Capítulo 20 #2
—No te debo ninguna explicación, asno descerebrado —rugió Kathleen, volviendo al ataque—.
Me dijiste que no era más que un pequeño peón y que disfrutara de mi reinado; esa fue tu despedida.
¿Crees que después de eso tienes derecho a pedirme explicaciones?
Ni hablar. Ya es hora de que dejemos las cosas claras y acabemos esa dichosa partida.
Jaque mate, lord Dunmore. Nuestro compromiso se acaba aquí.
Nicholas se movió tan rápido que Kathleen no lo vio llegar. En un segundo estaba protegido tras el sillón y, al siguiente, sobre ella, agarrándola de los brazos.
—A la mierda la partida de ajedrez, y que me condenen si permito que rompas el compromiso —gruñó.
Su boca cayó sobre la de Kathleen con una pasión incontrolada, arrasando cualquier atisbo de resistencia.
Una pasión que había estado latente durante aquellos dos años y que ahora parecía desbordarse de su cuerpo.
Una pasión que, libre ya de barreras, comenzó a consumir sus cuerpos mientras se besaban con ardor.
***
—La máscara —gruñó Nicholas, separando de repente su boca de la de ella—. Quítate esa maldita máscara.
Kathleen contuvo el aliento y, quitándose la máscara con cuidado, lo miró fijamente, con la barbilla en alto.
El hombre la contempló con intensidad. Sus ojos grises recorrieron con avaricia cada milímetro del rostro de la muchacha, devorando las delicadas facciones que por fin quedaban expuestas.
El elegante arco de sus cejas, de un rubio oscuro, acentuaba la belleza de unos ojos ligeramente rasgados que, libres ya de las sombras de la máscara, mostraban su verdadero color: un azul índigo tan profundo que casi se confundía con la negrura de la pupila.
Un abanico de espesas pestañas, del mismo tono que las cejas, delineaba aquellos pozos insondables.
La naricilla, respingona. Y los labios, aquellos labios como fresas maduras, que humedecían sus sueños todas las noches.
Era el mismo rostro que lo había obsesionado en los últimos años, aunque con ciertos cambios sutiles provocados por el tiempo.
—Kathleen —musitó, reverente—. Dios, eres lo más hermoso que he visto en mi vida.
Le había dicho una vez, medio en broma, que cuando se quitara la máscara se abalanzaría sobre ella. Pues bien, eso hizo exactamente.
Sus labios cubrieron de nuevo los de la muchacha, con fiera ternura, saboreando su entrega, entregando su alma y tomando la de ella en una danza de lenguas y suspiros que pronto los dejó hambrientos de más.
Cuanto más se devoraban el uno al otro, más se avivaba su necesidad.
Las manos pasaron a la acción: roces suaves, caricias voraces, contactos ardientes.
Pronto la ropa no fue más que otro indeseado obstáculo del que había que deshacerse con premura.
Nicholas era consciente de que la situación estaba escapando a su control, pero se sentía incapaz de detenerse.
Sabía lo que ocurriría cuando tuviera a Kathleen de nuevo entre sus brazos: que las sensaciones lo desbordarían, preso de un deseo que iba más allá de su voluntad, como siempre había sucedido con ella.
—Te deseo. Aquí. Ahora —susurró con voz ronca, recorriéndole el costado del cuello con un reguero de besos ardientes—. Si no sientes lo mismo, dilo, porque, en cuanto te desnude, no habrá nada que me impida hacerte mía —musitó, dándole a su pesar una última oportunidad para escapar.
A modo de respuesta, Kathleen tomó su mano con ternura y le besó la palma, un roce húmedo y lento que oscureció los ojos de Nicholas, tornándolos del color de un cielo tormentoso.
Él entendió aquel gesto como una aceptación y comenzó a quitarle la ropa con premura.
Sabía que no estaba siendo delicado, pero no podía evitarlo.
La necesidad de verla desnuda, de sentir su piel sin la barrera de las telas, se había convertido en algo tan esencial como respirar.
Cuando solo la fina capa de gasa de su camisola lo separaba de su objetivo, terminó desgarrándola con impaciencia.
La tendió en el sofá, despacio, y se tomó un instante para devorarla con la mirada mientras él se despojaba de sus prendas casi con violencia.
Un último segundo de lucidez antes de que las garras de la pasión le robaran la cordura.
