Detrás de la máscara Capítulo 15
55%

Capítulo 15

Kathleen amaneció aquel día con el alegre sonido de risas infantiles. Se puso uno de sus sencillos vestidos de medio luto y salió de la habitación con ánimos para enfrentarse a un nuevo día.

Para Kathleen, que había perdido a su tía, el luto era mucho menos estricto.

Para ese tipo de parentescos se establecía un periodo de entre tres y seis meses, dependiendo del vínculo.

Como ella no había estado muy unida a su tía y, en realidad, tampoco acudía a ningún evento social, había decidido guardar solo un mes de luto riguroso y un mes más de medio luto.

Después de todo, que la criticaran por eso era lo que menos le preocupaba. En ese momento, su principal preocupación era la docena de niños que había adoptado impulsivamente.

La estoica figura de Andrew la esperaba al pie de la escalera.

—Señorita Swan, el desayuno está servido en el comedor —anunció con voz impasible.

—Gracias, Andrew —respondió Kathleen, conteniendo una sonrisa.

Era digno de admiración que el mayordomo se mantuviera imperturbable mientras un pequeño de unos cuatro años colgaba de su pierna, aferrado a ella como un monito. Aun así, Kathleen sintió la necesidad de explicarse.

—Andrew, hasta ahora su trabajo ha sido excelente y sé que todo esto ha alterado la tranquilidad de la casa. Por eso quiero que sepa que tanto a usted como a Mary les recompensaré con un generoso aumento de sueldo.

Algo brilló en la mirada del hombre: una sombra de gratitud y respeto que no llegó a reflejarse en su rostro pétreo.

—Si me permite ser sincero, agradezco el aumento, pero quiero que sepa que no era necesario.

Seguiría trabajando para usted aunque no me lo diera —admitió con voz grave—.

Es un honor servir a una persona tan buena, considerada y amable como usted, sobre todo sabiendo lo que está haciendo por estos niños.

La confesión del mayordomo la hizo sentir que aquella locura quizá no era tan descabellada después de todo. Impulsada por la gratitud, le dio un suave beso en la mejilla, ganándose sin saberlo no solo la lealtad del hombre, sino también su cariño.

Cuando entró en el comedor, se llevó una mano a la frente, consciente del lío en el que se había metido al ver a los diez diablillos correteando por la estancia.

Cuando sacaron a los niños de la granja, se habían mostrado dóciles y tranquilos, tal vez debido a la falta de energía provocada por la desnutrición.

Sin embargo, después de una cena saludable —y no demasiado copiosa para que no les sentara mal—, un buen baño, durante el cual descubrieron para su horror que la mayoría tenía piojos, y un largo sueño reparador en camas con sábanas limpias y mullidos colchones, los pequeños parecían haberse levantado con una vitalidad desbordante.

Era como si hubieran intuido que en aquel lugar nadie iba a maltratarlos, porque habían pasado de observarlo todo con absoluta cautela a explorar atrevidamente hasta el último rincón de la casa.

Mary y Lorraine iban de aquí para allá, evitando que los pequeños pudieran hacerse daño. La señora Veillard había dejado a un lado sus responsabilidades en El Jardín Secreto y ayudaba a las dos mujeres en todo lo posible.

Las edades eran difíciles de determinar debido al grado de desnutrición que presentaban.

Había dos niñas y tres niños de unos dos años, que volvían locas a las mujeres trastabillando con sus piernecitas todavía inestables; dos niñas y un niño de unos tres años, que jugaban al escondite bajo la mesa del desayuno; un niño de cuatro que, por el momento, no se despegaba de la pierna de Andrew; y, por último, la pequeña de cinco años que había estado cuidando de los bebés y no les quitaba el ojo de encima, como una gallina a sus polluelos.

La pequeña Fiona, de ocho meses, gateaba curiosa persiguiendo a sus compañeros de juegos bajo la amorosa y atenta mirada de su madre.

Kathleen contemplaba toda la escena desde la entrada con una mezcla de horror y fascinación, preguntándose cómo se había complicado tanto su vida en tan poco tiempo.

Si no tenía bastante con ser responsable de las personas que trabajaban en El Jardín Secreto, ahora, además, se había convertido, con tan solo dieciocho años, en la tutora de una docena de criaturas.

—Eres admirable —afirmó Lorraine, situándose a su lado.

—Estoy loca.

—Entonces eres una loca admirable —convino ella con una sonrisa.

Desde que vivían en la misma casa, las dos muchachas se habían convertido en buenas amigas.

—¿Cuáles son tus planes?

—¿Planes?

—Te conozco desde hace poco, pero tu mente no deja de trazar planes para mejorar la vida de la gente que te rodea.

—Aunque no te lo creas, en este caso no tengo ninguno —confesó Kathleen con un suspiro—. Al menos, todavía.

Había actuado dejándose llevar por los sentimientos, no por la razón. Aún estaba demasiado conmocionada para poder reflexionar sobre ello.

—Seguro que se te ocurre algo —dijo su amiga con absoluta confianza.

