Detrás de la máscara Capítulo 22
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Capítulo 22

A la mañana siguiente, tras una noche de insomnio cuidando a Mary, Andrew comunicó a Kathleen, con su habitual impasibilidad, que el detective Roberts estaba en la puerta y solicitaba hablar con ella.

Lo recibió en la biblioteca, sentada tras su escritorio, con una sonrisa rígida y la clásica postura Carlston.

—Querida señorita Swan, su belleza aumenta cada vez que la veo —comentó a modo de saludo.

—¿Qué es lo que desea, detective Roberts? —inquirió ella directamente, con la intención de hacerlo salir de su casa lo antes posible—. ¿Tiene alguna novedad sobre la muerte de mi tía?

—Me temo que en esa parte no he hecho ningún avance.

Todo parece indicar que su tía sorprendió a un ladrón cuando estaba robando aquí —explicó—.

Pero no he venido por eso. Me sorprende no haber recibido noticias suyas todavía —dijo con voz suave, sentándose en uno de los sillones situados frente al escritorio—.

¿Es que acaso ha olvidado nuestro pequeño acuerdo?

—No recuerdo ningún acuerdo —respondió ella en tono seco—. Solo recuerdo que usted me chantajeó para que buscase una libreta. Pero siento tener que decirle que, por ahora, no la he encontrado. ¿Está seguro de que mi tía la tenía?

—Estoy seguro. Ella misma me dijo que la había dejado a buen recaudo en la biblioteca de El Jardín.

—Le aseguro que he buscado minuciosamente cada centímetro de esa habitación y no la he hallado.

—Pues busque mejor —gruñó él, y la miró, pensativo—. He venido porque ha llegado hasta mis oídos que ha estado interfiriendo en los negocios de Julius Brown. ¿Es que acaso ha descubierto lo lucrativa que resulta la prostitución infantil y quiere sacar tajada?

—Por supuesto que no —replicó ella, indignada—. Me ofende que piense eso. Tan solo vi la oportunidad de ayudar a algunos niños.

—Pues deje de hacerlo —gruñó el detective—. Llevamos mucho tiempo detrás de Brown y no queremos que pueda ponerse nervioso por culpa suya y cambiar de hábitos. Concentre sus esfuerzos en localizar la maldita libreta. No me defraude o lo lamentará —añadió en tono amenazador, a modo de despedida.

Kathleen no perdió el tiempo: fue directa a la biblioteca de El Jardín Secreto.

No había mentido al detective Roberts: había inspeccionado cada centímetro de aquel lugar. Había rebuscado entre los libros que se amontonaban en la biblioteca, en el escritorio, en el mueble donde se guardaban las máscaras, en los sillones, en los sofás, en los muebles auxiliares y en el secreter.

Había inspeccionado ese endiablado mueble milímetro a milímetro y, si bien era cierto que había descubierto un sorprendente número de enclaves ocultos, en ninguno se encontraban los dichosos documentos que buscaba el detective.

Así que lo único que se le ocurría era que faltaba algún habitáculo por descubrir dentro del enrevesado secreter.

Sus manos acariciaron la superficie del mueble, explorando con el tacto en busca de posibles resortes.

—Sigues insistiendo en que está ahí.

La voz de Connor la sobresaltó.

—Es el lugar más lógico para esconder la dichosa libreta. Hasta ahora han aparecido un montón de documentos, pero ninguno es la libreta que busca Roberts; son sobre todo cartas personales.

—¿Las has leído?

—Ya te lo he dicho, es correspondencia personal de mi tía —explicó, indignada—. Tan solo las he ojeado para confirmar que no eran lo que el detective buscaba.

—¿Te importa si las leo yo?

—¿Crees que es apropiado leer correspondencia ajena?

Connor soltó un bufido como si no le importara ni un ápice lo que se consideraba apropiado.

