Detrás de la máscara Capítulo 19
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Capítulo 19

Aquella tarde, Nicholas estaba en la puerta de la casa de Kathleen, rogando para que Dios le diera paciencia y no acabara rodeando con las manos el cuello de aquel maldito mayordomo y apretándolo con fuerza.

—¿Qué desea? —preguntó el mayordomo, levantando su odiada ceja y mirándolo como si fuera un mosquito molesto.

«Calma», se recordó.

—Buenas tardes. Vengo a ver a la señorita Swan.

—¿A quién debo anunciar?

«Calma. Sobre todo, mantén la calma», volvió a repetirse.

—Soy el marqués de Dunmore.

—¿Y su nombre? —insistió el mayordomo, con el rostro desprovisto de expresión.

«A la mierda la calma».

—¿Está bromeando? —rugió Nicholas fuera de sí.

—Yo nunca bromeo, señor —respondió el mayordomo, imperturbable.

—Nicholas Richmond —gruñó entre dientes, apelando a su autocontrol.

—Espere aquí un momento —solicitó el hombre.

Y, tal y como sucediera el día anterior, le dio con la puerta en las narices.

Al cabo de unos minutos, volvió a abrirse la puerta.

—Lord Dunmore, la señorita Swan no puede recibirle ahora —informó el mayordomo.

Mientras hablaba, Nicholas vio con asombro cómo se asomaba, de detrás de la puerta, la cabecita rubia de una niña de unos cinco años que abrazaba una muñeca de trapo.

A su lado apareció el niño que el día anterior había estado escondido detrás de las piernas del mayordomo.

—Susie, escóndete —murmuró, empujándola—. Se supone que no nos tiene que ver nadie.

—Pero quería ver quién era —se excusó la niña con un mohín.

—Solo es el hombre molesto de ayer —aclaró el niño, para indignación de Nicholas.

Y los dos pequeños desaparecieron de su campo de visión.

—Si tiene alguna visita en estos momentos, puedo esperar —indicó Nicholas, tratando de ser razonable.

—La señorita Swan no tiene ninguna visita en estos momentos.

—¿Y esos niños?

—¿Qué niños? —inquirió el mayordomo, impasible.

«Esto es absurdo», pensó Nicholas, exasperado.

—Hace un momento había dos niños detrás de usted —aseveró con paciencia, apelando a los últimos resquicios de cordura que le quedaban.

—¿Otra vez espiando detrás de las puertas, milord? —le reprobó el mayordomo con una ceja levantada—. Realmente se está tornando muy molesto.

En el mismo momento en que Nicholas daba un paso hacia delante para tirarse al cuello del hombre, este le cerró la puerta en las narices.

El encuentro con aquel mayordomo impertinente lo dejó de un humor de perros el resto del día.

Y que Kathleen lo estuviera rehuyendo de aquella manera lo enfurecía aún más.

Comprendía que la muchacha estuviera molesta porque no le había escrito ninguna carta en aquellos dos años, pero la paciencia de un hombre tenía un límite.

Si cuando volviera a su casa al día siguiente no lo recibía, echaría la puerta abajo; y, si el mayordomo quedaba aplastado en el proceso, mucho mejor.

***

Aquella noche Nicholas volvió a El Jardín Secreto. La amable mujer de acento francés —ahora sabía que era la señora Veillard— le indicó que se sentara en una de las mesas y tomara una copa, y que Diana pronto se reuniría con él.

Para su sorpresa, Arthur se le unió, ansioso por contarle las novedades en su vida.

—Amigo, sabía que te encontraría aquí —lo saludó con una palmada en la espalda—. Esta ronda corre por mi cuenta —exclamó, sonriendo—. Tengo mucho que celebrar.

—¿A qué se debe tu buen humor? —preguntó Nicholas—. La última vez que te vi parecías un perro apaleado porque tu palomita pelirroja se te había escapado.

—Y se me escapó, pero la he encontrado —anunció con deleite—. Y te voy a decir más: la amo.

—Claro que sí. La amarás hasta que te enamores de otra.