Esa confianza ciega que todos depositaban en ella era otra fuente constante de preocupación. Tenían la absurda idea de que Kathleen podía resolver cualquier problema y, aunque por fuera se mostrara segura y capaz de enfrentarse a todo, por dentro era un mar de dudas y temores.

—Hay un par de niños a los que sería conveniente que viera un médico; se los ve muy frágiles —comentó la señora Veillard, acercándose a ellas.

—Sí, ya he avisado al doctor Richmond para que nos haga una visita lo antes posible. Quiero que los examine a todos —murmuró Kathleen con voz dura, pues algunos de los niños presentaban señales de haber sido maltratados físicamente.

—¿El doctor Richmond? ¿El hermano de tu marqués?

—Sí, trabaja en el Great Ormond Street Hospital.

El Great Ormond Street Hospital era un hospital dedicado en exclusiva a los niños; de hecho, era el primer hospital infantil creado en Inglaterra.

Era todo un honor trabajar como doctor allí, sobre todo para un hombre tan joven como Joshua Richmond.

El joven médico era una fuente de orgullo para su familia.

—Tiene un don especial con los niños —aclaró Kathleen.

—Y con las mujeres —rio Lorraine—. Ese hombre es demasiado hermoso para ser real —exclamó con un suspiro teatral.

—Seguro que también lo adoran los animales —bromeó la señora Veillard.

—Y mis plantas crecen esplendorosas —comentó una voz profunda a sus espaldas—. No hay criatura en el planeta que se resista a mis encantos.

Las tres mujeres se giraron sorprendidas y se encontraron de cara con el apuesto doctor Richmond, que las miraba divertido. El guiño que les dedicó acentuó el intenso sonrojo que cubrió sus rostros.

—El doctor Richmond ha llegado —anunció Andrew con su habitual templanza, que no se alteró ni por las miradas asesinas que le dedicaron las tres mujeres por no haberlas avisado con antelación.

—Kathleen, es un placer volver a verte —saludó con sinceridad y afecto.

Durante los años que se conocían, Kathleen había llegado a quererlo como a un hermano, y esperaba que el sentimiento fuera mutuo, porque iba a necesitar su ayuda y su discreción.

—Cuando he recibido tu nota, pensaba que habías enfermado, pero veo que me has llamado por…

La voz de Joshua se fue apagando poco a poco cuando se dio cuenta del revuelo que había en el comedor. Su mirada se endureció al observar el estado de fragilidad de algunos niños, con heridas y contusiones, señal de que habían sido golpeados.

—Por Dios, Kathleen. ¿En qué lío te has metido? ¿De dónde han salido estos niños? —inquirió con voz seria.

Lorraine y la señora Veillard se esfumaron al instante, dejando que Kathleen lidiara sola con el doctor.

—Mejor vayamos a la biblioteca y te lo explicaré todo con detalle —propuso Kathleen con una sonrisa rígida.

Lo condujo hasta la biblioteca en un tenso silencio. Ninguno de los dos habló hasta que se encontraron sentados cara a cara, separados por la mesa de escritorio. Kathleen fue directa al grano.

—Teniendo en cuenta que hemos requerido tus servicios como médico, doy por hecho que cualquier cosa que veas o de la que hablemos será tratada con absoluta confidencialidad —manifestó con tono cauteloso.

—El secreto médico está garantizado —confirmó Joshua—. Y ahora explícame por qué tienes la casa plagada de niños y de dónde han salido.

—Son niños que he rescatado de una baby farm de las afueras. Tengo los documentos de adopción que lo acreditan. Todo legal.

—¿Y qué hacías tú en un sitio así?

Kathleen estaba preparada para el interrogatorio.

—Fui a acompañar a una amiga a recoger a su bebé y, al ver en qué condiciones los tenían, no pude dejarlos allí —explicó. La voz se le tornó ronca cuando continuó su relato—. Tenías que haber estado allí; los tenían en un granero como animales, entre desechos y ratas, y al verlos yo…

—Eso lo puedo entender —musitó Joshua—. ¿Qué piensas hacer con ellos?

—Siendo sincera… no tengo ni idea —confesó la muchacha—.

Solo pensé en sacarlos de aquel infierno.

Supongo que lo mejor para ellos es buscarles un buen hogar con familias que los acojan.

Hasta entonces los voy a hospedar aquí. No les faltará cariño, ni comida, ni cuidados —aseveró Kathleen—.

Te he llamado porque quiero que los examines a todos a fondo; algunos parecen haber sido agredidos.

Joshua tardó más de una hora en examinar a todos los pequeños en la biblioteca. Iban pasando uno a uno para que el doctor los inspeccionara a conciencia.

Kathleen estaba con él, asistiéndole en lo que necesitaba, y así pudo ser testigo de primera mano de cómo Joshua se ganaba a los pequeños con absoluta facilidad.

Sus ojos eran un reflejo de bondad, su voz se tornaba un ronroneo amable, sus movimientos eran suaves y contenidos, y bromeaba con ellos para que se relajasen.

Los trataba con muchísima ternura y ellos le respondían con confianza.