Capítulo 13 #2
Mientras tuviera que permanecer en El Jardín Secreto, dedicaría todos sus esfuerzos a formar a las chicas.
Además de proporcionarles educación, intentaría cambiar su manera de verse a sí mismas.
Quería convencerlas de que podían aspirar a una vida distinta, encontrar un trabajo digno y, quizá, formar una familia.
Desde que ninguna estaba obligada a conceder sus favores, Kathleen celebraba como una pequeña victoria cada vez que una rechazaba la propuesta de un cliente. En cambio, cuando veía a alguna subir las escaleras con un hombre, no podía evitar sentir una profunda desazón.
«Tal vez algunas de estas chicas no valgan la pena», le había dicho una vez MacDunne.
«Tal vez el problema sea que ellas mismas crean eso», le había respondido ella.
En ese momento llamaron suavemente a la puerta.
La hermosa cabeza pelirroja de Rose asomó con timidez.
—La señora Veillard me ha dicho que me estaba buscando.
—Sí, pasa, por favor.
La muchacha entró, aunque se detuvo al descubrir a Connor tumbado en el suelo, medio metido debajo del secreter.
—¡Oh! No sabía que el señor MacDunne estuviera aquí.
—No os preocupéis por mí. Este infernal artefacto me tiene completamente absorto, así que no escucharé nada —masculló Connor con tono ofuscado.
Se había tomado muy en serio la tarea de encontrar el compartimento oculto donde podía esconderse la libreta y llevaba más de media hora inspeccionando la parte inferior del mueble.
Rose lanzó una mirada cautelosa hacia Connor antes de sentarse frente al escritorio de Kathleen.
—Te he mandado llamar porque hoy te he visto especialmente distraída durante la clase —explicó Kathleen—. ¿Hay algo que te preocupe, Lorraine?
Había pronunciado deliberadamente el verdadero nombre de la joven.
—No quiero molestarla con mis problemas —respondió, avergonzada, bajando la vista.
—No me molestas en absoluto. Me gustaría ayudarte, si está en mi mano hacerlo.
Lorraine se mordió el labio inferior mientras dudaba.
Finalmente tomó aire.
—Lord Fullford me ha ofrecido cien libras por pasar una noche con él.
Connor, que seguía con medio cuerpo debajo del secreter, salió disparado y se golpeó la cabeza con un sonoro impacto.
—¡Mierda! —gruñó en voz baja mientras se frotaba el chichón—. Le habrás dicho que sí, ¿verdad?
—Yo... yo... —balbuceó Lorraine con los ojos llenos de lágrimas—. Le he dicho que me lo pensaría.
—¡Por Dios, mujer! ¡Son cien libras por un revolcón! —exclamó Connor, escandalizado—. Cien libras por unos minutos con las piernas abiertas ante un hombre atractivo y educado. ¿Qué demonios tienes que pensar?
La brusquedad de aquellas palabras hizo que la joven rompiera a llorar.
—Connor, basta —ordenó Kathleen con firmeza mientras se levantaba.
Se acercó a Lorraine y la abrazó con gesto protector, fulminando a Connor con la mirada.
Podía ser extraordinariamente protector con las chicas, pero había cuestiones que era incapaz de comprender.
—Déjanos solas, por favor.
—¡Pero son cien libras!
—¡Connor MacDunne!
—Está bien, me largo —rezongó.
Abandonó la habitación mascullando algo sobre la insensatez de las mujeres.
Kathleen entregó un pañuelo a Lorraine y aguardó pacientemente a que recuperara la calma.
Pasados unos minutos, la pelirroja consiguió serenarse.
—El señor MacDunne tiene razón —dijo entre hipidos—. Son cien libras por una sola noche. Cuando trabajaba de institutriz ganaba menos en un año. Debería aceptar la proposición de lord Fullford.
—El señor MacDunne no sabe lo que dice —replicó Kathleen con visible enfado.
La observó con renovado interés.
—Desde que empezaron las clases me di cuenta de que no eres como las demás. Es evidente que has recibido una buena educación. Lo que no sabía era que habías trabajado como institutriz. ¿Quieres contarme cómo terminaste en Whitechapel?
Lorraine se secó las lágrimas.
Respiró hondo antes de empezar.
—No se lo he contado a nadie.
Algo debió de encontrar en la expresión de Kathleen, porque continuó.
—Nací en Bristol. Mis padres eran irlandeses y vinieron a Inglaterra buscando trabajo.
Eran humildes, pero hicieron todo lo posible para darme una buena educación.
