Detrás de la máscara Capítulo 20
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Capítulo 20

—Maldita sea, Diana, te lo advertí. Te dije lo peligroso que era meterse con Julius Brown, y mira lo que has conseguido.

Encerrados en la biblioteca de El Jardín Secreto, Connor la sermoneaba, iracundo, mientras paseaba de un lado a otro de la habitación como un león enjaulado. Estaba furioso.

Pero, por absurdo que fuera, a Kathleen le impresionaba más la ira silenciosa de Nicholas.

No había dicho nada desde el altercado del jardín. En cuanto los dos asaltantes se fueron, Nicholas la había arrastrado dentro de El Jardín Secreto y la había metido en la biblioteca, con Connor en la retaguardia.

Nada más entrar, Kathleen se había dejado caer en uno de los sofás.

No fue consciente de que estaba temblando hasta que Nicholas le puso una copa de coñac entre las manos, y tuvo que hacer esfuerzos para no derramarla.

—Bebe —ordenó con voz dura.

Ella obedeció sin dudar, dando un sorbito. El líquido ambarino descendió por su garganta como una lengua de fuego, haciéndola toser.

—Todo.

Kathleen frunció el ceño ante su tono autoritario, pero no se atrevió a negarse. Bebió el líquido de un trago, mirándolo con el ceño fruncido. Él parecía un volcán a punto de explotar.

—De las cosas más tontas que he visto hacer en mi vida —continuó Connor con su diatriba—, lo que hiciste en la granja de los Fentom se lleva el premio gordo.

Fue una estupidez llevarte así a aquellos niños cuando sabías que eran de Brown.

Y luego lo rematas llevándote a las otras dos mocosas de la casa de Gretta.

—¿Y qué querías que hiciera? ¿Que me fuera sin más?

—Por supuesto. Es lo que deberías haber hecho si no fueras una cabeza hueca.

—Pues siento no ser tan insensible y fría como tú, pero yo no puedo…

—Basta —rugió Nicholas, haciendo que la habitación enmudeciera.

Connor lo miró con una ceja levantada. Era un hombre que daba órdenes; no estaba acostumbrado a recibirlas. Pero, por una vez, guardó silencio.

Nicholas se sentó detrás del escritorio de Kathleen como si fuera el amo y señor de todo, haciendo enfurecer a la muchacha.

—MacDunne, quiero que me cuentes qué demonios está pasando y quién es ese tal Julius Brown —exigió con voz imperiosa—. Y tú —advirtió a Kathleen, que estaba a punto de protestar— mantendrás esa bonita boca cerrada hasta que él termine de hablar.

—Julius Brown es uno de los mayores proxenetas del East End, especializado en prostitución infantil —explicó Connor con una mueca despectiva—.

Cualquier niño desprotegido cae irremediablemente en sus manos antes de que alguna institución oficial pueda hacerse cargo de él, aunque ni allí están a salvo.

Saca a los críos de las calles, de las granjas infantiles o incluso de los orfanatos, y luego los vende a burdeles o a gente rica de gustos depravados.

—¿Y Scotland Yard no lo detiene? —preguntó Nicholas, incrédulo.

—Se sorprendería de lo ciega que puede estar la gente cuando se le llenan los bolsillos de dinero.

—¿Acaso insinúa que tiene comprada a la policía?

—Supongo que a todos no, pero a alguno seguro que sí; si no, ya lo habrían pescado hace tiempo.

—Yo conozco a un detective que tiene mucho empeño en encontrarlo —comentó Kathleen en un murmullo.

«Tanto, que no duda en chantajearme para conseguirlo», añadió para sus adentros.

Su comentario atrajo la atención de Nicholas, que le clavó una mirada acerada.

—¿Y qué demonios tienes tú que ver con un indeseable como Julius Brown? ¿Es que acaso has empezado a hacerle la competencia en el negocio de la prostitución infantil?

Aquella acusación se le clavó en el corazón.

—¿En serio crees lo que estás diciendo? ¿Piensas eso de mí? —preguntó, herida.

—¿Y qué quieres que piense? Regentas un burdel y un malnacido que prostituye niños te acaba de amenazar para que no te metas en su negocio.

—Si me conocieras un poco…

—Pero es que no te conozco —exclamó él, fuera de sí—. No sé casi nada de ti, ni siquiera te he visto el rostro —añadió, frustrado.

—¿Podemos centrarnos en el asunto que nos ocupa y dejar a un lado el tema personal? —se oyó la voz de Connor.

—Pues explicadme de qué va todo esto.

Aquella orden la enfureció. El muy cretino estaba pidiendo explicaciones como si tuviera todo el derecho a recibirlas, como si en verdad le importara aquello, cuando acababa de acusarla de una cosa horrible.

Y encima le había quitado su sillón.

—Diana no se ha metido en el negocio de la prostitución infantil, al menos no en el sentido que has insinuado —explicó Connor—.

Ella rescató a unos críos que estaban siendo maltratados en una granja infantil, y a otras dos más en una casa de intermediarios, entre ellos una cría de unos siete años que Julius Brown ya tenía adjudicada.

Kathleen permanecía quieta en el sofá, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, evitando con terquedad la mirada de Nicholas.

