Capítulo 25
Nicholas actuó con presteza y alcanzó a Kathleen antes de que ella pudiera dar dos pasos. Para sorpresa de los presentes, le plantó un breve pero intenso beso en los labios y se la cargó al hombro como si fuese un saco de patatas.
—Suéltame, bruto —gritó la muchacha, pataleando indignada y golpeando con los puños su ancha espalda—. Rompiste el compromiso, ¿recuerdas?
—He cambiado de opinión —declaró Nicholas, con una sonrisa satisfecha que, por suerte, ella no podía ver.
Se sentía feliz ante la perspectiva de pasar el resto de su vida con aquella arpía de temperamento fogoso. Marchó con paso decidido hacia Bellrose House, dispuesto a buscar un lugar donde poder hablar en privado.
—¿Habéis roto vuestro compromiso? —preguntó la duquesa mientras los observaba con asombro.
—No —contestó Nicholas sin detener su camino.
—Sí —replicó Kathleen—. Me trataste como a una prostituta —añadió, herida.
—Te comportaste como una prostituta. O al menos lo simulaste. MacDunne ya me ha explicado que todo fue una mentira para obligarme a cancelar el compromiso.
—Maldito bocazas —musitó Kathleen, furiosa—. Bájame, mentecato grosero.
—Menudo lenguaje, mocosa —silbó Nicholas, riendo—. Como marquesa de Dunmore, se espera que seas un ejemplo de decoro y buenas maneras.
Lo había dicho de broma. Por eso se asombró ante el estallido de sollozos que hizo temblar a la muchacha.
—¡Por Dios, Kathleen! ¿Qué ocurre? ¿Te he hecho daño? —inquirió, preocupado, bajándola con ternura de su hombro.
—¿Es que no lo entiendes? No puedo casarme contigo —declaró ella entre sollozos.
Había dicho «no puedo» y no «no quiero».
Eso era bastante esclarecedor. La cogió entre sus brazos, arrullándola con palabras suaves, y buscó la tranquilidad de uno de los saloncitos familiares, mientras la duquesa los miraba con preocupación y cerraba la puerta tras ellos, dándoles la intimidad que necesitaban para aclarar la situación.
Nicholas se sentó en uno de los sofás mientras ella sollozaba en su regazo. La acunó como si fuera una criatura pequeña hasta que las lágrimas por fin cesaron.
—Contéstame a una pregunta. ¿No puedes casarte conmigo o no quieres casarte conmigo? —inquirió Nicholas con voz suave.
—¿Qué diferencia hay? —preguntó la muchacha, hipando.
—Créeme, hay muchísima diferencia —aseguró, mientras colocaba detrás de su oreja un díscolo mechón de cabello—. Háblame, Kathleen, cuéntame lo que te preocupa —rogó Nicholas, deseoso de entenderla—. Explícame por qué no puedes casarte conmigo.
La muchacha lo miró con ojos solemnes, de un azul tan oscuro y profundo como el cielo nocturno, y comenzó a hablar.
—Mi verdadero nombre es Kathleen Anne Sweeney y nací en Whitechapel —confesó con voz apagada—.
Nunca supe quién era mi padre; creo que ni mi madre lo sabía.
Ella era costurera, pero, cuando el trabajo escaseaba, bueno…
hacía la calle. Cuando murió, mi tía Heather se hizo cargo de mí y me llevó a la Academia Carlston.
Cuando mataron a mi tía, me llevé la sorpresa de que me había dejado un burdel junto con el resto de sus pertenencias.
Pensaba cedérselo a Connor, pero el detective Roberts me chantajeó para que…
—¿Alguien te chantajeó? —preguntó Nicholas con voz sedosa, intentando controlar la furia que lo embargó—. Por favor, cuéntamelo todo con detalle.
La muchacha le relató con minuciosidad todo lo que le había ocurrido desde el fallecimiento de su tía, y Nicholas se maldijo por no haber estado a su lado para protegerla.
Tenía tan solo dieciocho años, recién salida de la escuela, y, sin saber casi nada de la vida, se había visto envuelta en un asunto muy feo.
Grabó en su mente el nombre del detective que había osado utilizarla de aquella manera y se prometió que, en cuanto volviera a Londres, le daría su merecido.
—¿Ahora entiendes por qué no puedo casarme contigo? —sollozó con tristeza—. No tengo lo que se puede decir una reputación intachable.
—No, no la tienes —coincidió el hombre con seriedad—. Más bien eres un escándalo en ciernes.
—Deberías prohibirme que volviese a ver a tu familia —atinó a decir con un suspiro.