—No habrá otras, ya no —afirmó Arthur, repentinamente serio—. Te lo digo de verdad, Nick. Estoy enamorado.

—¿Entonces la vas a convertir en tu mantenida? —preguntó Nicholas, tomando un sorbo de coñac.

—Por supuesto que no, hombre —replicó él—. La voy a convertir en mi esposa.

Nicholas no pudo evitar escupir la bebida.

—¿Estás de broma?

Arthur negó con la cabeza.

—¿Te has vuelto loco?

Arthur volvió a negar con la cabeza.

—De hecho, nunca he estado más seguro de algo —aseveró él—. Es una chica estupenda, Nick. Te lo aseguro.

—Pero es una prostituta —le recordó Nicholas con suavidad.

—Que tuviera que prostituirse para poder sobrevivir no la convierte en una prostituta, sino en una superviviente —declaró Arthur en tono duro—. Te aseguro que es una mujer magnífica.

—No te niego que pueda ser buena, pero de ahí a casarte con ella…

—Lo he pensado bien, Nick.

—Pues reflexiona más, porque estás a punto de cometer una gran equivocación —afirmó Nicholas, contundente—.

Piensa por un momento lo que supondría una unión así.

Sería todo un escándalo. Os convertiríais en el foco constante de todos los chismorreos, vuestros hijos nacerían con un estigma que los perseguiría toda la vida —expuso con voz razonable—.

Piensa en tu familia, en tu madre. Sería una vergüenza que no podría soportar.

Arthur se miró las manos, impotente.

—Pero yo la amo. Sé que no puedo ser feliz si no la tengo en mi vida.

—Pues conviértela en tu mantenida —resolvió Nicholas—. Es lo que hacen la mayoría de los hombres de la aristocracia: casarse con mujeres de buen apellido y tener una amante a la que amar.

—¿Eso es lo que harías tú?

Nicholas se quedó callado durante unos segundos, pues no sabía qué contestar.

—Yo espero enamorarme de una mujer que no me dé demasiados quebraderos de cabeza y que tenga una reputación intachable —respondió finalmente—. Mi familia ya ha afrontado demasiados escándalos como para que yo añada otro más al árbol genealógico.

Sabía que no era una respuesta real, que era más bien frívola y evasiva, pero fue la única que se le ocurrió.

Si quería dedicarse a la política, debía mantener las apariencias y casarse con alguien respetable. Sin embargo, no concebía casarse sin amor y mucho menos tener una amante. Para él, el matrimonio implicaba fidelidad.

—Pues te deseo suerte —musitó Arthur, y se fue cabizbajo.

Nicholas hizo ademán de seguirlo, pero una voz lo interrumpió.

—Dunmore, parece que su amigo no está muy animado esta noche.

Se giró sorprendido y se encontró con la mujer que lo tenía fascinado.

Pese a que el salón estaba repleto de gente, se miraron como si estuvieran solos.

Era curioso cómo podía sentirse obsesionado por dos mujeres tan dispares.

Una recién salida de la escuela e inexperta; la otra, regente de un notorio club de caballeros.

Tal vez porque físicamente eran muy similares, pero el físico no era lo que le había atraído de ellas o, mejor dicho, lo que lo mantenía fascinado.

Percibió en ella cierto aire melancólico y se preguntó por qué razón podría estar perturbada.

—Mi amigo está enamorado —le explicó con un suspiro.

—¿Y eso es malo? —repuso ella con una sonrisa insegura.

—Sí, cuando te enamoras de una mujer inapropiada.

La sonrisa de ella se tornó un tanto rígida.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Nicholas, preocupado.

—Sí, tan solo tengo un poco de jaqueca.

—Ven, vayamos a dar un paseo —murmuró Nicholas, tomándola de la mano para conducirla hacia la puerta—. Necesitas un poco de aire fresco.

—No puedo.

—¿Es que acaso nunca sales de este lugar?

—Con máscara no.

—Eso es fácil de solucionar. Quítatela.

—Muy gracioso —gruñó ella.

