Capítulo 17
En aquel momento, en otro rincón de Hyde Park, Arthur Collins daba su paseo matinal a caballo.
Le gustaban aquellas escapadas por el parque, pues eran lo más parecido a un paseo campestre que podía encontrar en Londres.
Arthur detestaba la ciudad; prefería mil veces la tranquilidad del campo.
Sin embargo, como conde de Fullford y cabeza de familia de los Collins, había llegado el momento de buscar una esposa adecuada para formar una familia y dar un heredero al título, y eso significaba permanecer en la ciudad y asistir a la temporada social para encontrar a la candidata perfecta.
Su familia tenía uno de los apellidos más antiguos e ilustres de Inglaterra, y su deber era buscarse una esposa con una genealogía tan aristocrática como la suya. Pero, hasta el momento, no había conocido a ninguna mujer que le llamara la atención.
Al menos, ninguna que fuera adecuada como esposa.
Sus pensamientos volvieron a la hermosa pelirroja que había conocido dos noches atrás. No podía olvidarla. En las pocas horas que habían pasado hablando y bailando juntos, habían congeniado a la perfección. Y la atracción había sido intensa, muy intensa.
Era frustrante cómo aquella mujer había invadido sus sueños… y su realidad, pensó conteniendo el aliento cuando, a pocos metros, vio a una muchacha de llamativos cabellos rojizos paseando bajo unos árboles y supo, en lo más profundo de su ser, que era su Rose.
Detuvo su montura con un movimiento brusco y la observó durante unos segundos. Sabía que era una locura, pero bajó del caballo y se dirigió hacia ella.
—Rose —la llamó con suavidad.
Y, para su alivio y su asombro, ella se volvió.
Era más joven de lo que había supuesto y mucho más hermosa. Sus facciones eran delicadas y dulces, como una de las vírgenes de Rafael. Vio cómo sus ojos se abrían sorprendidos y, un instante después, su mirada se tornaba vacía.
—Creo que me ha confundido con otra persona —musitó con voz monocorde—. No me llamo Rose.
Y le dio la espalda, empujando un carrito de bebé en el que Arthur no se había fijado hasta entonces.
Arthur no se dejó engañar y se acercó a ella.
—¿Es este tu nuevo trabajo? —insistió con terquedad.
—No sé a qué se refiere —respondió la muchacha, mirándolo sin comprender.
Y Arthur vio los ojos de Rose. Unos hermosos ojos de gato, verdes con el interior ambarino, que lo habían perseguido en sueños.
—Sé que eres tú. No puedes engañarme. Reconocería tu cabello y tus ojos en cualquier parte.
Y el conde de Fullford hizo algo que casi nunca hacía.
—Por favor, no lo niegues —suplicó—. Habla conmigo.
La muchacha lo miró durante unos segundos.
—Lo siento, mi nombre no es Rose —repitió con serenidad.
Arthur la miró desilusionado. Estaba seguro de que era ella, pero, si no quería saber nada de él, no podía obligarla a reconocerlo.
—Yo… siento si la he molestado —se disculpó con tristeza—. La he confundido con alguien que conocí el otro día.
—¿Su Rose… era alguien especial?
—Mucho.
La muchacha lo miró con intensidad, haciéndole contener el aliento.
—Como ya le he dicho, no me llamo Rose.
Arthur quedó desolado. Se despidió de ella con una rígida inclinación de cabeza, demasiado dolido para hablar, y se alejó hacia su caballo.
—Lord Fullford —lo llamó ella, haciendo que su corazón volviera a latir—. Si de verdad quiere hablar conmigo, mi nombre es Lorraine Sullivan. Yo… ¿le apetecería acompañarme a dar un paseo por el parque? —preguntó con cautela.
Arthur trastabilló en su prisa por alcanzarla.
Pasearon unos minutos en silencio, disfrutando de su mutua compañía, como si ambos temieran que las palabras rompieran la armonía que los envolvía. Pero Arthur tenía demasiado que decir para seguir callado.
—Cuando el señor MacDunne me dijo que había dejado de trabajar en… bueno, ya sabe. Me afectó bastante —balbució, como un jovenzuelo imberbe—. Pensé que nunca más volvería a verla.
—Me ofrecieron un nuevo trabajo que no pude rechazar; algo respetable —explicó la muchacha con cautela.
—¿Así que ahora trabaja de niñera?
La muchacha lo miró un momento sin comprender, hasta que una sonrisa iluminó su rostro.
—Sí, supongo que ahora trabajo de niñera a tiempo completo —admitió con una risilla irónica.
Arthur la miró con intensidad, disfrutando de facetas de ella que no había visto hasta entonces, y la deseó más que nunca.
—Sigo interesado en usted —declaró a bocajarro.
