Detrás de la máscara Capítulo 12
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Capítulo 12

Kathleen estaba delante del secreter de la biblioteca, observándolo con frustración.

Habría puesto la mano en el fuego a que la dichosa libreta que buscaba el detective Roberts estaba oculta en algún compartimento de aquel mueble, pero, hasta el momento, no había logrado encontrarla.

Después de todo, era una pieza concebida para guardar secretos y su tía, por lo que había podido descubrir, tenía muchos que ocultar.

—¿Puedes explicarme por qué el marqués de Dunmore me ha pedido que te devuelva este zapato? —preguntó Connor con una mezcla de enfado y curiosidad cuando entró en la biblioteca con el susodicho zapato en la mano.

Kathleen estaba furiosa.

Furiosa con Nicholas por irrumpir de nuevo en su vida de aquella manera.

Furiosa porque el muy cretino había estado coqueteando descaradamente con ella cuando tenía una prometida que no sabía nada de él desde hacía dos años.

Furiosa por haber tenido tan mala puntería y no haber conseguido estamparle el zapato en la dura cabezota.

Y, sobre todo, furiosa porque volver a verlo había provocado un vuelco en su corazón que la había dejado temblorosa y confundida.

—Porque lo había perdido.

—¿Y cómo ha ido a parar a sus manos?

—La idea era que fuera a parar a su cabeza —gruñó Kathleen—. Es una historia que no estoy de humor para contarte ahora —añadió con un suspiro cansado ante la mirada inquisitiva del hombre.

Después de llevar un mes en su papel de Diana, Kathleen estaba convencida de que podía enfrentarse a cualquier cosa.

Había trabado amistad con la mayoría de las chicas que trabajaban allí, había ayudado a MacDunne a seleccionar a las nuevas incorporaciones de su pequeña familia, acompañándolo al East End, e incluso había dejado de ruborizarse al hablar de sexo... bueno, casi.

Podía enfrentarse a todo... menos a Nicholas Richmond.

Volver a verlo de forma tan inesperada había supuesto una auténtica conmoción.

Estaba más atractivo de lo que recordaba, con el cabello castaño oscuro algo más largo de lo habitual y la piel ligeramente más bronceada, lo que hacía resaltar aún más sus intensos ojos color plata, enmarcados por espesas pestañas negras.

Tal vez no fuera tan llamativamente hermoso como Joshua, pero Kathleen siempre había preferido su atractivo más discreto.

—Si se ha propasado contigo de alguna manera, la próxima vez que lo vea puedo romperle unos cuantos huesos de la cara —murmuró Connor con una mirada tan intensa que Kathleen supo que hablaba completamente en serio.

Era curioso cómo habían cambiado las cosas durante aquel último mes.

Uno de los cambios más notables era la actitud de MacDunne hacia ella.

En ese tiempo había pasado de una abierta hostilidad a mostrar un comportamiento casi paternal.

Kathleen sospechaba que la mayoría de las veces actuaba sin darse cuenta, pero había descubierto en él un instinto protector hacia las mujeres que lo rodeaban que contradecía la primera impresión que le había causado.

Sí, era un hombre duro y parecía interesado únicamente en el dinero, pero nunca maltrataba a ninguna de las chicas.

El recuerdo del enfrentamiento entre Nicholas y Connor la hizo fruncir el ceño. Ambos tenían una complexión atlética muy parecida. Quizá Nicholas, con su metro noventa de estatura, fuera algo más alto, pero Connor tendría ventaja porque no pelearía como un caballero.

Solo imaginar a MacDunne haciendo daño a Nicholas le revolvió el estómago.

—No se ha propasado conmigo. Es todo un caballero. Y no quiero que le pongas un solo dedo encima —advirtió con seriedad.

—¿Qué más te da que le haga daño o no a ese maldito prepotente? —preguntó Connor con suspicacia.

—Da la casualidad de que ese maldito prepotente es mi prometido —confesó Kathleen con evidente incomodidad.

MacDunne se atragantó con su propia saliva. Cuando dejó de toser, la miró con incredulidad durante varios segundos.

—¿Me estás diciendo que eres la prometida del todopoderoso marqués de Dunmore? —inquirió, dejando escapar un silbido de asombro—. Tu tía dijo que habías pescado un pez gordo, pero eso es como pescar una ballena. Un momento..., ¿no dijiste que el compromiso estaba roto?

—Lo está —confirmó Kathleen con un nudo en el estómago—. Solo que él todavía no lo sabe.

—¿Qué quieres decir?

—Que aún no le he dicho que quiero ponerle fin.

—¿Y a qué esperas?

—Nicholas ha estado viajando por el mundo durante los dos últimos años. No sabía que había regresado hasta que lo he visto aquí esta noche —añadió. Por mucho que lo intentó, no consiguió ocultar el resentimiento que asomó a su voz.

Lo correcto habría sido que hubiera ido a visitarla nada más llegar a Londres o, al menos, que le hubiese enviado una nota para comunicárselo.

