Detrás de la máscara Capítulo 24
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Capítulo 24

«Tonta, tonta y mil veces tonta», pensó Kathleen una vez más, golpeando la cabeza contra la almohada.

¿Cómo había podido dejarse manipular por Samantha de ese modo?

Cuando su amiga le hizo una visita por sorpresa, apenas un par de horas después de la escenita de la biblioteca con Nicholas, estaba tan deprimida, tan hundida, que su sugerencia de alejarse varios días de Londres le pareció la mejor de las ideas.

Necesitaba alejarse de Nicholas todo lo posible para recuperar la cordura y poder enfrentarse de nuevo a la realidad con entereza.

Y la realidad era que lo había perdido para siempre.

Era consciente de que nunca había sido suyo, pero había llenado su corazón durante tantos años que ahora se sentía vacía por dentro.

Nuevas lágrimas anegaron sus ojos, pero las reprimió con determinación.

Debía ser fuerte y enfrentarse a la realidad.

Una chica como ella nunca podría aspirar a compartir su vida con el marqués de Dunmore.

Y aunque Nicholas la amase, que no era el caso, no podía exponerlo a él ni a su familia a las murmuraciones y al escándalo si su origen salía a la luz.

Ese pensamiento la hizo gemir y volver a golpear la almohada con la cabeza.

«Condenada Sam», pensó por milésima vez.

¿Cómo había podido acabar en Bellrose House? Era como si una oveja fuera a buscar refugio en la cueva de los lobos o, más en concreto, en la cueva de la familia del lobo feroz. Si Nicholas llegaba a enterarse de que estaba allí, la echaría a patadas.

Se sentía tan alterada cuando Samantha fue a verla que no puso ninguna objeción cuando ella tomó la iniciativa de hacer una escapada fuera de la ciudad.

Debería haber insistido en saber el destino antes de subir al carruaje, pero, teniendo en cuenta su estado de ánimo y tras una noche sin dormir por haber estado velando a Mary, simplemente se dejó llevar.

A los pocos minutos de que el carruaje se pusiera en movimiento, cayó rendida en un profundo sueño.

Cuál fue su sorpresa cuando, al bajar del carruaje, se encontró delante de la amplia escalinata de entrada de Bellrose House, con la sonriente y hermosa duquesa de Bellrose en persona dándole la bienvenida.

No tuvo escapatoria.

Un suave golpe en la puerta la hizo levantar la cabeza de la almohada. Kathleen se enderezó de golpe cuando la puerta se abrió con lentitud y el hermosísimo rostro de la duquesa le dio los buenos días con una cálida sonrisa.

—Kathleen, querida, me alegra ver que ya estás despierta —dijo con voz dulce, irrumpiendo en la habitación como los rayos del sol lo habían hecho al amanecer.

Madeleine Richmond brillaba con luz propia, con una hermosura tan exquisita que los hombres perdían el hilo de sus pensamientos cuando estaban ante ella, y las mujeres guardaban la distancia inconscientemente, intimidadas.

Como Kathleen había crecido junto a Samantha, que era una copia de su madre, pero con los cabellos negros, ya estaba acostumbrada a tal despliegue de belleza.

Tal vez por eso el apuesto rostro de Joshua la dejaba indiferente.

En cambio, el atractivo austero de Nicholas, más parecido al de su padre, el duque, hacía que su corazón latiera desbocado.

—¿Cómo te encuentras esta mañana? —preguntó, mirándola con preocupación.

Y no era para menos. Desde que llegó allí, había estado encerrada en su habitación, sin fuerza de ánimo para salir de la cama. Lo único que le apetecía era dormir. Dormir y dejar de pensar. Tal vez así el dolor que sentía sería más llevadero.

Pero el dolor seguía sin desaparecer.

—Supongo que estoy mejor —consiguió decir con voz cautelosa—. Tal vez haya sido una afección estomacal, y por eso me siento tan cansada e inapetente —mintió, sintiéndose mal por ello.

Pero alguna excusa tenía que dar para explicar su inapropiado comportamiento. No era normal que una persona fuera de visita a casa de alguien y se encerrara en una habitación a dormir.

—Tranquila, lo entiendo —murmuró la duquesa, mirándola con comprensión, como si pudiera leer la verdad en sus ojos—. ¿Quieres que mande una nota a mi hijo Joshua para que venga a Bellrose House y te examine?

—No —exclamó la muchacha con contundencia, sobresaltando a la duquesa—. Perdón, quería decir que ya no es necesario. En serio, me encuentro mucho mejor.

«Mucho mejor» era una exageración. Pero estaba decidida a que fuera una realidad. Esa mañana se había despertado con una nueva determinación. Puesto que el dolor no iba a desaparecer de su corazón, había llegado el momento de aprender a vivir con él.

Era una mujer práctica. Amaba a un hombre que no podía tener. Era algo que no podía cambiar. No dependía de ella. Así que no tenía sentido seguir dándole vueltas al asunto.

Tenía un proyecto que llevar a cabo. Mujeres y niños a los que ayudar. Kathleen sí podía cambiar sus vidas a mejor. De ella dependía conseguir sacar adelante todo lo que había puesto en marcha. Así que debía concentrarse en eso.