Él, en cambio, tenía la mirada clavada en ella como una daga de acero. Sin verlo, ella pudo intuir el momento en que las palabras de Connor entraron en su conciencia, ablandando la rigidez que se había apoderado de él desde el encuentro con los malhechores.

—A partir de ahora, será mejor que no salgas sola de aquí —gruñó Nicholas—. Contrataré un par de hombres para que vayan contigo a todas partes y te protejan.

Kathleen y Connor intercambiaron una rápida mirada. Ella no podía correr el riesgo de tener a dos hombres pegados a sus espaldas, puesto que por el pasadizo secreto iba y venía continuamente, de casa al club y del club a casa. Un escolta acabaría descubriendo su doble identidad.

—Lord Dunmore —le dijo rígida, volviendo a las formalidades—, le agradezco su oferta, pero no es necesaria.

—Insisto.

Kathleen se levantó, enfurecida, del sofá y, con los brazos en jarra, le plantó cara.

—No tienes ningún derecho a insistir, no tienes ningún derecho sobre mí —le indicó, enfadada—. Que seas el todopoderoso marqués de Dunmore no te da derecho a decidir y ordenar sobre la vida de todas las personas —apuntó—. Y levántate de mi sillón —añadió con los dientes apretados.

Sabía que lo del sillón era una chiquillada, pero se le antojó lo más importante del mundo.

Era suyo y él no tenía derecho a sentarse allí con aquella naturalidad.

Como tampoco tenía derecho a organizar su vida ni a pedir explicaciones de ningún tipo.

Aquel sillón era el símbolo de su independencia, y él quería apoderarse de ella.

—Señor MacDunne, déjenos a solas —solicitó Nicholas con voz suave.

—Ah, no, no. Tú no puedes dar órdenes a mis empleados —aseveró, indignada—. Soy yo la única que puede.

Se giró hacia Connor hecha una furia.

—Connor, déjanos a solas.

MacDunne se quedó mirándolos, estoico.

—¿Por qué no os dais un buen revolcón y acabáis con toda la tensión sexual que estáis acumulando? —sugirió con una ceja levantada.

Era lo último que le faltaba por oír a Kathleen.

—¡Fuera! —exclamó, indignada.

Connor les dedicó una inclinación de cabeza a modo de despedida, con una sonrisa burlona, y salió de la habitación.

—Sal tú también —ordenó Kathleen.

—No.

—Pues levántate de mi sillón —gruñó la muchacha.

—Venga, mujer. Estás siendo irracional. Solo quiero velar por tu seguridad; no me gustaría que te ocurriera nada malo —dijo él, tratando de mostrarse conciliador.

Pero sus palabras, lejos de toda razón, abrieron una dolorosa herida que Kathleen había guardado en su interior durante mucho tiempo. Todo el resentimiento que había acumulado hacia él en los últimos dos años explotó de forma incontenible.

—¿Velar por mi seguridad? —inquirió, incrédula—.

¡Dos años! ¡Dos malditos años, Nicholas!

—exclamó, totalmente fuera de sí, sin importarle que descubriera su verdadera identidad, cansada de ocultarle quién era—.

Te marchaste después de despedirte con una amenaza.

Estuve dos años esperando una carta, cualquier atisbo de que pensabas en mí en algún momento, de que te interesaba lo más mínimo, y nada.

Estaba gritando como una loca, pero le daba igual. Ahora que las compuertas que apresaban sus inquietudes internas se habían abierto, era incapaz de volverlas a cerrar.

—Tendrías que haber movido cielo y tierra para verme y aclarar las cosas sobre nuestro compromiso, no solo llamar a mi puerta esperando que te recibiera con los brazos abiertos.

Y, en lugar de eso, estás aquí, perdiendo el tiempo en un club erótico, besando a una mujer de la que no dudas en pensar que puede traficar con niños y diciéndole que te preocupas por su seguridad. ¡Por su seguridad!

Fue hacia la estantería de libros y cogió dos volúmenes, que no dudó en lanzarle al instante.

El primero pasó inofensivo por encima de la cabeza de Nicholas. El segundo le golpeó en el hombro, haciéndole salir del trance en el que había quedado ante el despliegue de ira de la muchacha.

—¿Kath… Kathleen? —preguntó asombrado, y si ella no hubiera estado tan furiosa, se habría reído ante su rostro desencajado por la sorpresa.

Pero la ira seguía dominándola y tomó otros dos libros de la estantería.

—¿Y qué hay de mi seguridad? —inquirió, apuntando a la cabezota de su prometido, que con un movimiento fluido esquivó en el último instante—. ¿Acaso mi bienestar te ha preocupado un ápice en estos dos años?

El tercer libro dio de lleno en el sillón vacío, puesto que Nicholas se había refugiado con rapidez detrás de él.

—¡Maldición, Kathleen! ¿Qué demonios haces aquí jugando a ser la dueña de un burdel?

—¿Jugando? ¿Acaso crees que estoy jugando? —Su voz sonó más aguda de lo normal, casi estridente. Temblaba de furia, pero cada libro que lanzaba contra la figura de aquel hombre hacía que se sintiera mejor, como si se estuviera quitando un peso de encima, así que cogió dos libros más.

—Tienes mucho que explicarme, entonces —aseveró Nicholas, frunciendo el ceño.

«Mi prometido es sordo. Sordo y tonto», fue la conclusión lógica a la que llegó después de escucharlo.