Capítulo 16
A la mañana siguiente, Kathleen acudió a una importante cita en Hyde Park. Se sentó en un banquito a orillas del lago Serpentine y disfrutó de los primeros rayos de sol que se dejaban ver después de dos días de lluvia, del intenso aroma a hierba húmeda y del azul del cielo.
Se concentró en dar de comer a los patos que danzaban juguetones sobre el agua y en observar a las parejas que paseaban despreocupadamente en barca mientras reflexionaba sobre sus preocupaciones.
El eco de las palabras de Nicholas resonaba en su mente.
«Tú eres la primera mujer que beso desde hace dos años».
Si eso era cierto —y no tenía por qué mentir ante Diana—, el beso que habían compartido dos años atrás había significado más para él de lo que ella había creído.
Pero entonces, ¿por qué se había marchado con aquella amenaza velada y no le había escrito ninguna carta interesándose por ella o, al menos, contándole sus viajes, como sí había hecho con su familia?
Samantha le había dicho que recibía una carta de su hermano una vez al mes.
Kathleen se había sentido herida al no recibir ninguna.
Actuando de ese modo, había dado a entender que ella no le importaba y que el compromiso terminaría a su vuelta.
«Disfruta de los próximos dos años de reinado, pequeño peón. A mi regreso, seguiremos jugando esta partida».
Después de una despedida como aquella, ¿por qué se había mantenido fiel a aquel beso?
No lo comprendía y no podía pedirle explicaciones en el papel de Diana. Debía enfrentarse a él como Kathleen, aclarar las cosas de una vez y poner punto final a aquel absurdo compromiso.
De cualquier forma, si le contaba que ella era, en realidad, Diana, todo acabaría entre los dos. Nicholas no querría volver a verla de ninguna manera. Y ese era el mayor dilema de Kathleen, pues, en el fondo, no quería perderlo.
Había una posible solución que podría permitirle recuperar su antigua vida: encontrar la maldita libreta que necesitaba el detective Roberts, entregársela y dejar El Jardín Secreto en manos de Connor, haciendo desaparecer a Diana para siempre.
Sin embargo, Kathleen estaba tan implicada con las chicas de allí, con las clases que les daba y con el proyecto que tenía en mente, que no se veía capaz de abandonarlas sin más.
Tenía un plan para ayudar a las «flores» de El Jardín Secreto a cambiar de vida.
La primera parte había sido sencilla. Connor había organizado El Jardín Secreto de manera que, para funcionar adecuadamente, se necesitaba un total de veinte muchachas para sacar adelante tanto los espectáculos como el servicio de mesas.
Eso había proporcionado a Kathleen la excusa perfecta para rescatar de Whitechapel a diez chicas más, que, sumadas a las otras diez que ya formaban parte de la plantilla, completaban la veintena.
La segunda parte del plan estaba resultando más laboriosa.
Como la mayoría de las chicas eran analfabetas, lo principal era enseñarles a leer y a escribir.
Darles una educación, reforzar su autoestima y hacerles comprender que se les iba a ofrecer la posibilidad de cambiar de vida.
Algunas estaban entusiasmadas con la idea de dejar atrás aquella existencia.
Otras, en cambio, parecían conformarse con la suerte que les había tocado.
Pero Kathleen era perseverante. Todos los días les daba una charla sobre el valor de las personas y la dignidad.
Tal vez, a fuerza de oírlo, al final el mensaje terminara calando.
La tercera parte era más delicada, puesto que necesitaba ayuda externa. Alguien con contactos. Un hada madrina que moviera los hilos necesarios para dar una oportunidad a sus chicas y conseguirles un buen trabajo. Kathleen sabía quién era la persona idónea para ello.
De pronto escuchó que gritaban su nombre y reconoció la voz de lady Samantha Richmond. Cuando levantó la vista, la vio a unos veinte metros, saludándola con un movimiento efusivo de la mano que la hizo sonreír.
Entonces Sam azuzó a su briosa yegua blanca en dirección al lugar donde Kathleen la esperaba.
Kathleen observó divertida a su amiga mientras se acercaba.
Samantha era una imagen digna de contemplar.
Toda una beldad, con sus cabellos oscuros como el chocolate y unos enormes ojos grises, tan brillantes como la plata.
Tan parecidos a los de Nicholas que Kathleen tuvo que contener un suspiro.
Llevaba un elegante vestido de montar azul oscuro que acentuaba su estilizada figura y realzaba sus suaves curvas.
Una sonrisa encantada delineaba sus labios, haciendo aparecer un pícaro hoyuelo en su mejilla izquierda.
El mismo hoyuelo que aparecía en la mejilla de Nicholas cuando sonreía.
Los incidentes no tardaron en sucederse.
Un joven que conducía una bicicleta se quedó tan embelesado con la muchacha que acabó cayendo de cabeza en el estanque.
Un caballero que montaba a caballo se despistó y terminó en el suelo tras golpearse con una rama baja de uno de los árboles del parque.
Dos hombres que paseaban se quedaron embobados y acabaron chocando de frente el uno contra el otro.
