Capítulo 14 #3
Cuando la vio, se le contrajeron las entrañas por el deseo.
Aquella noche, sus suaves curvas iban envueltas en terciopelo negro, y su suculenta boca volvía a lucir roja como una fresa madura.
El porqué de que aquella mujer en particular lo atrajera de una forma tan contundente era incomprensible para él.
Solo sabía que ardía en deseos de poseerla.
Tal vez fuera por la cualidad esquiva que intuía en ella, tan diferente de la del resto de mujeres que había en aquel lugar.
O por su forma de moverse, con la gracia y la elegancia de una leona, cuando, al tocarla, temblaba como un pajarillo asustado.
Lo tenía fascinado. Desde que la viera la noche anterior no había podido dejar de pensar en ella, de imaginar lo que escondería detrás de la máscara.
Una vocecilla dentro de él le hizo notar de nuevo que la causa de esa atracción podía deberse a su indudable parecido con Kathleen, pero Nicholas la desoyó con testarudez. Simplemente, su gusto se decantaba por las rubias de piel nacarada, suaves curvas y labios plenos.
—Será mejor que vaya a dar una vuelta para comprobar que todo está en orden —dijo Connor, levantándose.
Antes de irse, dirigió una intensa mirada de advertencia a Nicholas.
—Recuerde mi promesa, Dunmore.
—¿Y bien? ¿Qué juegos tengo que probar? —insistió Diana cuando MacDunne los dejó a solas.
Nicholas no contestó. Se levantó, le cogió la mano y la sacó de allí. No se detuvo hasta que llegaron a la biblioteca. Cerró la puerta después de que entraran, como una barrera que los separara del resto del mundo.
Solo ella y él.
Era el comienzo del segundo asalto.
—¿Ha pensado en mi propuesta?
—No había nada que pensar, milord. Ya le dije que no estoy en venta.
Nicholas la miró pensativo. Parecía una reina en medio de aquella habitación, con su porte orgulloso, el mentón en alto, desafiante, distante.
Irresistible.
—Me parece bien. Entonces dejemos el dinero aparte —dijo el marqués, acercándose a ella lentamente—.
Entre nosotros dos hay una atracción física notable.
Yo no la puedo controlar —murmuró con voz fascinada mientras deslizaba un dedo por debajo de su mentón—, y usted no la puede disimular —añadió ante el evidente temblor de la muchacha.
—¿Y qué si la hay? —preguntó Diana con voz hosca, apartándose de ese dedo explorador con un brusco movimiento.
A Nicholas le sorprendió que no lo negara. La miró confuso.
—Entonces, ¿por qué estamos perdiendo el tiempo? Vayamos a una de las habitaciones de arriba y demos rienda suelta a nuestro deseo. Nada nos lo impide.
—Nadie nos lo impide —corroboró la muchacha—, pero no quiero subir al piso de arriba.
Nicholas la miró con intensidad. Si ella no necesitaba una cama, por él no había inconveniente.
—Muy bien, pues que sea aquí entonces —susurró con voz cargada de deseo, y se apoderó de su boca en un beso abrasador, deslizando una mano posesiva hasta la nuca de la joven para acercarla a él.
Fue un beso pasional, incontrolado, tal vez demasiado intenso, pero, al posar sus labios sobre los de Diana, Nicholas perdió el control por segunda vez en su vida. Sumergido como estaba en su propio deseo, no se percató de que la muchacha se resistía.
La explosión de dolor que sintió en las ingles lo tomó desprevenido. Con un gemido agónico y la cara pálida, cayó al suelo doblado en dos.
«La maldita víbora me acaba de dar un rodillazo en la ingle», pensó incrédulo, retorciéndose de dolor.
—¿Te he hecho daño? —preguntó Diana con inquietud, arrodillándose junto a él y dejando a un lado las formalidades.
—¡Joder! Claro que me has hecho daño —gruñó con los dientes apretados, mirándola con los ojos entrecerrados—. ¿Por qué lo has hecho? —preguntó, tuteándola también.
—Para detenerte.
—¡Por Dios, mujer! —exclamó, jadeante—. Con un simple no habría sido suficiente.
—Si no me hubieses metido la lengua hasta las amígdalas, tal vez habría podido negarme —exclamó la muchacha, indignada.
Nicholas, todavía en el suelo, la miró exasperado.
—Acabas de admitir que me deseas y que no hay impedimentos. ¿Qué esperabas?
—Pues que no me tratases como a una vulgar prostituta.
—Te recuerdo que estamos en un maldito prostíbulo —espetó con un bufido.
—Eso no viene al caso. No puedes llegar aquí, chasquear los dedos y esperar que me acueste contigo a la primera de cambio solo porque te considere atractivo —explicó Diana con tono serio, regañándolo como si fuera un crío—. Eso es insultante, descortés y presuntuoso.
A Nicholas le sorprendieron las palabras de Diana y su admisión abierta de que lo encontraba atractivo.
Ya pasado el dolor, se puso en pie con la mayor dignidad posible, aceptando la mano que le ofrecía la muchacha para ayudarlo a alzarse.
No pudo evitar una mueca de burla hacia sí mismo por la lección de humildad que acababa de recibir.
—¿Qué deseas de mí entonces? —preguntó, desorientado.
Aquella mujer no dejaba de reaccionar de formas por completo inesperadas.
Diana lo meditó unos instantes.
—No lo sé —dijo con un grácil encogimiento de hombros—.
Supongo que lo que cualquier mujer desea en el fondo de un hombre, ya sea una prostituta o una dama.
Deseo respeto, consideración y galantería —explicó, mirándolo con intensidad—.
Deseo que me hagas sentir especial, no una más de tus conquistas.
Nicholas la observó con los ojos entrecerrados, intentando encontrar la solución al acertijo que se presentaba ante él en forma de mujer.
No la comprendía en absoluto, y eso avivaba su deseo.
Hasta ahora, ninguna mujer le había supuesto un reto.
Y aquella mujer en particular le estaba lanzando un desafío a la cara.
—Muy bien, déjame meditar sobre este asunto —aceptó, mesándose el cabello de forma inconsciente—. Mañana por la noche volveré. Hasta entonces… —murmuró, tomándola entre sus brazos con delicadeza, como si fuera el mayor de los tesoros—, medita tú sobre esto.
Esta vez, sus labios rozaron los de Diana con una tierna caricia que le hizo contener el aliento.
Se movieron perezosos sobre los de ella, de una forma enloquecedora.
El hombre no solo poseyó su boca, sino que, sin darse cuenta, entregó una parte de sí mismo.
Su lengua sedujo, no asedió. Se deslizó juguetona entre los labios de la muchacha hasta que ella, indefensa, la dejó entrar.
Por fin Nicholas pudo deleitarse con la dulzura de su boca, tal como llevaba tiempo imaginando y como, cegado antes por la lujuria, no había sabido disfrutar. Su sabor, embriagador, se le antojó adictivo.
Fue un beso dulce, pero intenso, que los dejó a ambos sin respiración y sin palabras.
Un beso de los que dejan huella en la memoria.
Un beso capaz de hacer tambalear el mundo de una persona.