Detrás de la máscara Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

La niña pareció intuir su mirada porque clavó los ojos en ella: unos ojos demasiado adultos para una criatura tan pequeña, que evidenciaban la vida de miseria y crueldad que le esperaba.

Una mirada temerosa y desconfiada, porque desde muy niña había aprendido a no esperar nada bueno de los adultos.

Y, para su asombro, la pequeña le sonrió.

Una sonrisa cautelosa, inocente y sin rencor, que encendió una llama en su interior.

Ese odioso señor Brown estaba utilizando a aquellos pobres niños, destrozando sus vidas con impunidad, sin que nadie hiciera nada por evitarlo.

Kathleen hizo acopio de valor e invocó la postura de la señora Carlston, dispuesta a presentar batalla.

—Señor Fentom, soy la propietaria de El Jardín Secreto, un afamado prostíbulo de Londres. A partir de ahora, agradecería que me proporcionara todos los niños para adopción que pasen por sus manos.

El hombre la miró con los ojos como platos.

—Pero el señor Brown…

—Yo le pagaré el doble de lo que le pague él.

—Diana, ¿estás loca? —musitó Connor entre dientes—. Eso es como una declaración abierta de guerra.

Pero Kathleen todavía no había terminado. Centró su atención en el señor Fentom, que ya la miraba con cierto respeto.

—Como demostración de buena voluntad, me voy a llevar a estos niños —declaró con decisión.

—¿Pretendes llevarte a estos dos bebés? —preguntó MacDunne, incrédulo.

—Por supuesto que no —contestó Kathleen, para alivio de Connor, hasta que añadió con tono indiscutible—. Solo a los bebés no… Me voy a llevar a todos los niños que hay en este cobertizo.

Ignoró el gruñido de protesta de Connor. Había tomado una decisión y la mantendría hasta el final.

***

Aquella noche, Nicholas y Arthur volvieron a El Jardín Secreto, cada uno guiado por sus propios intereses. Arthur estaba convencido de que su palomita había meditado su propuesta y lo esperaba con los brazos abiertos. Nicholas aguardaba con ansias el segundo asalto con Diana.

—¿Qué te hace estar tan seguro de que va a aceptar? —preguntó Nicholas mientras se sentaban en una de las mesas del salón.

—¿Bromeas? Le he ofrecido una verdadera fortuna —sonrió Arthur con aire suficiente—. Y, además, hay un incentivo irresistible.

—¿Cuál?

—Yo —aseguró, guiñándole un ojo a su amigo.

Había pocas mujeres que se le resistieran, con ese porte elegante y seguro de sí mismo que solo da la alta cuna.

Lucía el cabello corto y pulcramente peinado, del mismo tono rubio dorado que el refinado bigote que coronaba su labio superior.

Y sus ojos, de un castaño aterciopelado, siempre se mostraban amables.

Pero, más allá de su porte principesco, lo que conquistaba a las mujeres eran sus exquisitos modales.

No se ofendió ante el bufido burlón de Nicholas.

—Soy joven, guapo, inteligente, divertido…

—Y no te olvides de modesto —puntualizó Nick con una carcajada.

Arthur prosiguió ensalzando sus virtudes como si su amigo no lo hubiera interrumpido.

—Todas las mujeres que me han tenido en su cama aseguran que soy el mejor amante que han conocido.

Esa afirmación provocó un resoplido de incredulidad en Nicholas. De jóvenes, su amigo y él habían compartido varias amantes, y a él las mujeres le habían asegurado lo mismo.

—Y, además, soy asquerosamente rico y muy generoso con mis amantes. Es imposible que se niegue —aseveró Arthur, seguro de sí mismo—. Además, si las cosas salen como espero, la palomita se va a convertir en mi próxima mantenida.

Esa declaración sorprendió a Nicholas. Los hombres de clase alta tenían amantes para relaciones esporádicas, sin ningún tipo de acuerdo.

Y luego estaban las mantenidas. Eran mujeres de una categoría especial.

Normalmente constituían una relación de mayor o menor duración y se les proporcionaba casa, vestuario y carruaje a cambio de estar disponibles sexualmente en cualquier momento.

Arthur siempre había huido de cualquier tipo de atadura, por eso le asombró la confesión de su amigo.

—¿Estás seguro? Apenas la conoces.

Arthur frunció el ceño, pensativo.

—¿Sabes lo curioso? Solo pasamos juntos la noche pasada y… no sé… siento como si la conociera de toda la vida —confesó el hombre, mesándose el cabello—. Es una muchacha notable, dulce y provocativa a la vez, y con unos modales impecables.

—Arthur, siento tener que recordártelo, pero es una prostituta —le dijo Nicholas, comedido.

—Te digo que es especial —insistió su amigo con seriedad—. Y me hizo sentir especial.

—Es su trabajo.

—¿Qué me dices de ti? —inquirió Arthur en un intento de cambiar de tema—. En lugar de estar buscando la compañía de tu prometida, estás aquí intentando conseguir los favores de Diana.

