Detrás de la máscara Capítulo 18
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Capítulo 18

Cuando Kathleen regresó de su encuentro con Samantha, se llevó una agradable sorpresa: por fin habían localizado a Gretta.

Para poder salvar a la hermana de la pequeña Susie, Kathleen solicitó la ayuda de Connor. El hombre al principio se había negado, alegando que era una locura inmiscuirse en los negocios de Brown, pero al final accedió a ayudarla.

MacDunne había acudido sin dudar a Jack Ellis, un buen amigo que se movía por Whitechapel como pez en el agua.

Gracias a sus contactos, había sido cuestión de poco tiempo averiguar que una de las casas de «intermediarios» donde Brown llevaba a los niños estaba regentada por una mujer llamada Gretta.

Cuando el carruaje cerrado en el que viajaban Kathleen y Connor llegó hasta la entrada de Thrawl Street, un pequeño y sucio callejón en el centro de Whitechapel, la muchacha suspiró fastidiada al oír la pregunta de MacDunne.

—¿Estás segura de que no prefieres esperarme aquí?

Había tenido que insistir con terquedad para que la llevara consigo, y él había insistido con el mismo tesón en que no fuera.

—¿Realmente prefieres que te espere aquí, en este carruaje, protegida únicamente por el cochero, a que vaya contigo? —inquirió ella con una ceja levantada.

Sin duda, la imagen del viejo carcamal octogenario que conducía el carruaje fue lo que hizo claudicar al hombre.

—Está bien, pero intenta no decir nada. Yo cerraré el trato. Y, por el amor de Dios, mantén la cara siempre cubierta —advirtió con un gruñido—. Que no se te vea el rostro o tendré que pelearme con la mitad de los hombres que nos encontremos para evitar que acabes desnuda y abierta de piernas.

—¡Connor MacDunne!

—No me vengas con remilgos, mujer. En este lugar no te los puedes permitir. Escúchame bien, Kathleen —le previno con seriedad—. Veas lo que veas, guarda la calma. Mantén la mente fría y, sobre todo, déjame hablar solo a mí.

Kathleen asintió mientras se tapaba el rostro con el velo.

Para aquella ocasión se había puesto un austero traje negro con un sombrerillo a juego, que incluía un pequeño velo muy tupido, de manera que le cubría todo el rostro.

A simple vista parecía una más de las muchas viudas que recorrían los barrios pobres haciendo obras de caridad.

Connor la ayudó a bajar del carruaje mientras estudiaba el entorno en busca de algún posible peligro.

Cada vez que habían visitado Whitechapel, Kathleen se sorprendía por la transformación que se producía en él.

Si normalmente lo envolvía un aire de peligro, allí se volvía letal.

Como un tigre alerta, a punto de atacar a la menor provocación.

Sus intensos ojos verdes se entrecerraban en una mirada dura.

Cada uno de sus poros emanaba una violenta tensión.

Era como si llevara colgado un cartel que dijera: «Si te metes conmigo, eres hombre muerto».

Una mujer sucia, con el pelo enmarañado y crespo, se acercó enseguida a ellos, contoneando sus huesudas caderas cubiertas por harapos y luciendo una sonrisa desdentada.

—Guapo, por dos chelines la vieja Lizzie te hará muy feliz.

—No me interesa.

—Un chelín.

—He dicho que no me interesa.

—Medio chelín y dejo que la mujer participe si quiere.

Connor se giró hacia la mujer con una expresión mortífera. Antes de que perdiera los nervios, Kathleen deslizó una moneda de un chelín en la mano de la mujer.

—Tenga y váyase. No necesitamos de sus servicios.

La mujer, intuyendo que no iba a sacar nada más de ellos, se alejó presurosa.

—Te dije que te mantuvieras en silencio —gruñó Connor, mirando a Kathleen con irritación.

—Vamos, hombre. Relájate. Era la forma más rápida de que nos dejara en paz.

