Capítulo 14
A primera vista, Fentom Farm parecía un lugar agradable. Situada a unos veinte kilómetros al norte de Londres, había sido el sitio ideal para que Lorraine dejara en custodia a su hija hasta que pudiera hacerse cargo de ella de nuevo.
Kathleen no tenía muy claro qué iba a encontrar allí, pero aquella sencilla casa de piedra gris y tejado de madera no parecía un mal lugar en el que criarse. Rodeada de un bonito jardín, resultaba un entorno acogedor.
—¿Entonces hace cuatro meses que dejaste a tu hija aquí? —preguntó Connor con el ceño fruncido.
MacDunne había insistido en acompañarlas a recoger a la pequeña Fiona. No le había hecho ninguna gracia saber que Venus había obligado a Lorraine a dejar allí a su hija, y eso, para Kathleen, era digno de redención.
—Si tan poco la querías, bien podías haberla llevado directamente al cementerio. Habría sufrido menos —masculló, enojado.
«Era digno de una patada en el culo», rectificó Kathleen mentalmente.
—No tuve otro remedio —se defendió Lorraine—. Es un buen lugar. Me lo enseñaron antes de tomar la decisión.
—Claro. Seguro que te enseñaron esa casa de piedra, donde tienen a los niños de quienes pagan una buena mensualidad por cuidar de sus hijos —aseveró Connor—. Pero te aseguro que no tienen la misma consideración con los niños de la gente que deja de pagar o con los que se quedan aquí para adopción.
—¿Qué quieres decir?
—Que este es uno de los sitios de los que Julius Brown consigue niños para luego venderlos —explicó MacDunne con paciencia.
—No, eso no puede ser verdad —farfulló Lorraine—. Yo pago cinco chelines al mes para que cuiden bien de Fiona, y vengo a verla siempre que puedo. Parece bien cuidada.
—Entonces tu hija es de las afortunadas —dijo MacDunne—. De momento —añadió con una expresión oscura—. Si, al crecer, le interesa a Brown y está dispuesto a pagar más por ella, simplemente te dirán que ha muerto.
Lorraine palideció.
—La mayoría no son afortunados —prosiguió—.
Los dejan en estos sitios con un único pago, normalmente de diez libras, y confían en que los cuiden mientras les consiguen otro hogar.
Ahí está el verdadero negocio, porque aquí los mantienen en condiciones infrahumanas y a veces hasta narcotizados, dándoles lo justo para seguir con vida y ahorrar dinero; luego los venden.
Kathleen conocía de primera mano lo peor de aquella sociedad, aunque parecía haberlo olvidado.
Con la Ley de Pobres de 1834 se habían suprimido muchas ayudas exteriores destinadas a las personas necesitadas.
En su lugar, se construyeron numerosos hospicios, conocidos como workhouses, donde se ofrecían alojamiento y trabajo a los pobres, aunque en condiciones deplorables.
Una madre soltera no podía recibir dinero, ropa ni alimentos de la caridad.
Si no tenía medios, se veía obligada a acudir a aquellos asilos, donde la vida era, en muchas ocasiones, peor que en la calle.
Por eso tantas mujeres se separaban de sus hijos y se veían obligadas a mandarlos a lugares como Fentom Farm.
Cuando divisaron el lujoso carruaje, los Fentom no tardaron en acudir a atender a sus nuevos visitantes.
Eran un matrimonio de mediana edad, de aspecto más bien anodino y con cierto grado de obesidad.
Al no poder tener hijos propios y necesitar ayuda para llevar la granja, habían sabido adaptarse a sus circunstancias y a las necesidades de los tiempos modernos: habían creado un negocio muy lucrativo en su propia casa.
—Bienvenidos a nuestra humilde morada. Soy Harry Fentom y esta es mi mujer, Dora —saludó el hombre con voz gangosa.
Entonces su mirada se detuvo en Lorraine y frunció el ceño.
—Señorita Sullivan, no la esperábamos tan pronto. ¿Hay algún problema?
—Señor Fentom, vengo a llevarme a mi hija, Fiona. Ya no voy a necesitar más sus servicios —afirmó Lorraine con cierta rigidez, todavía impresionada por lo que les había contado Connor.
—Por supuesto. Acompáñeme a la casa y se la entregaré. Es una pena que se la lleve tan pronto. Es una pequeña adorable; la echaremos de menos —afirmó la señora Fentom con una sonrisa triste.
Lorraine pareció visiblemente aliviada al oír aquellos comentarios tan maternales de la señora Fentom y se fue con ella a la casa de piedra.
Kathleen le dio a Connor un codazo disimulado.
—Los comentarios de antes han sido crueles —musitó en voz baja—. Has asustado a la pobre Lorraine sin razón.
MacDunne la miró un momento con la ceja levantada y después dirigió su atención al señor Fentom.
—Mientras nuestra amiga recupera a su hija, mi mujer y yo nos preguntábamos si tienen algún niño que pudiésemos adoptar —explicó Connor con una convincente sonrisa falsa antes de que Kathleen pudiera decir nada.
Los ojos negros del hombre brillaron con codicia.
—Por supuesto, han venido al lugar indicado —afirmó, frotándose las manos inconscientemente—. ¿Qué prefieren? ¿Macho o hembra?