—¿Qué te parece si damos tan solo un paseo corto por el jardín? No creo que nadie nos vaya a molestar allí —propuso él.

El jardín era pequeño, pero tenía un banco resguardado detrás de unos setos, y se sentaron en él.

Aquella noche Diana se mostraba pensativa, lo que le ofreció la posibilidad de contemplarla a placer y, como siempre, acabó rememorando a su esquiva prometida.

Maldijo en silencio y, para quitársela de la mente, desvió la mirada hacia el cielo y dijo lo primero que se le ocurrió para entablar conversación.

—Apenas se ven —murmuró, con cierto pesar—. Las estrellas —aclaró ante la expresión interrogante de ella—. Antes no reparaba en ello, pero después de haber visto otros cielos, el de Londres me parece casi un insulto.

Diana, sentada a su lado en el banco de piedra, siguió su mirada hacia arriba.

—¿Qué otros cielos?

—El desierto de Egipto, por ejemplo —respondió él, y una sonrisa nostálgica se dibujó en su rostro—.

Una noche, cerca de las pirámides de Guiza, mi guía beduino apagó la única lámpara que llevábamos.

Y entonces las vi: miles y miles de estrellas, tan nítidas y tan cercanas que parecía que se pudiera alargar la mano y arrancar unas cuantas del cielo.

En Londres, uno olvida que existen tantas.

—Debía de ser hermoso.

—Lo era. Aunque Londres también tiene bellezas incomparables —añadió, volviendo a mirarla.

Era un halago sincero, pero no dejaba de ser artificioso; aun así, pareció avergonzarla. Tuvo un deseo irrefrenable de quitarle la máscara para comprobar si se había sonrojado, pero descartó la posibilidad. Una mujer mundana como ella no se ruborizaría por un piropo.

—¿De qué otros países guardas buenos recuerdos?

Nicholas empezó a hablarle de aquellos dos años. De la sofisticación de los salones europeos en comparación con el ambiente rural que había en los países asiáticos. De la vastedad de los paisajes americanos. De los curiosos alimentos que había probado por todo el mundo.

—Supongo que se te habrá hecho duro regresar a Inglaterra.

—Menos de lo que imaginaba —respondió Nicholas—. Llevaba toda la vida planeando ese viaje y temía que dos años no fueran suficientes para hacer todo lo que quería, pero llegó un momento en que deseé regresar a casa. Y aquí estoy —añadió con una sonrisa que ella devolvió con una encantadora timidez.

—¿Cuáles son tus planes ahora? ¿Llevar la vida disoluta de un joven aristócrata?

—Lejos de eso. Quiero hacer carrera política. Tengo el poder y los medios para mejorar la vida de las personas que no pueden hacerlo, y a eso quiero dedicar mi vida.

—Eso es muy loable, Nicholas —susurró Diana.

La forma en que pronunció su nombre le recordó a Kathleen y se reprochó por ello.

—Tu turno. Cuéntame algo sobre ti —dijo abruptamente, decidido a no pensar en su prometida cuando estaba con otra mujer.

—¿Qué es lo que quieres saber?

«Todo».

—No sé, háblame de tu infancia. ¿Dónde naciste?

Ella lo miró con una sonrisa triste.

—Nací aquí, en Londres, en el barrio de Whitechapel. ¿Conoces la zona?

—No de primera mano, la verdad —admitió.

No era común que alguien de su estatus social pisara un barrio como aquel, a no ser que fuera para hacer alguna obra de caridad o para buscar prostitutas.

—Es un infierno —reconoció Diana con una mueca—.

No obstante, aunque no lo creas, mi infancia allí no fue tan mala.

Al menos no en un sentido traumático. Mi madre y yo éramos pobres como ratas, pero estábamos muy unidas y siempre conseguíamos salir airosas de los problemas.

Ella trabajaba mucho, a veces de costurera y otras…

bueno, de lo que podía. La mayoría de las veces que llegaba a casa por la noche, yo ya estaba dormida, y cuando me levantaba, ella ya se había ido, pero se aseguraba de que, al despertar, me sintiera amada.

