Capítulo 13
A la mañana siguiente, la residencia de los Richmond, en Kensington, despertó con la noticia de que el hijo pródigo estaba de vuelta.
Los dos años que Nicholas había pasado en el extranjero lo habían cambiado en más de un aspecto. Además, los había vivido con tal intensidad que parecía haber estado ausente mucho más tiempo. Sin embargo, al regresar a casa, se dio cuenta de que todo seguía igual.
O casi.
—Nicholas Jason Patrick. ¿Se puede saber por qué soy la última en enterarme de tu regreso?
Nicholas estaba desayunando en el salón cuando la imperiosa voz de su hermana menor lo sacó de sus pensamientos.
Acababa de dar un sorbo al café cuando levantó la vista y se la encontró delante.
La impresión hizo que se atragantara y escupiera el líquido oscuro sobre el panecillo que tenía en el plato.
—Dios, Samantha, mírate —exclamó en tono acusador mientras se ponía de pie—. Estás condenadamente hermosa.
—¿Yo? Mírate tú —replicó ella—. Estás condenadamente apuesto.
Los dos hermanos se estudiaron durante unos segundos, asimilando los cambios físicos que se habían producido en cada uno, hasta que terminaron fundidos en un fuerte abrazo.
—Te he echado muchísimo de menos, Nick. ¿Cuándo regresaste?
—Mi barco atracó en el puerto de Bristol hace un par de días. Hice una parada en Bellrose House para ver a nuestros padres y llegué a Londres ayer, a última hora de la tarde.
—Si hubiese sabido que ibas a venir no hubiese ido al teatro.
—Si hubiese sabido que mi hermanita se había convertido en una mujer tan bella, habría ido a hacerte de escolta.
—No me digas que nuestro padre te ha pedido que me vigiles —masculló Samantha—. Siempre ha sido protector conmigo, pero últimamente se está pasando de la raya.
«Y con razón», pensó Nicholas mientras la observaba.
En los dos años que había estado fuera, su hermana había dado el paso definitivo hacia la madurez. Siempre había sido muy hermosa, pero ahora, con las suaves curvas propias de una mujer, quitaba literalmente el aliento.
—Da gracias de que te hayan dejado venir a Londres sola mientras ellos están en Bellrose House.
—Me estaba muriendo de aburrimiento allí y he aprovechado la excusa de venir a hacer unas compras para escapar. Además, no estoy sola. Joshua, Derrick y Warren se turnan para hacer de carabinas y no dejarme salir nunca sin compañía —protestó Samantha—. No necesito otro guardaespaldas más.
—Joshua ya tiene bastante con defenderse de todas las mujeres que lo persiguen —bufó Nicholas—. Y, si las cosas no han cambiado demasiado en estos dos últimos años, nuestros dos primos estarán ocupados consolando a todas las mujeres a las que Joshua rechace.
—Te aseguro que puedo cuidarme perfectamente yo sola.
—No lo pongo en duda —aseguró Nicholas con una sonrisa—, pero, por si acaso, ahora también estaré yo por aquí.
Samantha se quedó mirándolo pensativa, con la cabeza ligeramente ladeada. Era una postura que adoptaba desde niña cada vez que tramaba algo.
—Entonces supongo que irás a ver a tu prometida —comentó entrecerrando los ojos—. Entre vosotros queda mucho de lo que hablar.
Nicholas se removió incómodo, invadido por un sentimiento de culpa.
—¿Cómo está Kathleen?
—¿Ahora te preocupas por ella? Durante estos dos años la has ignorado por completo —le reprochó Samantha, chasqueando la lengua.
«Pero no he dejado de pensar en ella ni un solo instante», pensó para sí.
El recuerdo de su encuentro en el invernadero se había colado en sus pensamientos con mucha más frecuencia de la que le gustaba admitir.
La imagen de ella, como una ninfa entre las rosas, bañada por la luz de la luna.
Hermosa.
Tentadora.
La dulzura de su boca.
La pasión inocente con la que le devolvió el beso.
Las intensas sensaciones que despertó en él el cuerpo femenino apretado contra el suyo, entregado por completo.
Tampoco había logrado apartar de su mente la visita que le hizo al día siguiente ni el beso de despedida que le robó.
Los recuerdos de Kathleen habían terminado por obsesionarlo.
—¿Sabes que su tía falleció hace poco? —preguntó Samantha con cautela.
—Sí. Nuestra madre se encargó de decírmelo ayer.
Le dijo eso y mucho más.
Ser el destinatario de un sermón de la dulce duquesa de Bellrose era parecido a revolcarse en un campo de ortigas sin darte cuenta. Solo descubrías el daño cuando ya tenías toda la piel en carne viva.
Empezaba haciendo comentarios y preguntas aparentemente inocentes.
«Estás más delgado y tienes la piel muy bronceada».
«¿Las mujeres asiáticas tienen una hermosura tan delicada como dicen?».
«¿Hay alguna ciudad en la que te hayas sentido tentado de quedarte más tiempo?».