—Lord Fullford…
—Por favor, llámeme Arthur.
—Arthur —convino ella—, tengo la oportunidad de empezar una nueva vida y no quiero hacer nada de lo que pueda avergonzarme después.
—¿Insinúa que una relación conmigo sería vergonzosa? —inquirió el hombre, un tanto ofendido.
—La clase de relación por la que está dispuesto a pagar cien libras, sí.
—¿Sería menos vergonzosa si duplicara la oferta? —preguntó, sin terminar de entender.
Hasta entonces, las mujeres con las que se había relacionado en ese aspecto se movían por dinero. Puede que a él lo encontraran atractivo, pero, sin duda, su generosa cartera resultaba irresistible.
—Eso, además de vergonzoso, resulta ofensivo —bufó la muchacha con el entrecejo fruncido y los brazos en jarras, sacando a relucir el carácter propio de las pelirrojas—.
No es cuestión de que me ofrezca más dinero, bufón engreído.
Es cuestión de que dé por sentado que tiene que ofrecerme dinero a cambio de compañía —explicó con indignación—.
¿Por qué a todos los nobles les pasa lo mismo?
¿Se ha parado a pensar que, a lo mejor, si lo conociera bien, podría interesarme como persona?
¿Que tal vez podríamos tener una relación sentimental sin que su dinero participe?
—Pero yo podría mantenerla.
—Pero yo no quiero ser una mantenida.
Arthur la miró con expresión de absoluta perplejidad, como si la muchacha le estuviera hablando en un idioma desconocido.
En ese momento, el bebé del carrito comenzó a gimotear y Lorraine se apresuró a cogerlo en brazos, arrullándolo con ternura hasta que se calmó. Después, la pequeña comenzó a mirar a su alrededor con curiosidad, hasta que centró su atención en él.
Arthur contuvo el aliento. Aquella criatura era una niñita preciosa, de rizos cobrizos y ojos de gato, idénticos a los de Lorraine. Miró a la muchacha, a la espera de que dijera algo que confirmara sus sospechas.
—Arthur, te presento a Fiona —indicó la muchacha, tuteándolo—.
Es mi hija —añadió con voz orgullosa—. Dejemos las cosas claras.
Me vi obligada a prostituirme para poder sobrevivir, pero no soy una prostituta y me niego a que se me trate como tal.
Ya no —declaró con el mentón alzado y sin rastro de vergüenza—.
Estoy luchando para salir adelante honradamente, para que, cuando mi hija crezca, se enorgullezca de que sea su madre.
Así que, si solo buscas una relación sexual, deja de perder el tiempo conmigo, porque no soy la mujer que necesitas.
Arthur quedó mudo de asombro. El coraje que había tras sus palabras le había despojado de razón; nunca había conocido a alguien así.
En su mundo, la sinceridad era una cualidad fuera de lugar, un inconveniente en la mayoría de los casos.
Que aquella muchacha, que no era más que una chiquilla, tuviera tantos arrestos como para decirle todo aquello a la cara era digno de admiración.
¿Que si buscaba una relación sexual con ella?
Por supuesto. Pero no solo eso. Lo quería todo de ella.
Le atraían su fuerza, su honestidad, su coraje.
La noche en la que se habían conocido había sido mágica y necesitaba averiguar si aquella magia era real.
Así que, sin pensárselo más, tomó una decisión de corazón.
—¿Puedo cogerla?
—¿Perdón?
—¿Me permites coger a Fiona en brazos?
La muchacha lo miró asombrada, sin reaccionar.
—La niña… —insistió Arthur, divertido.
—Sí, sí, claro —balbució azorada, entregándole con torpeza a la pequeña—. Pero a lo mejor se pone nerviosa. No le gustan los extraños.
Arthur la cogió con cautela, de forma que los ojos de ambos quedaron a la misma altura, cara con cara. Los dos se estudiaron con curiosidad. Y, para su sorpresa, la niña le tiró del bigote y comenzó a reír de puro deleite cuando él se quejó.
—¡Fiona! Eso no se hace —la regañó Lorraine avergonzada—. Perdona, Arthur, solo tiene ocho meses y…
Pero Arthur no le prestó atención.
—Así que te gustan los bigotes, ¿eh, diablillo? —gruñó teatralmente—. Pues ya verás…
Y restregó el bigote por el cuello de la pequeña, haciéndole cosquillas y provocando nuevas carcajadas.
Cuando volvió a levantar la cabeza, Lorraine lo miraba con fijeza.
—Eres un hombre increíble —musitó la muchacha.
—Lo mismo opino yo de ti.
—¿También crees que soy un hombre increíble?
—No —replicó él, súbitamente serio—. Creo que eres una mujer increíble. Excepcional. Y sería un tonto si te dejara escapar.