Detrás de la máscara Capítulo 21
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Capítulo 21

Había sido el mejor orgasmo de su vida, pensó Nicholas mientras los últimos vestigios de placer hacían temblar su cuerpo. La abrazó como si le fuera la vida en ello, sin querer romper la magia de aquel momento.

Había sido perfecta en su pasión. Dulce y ardiente, exigente y entregada.

Y había sido virgen.

Acababa de desflorar a su dulce prometida en el sofá de la biblioteca de un notorio burdel.

La realidad se fue imponiendo poco a poco. Y, con ella, el enojo. Estaba enfadado consigo mismo por su evidente falta de control y furioso con ella por haberle mentido durante todo aquel tiempo.

Pese a estar irritado, salió de su interior con suavidad. La muchacha permanecía tan relajada que parecía dormida, inmóvil. Le dio un beso suave y después fue al baño; regresó con un paño húmedo.

Verla allí, desmadejada sobre el sofá, tan vulnerable, le oprimió el corazón.

¿Cómo había acabado siendo Diana? ¿Qué demonios hacía una muchacha inocente como ella dirigiendo un burdel? Las preguntas estallaban sin interrupción en su cabeza, y con ellas, los sentimientos.

—Kathleen, lo quieras o no, tienes mucho que explicar —masculló, mirándola, frustrado, mientras le limpiaba con delicadeza entre las piernas.

Se sentía inquieto. Lo atravesaba una miríada de emociones sin control. Todo por una sirena que estaba haciendo de su ordenada existencia un caos emocional. El marqués de Dunmore siempre había tenido un control absoluto de sus sentimientos.

Se sentía furioso. Él era un hombre acostumbrado a dar órdenes que todos se apresuraban a cumplir. Aquella terca mujer no paraba de decirle que no a todo cuanto él le pedía. Al marqués de Dunmore nunca se le llevaba la contraria.

Se sentía excitado. Aun después de acabar de hacerle el amor, notaba cómo el deseo lo embargaba de nuevo.

Desde el momento en que sus ojos se habían posado en ella, su cuerpo se había convertido en una hoguera de deseo, y aquella hechicera de rubios cabellos era el combustible que avivaba su llama.

Cuando Kathleen estaba cerca, la pasión lo dominaba.

El marqués de Dunmore era un hombre frío.

Como si hubiera escuchado sus pensamientos, la joven abrió los ojos con un suave aleteo de sus largas pestañas, como mariposas emprendiendo el vuelo, y lo miró maravillada.

Al ver su mirada, Nicholas se preguntó con ironía dónde se escondía el todopoderoso marqués de Dunmore cuando ella lo miraba con aquellos profundos ojos color índigo.

Pom, pom, pom.

Unos golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos.

—Diana.

La voz de la señora Veillard, amortiguada por la gruesa puerta de madera, sonaba apremiante.

La muchacha lo miró, suplicante.

—Nicholas, no hay tiempo para explicaciones. Debemos vestirnos. La señora Veillard no me molestaría a menos que se tratase de una urgencia.

—Kathleen…

—Por favor, Nicholas —rogó ella—. Te prometo que, en cuanto pueda, te lo explicaré todo.

No pudo negarse ante aquella mirada suplicante.

Los dos se vistieron con celeridad, ayudándose a recomponer su aspecto de la mejor forma posible.

Pom, pom, pom.

—Diana.

—Un momento —exclamó la muchacha. Se giró hacia Nicholas y lo miró, dudosa—. ¿Crees que se dará cuenta de lo que hemos estado haciendo? —preguntó, cohibida.

Nicholas la observó, divertido a su pesar. Aquel comentario era una muestra más de la ingenuidad de la joven. Con el cabello despeinado, las mejillas sonrosadas y los labios hinchados por los besos compartidos, tenía todo el aspecto de una mujer bien amada.

No pudo evitar besarla con brevedad.