Cuando Samantha llegó hasta el banco, Kathleen estaba riendo a carcajadas.
Su amiga la miró con una sonrisa interrogante.
—¿Qué te hace tanta gracia, Kat?
—Tú, por supuesto —dijo con cariño—. Eres como una plaga para los hombres. A tu paso siembras el caos y nunca dejas a ninguno en pie.
Samantha miró a su alrededor sin comprender, ajena a lo que había ocurrido.
Esa era una de las cosas que más le gustaban de ella.
Era completamente inconsciente de su belleza o, más bien, del efecto que provocaba.
Viniendo de una familia de legendaria hermosura, para ella la belleza no era una cualidad digna de mención.
Su madre había sido la gran beldad de su época; su padre, uno de los hombres más apuestos de Inglaterra; y sus hermanos...
Bueno, para Kathleen, Nicholas siempre había sido el paradigma de la perfección.
Las dos muchachas se fundieron en un cariñoso abrazo.
—No tienes ni idea de lo que te he echado de menos ni de lo mucho que me he aburrido en Bellrose House sin ti —exclamó Samantha con un triste mohín—.
Menos mal que he conseguido que mi padre me deje venir a Londres de compras para la próxima temporada —continuó—.
Su vena protectora está volviéndome loca.
Me ha tenido casi recluida. No sé por qué piensa que todos los hombres a mi alrededor caen rendidos al verme y que ninguno es digno ni de limpiarme los zapatos.
Y mis hermanos están demostrando ser casi peores.
Las dos jóvenes se sentaron en el banco, inmersas en una animada conversación.
—¿Cómo está tu familia?
—Muy bien. Mis padres, tan enamorados como siempre —afirmó la muchacha poniendo los ojos en blanco—. Es vergonzoso que a su edad sigan dándose besos y arrumacos por los rincones de la casa. La forma en que se miran...
—A mí me parece envidiable —suspiró Kathleen—. Amar tan intensamente y ser amada de la misma manera, año tras año.
—A mí me parece frustrante —objetó Samantha—. Después de ser testigo de una relación tan intensa, de verdadero amor, no podría conformarme con menos para casarme con alguien. Y, por ahora, no he conocido a nadie que me haga sentir así. La verdad es que te envidio.
—¿A mí? —preguntó Kathleen extrañada—. ¿Por qué?
—Porque siempre has tenido claro quién era el hombre de tu vida.
Kathleen la miró sorprendida.
—¿Y quién se supone que es? —preguntó desconcertada.
—Nicholas, por supuesto.
—Estás loca. ¿Cómo has llegado a semejante conclusión?
—Te conozco. Estás enamorada de mi hermano desde los diez años.
No parabas de seguirlo con la mirada allá donde fuera —explicó Samantha con seguridad—.
Se te iluminaba el rostro cada vez que hablabas con él.
Para ti siempre ha sido Nicholas —concluyó con una sonrisa—.
Y mi teoría quedó demostrada con el beso que presencié hace dos años.
—No quiero hablar de eso.
—Pues yo creo que ya es hora de que afrontes tus sentimientos —repuso Samantha.
—Sam, eso ya no tiene importancia. En cuanto vea a tu hermano, voy a poner fin al compromiso —confesó Kathleen, más resuelta de lo que se sentía.
—No puedes hacer eso. Estáis hechos el uno para el otro.
—Aunque eso fuera cierto, que no es el caso, mi vida se ha complicado bastante desde que mi tía falleció.
No puedo seguir comprometida con tu hermano y, ya puestos, lo más sensato es que me mantenga alejada de ti y de tu familia —añadió con voz ahogada, cuando la garganta se le cerró por la congoja.
Samantha dio un respingo como si la hubiese abofeteado.
—Si piensas que voy a dejar que me apartes de tu vida, es que no me conoces en absoluto —declaró.
—No tienes ni idea de…
—Pues cuéntamelo —la cortó Samantha en tono airado—. Sé que me estabas ocultando algo por la forma en que me evitabas, pero quería darte tiempo para que te sinceraras conmigo. ¿Y ahora pretendes romper nuestra amistad sin darme siquiera una explicación?
—Lo último que quiero es romper nuestra amistad —musitó Kathleen, y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿Entonces?
—Quiero protegerte.
—Ya tengo un batallón de personas dispuestas a hacerlo, pero solo una amiga como tú —repuso Samantha, y le cogió la mano para estrechársela—. Cuéntame qué está ocurriendo y yo decidiré qué hacer.
Kathleen respiró hondo mientras buscaba la forma de contarle a su amiga todas las novedades de su vida sin escandalizarla demasiado.
—Sabes que mi tía Heather pagaba mi educación y todos mis gastos —empezó—. Siempre me dijo que el dinero lo había heredado de su difunto marido, pero no era verdad. Mi tía… era dueña de un prostíbulo.
Los ojos de Samantha se abrieron como platos.
—De ahí es de donde sacaba el dinero: de un burdel.
—Bueno, Kat, tú no tienes la culpa de eso. Lo que hiciera tu tía no debe afectarte negativamente. Lo importante es que eres una buena chica y...