Capítulo 16 #2
—Y heredé el prostíbulo —confesó Kathleen con una sonrisa rígida—. Ahora lo dirijo yo.
Samantha la miró con la boca abierta.
—Antes de que te escandalices más, debo decir que yo no quería hacerlo, pero vino a verme un detective de Scotland Yard y me chantajeó para que buscara unos documentos que supuestamente tenía mi tía —explicó casi sin respirar—, así que me vi obligada a…
—¿Te chantajeó con qué? —interrumpió Samantha, consternada.
—Con publicar en la prensa sensacionalista mi verdadero origen y lo de El Jardín Secreto. Piensa en lo que…
—¿El Jardín Secreto? —volvió a interrumpir Sam.
—Es como se llama mi burdel.
—Ya, tu burdel.
Kathleen detectó un tono extraño en la voz de Samantha.
—Bueno, en realidad ahora ya no es un burdel. Lo he convertido en un club erótico para caballeros.
—Entiendo, un club erótico. —Samantha se aclaró la garganta—. ¿Y cuál se supone que es tu verdadero origen? —preguntó levantando una ceja.
Kathleen tragó saliva. Conocía a Samantha lo suficiente para saber que estaba enfadada. Muy enfadada. Sin embargo, ya no había vuelta atrás. Había ocultado la verdad a su amiga durante demasiado tiempo y por fin había llegado el momento de sincerarse por completo.
«De perdidos al río», se dijo.
—Mi apellido es Sweeney, no Swan. La historia de mi familia que conté en la Academia Carlston no era cierta —confesó con un suspiro—.
Nací en Londres, en Whitechapel. No conocí a mi padre y mi madre era…
bueno, se ganaba la vida como podía. Si acabé en el internado fue gracias a mi tía, que conocía a la señora Carlston.
Entre ellas crearon una coartada para mí que había mantenido hasta entonces —explicó casi sin respirar.
»Al heredar el burdel, he conocido a un montón de chicas que no tuvieron la misma suerte que yo y han acabado trabajando como prostitutas —prosiguió—.
La mayoría son buenas chicas y me gustaría ayudarlas a encontrar una vida mejor, pero necesito tu ayuda —añadió, y en su mirada había un brillo de súplica.
Siguió hablando y le contó todo lo acaecido desde el fallecimiento de su tía, todo menos las visitas de Nicholas a El Jardín Secreto.
Samantha se quedó callada durante unos segundos, asimilando sus palabras.
—Así que nuestra amistad ha sido una farsa desde el principio —susurró con la cabeza gacha.
A Kathleen se le rompió el corazón por haberla herido de aquella manera.
—No hay nada más verdadero que nuestra amistad —aseguró, y le cogió el rostro con las manos para que pudiera mirarla a los ojos y ver que no mentía—. Lo único falso fue la historia sobre mi pasado.
—¿En serio crees que a mí me importa tu origen?
—Debería importarte. Si se descubre la verdad y se llega a saber hasta qué punto me he relacionado con tu familia, os salpicará el escándalo —afirmó Kathleen con pesar—. Ahora entiendes por qué nunca podría casarme con Nicholas.
—Por ahora entiendo por qué me mentiste sobre tu origen, y te perdono por eso —replicó pensativa—.
Supongo que yo, en tu situación, habría hecho lo mismo —admitió con un encogimiento de hombros—.
Pero eres la dueña de un burdel desde hace casi dos meses y me lo has ocultado todo este tiempo —acusó airada—.
Y seguro que me lo cuentas ahora solo porque necesitas mi ayuda para algo.
El sonrojo avergonzado de Kathleen confirmó sus sospechas.
—No me esperaba esto de ti —exclamó Samantha con el ceño fruncido—. No me parece nada bien cómo te has comportado. Soy tu mejor amiga, ¿cómo has podido hacerlo? —preguntó con enojo.
Aquel rechazo le dolió en el alma, y las lágrimas que llevaban tiempo amenazando con desbordarse empezaron a rodar por sus mejillas.
—Yo… lo siento, Sam. Ha sido un error pedirte ayuda para algo así, pudiendo peligrar tu reputación —se disculpó con voz rota al tiempo que se levantaba del banco—. Entiendo que ya no quieras continuar siendo mi amiga ahora que mi vida…
—No entiendes nada, Kathleen —bufó Samantha, cogiéndola de la mano, y de un tirón la hizo sentarse de nuevo en el banco—.
Lo que me molesta es que me lo hayas ocultado hasta ahora.
Estas semanas han sido un infierno de aburrimiento; lo más interesante que me ha pasado ha sido ver florecer las rosas, y tú, mientras tanto, has estado viviendo una aventura increíble.
¡Es totalmente injusto! —protestó enfurecida—.
De haberlo sabido, habría buscado una excusa para quedarme en Londres y ayudarte.
—¿Estás loca? No quiero que tu nombre pueda verse envuelto en El Jardín Secreto. Tienes que cuidar tu reputación.
—Amicae in aeternum. ¿Acaso lo has olvidado? En lo bueno y en lo malo. Además, al cuerno con mi reputación —exclamó enojada—. Estoy cansada de que todos me digan lo que tengo que hacer. Quiero venir a vivir a Londres y luchar por mi sueño.
Samantha soñaba con ser periodista, algo complicado para la hija de un duque, aunque estaba determinada a lograrlo.
—Además, si tanto te preocupan las reputaciones, ¿qué hay de la tuya? —prosiguió.
—Intento protegerla al máximo, pero por ahora estoy en manos del detective Roberts. Cuando consiga lo que quiere, me dejará en paz —dijo convencida—. Y entonces podré rehacer mi vida.
—¿Y para qué necesitas mi ayuda? ¿Es algo ilegal? —preguntó Samantha con cautela.
—Por supuesto que no. No te pediría nada ilegal —le aseguró Kathleen con seriedad—. Los Richmond sois muy influyentes en la sociedad, conocéis tanto a aristócratas de rancio abolengo como a las nuevas fortunas. Necesito vuestros contactos y vuestra recomendación.
—¿Para qué exactamente?
—Necesito colocar a varias de mis chicas.
Encontrarles un trabajo respetable en casa de una buena familia que no se aproveche de ellas.
Son jóvenes y guapas, y están acostumbradas a que las maltraten.
Les estoy enseñando a leer y a escribir —explicó la muchacha con una sonrisa—; son chicas listas y aprenden rápido.
Sé que para entrar en el personal de servicio de una casa se piden referencias, y ahí es donde necesito tu ayuda.
—Pero si proporciono referencias a las chicas y les encuentro trabajo, ¿cómo vas a poder sacar adelante El Jardín Secreto?
—Eso es lo mejor. Es un proyecto cíclico —aclaró Kathleen con una sonrisa—. Cada vez que le encuentres trabajo a una, tendremos que rescatar a otra chica de la calle para sustituirla. Imagina a cuántas podríamos ayudar —añadió con entusiasmo.
—Es brillante, Kat —aprobó Samantha con admiración—. Cuenta conmigo para todo lo que necesites. Pero voy a pedirte una cosa a cambio de mi ayuda.
Kathleen la miró con precaución, temiendo su petición.
—Déjame ir una noche a El Jardín Secreto.
—¿Estás loca? Ni hablar —negó Kat con rotundidad—. Ese lugar no es adecuado para una dama.
—¿Y por qué vas tú entonces?
—Por la misma razón por la que debo romper el compromiso con tu hermano —murmuró Kathleen con tristeza—. Porque nunca he sido una dama.