Capítulo 23
Hansson's Club era un afamado club de boxeo situado en Covent Garden y frecuentado por un exclusivo grupo de socios selectos.
Su propietario, Erik Hansson, era un inmigrante sueco que había llegado a Londres cuarenta años atrás.
Una figura imponente de dos metros de puro músculo, coronada por una cabeza tan calva como una bola de billar.
Tras hacerse un nombre en aquel mundillo por ser invencible en todas las peleas en las que había participado, se había retirado para fundar ese prestigioso establecimiento.
Nicholas siempre se había tomado el boxeo como una forma de liberar tensión y de mantenerse en forma, pero, durante los dos últimos días, había acudido allí mañana y tarde, acuciado por la necesidad de aplacar la furia que lo consumía por dentro.
—Dunmore, siempre es un placer verlo por aquí —saludó con un suspiro el mismísimo señor Hansson—, pero sus visitas están empezando a hacer mella en mi negocio.
El club estaba vacío. Después de dos días derrotando con contundencia a cuanto adversario le ponían delante, Nicholas se había convertido en una figura a la que evitar.
—¿No ha pensado en convertirse en boxeador profesional? —preguntó el sueco, entusiasmado por la idea—. Con los puños que tiene y el instinto asesino que ha desarrollado estos últimos días, podría llegar lejos con un poco de entrenamiento.
Nicholas ni siquiera se molestó en contestar. Había ido allí a machacar a alguien, a agotar hasta la extenuación cada músculo de su cuerpo y a relajar la mente. Solo así podía dejar de pensar en Kathleen.
—¿Con quién voy a enfrentarme hoy? —preguntó, impaciente.
—Ese es el problema —musitó el señor Hansson—. Ninguno de los miembros del club quiere pelear contra usted. Aprecian sus caras. En cuanto lo han visto venir, todos han salido en tropel.
—¿Me está diciendo que no puedo pelear con nadie? —preguntó Nicholas, incrédulo.
—Mi sparring no se ha presentado hoy a trabajar porque aún se está recuperando de la paliza de ayer —explicó el sueco—, así que…
—Yo me enfrentaría contigo —dijo una voz familiar a sus espaldas—, pero valoro demasiado mis manos. Si me rompo los puños contra tu dura cabezota, mi trabajo se resentiría.
Joshua. No había vuelto a verlo desde la noche en que atendió a la pequeña Mary.
—Pero tengo un amigo al que le encantaría darte unos cuantos puñetazos —prosiguió con una sonrisa, cabeceando hacia la derecha—, aunque me temo que no es miembro del club.
Cuando Nicholas miró en la dirección que señalaba su hermano, todo el cuerpo se le tensó.
Connor MacDunne.
—Debo señalarte que tu gusto en la elección de amigos es pésimo.
—Pues yo debo decirte que tienes un gusto exquisito en la elección de mujeres —apuntó Joshua.
Nicholas dudó de la intención del comentario, y su rigidez aumentó.
—Ojo con lo que dices si quieres conservar esa preciosa cara por la que todas las mujeres suspiran —advirtió con un gruñido.
El señor Hansson intentó intervenir.
—Las reglas del club no permiten la entrada a caballeros que no sean socios.
—Hágalo socio —decretó Nicholas.
—Pero… pero… debería pagar la cuota anual y ser recomendado por dos miembros del club.
—Yo la pago encantado y lo recomiendo —aseveró con voz suave el marqués de Dunmore, deseoso de enfrentarse a él.
—Y yo le doy la segunda recomendación —añadió Joshua con una sonrisa.
—Siendo así, por mí no hay inconveniente —convino el hombre—. Yo haré de árbitro.
Los hombres se prepararon para la pelea y, aunque guardaban silencio, sus miradas expresaban a gritos la animosidad que sentían el uno por el otro. En una de las esquinas, un muchacho del club ayudaba a Nicholas con los guantes. En la otra, Joshua hacía lo propio con Connor.
—Aquí los caballeros pelean según las reglas del marqués de Queensberry —explicaba mientras tanto el sueco a Connor—.
Es obligatorio el uso de guantes. En cuanto al reglamento, le basta saber que no están permitidos los golpes por debajo de la cintura y que no debe golpear a su contrincante cuando esté de rodillas o en el suelo.
—¿Has boxeado alguna vez? —preguntó Joshua a Connor, mirándolo con lástima, justo antes de que empezara el asalto.
El primer derechazo de Connor impactó de lleno en la mejilla de Nicholas, haciéndolo tambalearse.
—He practicado un poco con Borys —reconoció Connor con una sonrisa satisfecha y un guiño cómplice.
Con el siguiente puñetazo, Nicholas le borró la sonrisa de la boca.
Estaba furioso; sentía deseos de descuartizar a aquel hombre trozo a trozo.
No tuvo piedad. Durante los tres minutos que duró el asalto, descargó una serie de golpes contundentes sobre MacDunne, mientras este trataba de defenderse como podía.
Cualquier hombre normal habría acabado ya en la lona, pero aquella rata rastrera resistía.