Y lo primero era regresar a Londres. Se sentía incómoda estando allí después de la escena de infidelidad que había representado frente a Nicholas.

—He abusado imperdonablemente de su hospitalidad, Su Gracia. Ya va siendo hora de que regrese a casa. No quiero continuar siendo una molestia. Así que hoy mismo volveré a Londres.

Una sombra de alarma cruzó la mirada de la duquesa.

—Pero no te puedes ir hoy, querida —se apresuró a decir la mujer—.

Casi no hemos tenido tiempo de disfrutar de tu compañía.

Esperaba que te quedaras al menos un par de días más.

Mañana es el cumpleaños de Samantha y vamos a organizar un hermoso baile.

Asistirá todo el clan Richmond al completo y algunos amigos —explicó la duquesa, entusiasmada—, y, por supuesto, contábamos también contigo.

El cumpleaños de Samantha. Lo había olvidado. Pero lo que menos le apetecía era acudir a una fiesta, y menos aún a una en la que Nicholas seguro que estaría.

—Si va a ser algo familiar, preferiría no acudir.

—Kathleen, querida, no digas tonterías —cortó Madeleine con un bufido impropio de una duquesa—. Sabes que para nosotros eres como de la familia. Te queremos muchísimo y estaremos en deuda contigo para siempre por todo lo que has hecho por Samantha.

—¿Lo que yo he hecho por Samantha? —preguntó Kathleen, sorprendida.

—Te voy a confesar algo. ¿Sabes por qué quise que Samantha asistiera como interna a la Academia de la señora Carlston?

Era algo que Kathleen nunca había comprendido. La familia de Samantha tenía medios para darle una excelente educación sin necesidad de salir de casa. Y le constaba que, al ser una familia muy unida, para ellos tenerla fuera había sido un motivo de pesar.

—Verás, cuando yo era joven era bastante bonita —explicó la duquesa con total modestia, pues había sido una belleza incomparable—, y ese hecho no me granjeó demasiadas amistades.

Más bien ninguna —admitió con dolor en la mirada—.

Mi familia me había protegido en demasía y casi no había salido de casa.

Cuando me presentaron en sociedad, entre mi aspecto y mi carácter introvertido y tímido, la experiencia fue desastrosa —añadió con tristeza—.

En conclusión, pasé la mayor parte de mi infancia y juventud de forma solitaria y sin saber cómo relacionarme con los demás —suspiró con pesar—.

Cuando Samantha nació y empezó a convertirse en una belleza, supe que mi historia podía repetirse en ella.

La idea de Nathaniel era que se educara en casa con un tutor particular, aquí, en Bellrose House, a lo que yo me negué encarecidamente.

Así que hablé con mi esposo y le hice entender que lo mejor para que aprendiera a relacionarse y tener amigas era llevarla a un colegio de señoritas. Y la Academia Carlston era la mejor.

Eso era cierto. A la Academia Carlston habían acudido las hijas de la flor y nata de la sociedad. Y Kathleen. Ella había sido una intrusa, como un cardo entre rosas.

—Aun así, tuve miedo de cómo pudiera adaptarse allí.

Tú la conoces; aunque no lo parezca, Samantha es una muchacha muy sencilla y no le gusta destacar ni por su belleza ni por su fortuna ni por su estatus social.

Y esas tres cosas eran lo único que veían las niñas de allí.

Pero tú no. —La duquesa tomó las manos de Kathleen y las apretó con cariño—.

Tú miraste a Samantha más allá de su físico, su dinero o su título.

Tú la quisiste por lo que en realidad era y ayudaste a que las demás pudieran conocerla.

Gracias a ti, Sam consiguió encajar. Gracias a tu amistad, Sam es la chica alegre y extrovertida que es ahora. Gracias a ti…

—No, por favor, no siga —la cortó Kathleen, incómoda por sus palabras—. No merezco su gratitud. Por mucho que insista, no puedo asistir a la fiesta de mañana. Debo regresar cuanto antes.

—Quédate al menos una noche más.

Kathleen dudó. Era una total falta de educación negar esa sencilla petición de la duquesa, pero cuanto más permaneciera allí, más riesgo corría de encontrarse con Nicholas, y no estaba preparada para otro enfrentamiento con él.

—Lo siento, Su Gracia —se excusó la muchacha—, pero me es imposible permanecer aquí otro día más. Debo regresar a Londres lo antes posible.

La duquesa frunció el ceño, contrariada.

—Está bien, daré orden de que te preparen un carruaje —cedió al final con una sonrisa un poco tirante, poniéndose en pie—, en cuanto sea posible —añadió, con un destello en la mirada, justo antes de cerrar la puerta al salir.

Kathleen sintió un escalofrío de alarma. Conocía esa mirada. Era igual que la de Sam cuando estaba tramando algo.

***

Ahora ya sabía de dónde había sacado Samantha sus artes de manipulación. La duquesa de Bellrose era toda una experta. Kathleen no sabía por qué razón Madeleine estaba empeñada en retenerla en Bellrose House a toda costa.