Detrás de la máscara Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Nicholas esperaba encontrarla sentada ante el escritorio o en uno de los cómodos sofás, por eso se sorprendió al hallarla de rodillas en el suelo, con la cabeza metida debajo de un curioso mueble de madera lleno de cajoncitos y compartimentos.

—Por favor, señora Veillard, entreténgalo un poco —murmuró la mujer, sin sacar todavía la cabeza de su escondite.

Parecía estar buscando algo.

—Debe de haber un maldito resorte por algún sitio —musitó para sí.

—¿Necesitas ayuda ahí abajo?

La muchacha se incorporó de repente, sobresaltada, y se golpeó la cabeza con un ruido seco.

—¡Auuu! —gimió de dolor mientras salía de debajo del mueble con cautela y se masajeaba la zona magullada—. A este paso no hará falta un martillo; entre Connor y yo romperemos el secreter a cabezazos —refunfuñó mientras se ponía en pie y se alisaba la falda con las manos.

Entonces, ya recompuesta, cuadró los hombros y lo encaró.

—Podías haberte anunciado con menos sobresalto —lo reprendió con un mohín que hizo que Nicholas centrara su atención en sus suculentos labios—. Para ser un marqués, tus modales dejan bastante que desear.

—También me ha sorprendido este recibimiento tan poco convencional —replicó Nicholas, divertido por el reproche—. Siéntate y déjame ver dónde te has golpeado —indicó, tomándola del brazo para conducirla hasta uno de los sillones.

La muchacha obedeció en silencio, observándolo con cautela con aquellos ojos oscuros.

Nicholas palpó con delicadeza su cabeza, sintiendo bajo los dedos la seda de su cabello, hasta dar con un pequeño abultamiento en el cuero cabelludo.

—No hay herida, solo una contusión —afirmó en un murmullo ronco.

La cercanía de la mujer y su delicado aroma a jazmín lo estaban afectando intensamente, tal y como había ocurrido la noche anterior. Observó su rostro, cubierto casi por completo, y se preguntó por enésima vez qué secretos escondería detrás de aquella máscara.

La noche anterior, ella le había pedido respeto, consideración y galantería, y él había vuelto con la intención de ofrecérselos.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó a bocajarro, antes de pensar lo que estaba diciendo.

Era una pregunta completamente inapropiada, una auténtica falta de educación, y mentalmente se dio una patada en el trasero.

Diana lo sorprendió con una cálida carcajada que le entibió el alma.

—Vaya, creo que has pasado demasiado tiempo en países con unos modales distintos a los nuestros. Los ingleses no somos tan directos.

—¿Cómo sabes que he estado viajando?

La muchacha se puso seria de pronto.

—Bueno, me gusta estar informada de los hombres que me besan —murmuró al cabo.

—¿Y son muchos los hombres que te besan? —inquirió Nicholas, clavando la vista en sus labios con un brillo posesivo.

—No demasiados —respondió ella con sencillez.

La respuesta lo satisfizo. Era estúpido sentirse celoso o posesivo con una mujer como aquella, pero no podía evitarlo. La noche anterior, al probar sus labios, había descubierto una nueva adicción. Eran dulces y apasionados, tan parecidos a los de Kathleen…

«Detente», se dijo.

Era una locura que, después de dos años, siguiera obsesionado por el beso de una cría que le había sacado de quicio desde que la conoció. Así que se obligó a concentrarse en la misteriosa mujer que tenía delante y que lo observaba con curiosidad.

—¿Has besado tú a muchas mujeres últimamente?

—La verdad es que tampoco. Tú eres la primera mujer que beso desde hace dos años —confesó, un tanto incómodo.

—No puede ser —musitó la mujer, conmocionada, mientras negaba con la cabeza una y otra vez—. ¿Por qué? ¿Por qué harías algo así? —preguntó con voz trémula al tiempo que levantaba una mano temblorosa para rozarse los labios con la yema de los dedos.

Parecía que la pregunta iba dirigida a sí misma y no a él.

De cualquier forma, Nicholas no sabía cómo responder, así que ni lo intentó.

Ignoraba por qué no había sido capaz de besar a otra mujer desde el beso que compartió con Kathleen.

No solo porque, al estar prometido, le pareciera incorrecto, sino porque no había deseado a ninguna otra mujer… hasta Diana.

Así que se limitó a tomarle la mano y besar con ternura la punta de cada dedo, después la palma y la muñeca, para ir ascendiendo por el brazo hasta el hombro. Besó su cuello, su mandíbula, mordisqueó el lóbulo de la oreja y, por último, se adueñó de su boca.

Empezó siendo un beso perezoso, pausado, lento, avivando el fuego despacio, leño a leño, hasta que prendió una llama que los consumió a ambos. Pero Nicholas necesitaba más. Quería acariciar la seda de su piel nacarada, explorar los montes y los valles de su cuerpo y, sobre todo…

—Déjame ver tu rostro —musitó entre beso y beso—. Quítate la máscara —le susurró con tono persuasivo.

—No, no puedo —replicó con un suspiro—. Todavía no —añadió, apartándose de él.

Nicholas la dejó alejarse en un intento de recuperar el control.

—Sabes que, tarde o temprano, vas a tener que hacerlo.

—Sí, lo sé —convino ella con seriedad—. Pero me da miedo que, cuando lo haga, salgas corriendo.

Nicholas se rio ante aquel disparate.

—Preciosa, algo me dice que, cuando me dejes ver tu rostro, lo que haré será abalanzarme sobre ti.