Nicholas gruñó.

Había pasado esa tarde por la casa de Kathleen y un mayordomo muy estirado le había hecho saber, con voz sucinta, que la señorita Swan no se encontraba en su domicilio y que no sabía cuándo volvería.

Ante el intento de Nicholas de averiguar el paradero de la muchacha, el hombre lo había mirado con gesto estoico y le había dicho, de forma educada, que no era de su incumbencia.

Nicholas no podía ir aireando por ahí su compromiso con la señorita Swan; se suponía que era un secreto, pero tuvo que morderse la lengua para no soltarle a aquel inmutable mayordomo que tenía todo el derecho a saber dónde se encontraba su prometida.

Tuvo que conformarse con dejar su tarjeta de visita junto con una nota en la que anunciaba que pasaría al día siguiente a visitarla.

Ante el estrepitoso fracaso de encontrarse con Kathleen, había decidido probar mejor suerte con la misteriosa Diana.

—Lord Fullford, lord Dunmore —saludó una voz profunda, interrumpiendo su conversación.

Los dos hombres se giraron al unísono para encontrarse con el hombre moreno de intensos ojos verdes que acompañaba a Diana la noche anterior. Esbozaba una sonrisa calculadora que se reflejaba en su profunda mirada.

—Creo que no nos han presentado formalmente. Mi nombre es Connor MacDunne y soy el gerente de este lugar.

Tanto Nicholas como Arthur se pusieron en pie para saludarlo educadamente, pero con los sentidos alerta. Había algo en ese hombre que exudaba peligro.

—Lord Fullford, sé que esta noche esperaba encontrarse con Rose, pero siento tener que decirle que no va a ser posible —declaró Connor con una falsa sonrisa de pesar—. Rose ya no trabaja con nosotros.

Aquella noticia hizo fruncir el ceño a Arthur.

—¿Dónde está? ¿Dónde puedo encontrarla entonces? —inquirió con preocupación.

—No estoy autorizado a revelarle dónde se localiza su nuevo trabajo —respondió MacDunne—. De todas maneras, olvídela. No iba a aceptar su generosa proposición. En cambio, hay varias chicas aquí que, sin duda, sabrán complacerlo igual o mejor que ella.

Pero Arthur pareció no escucharlo. Su rostro reflejaba pesar y frustración a partes iguales. Y su mirada, determinación.

—No quiero a otra, la quiero a ella —anunció, levantándose de la mesa—. Si me disculpan, caballeros. Tengo algo que solucionar.

Nicholas miró divertido y exasperado cómo se alejaba su amigo con paso resuelto y sintió cierta pena por Rose. Lord Fullford estaba acostumbrado a obtener todo lo que se proponía, por mucho que tuviera que pagar para conseguirlo.

Hizo ademán de levantarse para ir en busca de su particular presa, pero la voz de MacDunne lo detuvo.

—Siéntese, marqués. Déjeme invitarlo a una copa en agradecimiento por lo que hizo ayer por Borys —pidió Connor con simulada cortesía.

Nicholas arqueó una ceja por el leve tono despectivo con el que había pronunciado su título, pero accedió movido por la curiosidad y pidió una copa de coñac. Los dos hombres se estudiaron en silencio, en un duelo de miradas: jade y mercurio enfrentados.

—¿Diana no le ha dado ningún mensaje para mí? —preguntó al fin, con fingida indiferencia.

No tenía ganas de perder el tiempo; quería ver a Diana.

—¿Qué clase de mensaje está esperando, Dunmore?

—La respuesta a una pregunta —dijo Nicholas de forma evasiva—. Un tema personal entre Diana y yo.

—No va a haber nada personal entre ustedes dos —sentenció MacDunne con hosquedad.

—¿Eso es una amenaza? —inquirió Nicholas con una fría sonrisa—. ¿Es que acaso Diana pertenece a su coto privado?

—No es una amenaza, y no me pertenece. Diana es libre —admitió Connor, sincero—.

Al menos de momento. Pero no es una mujer con la que se pueda jugar —advirtió con seriedad—.

Si le hace daño de alguna forma, tenga por seguro que se lo haré pagar.

Y esto tampoco es una amenaza… es una promesa —añadió con voz sedosa y una sonrisa rapaz.

—Señor MacDunne, no soy hombre de jugar con las mujeres… al menos no fuera de la cama —añadió con una sonrisa ladeada, solo para molestar al hombre.

Él nunca hablaba de esa forma sobre una mujer, pero aquel hombre despertaba su instinto de competitividad y quería dejar claras sus intenciones. Le complació sobremanera ver cómo MacDunne se ponía rígido, y un demonio dentro de él lo empujó a llevarlo al límite.

—Tal vez a Diana le gusten mis juegos… cuando los pruebe.

—¿Qué juegos tengo que probar? —preguntó una inquisitiva voz femenina, sorprendiendo a los dos hombres.

Nicholas se giró en redondo, algo ruborizado por haber sido descubierto haciendo un comentario tan impropio.