Capítulo 26
Kathleen dio vueltas en la cama, suspirando. Aporreó la almohada, frustrada, intentando encontrar la postura que le permitiera conciliar el sueño, pero Morfeo seguía eludiéndola.
Pese a que la noche era fría, sentía el cuerpo caliente, tenso y anhelante. No era de extrañar. Justo cuando Nicholas estaba a punto de cumplir su bienvenida amenaza de alzarle las faldas y darle otra demostración de la intensa pasión que los unía, unos golpes en la puerta los habían interrumpido.
La duquesa en persona les anunció que la cena estaba a punto de servirse y advirtió a su hijo que no convenía dañar más la reputación de la pobre Kathleen encerrándose con ella en el saloncito de aquella manera y durante tanto tiempo.
«Si ella supiera todo el tiempo que habíamos pasado a solas detrás de una puerta cerrada», pensó Kathleen con un suspiro.
Aunque la tensión que se respiraba entre ella y Nicholas era palpable, la cena fue fluida y amena gracias a la llegada de Sarah, la hija que el duque de Bellrose había tenido en su primer matrimonio.
Hacía diez años que se había casado con un importante laird escocés y vivía en un pintoresco castillo de las Tierras Altas, criando a los cuatro diablillos que habían nacido de su amor.
Las visitas de Sarah y su bulliciosa familia siempre eran un feliz acontecimiento para los Richmond.
Kathleen no formaba parte de la familia, pero los conocía a todos y les tenía un gran cariño, y ellos siempre se las arreglaban para que no se sintiera una intrusa.
Aun así, cuando la cena terminó, Kathleen adujo dolor de cabeza y huyó a su habitación.
Nicholas no había apartado los ojos de ella en toda la noche, y ella le había eludido la mirada constantemente, porque cada vez que lo miraba no podía evitar el intenso rubor que le cubría el rostro ante el deseo que leía en sus ojos, sin duda reflejo del suyo propio.
Lo que estaba claro era que quedaban unas cuantas cuestiones importantes pendientes de aclarar entre ellos.
Incapaz de relajarse lo suficiente para dormir, la muchacha se levantó de la cama y siguió el sendero de luz que la luna llena dibujaba a través de los cristales de la ventana.
La serenidad del paisaje que se vislumbraba atemperó sus nervios.
El fulgor del plenilunio derretía las sombras nocturnas con un brillo de plata, envolviendo el jardín con un halo casi mágico.
Estaba tan absorta en sus pensamientos que no fue consciente de que alguien había entrado en la habitación. Unos brazos poderosos la rodearon mientras una mano cubría su boca, acallando su chillido sobresaltado.
—Shhh, soy yo —murmuró Nicholas en su oído, diluyendo sus temores—. Tú y yo tenemos un asunto pendiente, pequeña.
Su cálido aliento lanzó dardos de excitación al centro de su ser. Cuando los labios del hombre mordisquearon su lóbulo, la muchacha sintió que sus huesos se convertían en gelatina y gimió, indefensa, cuando la punta de su lengua exploró con delicadeza los recovecos de su oreja.
Kathleen hizo ademán de girarse para poder abrazarlo, pero él se lo impidió, estrechando su cerco en torno a ella y apretándola de espaldas contra su duro torso.
—Quédate tal y como estás —advirtió Nicholas con un murmullo ronco—. Estoy disfrutando de las maravillosas vistas que me ofrece la luna.
Kathleen no entendió el comentario, pues el rostro de Nicholas no estaba encarado hacia la ventana, sino hacia la pared izquierda de la habitación; en concreto, miraba el enorme tocador que presidía la estancia.
Era un hermoso mueble de nogal, estilo Luis XV, adornado con volutas talladas y filigranas en pan de oro.
Un gran espejo se alzaba sobre él, escoltado por otros dos espejos más pequeños, uno a cada lado, de forma que, cuando una se miraba, tenía tres ángulos diferentes de visión.
Kathleen lo sabía porque, unas horas antes, se había sentado en el taburete acolchado que había delante del tocador y había estado cepillándose el cabello con parsimonia, sumida en sus pensamientos.
Ahora lo que se reflejaba en los espejos era el abrazo de sus dos figuras.
Un rayo de luna caía sobre Kathleen, cubriéndola con un brillo sobrenatural.
Con el cabello rubio platino derramándose en suaves ondas hasta la cintura, la pálida piel casi traslúcida bajo el brillo lunar y un sencillo camisón blanco, parecía refulgir con luz propia.
—Parece que he atrapado a la mismísima diosa Selene —musitó el hombre, enterrando la nariz en la curva de su cuello y aspirando el suave perfume de jazmín que siempre acompañaba a la muchacha—.
Ahora entiendo por qué Endimión deseó dormir eternamente para estar siempre con ella —añadió con voz ronca, mirándola a través del espejo.
La figura de Nicholas permanecía envuelta en sombras, contrastando vívidamente con la luminosidad de la suya, creando un contorno oscuro que amenazaba con devorarla.
