Detrás de la máscara Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

—Perfecto, quédate tal como estás —musitó Nicholas mientras se deshacía de sus ropas con premura—. No, no te vuelvas —advirtió cuando la muchacha hizo ademán de girarse para poder contemplarlo mientras se desnudaba—. Esta noche solo vas a poder mirarme a través del espejo.

Kathleen enarcó una ceja ante tamaña extravagancia, pero no dijo nada.

Le demostraría que podía seguirle el juego.

Engulló con la mirada cada centímetro de piel que Nicholas iba descubriendo.

Su morena hermosura la hacía temblar de deseo.

Su cuerpo era magnífico, con todos los músculos bien definidos bajo una piel suave y ligeramente velluda.

Kathleen desvió la mirada, avergonzada, cuando Nicholas comenzó a desabrocharse los pantalones.

—Las amantes no son tímidas —la reprendió con una sonrisa.

La muchacha alzó el mentón y se obligó a mirarlo. Sabía que se estaba sonrojando de pies a cabeza, pero no apartó la vista. Cuando el pantalón cayó a sus pies, tuvo su primera visión completa de un cuerpo masculino desnudo en todo su esplendor, y casi se desmayó por la impresión.

Kathleen no era ajena a la anatomía masculina.

En la Academia Carlston habían estudiado la naturaleza humana, y en el arte había podido ver un sinfín de representaciones de cuerpos masculinos pintados y esculpidos.

Pero una cosa era una escultura de mármol fría, por muy espléndida que fuera, y otra muy diferente el cuerpo cálido y potente de Nicholas en estado de excitación.

Contempló, con una mezcla de asombro y desconfianza, el poderoso miembro masculino, preguntándose cómo demonios había podido introducirlo con anterioridad en ella sin partirla en dos.

Nicholas debió de percibir su incertidumbre, porque la miró con una mezcla de ternura y posesividad mientras se acercaba y se colocaba detrás de ella.

—Tranquila, pequeña —murmuró con voz ronca—. Creo que ya te he demostrado que encajamos a la perfección.

Deslizó las manos desde los hombros de Kathleen hasta abarcarle las caderas, en una lánguida caricia que hizo que la muchacha arqueara la espalda como una gatita mimosa.

—Pero, por si aún tienes dudas —susurró, deslizando esta vez los labios por la columna de Kathleen y provocando descargas eléctricas que le arrancaron un profundo gemido—, déjame que vuelva a demostrarte que estamos hechos el uno para el otro.

Introdujo su miembro en una estocada lenta, interminable, hasta llenarla por completo. Su mirada, en todo momento, reflejándose en la de ella. Los ojos nublados por el placer, las pupilas dilatadas. Los labios entreabiertos, jadeantes.

El pecho del hombre se deslizó por su espalda, los brazos de Nicholas rodearon los suyos y sus manos se asentaron junto a las de Kathleen, de forma que la muchacha se sintió cubierta por completo por la poderosa figura masculina, quedando mejilla contra mejilla frente al espejo.

—Perfecto —musitó Nicholas, profundamente enterrado en su cuerpo.

Y empezó a moverse, despacio, sin salir casi de ella, pero entrando todo lo profundo que aquella postura le permitía. Una y otra vez. Sin descanso. Y, en todo momento, sus ojos no se despegaban de los de Kathleen, compartiendo el placer mutuo.

—Siéntelo. —Embistió con más potencia, más profundo—.

Siénteme como yo te siento. —Nicholas entrecerró los ojos, tensó los brazos y se introdujo en ella con fiereza, arrancándole un sollozo extasiado—.

No hay nada más perfecto que esta unión —gruñó con pasión—.

Tú y yo —añadió, remarcando cada palabra con una acometida de sus caderas—. Cásate conmigo, Kathleen.

La muchacha se mordió el labio para acallar la afirmación que quería brotar de sus labios. Incapaz de hablar, jadeante por el doloroso placer que se estaba acumulando en sus entrañas ante el incesante martilleo de las caderas masculinas, solo pudo negar con la cabeza.

Sentía el cuerpo a punto de estallar; tan solo un par de acometidas más y explotaría de placer.

—Entonces me detendré —gruñó implacable, y sacó el miembro por completo de su interior, aunque siguió inmovilizándola con su cálido abrazo.

—¡Nicholas! —sollozó Kathleen con frustración—. No me hagas esto.

Movió las caderas hacia atrás, buscando con desesperación el contacto del hombre. Pudo leer en su rostro el mismo desespero: él estaba tan cerca como ella de la cúspide, aquella interrupción lo estaba matando, pero aun así no desistió en su demanda.

—Cásate conmigo, Kathleen.

—Ya te lo he dicho. No puedo casarme contigo.

—¿Por qué?

—Ya te lo he dicho.

—Me has dado un montón de razones y te he rebatido todas. Aun así, te sigues negando a casarte conmigo. ¿Por qué? —insistió él.

—Tengo una razón importante.

—Pues dímela.

—No.

—Dímela, Kathleen —susurró Nicholas, lamiéndole el lóbulo de la oreja—. Dímela y te daré lo que quieres. —El miembro masculino rozó su abertura, pero sin llegar a introducirse—. Los dos obtendremos lo que queremos.

La muchacha lo miró, impotente.

—Porque no me amas, maldito seas —reconoció por fin, abatida, con un sollozo quebrado.

Nicholas la penetró al instante, con un fiero gruñido.

Una, dos, tres veces, mirándola con intensidad.

Kathleen intentó descifrar lo que sus ojos querían transmitirle, hasta que la tensión que se acumulaba en su interior estalló, arrasando cualquier pensamiento coherente.

Sintió a Nicholas temblar detrás de ella mientras la penetraba profundamente, abrazándola con posesividad, y supo que él también había alcanzado el ansiado placer.

Cuando pudo recuperar el aliento, Nicholas la alzó en brazos y la depositó con infinita ternura en la cama.

Kathleen estaba demasiado cansada para reaccionar.

El sueño, que antes la había eludido, la envolvió en su abrigo.

Fue vagamente consciente de que Nicholas le ponía el camisón y la arropaba como si fuera una niña.

Sintió el roce de sus labios en la frente y el murmullo de su voz.

—Dime que te casarás conmigo —susurró en su oído.

—Sí —musitó la joven, envuelta en la neblina del sueño.

Nicholas sonrió. Puede que la muchacha hubiera planteado un montón de objeciones racionales a su matrimonio, pero, en su fuero interno, era completamente suya.

—Creo que, más que palabras, lo que necesitas es una demostración de mis sentimientos.