Cuando Hansson anunció un descanso de un minuto, Connor suspiró, aliviado.
—Tu maldito hermano es una bestia —aseguró el hombre, impresionado a su pesar—. ¿Quién iba a pensar que un señorito que anda como si tuviera un palo en el culo golpeaba de esa manera? —jadeó, intentando recuperar el aliento—. Y yo que pensaba darle una paliza…
—Siento tener que decirte que el que te está dando una paliza es él, MacDunne —señaló Joshua, examinándole la cara—.
El ojo se te está hinchando tanto que dentro de nada no vas a poder abrirlo, y, como te pegue otra vez en la boca, puede que tus dientes no lo resistan. Será mejor que pruebes otra táctica.
—¿Y qué sugieres, doc?
—En vista de que el enfrentamiento directo no está saliendo como esperábamos, tal vez podrías probar a razonar con él.
—Razona tú con él —bufó Connor—. Yo ya tengo bastante con intentar sobrevivir sin perder los dientes.
—Vosotros dos, genios —gruñó Nicholas, fastidiado—.
No sé si os habéis dado cuenta de que lo estoy oyendo todo.
Y no estoy de humor para razonar. Me estáis sacando de mis casillas.
Tan solo quiero aplastar a esa cucaracha de una vez por todas y, ya puestos, hacer un favor a las féminas de la sociedad y estropear un poco ese bonito rostro.
—¿Lo de cucaracha va por ti o por mí?
—Me temo que va por ti, MacDunne —sonrió Joshua—. Yo soy el de la cara bonita. Pero tranquilo, seguiremos el plan acordado.
—¿Plan? ¿Qué plan?
—Tú intenta sobrevivir… Yo intentaré razonar.
Hansson dio comienzo al segundo asalto.
Los dos contrincantes bailaron sobre la lona, girando, retrocediendo, avanzando, como en una coreografía bien ensayada.
Cuando Nicholas se disponía a lanzar el primer puñetazo, la voz de Joshua se dejó oír.
—¿Sabes, Nick? Lo dije en serio: tienes muy buen gusto para las mujeres. Kathleen es una mujer extraordinaria.
La única reacción visible que provocó ese comentario fue que Nicholas atacó con más saña a Connor.
—El plan no está funcionando —gruñó MacDunne, esquivando un derechazo.
—Es hermosa, inteligente, educada. Todo lo que un hombre podría desear —continuó Joshua—. Pero, sobre todo, es la mujer más generosa y altruista que he conocido, capaz de alejar de sí al hombre que ama con tal de protegerlo.
—¿De qué estás hablando? —gruñó Nicholas sin perder de vista a Connor, que acababa de esquivar otro de sus golpes.
Aquella rata de alcantarilla se movía muy rápido.
—Lo que intento decirte es que, a pesar de que es, sin duda, mejor persona que tú —explicó Joshua con retintín—, se siente inferior a ti y no quiere cargarte con un matrimonio que posiblemente acabe en escándalo.
—¿Es cierto eso? —inquirió Nicholas a Connor, alzando un puño amenazador.
—El beso que presenciaste fue lo único que hubo entre nosotros —reconoció Connor con una mueca—, y fue una puesta en escena con una única finalidad.
—Que yo la apartara de mí —concluyó Nicholas con un murmullo ronco.
«Mierda», pensó tras reflexionar durante unos segundos.
Una oleada de alivio le recorrió el cuerpo, le ablandó las rodillas y lo hizo tambalearse.
Tenía que verla. Tenía que hablar con Kathleen.
Entonces sintió que el cuerpo se le llenaba de energía y que un sentimiento de alegría le inundaba el corazón.
Después de dos días de oscuridad, por fin se atisbaba la luz.
Y esa luz era ella.
Vio el rostro de Connor MacDunne delante de él, sonriéndole como un idiota, y actuó sin pensar. Con un tremendo derechazo, lo mandó directo al suelo.
—Joder, ¿por qué demonios has hecho eso? —preguntó el hombre desde el suelo, moviendo la mandíbula con cuidado para comprobar si se la había fracturado.
—Te lo debía por el beso que le diste —adujo Nicholas con el ceño fruncido—. Que no se vuelva a repetir o despídete de tus dientes —advirtió con voz letal—. Y ahora, si me disculpáis, voy a buscar a mi prometida para dejar claras unas cuantas cosas.
—Bueno, ahí está el problema —gruñó Connor con preocupación.
—MacDunne no la encuentra por ninguna parte, por eso vino a buscarme, para que mediara en este encuentro —explicó Joshua.
—Si la tiene Julius Brown, toda ayuda es poca —declaró Connor—. Necesito que me ayudes a encontrarla.
—No la tiene Julius Brown —afirmó Nicholas con tranquilidad.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Conozco a Kathleen desde que era una mocosa impertinente y, con los años, he llegado a desarrollar cierto afecto por ella —dijo, incapaz todavía de expresar en voz alta la profundidad de sus sentimientos—. ¿En serio creéis que no le habría proporcionado protección solo por sentirme despechado?