—Sí, debería.
Nicholas sonrió en su interior. Un suave rubor estaba coloreando las mejillas de Kathleen y había empezado a fruncir el ceño. La vulnerabilidad que había mostrado hasta entonces estaba siendo sustituida por la ira. Prefería un millón de veces verla enfadada que desconsolada.
—Y seguro que consideras que mi amistad con Samantha debería acabar —continuó ella, entrecerrando los ojos.
—Sin duda, eres una pésima influencia para ella.
—Y, como es lógico, desearás que me aparte de tu camino para siempre.
No le dejó contestar.
Se levantó del sofá como una tromba y le plantó cara, con el mentón en alto y los brazos en jarras.
—Escúchame bien, asno estirado y presuntuoso: puede que no sea perfecta, pero tengo corazón y soy fiel a lo que siento.
Creo que luchar por lo correcto es más importante que vivir guardando las apariencias, y al diablo con quien critique eso —le espetó, acercándose a él y clavándole el dedo en el pecho—.
Si piensas tan mal de mí, ya puedes salir por esa puerta y no volver a verme nunca más.
Dedícate a buscar una muñequita perfecta que bese el suelo que pisas.
Pero eres un tonto si crees que otra mujer podría amarte tanto como te amo yo. Así que…
No pudo terminar de hablar. En un segundo, Nicholas le apresó el rostro entre sus grandes manos y le devoró la boca como un hombre hambriento que ha encontrado una fuente de ambrosía en sus labios.
«Por fin», gimió Nicholas para sus adentros.
Se acabaron las mentiras, terminaron los malentendidos.
Por fin había podido ver lo que la muchacha ocultaba detrás de la máscara, y lo que había descubierto era mucho más de lo que podía esperar.
Un sentimiento de absoluta dicha le recorrió el cuerpo de arriba abajo, mezclado con una profunda posesividad.
«Mía», pensó.
Y no supo que lo había repetido en voz alta hasta que oyó a la muchacha murmurar:
—Sí, soy tuya —afirmó Kathleen, entrelazando los brazos alrededor de su cuello—. Tendrás que enseñarme cómo darte placer —musitó, ruborizada—. Si me voy a convertir en tu amante, debo saber cómo complacerte.
«Bueno, tal vez aún queden un par de cosas por aclarar», pensó Nicholas con un suspiro.
—¿Por qué piensas que quiero convertirte en mi amante? —preguntó, extrañado.
Kathleen lo miró con los ojos como platos y el rubor le subió hasta la raíz del cabello.
—Bueno, yo… yo te amo —balbució, confundida—, y tú… tú me estabas besando —añadió en tono acusatorio—. Pensé que volvía a gustarte, que tal vez podríamos continuar con la relación que llevábamos antes.
—Pequeña, ese tipo de relación ya no es posible entre nosotros.
—¿Se puede saber por qué? —inquirió, tratando de separarse.
Nicholas se lo impidió, disfrutando de su cercanía.
De pequeña había sido una niña curiosa, decidida y leal.
Se veía a la legua la bondad que había en ella.
Su familia la había adoptado de corazón, enternecida por aquella niña solitaria que vivía prácticamente en el internado.
Y él siempre había sido sensible a su cercanía.
A esa mezcla de vulnerabilidad y fortaleza que aún conservaba de adulta.
—Kathleen, estamos comprometidos —le recordó con paciencia—. Lo lógico es que te conviertas en mi esposa.
—¿Te has vuelto loco? Después de lo que te he contado, no puedes casarte conmigo.
—¿Por qué no?
—Porque tienes aspiraciones políticas. Necesitas que tu esposa tenga una reputación intachable —señaló la muchacha—. Tú mismo lo dijiste.
—¿Cuándo dije yo eso? —preguntó Nicholas, sorprendido.
—Te oí hablar con lord Fullford en El Jardín Secreto. Dijiste que lo que hacen la mayoría de los aristócratas es casarse con mujeres de buen apellido y tener una amante a la que amar.
—Eso no se aplica a mí. Cuando me case, seré un esposo fiel —aseguró Nicholas—. Además, hablábamos de Lorraine. Tú no eres como ella —adujo él.
—¿Y se puede saber en qué nos diferenciamos?
—Bueno, tú eras virgen. Ella es una prostituta y, además, tiene una niña.
—Eso es injusto —bufó la muchacha—. No es lo mismo ser una prostituta que verse obligada a trabajar como tal.
Lorraine y yo somos muy parecidas. Lorraine es una buena chica que se entregó al hombre del que estaba enamorada —explicó con seriedad—.