—Me relajaré cuando salgamos de este maldito barrio —musitó Connor, mesándose el cabello.

Llamó a la puerta del edificio que había al fondo del oscuro callejón. Tras unos segundos de silencio, se oyó el chirrido de un pasador de hierro deslizándose al otro lado de la puerta, que terminó por entreabrirse con un ruido sordo.

A través de una rendija de un palmo, una mujer enjuta de edad indefinida los miró con nerviosismo. Su rostro, excesivamente maquillado, se veía tenso.

—¿Qué se os ofrece?

—¿Eres Gretta?

La mujer asintió con cautela.

—Mi amigo, Jack Ellis, me ha dicho que tenéis mercancía fresca.

—Puede ser, pero es del señor Brown.

—Pero nosotros estamos dispuestos a ofrecerte más —murmuró Connor con una sonrisa de medio lado.

Gretta los miró con los ojos entrecerrados, evaluándolos. Finalmente abrió la puerta.

—Está bien. Pasad.

Con pasos rápidos los condujo por una estrecha escalera hasta un sótano que apestaba a humedad.

La única iluminación de aquel lugar la proporcionaba la vela que la mujer llevaba en la mano.

Por el rabillo del ojo, Kathleen percibió un movimiento en las sombras.

Se acercó inconscientemente a Connor en busca de protección, pensando que era alguna rata enorme al acecho.

Entrecerró los ojos tratando de distinguir algo en la oscuridad.

Un par de segundos después volvió a percibir un movimiento en una esquina del sótano.

Ahora que sus ojos se habían habituado a la oscuridad, pudo ver que lo que había creído que eran ratas era la silueta de una niña.

Tendría no más de siete años y parecía un querubín caído del cielo, con el pelo rubio y rizado, unos enormes ojos claros y una piel marfileña de rasgos dulces.

Los miraba a uno y a otro asustada, tratando de fundirse con la pared que tenía a la espalda, intentando perderse en las sombras. Su parecido con Susie era evidente.

Kathleen dio un disimulado codazo a Connor.

—¿Cuánto por la pequeña? —preguntó él con voz resignada.

—Esta es cara. Es un encargo especial de Julius —gruñó la mujer—. Esta cría va a ser la cura medicinal de algún ricachón cliente suyo.

—¿La cura? —preguntó Kathleen, picada por la curiosidad, incapaz de permanecer en silencio.

—Julius tiene un cliente con sífilis. Le han dicho que metiendo la polla en un coñito joven y virgen mejorará —explicó la mujer con crudeza—. Cuanto más joven, mejor.

Kathleen contuvo el aliento y apretó los puños.

—Nos vamos a llevar a la niña —dijo Connor con voz acerada—. Pon un precio y acabemos ya con esto.

Conocía bien a Kathleen y sabía que no iba a salir de allí sin la pequeña

La mujer dudó unos instantes. Julius le pagaba una miseria por cuidar de su mercancía. Aquellos dos sin duda pagarían bien. Tal vez podría decirle a Julius que la pequeña se había escapado, aunque como poco se llevaría un buen golpe.

—Diez libras por esta —dijo finalmente—. Por ese dinero bien podía aguantar un par de golpes.

Connor iba a regatear con la mujer, pero otro sutil codazo en las costillas lo contuvo.

—Está bien, nos la llevamos —suspiró resignado, entregándole las monedas.

—No me iré de aquí sin Mary —masculló de repente la niña con tono belicoso.

—¿Mary?

—Mary está en aquel rincón —explicó Gretta señalando hacia el fondo del sótano—. Trabajaba para mí, pero ahora se ha puesto demasiado gorda y ya no me sale rentable —protestó la mujer con una mueca desagradable—. Todavía no he decidido qué voy a hacer con ella.

Estando cerca de Connor, Kathleen percibió una súbita rigidez en su cuerpo cuando el hombre miró en la dirección que la mujer señalaba.