—Tranquila, no notará nada —mintió sin dudar, mientras le colocaba un mechón tras la oreja.

La muchacha sonrió con dulzura y a Nicholas le dio un vuelco el corazón.

Pom, pom, pom.

—Diana.

Kathleen corrió presta a abrir la puerta mientras se alisaba con las manos las arrugas de la falda del vestido.

Nicholas observó cómo entreabría la puerta y cuchicheaba con el ama de llaves. La conocía lo suficiente como para advertir la súbita rigidez de su cuerpo, única señal de que había recibido malas noticias.

La muchacha miró a Nicholas con los ojos llenos de preocupación.

—Nicholas, necesito que vayas a buscar a Joshua y lo lleves a mi casa —le pidió con premura—. Dile que uno de los niños tiene problemas. Él lo entenderá.

Puede que Joshua entendiera algo, pero Nicholas, desde luego, no. Apretó la mandíbula con fuerza, preparándose para exigir una explicación antes de moverse de allí.

—Por favor, Nicholas. No hay tiempo para explicaciones —musitó la muchacha, como si le hubiera leído el pensamiento—. Confía en mí —suplicó.

—¿Que confíe en ti? —preguntó, incrédulo—. Has estado engañándome todos estos días, ¿y me pides que confíe en ti?

Después de cómo le había mentido sobre su identidad, sería un estúpido si confiaba en ella. El marqués de Dunmore no era un necio.

La muchacha lo miró con lágrimas en los ojos.

Y, en aquel momento, Nicholas se dio cuenta de una cosa: ante ella era imposible que se comportara como el marqués de Dunmore, porque era la primera vez que, ante una mujer, se sentía solo como un hombre.

«Mierda», pensó Nicholas mesándose el cabello, y salió de allí como una tromba en busca de su hermano.

***

Cuando Nicholas llegó a casa de Kathleen acompañado de Joshua, se encontraba hirviendo a fuego lento. Se sentía un auténtico majadero, por completo embobado por una bruja de aspecto inocente que no hacía más que ocultarle cosas, y que con solo una mirada podía conseguir lo que fuera de él.

Era patético.

Y para colmo, su hermano pequeño, en su faceta de médico, íntegra y profesional, se había negado a contarle de qué iba todo este asunto, alegando que estaba bajo secreto profesional.

¡Cachorro impertinente! En cuanto pudiera quedaría con él en Hansson's, un club de boxeo selecto al que los dos acudían con asiduidad, para darle una buena zurra.

Todavía no habían llamado a la puerta cuando esta se abrió.

—Doctor Richmond, lord Dunmore, les estábamos esperando —declaró el mayordomo con preocupación en la mirada.

Aquella evidencia de sentimiento era el primer rasgo de humanidad que Nicholas veía en aquel hombre, haciéndole darse cuenta de la gravedad de la urgencia.

Fueron conducidos sin pérdida de tiempo hasta una de las habitaciones del piso superior.

Nicholas no sabía qué esperar al entrar en la habitación, por eso se sorprendió al encontrarse con Kathleen velando a una pequeña figura que yacía acostada en el centro de una gran cama, que empequeñecía todavía más a su ocupante.

La muchacha pareció aliviada al ver aparecer a los dos hombres.

Compuso una temblorosa sonrisa de agradecimiento para Nicholas, pero centró su atención en seguida en Joshua.

—Doctor Richmond, gracias por venir tan rápido.

Joshua asintió, mirando con el ceño fruncido a la niña que estaba tumbada de costado en la cama, cubierta por una gruesa manta. Con movimientos suaves se acercó a la pequeña, que temblaba en la cama aquejada de algún dolor, hecha un ovillo. Su rostro se veía pálido y contraído.

—¿Qué es lo que le ocurre?

—Esta niña se llama Mary, está… —murmuró Kathleen, bajando tanto el tono que Nicholas no pudo captar sus palabras. Se acercó un poco más para enterarse de una vez de lo que estaba pasando.

