Capítulo 24 #2
En primer lugar, su ropa había desaparecido.
Una doncella le había dicho que la duquesa había mandado lavar sus vestidos.
Todos sus vestidos. Solo tenía el camisón que llevaba puesto.
Pero Kathleen, no dispuesta a dejarse manipular, se había colado en la habitación de Samantha y le había cogido prestado un sencillo traje de viaje color granate.
No era la primera vez que intercambiaban ropa, puesto que usaban la misma talla.
Cuando Kathleen bajó a desayunar, Madeleine estaba terminando su desayuno.
—Querida, no te esperaba —exclamó con verdadera sorpresa, aunque se compuso con rapidez—. Si hubiera sabido que ibas a desayunar tan temprano, te habría esperado —añadió, mirando su vestido con incertidumbre.
—Habría bajado antes, pero no encontraba nada que ponerme. Parece ser que toda mi ropa debía de estar sucia —incluso la que no había sacado de la maleta—, porque una doncella recibió órdenes de que se lavara todo hoy mismo.
Kathleen observó, complacida, que la duquesa se ruborizaba.
—Veo que, a pesar de eso, has encontrado algo que ponerte.
—Espero que no le moleste, pero me he tomado la libertad de coger un vestido de Samantha. Era eso o quedarme todo el día encerrada en mi habitación… y usted no querría que eso ocurriera, ¿verdad?
El rubor de la duquesa se acentuó y las sospechas de Kathleen se intensificaron. Algo tramaba intentando retenerla allí.
—Claro que no, querida. Lo de tu ropa debe de haber sido un malentendido. Hablaré con el ama de llaves para que se encargue de que te entreguen tus vestidos lo antes posible. Seguro que para mañana ya los tendrás listos.
—Estupendo, pero me los tendrá que mandar a Londres —objetó la muchacha con una sonrisa forzada—, porque mi intención es partir ahora mismo. Si hace el favor de ordenar que preparen un carruaje.
—Pero, querida…
—Por favor.
Las dos mujeres se miraron a través de la mesa del desayuno, en un duelo de voluntades férreas.
Al final, la duquesa cedió con un suspiro.
—Está bien, ordenaré que preparen un carruaje.
Kathleen sonrió triunfal, pero, al cabo de unas horas, cualquier rastro de sonrisa había desaparecido de su rostro. Seguía en el comedor, esperando un vehículo.
Debía de haber imaginado que la victoria no podía ser tan fácil.
La propiedad contaba con cinco carruajes para el uso familiar, pero, por una extraña coincidencia, tres de ellos estaban siendo reparados al mismo tiempo, o eso al menos le había dicho la duquesa.
Kathleen no podía acusarla de mentirosa, pero era incomprensible que los tres vehículos se hubieran averiado a la vez.
—¿Y los otros dos carruajes? —preguntó la muchacha con el ceño fruncido.
—La madre de mi esposo se ha llevado uno de ellos esta mañana temprano. Tenía que hacer unas visitas; no sé cuánto puede tardar, tal vez todo el día —se excusó, encogiéndose de hombros—. El otro es el que se ha llevado Samantha para hacer una visita a unos conocidos, así que…
—La duquesa viuda está de vuelta —anunció el mayordomo, entrando en el comedor.
Kathleen se levantó de la mesa sin demora.
—Pero, querida, termina tu comida mientras preparan el carruaje.
—¿Y dar tiempo a que se pueda «averiar» mientras tanto? No, gracias. Prefiero salir ahora mismo.
Kathleen sabía que estaba siendo brusca y maleducada, pero no lo podía evitar.
Tenía el presentimiento de que se avecinaban problemas, como cuando se acerca una tormenta y el ambiente se vuelve denso.
Y los impedimentos que estaba poniendo la duquesa para dejarla marchar lo único que conseguían era acentuar sus ganas de escapar.
Salió de la mansión con premura y bajó la escalinata a toda velocidad, justo cuando el carruaje de la duquesa viuda se detenía. Ella misma abrió la portezuela, haciendo que el lacayo la mirara consternado por no dejarle hacer su trabajo.
—Uy, buenos días, Kathleen. Hoy se te ve con mucho mejor aspecto —saludó la madre del duque de Bellrose.
Sophia Richmond era la personificación de la dulzura. Una figura regordeta y maternal, de pelo canoso y hermosos rasgos. El paso del tiempo no había hecho más que acentuar el halo de bondad que la envolvía.
—Gracias, Su Gracia —murmuró Kathleen con una inclinación respetuosa de la cabeza y ofreciéndole el brazo para ayudarla a bajar.
Menos respetuoso fue el suave tirón que le dio para que bajara con rapidez, haciéndola jadear.
—Si no le importa, tomaré prestado su carruaje para volver a casa —dijo Kathleen, apresurada, metiéndose en el interior del vehículo—.
Buen hombre, lléveme hasta Londres —ordenó con decisión al cochero, que todavía seguía en el pescante—.
Rápido, por favor —urgió al ver que Madeleine salía a toda prisa de la mansión.
Justo cuando el hombre iba a azuzar a los caballos, se oyó la voz de la duquesa.
—Detenga el carruaje —exigió Madeleine, con el aliento entrecortado tras haber descendido la escalinata a la carrera—. No se puede ir.
Todo el mundo la miró consternado y, para fastidio de Kathleen, el cochero no puso en marcha el carruaje.
—¿Se puede saber por qué no me puedo ir esta vez? —gruñó Kathleen, sacando la cabeza por la ventanilla.
—¿Que por qué no te puedes ir? Pues… pues… es evidente —bufó la duquesa.
—¿El qué es evidente?
—Sí, querida, ¿por qué es evidente que no puede irse? —preguntó Sophia, intrigada ante el extraño comportamiento de su nuera.
—Por la rueda —dijo al final la duquesa—. Esa rueda está medio suelta.
Aquella afirmación centró la atención de todos los presentes en la susodicha rueda.
—Yo no veo que tenga nada malo —musitó Kathleen, observándola con minuciosidad.
Aunque la verdad era que ella no entendía nada de ruedas.
—Compruébalo tú mismo, Joseph —solicitó la duquesa al cochero—. ¿Ves cómo la rueda está a punto de soltarse?
El cochero miró la rueda, consternado.
—Yo no veo que esta rueda… —una suave tos de la duquesa lo interrumpió.
—¿Verdad que no es seguro viajar en este carruaje, Joseph? —insistió.
—Yo no veo que esta rueda… —dudó— sea segura para viajar.
La duquesa le brindó una deslumbrante sonrisa.