qué disculparse, Su Gracia.
Samantha ya me lo ha explicado todo y soy yo la que le pide disculpas por haberse visto envuelta en este asunto —añadió la muchacha con sincero pesar—.
Le aseguro que no es mi intención perjudicar a su familia de ninguna manera. En cuanto Nicholas regrese, yo…
—No digas nada que no puedas cumplir, querida —la cortó Madeleine con una sonrisa tranquilizadora—. Nunca me cansaré de repetirte que siempre te hemos considerado parte de la familia, y estoy deseando que mi hijo consiga que sea una realidad.
Kathleen miró a la duquesa, sorprendida ante semejante confesión.
—No lo entiende. Yo les he mentido sobre quién soy en realidad.
—Nathaniel y yo conocemos tus orígenes desde hace muchísimo tiempo y nunca nos han importado.
Las dos muchachas la miraron, asombradas por tamaña afirmación.
—¿En serio pensasteis que el duque de Bellrose no investigaría a la compañera de habitación de su ojito derecho? —inquirió con una sonrisa pícara—. Una semana después de que os pusieran juntas en la Academia Carlston ya lo sabía todo de ti.
—¿Y aun así no hizo nada para separarnos? —preguntó Kathleen con incredulidad.
Era asombroso que la aceptasen aun sabiendo de dónde provenía. Pero, si se enteraban de que ahora se había convertido en la dueña de un burdel, seguro que cambiarían de opinión y la echarían de su casa a patadas.
—¿Por qué iba a hacerlo? Ya te lo dije ayer.
Eres una muchacha maravillosa y has demostrado ser la mejor de las amigas para mi hija.
Eso es lo único que nos importa —dijo con cariño—.
Aunque te aconsejo que soluciones de alguna manera tu participación en El Jardín Secreto.
A nuestra familia no le importan los escándalos, pero todo tiene un límite.
Kathleen sintió cómo la boca se le desencajaba.
—¿Pero es que papá tiene espías por todas partes? —gimió Samantha, pesarosa.
—Yo… yo… —balbució Kathleen, enrojeciendo, y bajó la mirada, avergonzada.
—Lo que estoy intentando decirte —musitó la duquesa, alzándole el mentón con la mano para mirarla directamente a los ojos— es que tienes nuestra bendición en lo que respecta a Nicholas —concluyó con una amplia sonrisa—.
Eres ideal para él, porque solo tú lo ves como a un hombre y no como al marqués de Dunmore.
Kathleen no pudo evitar las lágrimas que acudieron a sus ojos y se echó en los brazos de la duquesa, que la recibieron con ternura maternal.
Rodeada de aquel abrazo protector, la muchacha intentó expresar la verdadera congoja que atenazaba su corazón, pero, entre el interminable llanto y los hipidos, era imposible hacerse entender.
—E… prob… s… que… Nic… no… ma…
—Shhh —arrulló Madeleine, intentando consolarla—. Si no te calmas, no te puedo entender.
—Dice que el problema es que Nicholas no la ama —tradujo Samantha con un murmullo ronco, secándose las lágrimas que se habían deslizado por sus mejillas ante la tristeza de su amiga.
—Tonterías, ya te he dicho que conozco a mi hijo y está completamente prendado de ti —aseguró la duquesa—.
El problema es que Nicholas no ha heredado el gusto de esta familia por las grandes demostraciones de afecto y tiende a ser bastante reservado y parco en sentimentalismos.
Pero eso no significa que no sea un hombre de sentimientos profundos como el resto de los Richmond.
Simplemente, a él no le gusta exteriorizar sus emociones —explicó Madeleine mientras abría la caja que la doncella había depositado sobre la cama—.
El duque también era así cuando lo conocí, pero ha cambiado con el tiempo.
—¿Qué es eso? —preguntó Kathleen con curiosidad, intentando recobrar la compostura.
—Esto, querida niña, es la artillería pesada —afirmó la duquesa, desplegando un esplendoroso vestido de color malva.
***
Nicholas llegó a Bellrose House al caer la noche, cuando el baile estaba en pleno apogeo. Llevaba horas cabalgando, pero el esfuerzo había valido la pena.
Había ido a Londres con tres propósitos.