Joshua tensó la mandíbula ante las palabras de la muchacha. Se sentó en el borde de la cama y le puso una mano en la frente a la niña, hablándole con tono relajado.

—Hola, Mary, soy el doctor Richmond —le susurró con dulzura—. Me han dicho que no te encuentras muy bien y he venido a ayudarte. ¿Me enseñas dónde te duele?

La niña entreabrió los ojos, nublados por el dolor. Sus ojos infantiles reflejaban el alma rota de quien ha vivido un infierno y no ha conseguido salir indemne. Asintió temblorosa.

Joshua apartó con cuidado la manta para poder examinarla.

—¡Por el amor de Dios! —exclamó Nicholas incrédulo.

Puede que Joshua estuviera acostumbrado a ver ese tipo de situaciones, pero él desde luego no. Aquella cría no podía tener más de diez años y estaba en avanzado estado de gestación.

Dirigió su incisiva mirada hacia Kathleen, en busca de respuestas.

—¿Esta niña es una de las que has rescatado de ese malnacido?

—Sí, yo… la compré en Whitechapel —explicó Kathleen en un murmullo suave para que la niña no lo oyera—. La pobre trabajaba de prostituta, pero en su estado ya no les servía y la iban a matar.

Nicholas no podía apartar los ojos de aquella pequeña. En su mundo aquellas cosas no pasaban, era inconcebible. ¿Cómo era posible que personas como él tuvieran toda clase de lujos, derechos y comodidades en la misma ciudad que permitía que niñas como aquella se prostituyeran?

Y que Kathleen se hubiera mezclado en algo tan sucio y peligroso no le hizo gracia. No cuando la escoria que estaba detrás de aquello la había amenazado.

En un segundo se mezcló su instinto protector, ya de por sí muy desarrollado, con la intensa y descontrolable emoción que le provocaba aquella muchacha, creando un sentimiento que fue incapaz de sobrellevar racionalmente.

—Te prohíbo que vuelvas a Whitechapel —gruñó con voz tensa—. No quiero que vuelvas a mezclarte en un asunto como este. Más aún, te prohíbo que vuelvas a pisar El Jardín Secreto.

La muchacha se puso rígida, adoptando la postura guerrera que la había visto adoptar un montón de veces como Diana y que siempre le excitaba.

—¿Me prohíbes? —inquirió indignada—. Te recuerdo que no tienes ningún derecho a prohibirme nada.

—Te recuerdo que soy tu prometido y, como tal, tengo todo el derecho a…

Joshua, no acostumbrado a ver a su hermano alzar la voz, lo miró desconcertado, pero al ver que la niña temblaba, no dudó en intervenir.

—Si vais a discutir, hacedlo fuera; si no, perturbaréis a la niña más de lo que está —interrumpió con tono duro, sacando sus instrumentos del maletín para poder examinar a la pequeña.

Nicholas masculló un improperio y, con gesto adusto, cogió a Kathleen del brazo y la sacó de la habitación.

—Llévame a un lugar de esta casa donde nadie nos pueda interrumpir —ordenó impaciente.

La muchacha lo condujo al piso de abajo, hasta una biblioteca muy parecida a la que había en El Jardín Secreto. En cuanto la puerta se cerró detrás de ellos, comenzaron las preguntas.

—Por Dios, Kathleen —exclamó él mesándose el cabello oscuro—. Explícame qué ha pasado para que hayas acabado metida en semejante situación.

—Mi tía Heather era la dueña de El Jardín —explicó con sencillez—. Cuando ella murió yo lo heredé.

—¿En qué pensaba tu tía al dejarte semejante herencia?

—inquirió incrédulo—. ¿Y por qué demonios la aceptaste?

¿Por dinero? —comenzó a pasearse de un lado a otro de la habitación—.

Sabes que ni mi familia ni yo íbamos a permitir que te faltara de nada, como mi prometida estás bajo mi responsabilidad.