Después dejaba caer información, inconexa solo en apariencia.
«Tu hermana obtuvo unas notas finales magníficas en la Academia Carlston, aunque no tan buenas como Kathleen. Esa chica es muy inteligente».
«Tu primo Charles acaba de tener un niño».
«La señora Heather Lovejoy, la tía de Kathleen, ha fallecido».
Y, de repente, una conversación aparentemente inofensiva se transformaba en un ataque directo.
«Entiendo tus ansias de viajar y recorrer el mundo antes de sentar la cabeza, pero deberías haberte comunicado con Kathleen durante este tiempo igual que lo hiciste con nosotros.
Samantha me ha dicho que no le escribiste ni una sola carta, y no lo entiendo.
A pesar de las artimañas de la señora Lovejoy, por la forma en que la besabas en el invernadero, tu padre y yo dedujimos que sentías algo por ella.
Debes verla y aclarar vuestra situación.
Decidir si queréis seguir adelante con el compromiso o no.
Ahora que su tía ya no está, necesita a alguien que vele por ella.
No queremos presionarte para que te cases si no es por amor, pero, si por un casual la amaras, estoy segura de que te haría muy feliz».
—Kathleen me preocupa —murmuró Samantha, sacándolo de sus pensamientos—.
Desde que murió su tía está actuando de una forma muy extraña.
No quiso venir con nosotros a Bellrose House, apenas responde a mis cartas, y ahora llevo tres días en Londres y todavía no la he visto.
Pasa todo el tiempo encerrada en su casa y no acepta visitas.
—Está en periodo de luto. Es normal.
—La conozco bien y sé que hay algo más. Está guardando las distancias. Es como si me estuviera ocultando algo.
—Iré a visitarla sin demora —prometió.
Aquellos dos años en el extranjero habían sido un paréntesis en su vida. Ahora que había regresado, debía retomar sus responsabilidades, y aclarar las cosas con Kathleen era la principal.
Lo más sensato sería poner fin al compromiso. Si le había quedado alguna duda al respecto, se había disipado la noche anterior, cuando sintió un deseo tan intenso por otra mujer.
Aunque, si era completamente sincero consigo mismo, Diana, con su cabello rubio como los rayos de luna y aquella piel semejante a la nata fresca, le había recordado a su prometida.
Solo había una forma de averiguar si la obsesión que había alimentado por Kathleen durante los dos últimos años tenía una base real.
Debía volver a verla.
***
Kathleen pasaba la mañana en la biblioteca de El Jardín Secreto, absorta en los libros de contabilidad.
Su tía no había dejado mucho dinero en efectivo, así que, para poder acometer las reformas y comprar el nuevo vestuario para las chicas, había vaciado por completo su cuenta bancaria.
Incluso se había visto obligada a vender casi todas las obras de arte de Heather, tanto las de El Jardín Secreto como las de la casa.
Solo conservó las que consideró imprescindibles para mantener una decoración elegante.
Pese al riesgo, todo había salido bien y, tras un mes de funcionamiento, El Jardín Secreto ya obtenía unos beneficios asombrosos.
Ahora entendía cómo su tía había podido costear la Academia Carlston y vivir con tanta holgura, y también por qué Connor estaba tan interesado en convertirse en el dueño del local.
Era un negocio extraordinariamente lucrativo.
Para sacar adelante el nuevo club había necesitado contratar a más personal: más chicas jóvenes y hermosas para los números artísticos, además de varios hombres y mujeres para el servicio.
Kathleen insistió en elegirlos personalmente.
Había acudido con frecuencia a Whitechapel, siempre acompañada por Connor, y juntos habían seleccionado a personas honradas que atravesaban situaciones desesperadas, ofreciéndoles una oportunidad para empezar de nuevo.
Conservaba pocos recuerdos de su infancia, pero regresar al East End había despertado su memoria.
La miseria.
La suciedad.
La desesperación.
Las condiciones inhumanas en las que vivía la gente.
Niños descalzos correteando por las calles, sucios, harapientos, abandonados.
Mujeres —algunas apenas unas niñas— ofreciendo su cuerpo a cualquiera que pasara a cambio de algo de comida.
Habían sido unos meses de auténtica locura, pero, para Kathleen, también habían supuesto una revelación: por fin había descubierto cuál era su verdadera vocación.
Una de las novedades que había impuesto a todos los trabajadores del club era la asistencia obligatoria a las clases que ella misma impartía. Aquellas lecciones la llenaban mucho más que las que había dado a las alumnas de la Academia Carlston.
No era lo mismo enseñar cultura a muchachas privilegiadas que ayudar a hombres y mujeres adultos a adquirir una educación que pudiera cambiarles la vida.
Enseñarles a leer y escribir correctamente, a expresarse con propiedad y a suavizar su marcado acento cockney para que pudieran aspirar a trabajos mejores.
Eso era a lo que quería dedicar su futuro.
Y estaba entusiasmada con el pequeño proyecto que su mente inquieta había concebido.