—¿Te escribía alguna nota?

—No, qué va. Mi madre era analfabeta —explicó ella—. Cada mañana, al despertar, veía un nudo en la esquina de mi sábana. Así sabía que ella había estado allí, que había velado mi sueño y que me amaba. Con ese simple nudo, yo era feliz.

Aquella sencilla historia conmovió a Nicholas más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

—Aunque tras su muerte me quedé bastante sola —prosiguió Diana con tristeza—.

Supongo que es normal soñar con lo que uno no tiene, así que yo siempre he soñado con tener una gran familia a mi alrededor, una familia que me quisiera tal y como soy y que me apoyara incondicionalmente, con la que pudiera contar tanto en lo bueno como en lo malo —explicó con añoranza—. Supongo que la tuya es así.

—Mi familia es un incordio la mayoría del tiempo —afirmó con un bufido—. Son pasionales, escandalosos e impulsivos.

Pensó en su infancia y no pudo evitar compararla con la que había tenido Diana, y una luz se encendió en su mente y templó su corazón.

—También son cariñosos, leales y sinceros —admitió—, y tengo mucha suerte de haberlos tenido a mi lado todo este tiempo, porque sé que me quieren y me querrán siempre.

Diana le sonrió de corazón, como si aquella admisión la hubiera llenado de felicidad.

La compleja sencillez de su carácter era uno más de sus muchos enigmas.

Para ser una mujer que negociaba con el sexo, había ocasiones en que parecía demasiado tierna.

Cuando la estrechaba entre sus brazos y la besaba, se mostraba tan dulce, tan vulnerable, que muchas veces Nicholas dudaba de que esa imagen que proyectaba de muchacha inexperta fuera real, y no tan solo un vil truco para seducir a los hombres.

Y, siendo sincero, con él había funcionado a la perfección. Estaba seducido por la mujer que intuía detrás de aquella máscara y por los secretos que escondía.

Sin poder contenerse por más tiempo, la estrechó entre sus brazos y la besó con pasión. Como siempre, los labios de ella se abrieron rendidos al tierno asalto de su boca, mientras un suave gemido escapaba de su interior.

—¿Interrumpimos algo?

Aquella voz ronca hizo que Nicholas se incorporara de golpe, poniendo a Diana detrás de sí para protegerla con su cuerpo.

—Creo que a este señoritingo no le va a hacer ninguna gracia que le molestemos cuando está a punto de levantarle las faldas a la mujer.

Las voces provenían de la parte más oscura del jardín, y Nicholas tuvo que agudizar la mirada al máximo para poder vislumbrar las sombras de dos hombres corpulentos. Lo que sí pudo distinguir con facilidad fue el brillo del acero de los dos cuchillos que empuñaban.

—¿Qué es lo que desean, caballeros? —preguntó Nicholas con frialdad.

—De ti nada, lechuguino —dijo uno de los hombres mientras escupía en el suelo—. Lo que queremos es hablar con la señora.

Nicholas sintió temblar a Diana tras de sí, y una furia ciega creció en su interior.

—Para poder hablar con ella, primero deberán hablar conmigo. Y con mi amiga —añadió, sacando una pequeña pistola del bolsillo interior de su chaqueta.

—¿Qué es eso? ¿Una pistola de juguete? —carcajearon los dos asaltantes.

—Esto, amigos, es una derringer Remington de doble cañón —anunció Nicholas con voz acerada y mirada mercúrica de brillo asesino—. Y tengan por seguro que meteré una bala en la frente de cada uno si se atreven a dar un solo paso.

—Y si la pistolita del caballero no os convence —intervino otra voz masculina—, espero que su hermana mayor, aquí presente, os haga salir corriendo.

Connor MacDunne apareció a su lado empuñando un arma mucho más grande que la suya.

Los dos hombres gruñeron al verlo.

—Está bien, nos iremos —masculló uno de ellos—. Pero antes tengo que darle un recado a la señora —añadió, mirando a Diana—. Julius Brown no quiere que vuelva a meterse en sus negocios o lo lamentará.