—El detective ha venido a verme esta mañana —reveló Kathleen—. Se está poniendo impaciente porque no encuentro la libreta. Parece que tampoco le ha hecho gracia que haya interferido en los negocios de Julius Brown.

—Y no es el único. A tu prometido tampoco le ha entusiasmado saberlo.

—Ya te lo he dicho, no es mi prometido —murmuró Kathleen—. Ayer puse fin al compromiso.

O al menos lo había intentado, pero el muy cabezota no la había escuchado. Era difícil imponerse a una persona que, con solo tocarla, le hacía perder la razón. Tenía que encontrar la forma de hacerle comprender que no se podían casar.

Kathleen había escuchado la conversación de Nicholas con su amigo Fullford, y una de las cosas que dijo se le había grabado a fuego: «Yo espero enamorarme de una mujer que no me dé demasiados quebraderos de cabeza y que tenga una reputación intachable».

Estaba claro que ella no entraba en esa categoría. La futura marquesa de Dunmore no podía pasear por Whitechapel y mezclarse con prostitutas, y Kathleen no pensaba abandonar su empeño en ayudar a esas pobres mujeres a conseguir una vida mejor.

Hubiese sido más fácil romper el compromiso si no hubiera hecho el amor con él, pero no había habido forma humana de resistirse.

Más aún, lo había deseado, para su propia vergüenza.

El problema era que conocía a Nicholas y su sentido del honor.

Ahora que había tomado su virginidad, sería imposible convencerlo de que, tal y como estaban las cosas, lo más juicioso era cancelar el compromiso.

Unos golpes en la puerta la devolvieron a la realidad.

—Diana, el marqués de Dunmore está en la entrada —anunció la señora Veillard—. Dice que viene a hablar con su prometida —añadió sin ocultar su asombro.

—Parece que el marqués todavía no se ha enterado de la ruptura de vuestro compromiso —observó Connor con una sonrisa irónica.

—Ese hombre es terco como una mula. Se mueve solo por su sentido del honor.

MacDunne la miró, pensativo.

—¿Realmente quieres romper el compromiso con Dunmore?

«No, es lo último que deseo».

—Sí —contestó, intentando parecer convincente.

—Señora Veillard, denos dos minutos y luego déjelo pasar —instruyó Connor, guiñando un ojo a la mujer.

Kathleen miró con curiosidad cómo dejaba la puerta de la biblioteca entreabierta al mismo tiempo que se quitaba la chaqueta.

—Solo hay una manera de que un hombre de la determinación del marqués pueda cambiar de opinión acerca del compromiso —explicó, desabrochándose la corbata que le anudaba el cuello y los primeros botones de su camisa.

Cogió a Kathleen de la mano y la hizo tenderse sobre el mismo sofá donde la noche anterior había yacido con Nicholas.

—¿Estás loco? Nos matará a los dos —exclamó la muchacha cuando se dio cuenta de las intenciones del hombre.

No pudo decir nada más porque, al instante siguiente, tenía el pesado cuerpo de Connor encima del suyo. Los labios del hombre se movieron con destreza sobre los de Kathleen en un beso que, si bien no la hacía estremecer como los de Nicholas, no podía negar que era agradable.

—Si quieres que esto funcione, rodéame el cuello con los brazos y deja de comportarte como un pescado frío —murmuró él en su oído.

¿Pescado frío? Kathleen lo fulminó con la mirada y procedió a besarlo como si la vida le fuera en ello, como si fueran los labios de Nicholas los que se posaban ardientes sobre los suyos.

—¿Se puede saber qué demonios estáis haciendo? —atronó una voz iracunda.

—Nicholas —balbució la muchacha, quitándose de encima a Connor y poniéndose de pie al instante.

El marqués de Dunmore mostraba un semblante pétreo y el cuerpo rígido.

—Lo que estábamos haciendo era más que evidente —soltó Connor.

Nicholas le dirigió una mirada asesina y luego posó su atención en Kathleen. Estaba muy enfadado, sí, pero había tanto dolor en su mirada que la voluntad de ella se debilitó.