«Este hombre me ha robado la cordura», pensó Kathleen mientras suspiraba por cada centímetro de piel que Nicholas iba desnudando.
Solo tuvo unos segundos para devorar con la vista los poderosos músculos, libres ya del encierro de la ropa, antes de que el cuerpo de Nicholas la aplastara contra el sofá.
La sensación de piel contra piel la hizo jadear, primero de sorpresa y luego de placer. Y el calor. No sabía que un hombre pudiera ser tan cálido. Era como estar envuelta en llamas.
Sus besos la mareaban, la consumían, despojándola de todo sentido, prendiendo su cuerpo.
Notó, intranquila, el roce de sus dientes en sus pechos, mordiscos suaves que la hicieron tensarse; el calor de su húmeda lengua la hizo gemir.
Y sus manos, grandes y ligeramente ásperas, exploraron posesivas cada monte y cada valle hasta llegar al vértice entre sus piernas, donde el calor y la humedad crecían por momentos.
Kathleen sintió cómo sus dedos atrevidos indagaban en su humedad e, instintivamente, trató de cerrar las piernas.
Fue imposible, puesto que el cuerpo del hombre estaba situado entre ellas, pero aquel gesto llamó la atención de Nicholas, que la miró por un momento con los ojos entrecerrados, como sopesando una posibilidad.
Al instante sacudió la cabeza, descartando un pensamiento a todas luces inverosímil.
Su boca volvió a posarse sobre la suya, abrasadora, y cualquier atisbo de vergüenza cayó en el olvido. La muchacha se entregó por completo a él. Sintió cómo el hombre se acomodaba mejor entre sus muslos y cómo sus dedos regresaban en busca de la fuente de su deseo.
Una nueva dureza entró en juego, gruesa y candente, abriéndose paso en su interior, suave pero inexorable. Salió, pero volvió a introducirse al instante, ahondando. Fuera y dentro, más profundo, hasta que se topó con la barrera de su virginidad.
Aquel pequeño obstáculo pareció devolver a Nicholas un atisbo de cordura.
—Me da miedo preguntar, pero debo hacerlo —murmuró, mirándola con ternura—. ¿Quieres que me detenga? Aunque te advierto que contenerme ahora será mil veces más doloroso que el rodillazo que me diste en la entrepierna —comentó, medio en broma, medio en serio.
Kathleen leyó en sus ojos que, con solo una palabra, él se detendría, por mucho que le costase. Y lo amó por ello.
A modo de respuesta, cogió el rostro masculino entre las manos y lo besó con pasión.
Nicholas gimió, aliviado, posando su boca voraz sobre la de ella, saboreando la fresa de sus labios. Reanudó el suave movimiento de empuje, una y otra vez, paciente, lento, hasta que la barrera por fin cedió a su asalto.
Kathleen contuvo el aliento ante el inesperado dolor. Su cuerpo se tensó, rechazando la dura intromisión del hombre; sus manos volaron al pecho masculino para intentar apartarlo.
—Shhh, mi amor —arrulló Nicholas, besándola con suavidad, intentando tranquilizarla—, el dolor pronto pasará —susurró, mientras su boca recorría lánguida el cuello de la joven, haciéndola estremecer— y solo sentirás placer.
Se acomodó mejor en su cuerpo, abriéndole más las piernas y buscando con los dedos el centro de su placer. Entonces comenzó a moverse de nuevo, un lento vaivén, una sutil danza que los fue abrasando poco a poco.
El dolor pronto cayó en el olvido, sustituido por una febril necesidad de sentirlo más cerca, más dentro, más profundo.
Kathleen lo abrazó con fuerza, apretándolo contra ella, besándolo con intensidad, consumida por la pasión.
Cada lento envite de él la empujaba hacia el abismo, una y otra vez, intensificando el calor que se acumulaba en la unión de sus cuerpos.
—Abre los ojos, mírame —exigió Nicholas con voz ronca, empujando con más fuerza, arrancándole un gritito de rendición.
Kathleen obedeció, indefensa, asustada por las sensaciones que recorrían su cuerpo, mientras Nicholas la penetraba con una serie de embestidas cada vez más profundas, más rápidas, hasta que sintió una explosión de placer que se expandió por cada partícula de su cuerpo, haciéndola sollozar de puro deleite, y el abismo la envolvió.
Con el último atisbo de consciencia, sintió que Nicholas se ponía rígido y que un largo gemido escapaba de sus labios.