—¿Perdón? —preguntó Kathleen, pensando que había oído mal.
—Buscamos una hembra —aclaró Connor, manteniendo su sonrisa imperturbable.
—Por supuesto. Acompáñenme al cobertizo y les enseñaré varios ejemplares de cachorros que tenemos —indicó solícito el señor Fentom, encaminándose hacia la puerta—. Si quieren alguno más adulto, tengo algunas piezas interesantes.
Connor tomó del brazo a Kathleen para instarla a caminar. La muchacha estaba paralizada.
—¿Están hablando de niños o de animales? —susurró, confundida.
—Para ellos no hay diferencia. Lo que dije lo dije en serio —murmuró Connor con enfado—.
Este lugar no es agradable para los niños; ni siquiera es adecuado para las ratas —añadió, y Kathleen percibió en su voz una intensa amargura—.
Aún estás a tiempo de esperar dentro del carruaje hasta que Lorraine vuelva.
Kathleen dudó, pero la curiosidad venció.
—Puedo enfrentarme a esto —afirmó con decisión, alzando el mentón y siguiendo al señor Fentom al interior del cobertizo.
Kathleen no pudo evitar dar un respingo cuando entraron en aquella destartalada estructura de madera.
El olor a orina y heces era nauseabundo.
En el suelo, entre trapos y paja, yacían los frágiles cuerpos de dos bebés.
No tendrían más de siete meses. Uno lloriqueaba incómodo; el otro permanecía en silencio, mirándolo todo con unos ojillos azules demasiado grandes para una carita tan enjuta.
Una niña de unos cinco años intentaba entretener al pequeño que gimoteaba.
Kathleen apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en la piel, pero no sintió dolor.
Estaba desensibilizada, como si su mente hubiera abandonado su cuerpo y lo observara todo desde lo alto.
De no ser así, no habría podido afrontar con entereza el horror de lo que estaba presenciando.
—La de los ojos azules es hembra —explicó el señor Fentom con total naturalidad—.
Ahora mismo solo tengo estos dos cachorros, pero no tardaré en tener más.
Cada vez hay más putillas de Londres que nos traen a sus retoños —comentó en voz baja a Connor para que Kathleen no lo oyera; pero ella sí lo oyó—.
Hemos puesto anuncios por la ciudad y están dando muy buenos resultados.
Kathleen contemplaba con horror aquel ruinoso y sucio cobertizo, escandalizada de que unos pobres niños tuvieran que crecer allí, mientras el señor Fentom continuaba hablando con toda naturalidad.
—Ahí, al fondo, al lado de los cerdos, tenemos un corral con varios mocosos de entre dos y cuatro años. Cuando empiezan a andar tenemos que tenerlos encerrados o podrían hacerse daño —añadió con un guiño.
El verdadero daño era tenerlos en aquellas condiciones.
MacDunne dirigió su mirada lúgubre hacia Kathleen.
—¿Satisfecha?
Pero Kathleen no estaba ni mucho menos satisfecha. Una luz se encendió en su cabeza, una sospecha que la estremeció.
—Señor Fentom, me temo que mi compañero no ha sido del todo sincero con usted —confesó la muchacha con un mohín arrepentido—. Verá, estamos buscando niñas un poco mayores para… para… ya sabe.
Era más fácil pensarlo que decirlo en voz alta, y Kathleen no supo cómo explicarse.
—La señora y yo tenemos un burdel en Londres y estamos buscando mercancía para renovar las existencias —explicó Connor en voz baja y en tono conspirador, acudiendo en su ayuda.
Parecía haber adivinado las intenciones de Kathleen.
Tras un instante de incomprensión, el señor Fentom soltó una carcajada desagradable, como una hiena.
—Haberlo dicho desde el principio. Recibimos visitantes como ustedes continuamente.
Ahora mismo no me quedan niñas de esas edades.
Tenía tres, pero el señor Brown se las acaba de llevar —declaró—.
En cuanto cumplen ocho años nos las quitan de las manos.
Hay mucha demanda de bollitos dulces en la ciudad —añadió, guiñándoles un ojo—.
Con toda la sífilis que corre por las calles, los ricachones pagan un buen dinero por los coñitos vírgenes.
Kathleen no pudo evitar dar un respingo ante el comentario soez y lo que daba a entender. Notó la bilis subirle por la garganta y tuvo que respirar hondo para controlar las náuseas. Connor parecía impasible, aunque tenía la mandíbula apretada con fuerza.
El señor Fentom continuó hablando, ajeno a todo, concentrado únicamente en hacer una buena venta.
—Estos dos cachorros son demasiado pequeños para lo que buscan, pero pueden elegir cualquier niño del cobertizo. Hay diez más, incluida esta —dijo, señalando a la pequeña que atendía a los bebés—. Veinte libras por cabeza.
—No, como ya les he comentado, buscábamos niñas un poco mayores —se excusó MacDunne, dirigiéndose hacia la salida—. Ahora, si nos disculpan, vamos a ir a… ¿Diana?
Kathleen no lo seguía. Seguía anclada en el mismo sitio, con los ojos clavados en la niña que cuidaba de los bebés. A pesar de ser tan pequeña, los atendía con una actitud maternal y protectora.