—Nicholas, no…

—Querida, no tiene sentido que le des excusas —la interrumpió Connor al tiempo que la rodeaba con el brazo y le daba un ligero apretón, que ella tomó como advertencia para que se mantuviera firme—. El marqués se merece saber la verdad. Kathleen está enamorada de mí —añadió con una sonrisa relamida.

Los ojos grises se clavaron en ella como puñales.

—¿Es eso cierto?

«Por supuesto que no».

—Sí, yo… amo a Connor.

Nicholas soltó un jadeo como si lo hubieran golpeado en el estómago, pero se recompuso al instante.

Kathleen fue testigo de cómo se apagaba el brillo plateado de sus ojos hasta que no fueron más que dos trozos de acero opaco, vacíos de toda expresión, de toda emoción, de todo sentimiento.

Y se sorprendió de lo mucho que parecían haberle dolido sus palabras.

—No lo entiendo —murmuró—. Si estás enamorada de él, ¿por qué dejaste que te hiciera el amor ayer?

Kathleen titubeó, sin saber qué contestar a eso. Nunca en la vida dejaría que otro hombre la tocara, a no ser que fuera Nicholas.

Connor salió de nuevo en su ayuda.

—Fue por mi causa —reconoció con una sonrisa—. Tengo la norma de no acostarme con vírgenes —explicó, encogiéndose de hombros—. Pero ahora, gracias a ti, ya no existe ese inconveniente y puedo disfrutar de su cuerpo a placer.

Nicholas la miró con un atisbo de súplica en los ojos, como esperando a que desmintiera aquellas palabras.

Era el momento decisivo para poner fin a aquello.

—No te niego que te amé cuando era una cría —confesó Kathleen para que su actuación sonara más creíble—.

Pero, después de estar dos años sin saber de ti, es normal que mis afectos se hayan desviado hacia otra persona.

Aunque no te negaré que he disfrutado del tiempo que he pasado contigo —declaró, sorprendida de que su voz no temblara como lo hacía su cuerpo.

Nicholas tensó la mandíbula y apretó los puños. Con gesto rígido, buscó en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una bolsa de dinero, que arrojó a los pies de Kathleen.

—Por los servicios prestados —aclaró en tono despectivo—. Con un poco más de práctica, seguro que te conviertes en la estrella de este lugar.

Kathleen no dijo nada, consciente de que se merecía ese insulto y muchos más por lo que acababa de hacer.

Apretó los puños con tanta fuerza que notó cómo las uñas se le clavaban en la piel.

Pero aquel dolor fue bienvenido, pues alivió la sensación de vacío que la inundó al verlo salir de la habitación sin mirar atrás.

Se quedó paralizada, intentando recuperar el aliento y controlar los temblores que recorrían su cuerpo.

—Magnífica actuación —exclamó Connor, aplaudiendo—. Por un momento pensé que el imperturbable marqués de Dunmore te estrangularía. Desde luego, tú sí que sabes sacar lo mejor de ese hombre —ironizó con una sonrisa—. Te odia.

Kathleen se derrumbó en el suelo con un gemido agónico, mientras desgarradores sollozos escapaban de su garganta en un intento de atemperar la desolación que sentía.

—¡Por Dios, muchacha! —exclamó Connor, asombrado, arrodillándose junto a ella—. ¿Qué te ocurre? Pensé que era esto lo que querías.

—Él… él es el marqués de Dunmore —balbució la muchacha entre sollozos—, y yo… yo soy solo una rata de alcantarilla. Si se descubriera mi origen, el escándalo y la vergüenza recaerían sobre él y su familia. He hecho lo mejor para todos.

—Entonces, ¿por qué estás llorando? —preguntó Connor con voz suave, mirándola con compasión.

Kathleen lo miró abatida, con lágrimas en los ojos y los labios temblorosos.

—Porque lo amo.