Detrás de la máscara Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

A los que tenían piojos les aconsejó frotarles el cuero cabelludo con vinagre blanco.

Para las picaduras de pulgas que todos presentaban, indicó tratarlas con una mezcla de miel y limón.

Para los moratones de algunos niños, recomendó tintura de árnica.

Y, lo más importante, una buena alimentación, descanso y mucho, mucho cariño.

—Creo que puedo contactar con un par de familias que quizá estén interesadas en adoptar a alguno de los pequeños.

—¿De veras? Eso sería maravilloso —exclamó ella con una sonrisa radiante.

—¿Sabes que Nicholas ha regresado? —preguntó Joshua de repente.

Kathleen esperaba que surgiera ese tema, pero no tan bruscamente.

—Algo he oído —respondió, esquiva.

—¿Puedo estar presente cuando le digas que se va a convertir en padre de familia antes de lo que espera? —inquirió con una sonrisa pícara.

Kathleen le dirigió una mirada asesina.

Cuando Joshua se marchó, Kathleen se dejó caer en uno de los sofás de la biblioteca con un suspiro cansado.

Después de un día lleno de novedades, los niños por fin habían caído presa del sueño y un bendito silencio reinaba en la casa.

Cerró los ojos por un momento, disfrutando de aquella tranquilidad.

—Se… señorita —balbució una pequeña voz infantil—. ¿Está dormida?

Kathleen abrió los ojos al instante y se encontró con la dulce carita de Susie, la pequeña de cinco años que siempre andaba cuidando de los bebés.

—Hola, Susie, creía que estabas dormida. ¿Hay algo que te preocupe? —preguntó con dulzura ante el nerviosismo de la pequeña.

—¿Es verdad que usted salva niños? —preguntó dubitativa.

Kathleen no supo muy bien qué contestar.

—Os he salvado a vosotros, así que supongo que sí.

Por un momento, los enormes ojos azules de la pequeña se llenaron de esperanza.

—Entonces, ¿puede salvar a mi hermana?

—¿Tienes una hermana?

—Se llama Grace —explicó la pequeña—. Vivía en la granja con nosotros, pero se la llevaron hace dos días.

—¿Quién se la llevó?

—Dos hombres malos —murmuró la niña con un temblor—. Los niños que se llevan nunca vuelven.

Un escalofrío estremeció el cuerpo de Kathleen.

—¿Sabes adónde se los llevan?

La niña lo pensó durante unos segundos, mordiéndose el labio.

—A casa de Gretta —recordó por fin—. Dijeron que se la llevaban a casa de Gretta.

Los ojos de la niña la miraron como si Kathleen fuera capaz de mover montañas.

—Usted puede salvarla, ¿verdad? —insistió.

Y Kathleen fue incapaz de decirle que no.

***

Aquella tarde, Nicholas regresó a casa de Kathleen con la esperanza de poder verla por fin, pero volvió a encontrarse con la muralla infranqueable de su mayordomo.

—¿Qué desea? —preguntó, mirándolo con una ceja arqueada, como si no lo hubiera visto nunca.

—Buenas tardes. Vengo a ver a la señorita Swan.

—¿A quién debo anunciar?

—Ya vine ayer y le dejé mi tarjeta —le recordó Nicholas, exasperado—. Soy el marqués de Dunmore.

—¿Y su nombre? —insistió, imperturbable.

—Nicholas Richmond —gruñó entre dientes.

Vio con asombro la cabecita de un niño que se asomaba por detrás de las piernas del sirviente. El pequeño lo observó con curiosidad, levantando una ceja en un claro reflejo de la estoica expresión del mayordomo.

—Espere aquí un momento —solicitó el hombre.

Y, antes de que pudiera reaccionar, le había cerrado la puerta en las narices, dejándolo en la calle. A él. Al marqués de Dunmore. Era inconcebible.

Al cabo de un minuto, la imperturbable figura abrió de nuevo la puerta.

—Lo siento, lord Dunmore. La señorita Swan no recibe visitas hoy.

Nicholas lo miró primero con asombro y luego con irritación.

—Eso no puede ser. Debe recibirme. ¿Le ha dicho quién era yo?

—Por supuesto, milord. Tengo una excelente memoria. Pero la señorita Swan tiene jaqueca y no está de humor para recibir a nadie.

—¿Que no está de humor? —masculló indignado.

Bueno, siendo sinceros, era previsible que su prometida estuviera molesta con él. Después de todo, la había ignorado por completo durante los dos últimos años. Nicholas no esperaba que lo recibiera con los brazos abiertos, pero sí que lo recibiera.

Por detrás del mayordomo vio pasar corriendo a una pequeña de unos dos años, seguida de cerca por otro niño moreno.

—Si no recibe visitas, ¿de quién son esos niños? —preguntó, frunciendo el ceño.

—No entiendo a qué niños se refiere.

—Acabo de ver a dos pequeños correteando por dentro y antes había un crío pegado a sus piernas —aclaró Nicholas, a un paso de perder la paciencia.

—¿Ha estado mirando a hurtadillas el interior de la casa, lord Dunmore? —preguntó el mayordomo con una ceja levantada, mirándolo con censura.

—Bueno, no. Yo… Simplemente han pasado por ahí y los he visto —balbuceó, confundido.

—Si me disculpa, milord, debo atender mis obligaciones en la casa. Ha sido un placer volver a verlo.

Y, sin más dilación, volvió a cerrarle la puerta en las narices, dejándolo confundido y avergonzado.

Era absurdo que un simple mayordomo hubiera conseguido alterarlo de aquella manera, pero Nicholas se pasó el resto de la tarde dándole vueltas a aquel breve encuentro.

Todavía pensaba en ello cuando, aquella noche, tal y como había prometido, acudió de nuevo a El Jardín Secreto en busca de Diana.

En cuanto cruzó las puertas de entrada, una amable mujer de marcado acento francés le informó de que Diana lo aguardaba en la biblioteca. Lo acompañó solícita y le abrió la puerta para dejarlo pasar.

—Diana, lord Dunmore ya ha llegado —anunció, dejándolos a solas.