Detrás de la máscara Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

—¡Qué contrariedad! Vaya suerte he tenido de que no se soltase durante mi paseo —exclamó Sophia, preocupada—. Kathleen, no podemos dejarte ir en este carruaje si no está en condiciones.

Kathleen fulminó a Madeleine con la mirada.

—Esperaré aquí mientras la aprietan. ¿Cuánto pueden tardar? —preguntó al cochero—. ¿Diez minutos?

—Al menos un par de horas, ¿verdad, Joseph? —terció la duquesa.

El hombre, que había empezado a asentir cuando Kathleen había preguntado, comenzó a negar con énfasis al escuchar a Madeleine.

—Diez minutos no —balbució Joseph, enrojeciendo—. Dos horas, tal vez más.

—¿Ves? No tiene sentido esperar aquí. Vayamos dentro y terminemos de comer con tranquilidad.

Kathleen iba a protestar, pero la voz de la duquesa viuda la atajó.

—Eso, querida, entra con nosotras y así me pones al día. Hacía mucho que no te veía por aquí, te he echado de menos. ¿Qué tal todo por Londres?

La muchacha se dejó conducir otra vez dentro con una absoluta sensación de impotencia.

Dos horas después le anunciaron que, mientras apretaban la rueda, no se sabía cómo, se había roto el eje del vehículo. Hasta el día siguiente no podrían reponerlo.

Más decidida que nunca a salir de allí cuanto antes, Kathleen solicitó que le ensillasen un caballo. Pero una hora después, todavía seguía aguardando su montura.

Cansada de la espera, fue personalmente hasta las cuadras en busca de un caballo, decidida a ensillarlo ella misma si era necesario, y se encontró con las cuadras vacías. ¡Vacías!

Uno de los caballerizos le comentó que, justo después de comer, la duquesa había ordenado llevar a todos los caballos a pastar en los prados del norte de la propiedad.

Era el colmo.

Salía de las cuadras, hecha una furia, cuando se encontró con Sophia paseando.

—Me voy —anunció la muchacha sin detener el paso—. Por favor, informe a la duquesa de Bellrose de que me marcho andando.

No esperó contestación de la duquesa viuda, ni siquiera oyó lo que esta le dijo.

Su paciencia había llegado al límite. Con paso enérgico, comenzó a avanzar por el camino empedrado.

Aunque tuviera que andar toda la noche, llegaría hasta el pueblo más cercano y allí buscaría un medio de transporte hasta Londres.

A los pocos minutos, oyó que gritaban su nombre detrás de ella.

La duquesa de Bellrose en persona, con las faldas arremangadas, corría como una loca tras ella. Sin pensárselo dos veces, Kathleen se arremangó también las faldas y empezó a correr… escapando de ella.

A los pocos metros, la muchacha tropezó con una piedra y cayó de bruces. Tuvo suerte y, entre el lío de faldas y enaguas, no se hizo daño, pero perdió el tiempo suficiente para que Madeleine la alcanzara.

La duquesa no fue sutil a la hora de inmovilizarla. Se lanzó encima de ella, bloqueando cualquier huida.

—¿Es que ha perdido el juicio? —farfulló la muchacha, entre asombrada e indignada, pataleando para quitarse a Madeleine de encima.

La duquesa se afianzó sobre Kathleen, sentándose a horcajadas sobre su espalda.

—Mi hijo me pidió que te retuviera aquí, de la manera que fuera necesaria, hasta que él llegase —jadeó la mujer, intentando imponer su fuerza sobre Kathleen para inmovilizarla—, y, si te soy franca, estoy deseando que llegue ya. Estás siendo muy poco razonable.

—¿Que yo estoy siendo poco razonable? —preguntó la muchacha con incredulidad—. ¡Pero si es usted la que está sentada encima de mí!

Estaban tan concentradas en su escaramuza que no se percataron del carruaje que se acercaba por el camino hasta que lo tuvieron casi encima.

El cochero frenó los caballos con violencia cuando fue consciente de que había dos personas en medio de la carretera. Su cara de horror fue total cuando reconoció a la duquesa.

Madeleine lanzó un chillido de alarma al darse cuenta de que estaban a punto de ser arrolladas por el carruaje. Gracias a la eficiencia del conductor, el vehículo se detuvo justo a tiempo para evitar una desgracia.

Kathleen aprovechó el momento y, con un fuerte impulso, consiguió desequilibrar a la duquesa y quitársela de encima. Se levantó con un movimiento ágil y corrió hacia el carruaje, en busca de ayuda.

—Por favor, necesito ayuda. Esta mujer se ha vuelto loca y me tiene retenida en contra de mi voluntad.

Abrió con decisión la portezuela del carruaje y se encontró con unos incisivos ojos color plata que la miraban con intensidad.

—Yo no iría diciendo esas cosas de tu futura suegra.

—Nicholas —musitó la muchacha.

No estaba preparada para verlo, no cuando su corazón aún se sentía tan vulnerable ante su presencia. No cuando pensar que iba a tener que vivir su vida sin él la desolaba. No cuando él creía que ella era una vil prostituta.

Él era un hombre perfecto, maravilloso, tierno, apuesto, tan…

«Un momento… ¿futura suegra?».

Ese hombre era un maldito cabezota, un asno terco e insufrible.

Kathleen lo miró con el ceño fruncido, dispuesta a dejarle las cosas claras; irguió la espalda, alzó el mentón y salió corriendo como alma que lleva el diablo.

Porque, en el fondo, sabía que nunca podría negarle nada.