Forzó la vista para distinguir algo en la penumbra y, cuando por fin lo consiguió, tuvo que morderse el labio para contener un grito.

La pequeña Mary estaba tendida en un jergón, hecha un ovillo.

No debía de tener más de diez u once años.

Su cuerpecillo, medio desnudo, se veía frágil y sucio.

Un abultado vientre le sobresalía, redondo como un melón, de un modo incongruente para un cuerpo aún infantil.

—Es una de las chicas que tiene Julius callejeando, pero con ese bombo ya no puede trabajar —gruñó Gretta con desprecio—. Cuando la vea Julius la tirará a la calle o directamente la matará —dijo encogiéndose de hombros con total indiferencia—. Tal vez puedan darme algunas monedas por ella.

—No nos gusta tirar el dinero y con esa niña va a ser difícil sacar algo —dijo Connor con voz inexpresiva—. Podemos ofrecerle diez chelines.

—Eso es muy poco. El viejo matasanos que compra los cadáveres me ha ofrecido una libra por ella —comentó la mujer con una sonrisa llena de dientes negros—. Parece que está interesado en abrirla en canal para ver lo que hay en esa barriga.

Kathleen, que pensaba que la niña estaba dormida, observó con sorpresa cómo se llevaba las manos a la tripa al escuchar el cruel comentario. Ya no pudo aguantar más. Las ganas de abrazarla y llevársela lejos de allí la hicieron intervenir en la conversación.

—Por Dios, acaba ya. Dale a esta mujer dos libras más para que podamos llevarnos a las dos niñas.

Su voz sonó firme y calmada, aunque por dentro temblaba de rabia.

Connor iba a protestar, pero un nuevo codazo en las costillas le hizo gruñir y aceptar el trato.

Mientras él pagaba a Gretta, Kathleen se acercó a las dos niñas, que ahora se abrazaban la una a la otra buscando protección.

Se sorprendió de que, al acercarse a ellas, la miraran aterrorizadas, hasta que cayó en la cuenta de que, con el velo y vestida de negro, debía de parecerles, cuanto menos, terrorífica.

—Tranquilas, pequeñas. No os voy a hacer daño —arrulló con voz suave, levantándose el velo y mostrando su rostro.

Se agachó hasta quedar a la altura de las niñas, que se relajaron un poco al verle la cara. Era una reacción que había descubierto que provocaba en los niños. Tal vez fueran la dulzura de sus rasgos o que percibían en sus ojos una preocupación auténtica, pero tenía un efecto calmante en ellos.

—Me llamo Kathleen —dijo con una sonrisa tranquilizadora— y quiero que vengáis conmigo a un lugar donde nadie os volverá a hacer daño.

—Me han dicho que tú te llamas Mary. ¿Es cierto?

Mary asintió con recelo, mirándola desconfiada. Sus enormes ojos castaños se parecían a los de un cervatillo asustado.

Kathleen miró a la otra niña.

—Déjame adivinar... Tú tienes cara de llamarte Grace —afirmó con gestos teatrales.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque tengo una amiga que me ha enviado a ayudarte —le explicó con voz suave—. Tu hermanita Susie ahora vive conmigo y me dijo que estabas en problemas.

La pequeña dejó escapar un sollozo de alivio.

—¿Entonces Susie está bien? —preguntó con lágrimas en los ojos.

—¿Por qué no vienes conmigo y lo averiguas tú misma? ¿Quieres?

La niña asintió con efusividad.

Kathleen centró su atención en Mary, que era la que se mostraba más distante.

—Ahora voy a quitarme esta capa tan bonita que tengo y te la voy a poner por encima para que no tengas frío. ¿Te parece bien, Mary?

La niña asintió con cautela. Kathleen la envolvió con movimientos lentos para no asustarla. La capa negra, de lana suave, hizo suspirar de placer a la niña.

—Bien. Y ahora vamos a irnos de aquí antes de que vengan los hombres malos, ¿vale?

Las dos niñas asintieron al unísono.