Hizo lo que hizo por su supervivencia y la de su hija.
No te engañes, Nicholas. Yo habría hecho lo mismo si me hubiese visto en su situación.
Y te recuerdo que ahora tengo una docena de hijos —añadió con retintín.
Nicholas obvió el tema de los niños; era un asunto delicado del que tendrían que hablar más adelante.
—¿Me estás diciendo que tú podrías llegar a prostituirte? —preguntó, asombrado.
—No lo sé —admitió la muchacha—. Creo que, hasta que no llega un momento de desesperación, no eres capaz de descubrir lo que puedes llegar a hacer en caso de necesidad.
Pero mi corazón me dice que, si tuviera un hijo tuyo, sería capaz de todo por protegerlo —dijo, mientras se acariciaba el vientre con ternura—.
Creo que podría llegar a prostituirme, robar e incluso matar.
Si esa admisión me convierte en una mala persona… —se encogió de hombros.
—No eres una mala persona —afirmó Nicholas con convicción, conmovido por el gesto de la muchacha.
Sus palabras lo habían impresionado más de lo que podía expresar.
Era la cruda honestidad de una persona que había rozado el lado oscuro de la vida.
Y, aunque ella, por fortuna, no había vivido en carne propia la desesperación y la carencia, sentía una gran empatía por quienes no habían tenido su suerte.
La profundidad de aquella muchacha no dejaba de asombrarlo.
Fue consciente por primera vez de la suerte que había tenido en la vida. Había nacido en el seno de una familia muy unida y con grandes recursos económicos. Había crecido amado, consentido y protegido. Nunca le había faltado nada.
¿Quién era él, pues, para juzgar a alguien que había tenido que luchar hasta por un trozo de pan? Tal vez, en esas circunstancias, él hubiese actuado igual… o incluso peor.
Lo que siempre había tenido claro era que sería capaz de todo por proteger a su familia. Pero ahora, al pensar en Kathleen embarazada de un hijo suyo, un instinto primitivo rugió en su interior. Aniquilaría a cualquiera que intentara dañarlos, y disfrutaría haciéndolo.
—Mierda —musitó, mesándose el cabello—. Tengo que hablar con Arthur.
—¿Para qué?
—Para que sepa lo equivocado que estaba yo. Para decirle que, si de verdad ama a Lorraine, mande a todo el mundo al cuerno y se case con ella si eso va a hacerlo feliz. Si ella en realidad se parece a ti, será una excelente condesa.
—Pero es que en realidad no creo que estés tan desatinado —suspiró la muchacha—. Al menos en lo que respecta a nosotros. Nunca me casaría contigo.
Esa afirmación lo descolocó.
Se pasó la mano por la cara, invocando su paciencia interior, esa que le había ayudado a convertirse en un formidable hombre de negocios.
No la encontró.
—¡Por Dios, mujer! ¡Qué cabezota eres! —rugió fuera de sí—.
Me has hecho ver lo equivocado que estaba al prejuzgar a la gente por cosas que, llegado el caso, yo probablemente también haría.
Hemos aclarado que eres una excelente persona.
Y has confesado que me amas —le recordó, por si acaso se le había olvidado—.
¿Por qué demonios no quieres casarte conmigo?
—Porque tu carrera política se vería perjudicada, Nicholas. Tú mismo lo has dicho: soy un escándalo en ciernes. Si te casas conmigo, te casarás con un prostíbulo y con una docena de niños huérfanos. Cuando vuelva a Whitechapel…
—No volverás a Whitechapel —sentenció Nicholas—. No consentiré que mi mujer corra semejante riesgo.
—¿Ves? Esa es otra de las razones por las que no puedo casarme contigo. No pienso abandonar a esas mujeres a su suerte. Quiero seguir instruyéndolas para que puedan rehacer su vida. Hasta yo soy consciente de que no estaría bien visto que una marquesa pasara el día rodeada de prostitutas.
—Para amarme tanto, no te está siendo muy difícil encontrar razones para no casarte conmigo —puntualizó Nicholas, frustrado.
—Pues aún no has escuchado la más importante de todas.
—¿Y se puede saber cuál es?
—No, esa no te la voy a decir. Averíguala tú solito.
¡Dios! ¡Cómo le calentaba la sangre esa mujer! La forma en que lo retaba siempre ensalzaba sus instintos más bajos.
—Kathleen, cada vez que me provocas me entran ganas de levantarte las faldas y demostrarte lo que siento por ti —advirtió el hombre con un gruñido.
—¿Y se puede saber a qué esperas?