Poco después de que murieran encontré empleo como institutriz.
Trabajaba para una acaudalada familia de comerciantes.
Cuidaba de tres niñas maravillosas y era feliz.
Narraba los hechos con una voz extrañamente plana, como si hablara de la vida de otra persona.
—El señor de la casa tenía un hermano menor que estudiaba Derecho en Oxford. Venía de visita de vez en cuando. Yo estaba completamente enamorada de él —admitió con una sonrisa amarga—. Me dijo que me amaba, que en cuanto terminara la universidad nos casaríamos.
Bajó la cabeza.
—Él y yo... —Un intenso rubor cubrió sus mejillas—. Me quedé embarazada.
—Lorraine, no hay nada de lo que avergonzarse. Tú lo amabas y él decía amarte. Además, estabais prometidos.
—Me mintió —susurró con desconsuelo—. Nunca sintió nada por mí. Solo era un entretenimiento durante las vacaciones. Cuando le dije que estaba embarazada, se desentendió por completo. Me confesó que acababa de comprometerse con la hija de uno de sus profesores. Me dijo...
La voz se le quebró.
Una lágrima resbaló por su mejilla.
—Me dijo que yo no podía demostrar que el hijo fuera suyo, que quién sabía con cuántos hombres me había acostado.
Alzó la barbilla con dignidad.
—Yo era una chica decente. Perdí la virginidad con él. Nunca estuve con ningún otro hombre.
—¿Se lo contaste a tus patrones? ¿Intentaron ayudarte?
Una mueca de amargura curvó los labios de Lorraine.
—Me echaron a la calle en cuanto descubrieron que estaba embarazada. No les importó que el niño fuera de su propia sangre.
Kathleen tuvo que contener una maldición.
—Tenía algunos ahorros y vine a Londres pensando que una ciudad más grande me ofrecería más oportunidades. Pero nadie quiere contratar a una muchacha soltera y embarazada.
—Y acabaste en Whitechapel.
Lorraine asintió.
—Los alquileres allí eran más baratos. Esperaba sobrevivir con mis ahorros hasta que naciera el bebé y, después, darlo en adopción.
Lo confesó avergonzada.
Pero en el rostro de Kathleen no había condena alguna.
Solo comprensión.
—¿Qué ocurrió?
—Me fue imposible separarme de ella. La quise desde el instante en que la oí llorar. Supe que haría cualquier cosa por mi niña.
—Entonces, ¿dónde está?
Los ojos de Lorraine volvieron a llenarse de lágrimas.
—En esta sociedad, las madres solteras somos un estigma.
Nadie quiere contratarnos. Ni siquiera el Gobierno nos concede ayuda.
La única alternativa es ingresar en un workhouse, pero la vida allí casi es peor que en la calle.
Yo no quería separarme de ella. He hecho cosas de las que no me siento orgullosa para que ninguna de las dos muriera de hambre. Pero al final...
A Kathleen se le encogió el corazón.
—¿Dónde está tu hija, Lorraine?
—Cuando Venus me ofreció este trabajo no pude rechazarlo. Necesitábamos comer. Pero Venus no quería niños aquí, así que...
Las lágrimas volvieron a correr libremente por sus mejillas.
—... tuve que dejarla en una baby farm.
—¿Qué es una baby farm?
—Venus me habló de ellas. Son casas de campo donde cuidan a los niños a cambio de una mensualidad. Mi pequeña está en una de ellas: Fentom Farm. Todos los meses voy a verla y pago para que la traten bien.
Bajó la mirada.
—Con las cien libras que me ha ofrecido lord Fullford podría traerla a Londres y contratar a alguien para que la cuidara. Así podría verla mucho más a menudo.
A Kathleen se le partió el corazón.
—No vas a hacer nada de eso.
Lorraine interpretó mal sus palabras.
—Señora, le aseguro que tener a mi niña cerca no afectará en absoluto a mi trabajo.
—Claro que lo hará. No puedo permitir que sigas trabajando aquí.
Al ver la expresión de horror de la muchacha, Kathleen se apresuró a aclararlo.
—Necesito a alguien que me ayude con las clases, y, por tu formación, eres la persona perfecta. Si te parece bien, tú y tu hija podéis venir a vivir conmigo.
Lorraine se puso en pie de un salto y la abrazó llorando de felicidad.
—Gracias. Gracias. Gracias.
Las palabras sonaban casi como una oración.
Kathleen sonrió.
—No me las des todavía. Primero iremos a buscar a tu niña.