Contempló, con una mezcla de excitación y alarma, cómo los habilidosos dedos del hombre comenzaban a desabrochar, uno a uno, los botones delanteros de su virginal camisón, desde el cuello hasta la cintura.
Sin prisa pero sin pausa, haciéndole contener el aliento por la anticipación.
Una mano exploradora se adentró en la brecha abierta, apresando uno de sus senos en una cálida prisión, arrancándole un gemido de placer.
La otra mano de Nicholas se deslizó hasta su cuello, atrapó su mentón y le giró la cara hasta que pudo capturar sus labios en un sensual beso. Un beso carnal y devorador que encendió su cuerpo, convirtiéndolo en un volcán de deseo.
Mientras sus lenguas se batían en un duelo sin fin, la mano masculina descendió por el cuello de Kathleen en una lánguida caricia, pasando por el valle entre sus senos, jugueteando por su ombligo hasta encontrar el vértice entre sus muslos.
Lo asaltó sin piedad, con un movimiento experto a dos bandas, de forma que su pulgar acariciaba el brote de su placer mientras el dedo corazón se adentraba con suavidad en su humedad.
Kathleen arqueó el cuerpo con un gemido, ahogado por los labios del hombre, indefensa ante la magia que obraban sus manos. Notaba el cuerpo en llamas, como si un reguero de lava ardiente la estuviera cubriendo poco a poco.
Nicholas deslizó de sus hombros el camisón que la cubría, despacio, como si estuviera desenvolviendo el regalo más preciado, de forma que el torso de la muchacha quedó al descubierto.
—Me dejas sin aliento, pequeña —musitó el hombre con voz ronca, mirando con intensidad, a través del espejo, la pálida piel que relucía bajo la luz de la luna—. Alza los brazos, Kathleen. Abraza mi cuello. Permíteme verte en todo tu esplendor.
Kathleen sintió que se ruborizaba hasta las puntas de los pies, sin poder evitar la timidez que la embargaba en esas ocasiones en las que él quería contemplarla desnuda.
Como toda mujer, tenía ciertos complejos respecto a las imperfecciones de su cuerpo: tenía quizá los senos demasiado pequeños, las caderas demasiado estrechas, las piernas demasiado largas.
Fue incapaz de moverse.
—Cuando seas mi esposa tendrás que ser más obediente —murmuró Nicholas, clavando su mirada en ella con una sonrisa ladeada.
Sintió que la tomaba de las muñecas y cumplía él mismo su propia orden, alzándole los brazos hasta su cuello, de forma que la muchacha tuvo que estirarse para alcanzarlo.
Solo hizo falta ese pequeño movimiento para que el camisón, que había quedado enredado en sus caderas, cayera hasta el suelo.
Escuchó cómo Nicholas contenía el aliento.
—No voy a casarme contigo, Nicholas —balbució Kathleen, intentando que sus palabras sonaran convincentes—. Solo déjame ser tu amante —insistió, buscando su mirada en el espejo.
El contraste de su cuerpo desnudo estirado contra la oscura silueta de Nicholas le pareció sumamente erótico, más aún cuando él permanecía vestido. Cuando sus ojos se encontraron, Kathleen tembló. Los del hombre se habían vuelto mercúricos, devorándola con una mirada abrasadora.
—Comprobemos si tienes madera de amante —gruñó al fin, con los ojos entrecerrados y una sonrisa tensa—. Mantén los brazos en alto.
Queriendo demostrarle que sí sería una buena amante, Kathleen obedeció sin dudar.
Cuando las manos de Nicholas descendieron por su cuerpo, la muchacha se mordió el labio para contener un gemido.
Observó el lento camino que las oscuras manos del hombre empezaron a recorrer a través de los valles y colinas de su cuerpo, hasta que el placer le nubló la vista y cerró los ojos, echando la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el hombro de Nicholas y entregándose por completo a su amante.
Cuando los expertos dedos del hombre volvieron a encontrar la humedad entre sus muslos, Kathleen hundió los suyos en el cabello de Nicholas.
La lenta penetración del dedo corazón y las insistentes caricias del pulgar la llevaron a un orgasmo arrasador, arrancándole un sollozo que fue acallado por los labios masculinos.
Cuando pudo recuperar el aliento, sintió cómo la guiaba hacia los espejos.
—Ponte de rodillas en el taburete y apoya las manos en el borde del tocador, bien separadas —instruyó el hombre con voz ronca.
Kathleen obedeció, reticente, insegura por la vulnerabilidad que sentía al verse desnuda y expuesta de aquella manera.
Su rostro enfrentó su propio reflejo cara a cara: las mejillas arreboladas, los ojos todavía turbados por los restos de la pasión y los labios hinchados y rojos.
Había visto esos mismos signos en sus chicas, cuando bajaban las escaleras después de un escarceo amoroso.
Ahora entendía por qué algunas de ellas continuaban subiendo la escalinata de El Jardín Secreto.
No por el dinero, sino por la promesa de placer.
Un placer que podía liberar el cuerpo, pero subyugaba el alma.