—Pues tienes una forma un tanto peculiar de cuidar de tus responsabilidades —le reprochó ella de nuevo.

Nicholas se merecía el reproche y lo sabía: por cumplir su sueño de recorrer el mundo, la había dejado sola después de un compromiso forzado y una amenaza como despedida.

Al principio no le escribió ninguna carta porque se sentía engañado por la treta de la señora Lovejoy.

Después de pensarlo mucho y llegar a la conclusión de que Kathleen no había sido más que un peón inocente en el juego de su tía, siguió sin contactar con ella porque se avergonzaba un poco de su comportamiento.

Ella había sido demasiado joven para saber lidiar con su pasión, su enfado y su orgullo.

—Que no estuviera aquí no significa que no estuvieras protegida.

Mis padres me aseguraron que velarían por ti en mi ausencia.

Pero, de todas formas, ya no tiene sentido discutir sobre este tema.

Ahora ya estoy aquí —declaró con voz razonable—.

Así que dejarás cualquier relación con El Jardín Secreto de inmediato, y te irás a Bellrose House hasta el día de la boda.

—No haré nada de eso y no me puedes obligar. No puedes llegar aquí después de dos años sin preocuparte por mí y querer tomar en un segundo el control de mi vida. Soy una mujer independiente y pretendo seguir siéndolo —dijo ella, alzando la barbilla y con los brazos en jarras.

A Nicholas se le encendió la sangre al verla. Era la única persona que se atrevía a plantarle cara de aquella manera, la única capaz de llevarle la contraria, la única capaz de hacerle perder la cabeza.

—Como tu futuro esposo tengo derecho a…

—¿Es que no he sido clara antes? El compromiso queda cancelado. No me voy a casar contigo —añadió con firmeza—. Los dos sabemos que te comprometiste conmigo para acallar a mi tía. Ahora que ella no está, ya no es necesario ese sacrificio.

«¿Sacrificio?», pensó Nicholas asombrado. Esa muchacha no tenía ni idea.

El verdadero sacrificio era no abrazarla en aquellos momentos.

En dos zancadas llegó hasta ella, y antes de que ella pudiera reaccionar, la apresó entre sus brazos y la besó con pasión. Su boca se apoderó de los labios femeninos con fiereza, y su lengua buscó la entrada a la miel de su interior.

La muchacha respondió de inmediato, con una dulzura que, como siempre, prendió cada partícula de su interior.

—¿En serio piensas que esto es un sacrificio? —musitó él, abandonando su boca y dejando un reguero de besos en la tierna curva de su cuello.

La muchacha se rindió con un suspiro entrecortado y enlazó los brazos alrededor de su cuello. En esos momentos los dos sabían que ella no le podía negar nada.

Unos suaves golpes en la puerta tuvieron el mismo efecto que un jarro de agua helada sobre sus acalorados cuerpos. Se separaron con premura, ella evitando su mirada y él mirándola con la promesa de que sería suya.

Joshua entró en la biblioteca con semblante serio.

—Necesito una copa —suspiró, dejándose caer en el sofá.

Nicholas se la puso en la mano con una velocidad asombrosa.

—¿Cómo está Mary? —preguntó Kathleen, restregándose las manos con nerviosismo.

—Mary está bien, todo lo bien que puede estar una cría que ha pasado por un infierno —musitó con voz cansada—. Pero ha sufrido un aborto: la criatura que llevaba ha nacido muerta. Era demasiado pronto.

Se bebió la copa de un trago.

—¿Qué clase de mundo permite estas atrocidades? —preguntó, a nadie en particular—. Esa cría apenas tiene diez años, debería estar jugando con muñecas y no recuperándose de un aborto. ¿Qué clase de degenerados hacen algo así?

La clase de hombre que había amenazado a su prometida: Julius Brown. Y Nicholas se prometió que movería cielo y tierra para acabar con él.