Estaba claro que viajar por el mundo había perjudicado seriamente sus modales.

—¿Cómo, en nombre de Dios, una chica como tú ha podido comprometerse con un hombre como él?

—preguntó Connor con suspicacia—. No me entiendas mal, eres un bomboncito de lo más apetecible —añadió con un guiño descarado que hizo que Kathleen pusiera los ojos en blanco—.

Pero hombres como ese convierten a chicas como tú en mantenidas y se casan con insípidas damiselas de sangre azul.

—Mi compañera de habitación durante los diez años que estuve en la Academia Carlston fue lady Samantha Richmond, la hermana pequeña de Nicholas.

Es mi mejor amiga. Desde el principio tuvimos una relación muy estrecha, así que fue inevitable que conociera también a su familia.

Como mi tía nunca me sacaba del internado en verano, terminé pasando allí todas las vacaciones.

—¿Entonces fue un compromiso por amor?

Kathleen no pudo contener un bufido.

—Fue un compromiso por obligación, gracias a mi tía —confesó sin poder ocultar la amargura.

—¿Por qué no me sorprende? —murmuró Connor—. ¿Qué hizo? ¿Os tendió una trampa? ¿Os chantajeó?

—Podría decirse que preparó una trampa y obtuvo una presa mejor de la que esperaba.

—Heather siempre supo jugar muy bien sus cartas —musitó Connor con admiración—. Y siempre fue muy ambiciosa. Tenía dinero para comprar dulces, pero no le permitían entrar en la confitería.

—¿Qué quieres decir?

—Piénsalo. Tenía riqueza para comprar lo que quisiera, pero había cosas que jamás podría conseguir siendo Heather Lovejoy.

En cambio, como tía de la marquesa de Dunmore, habría sido recibida con los brazos abiertos en cualquier salón elegante.

A Heather le gustaba el poder. Cuanto más ascendieras tú socialmente, más posibilidades tendría ella de ascender contigo.

Kathleen reflexionó sobre aquellas palabras, consciente de que la observación era acertada.

—Connor, ¿conocías bien a mi tía? —preguntó con cautela.

—Todo lo bien que podía conocerla alguien —respondió MacDunne con un encogimiento de hombros—. Era una mujer muy enrevesada.

—Te lo preguntaré de otra manera. ¿Qué clase de relación teníais?

—Si lo que quieres saber es si me acostaba con ella, la respuesta es no.

Nunca existió esa clase de atracción entre nosotros.

Yo estaba en deuda con ella porque me salvó la vida, y ella confiaba en mí todo lo que era capaz de confiar en alguien, porque la estaba haciendo rica.

Digamos que manteníamos una relación de mutuo beneficio.

Kathleen lo observó con atención. El detective Roberts le había dicho que no podía confiar en él, pero ella no compartía esa opinión. Tal vez fuera un hombre difícil, pero siempre había sido sincero con ella.

Si las cosas se complicaban, iba a necesitar un aliado.

Decidió dejarse llevar por su instinto y arriesgarse a confiar en él.

—Connor, ¿conoces a Julius Brown?

El rostro del hombre se volvió hermético y un brillo letal iluminó sus ojos verdes.

—¿Dónde has oído ese nombre?

Kathleen inspiró hondo y le relató la visita del detective Roberts.

—Debo decir que no me gustan las formas de ese detective, pero al menos me alegra saber que hay algún policía intentando descubrir la identidad de Julius Brown. Muchos otros están haciendo la vista gorda, lo que me hace pensar que ese hombre los tiene comprados.

—¿Entonces no sabías que Heather estaba colaborando con él?

—Tu tía no era una mujer dada a compartir sus preocupaciones —respondió Connor con un encogimiento de hombros—. ¿Tienes alguna idea de dónde puede estar la libreta que busca Roberts?

—He registrado todos los rincones de la casa de Heather, pero no la he encontrado.

Creo que la escondió en ese mueble —añadió, señalando el secreter—.

He descubierto varios compartimentos ocultos, pero de momento no hay ni rastro de la libreta.

Necesitaré tiempo y paciencia para desvelar todos los escondrijos que tiene.

—O un buen martillo que lo haga añicos —bufó, contemplándolo con abierta hostilidad.

—No puedes romperlo. Es una magnífica obra de arte —protestó Kathleen.

—Como quieras. Pero, si tienes que quedarte en El Jardín Secreto hasta encontrar esa condenada libreta, más vale que te pongas cómoda, porque vas a estar aquí una buena temporada.

—Tal vez, si una mente sagaz e intuitiva me ayuda...

—¿Intentas convencerme con halagos?

—¿Funciona?

—No. Pero sí lo haría el dinero —repuso Connor con una sonrisa mercenaria.

—Piensa que, cuanto antes la encontremos, antes me perderás de vista y podrás convertirte en el dueño de El Jardín Secreto.

Kathleen soltó una risita al ver la determinación con la que el hombre se arremangó y comenzó a inspeccionar el secreter.

Con un poco de suerte, con la ayuda de Connor encontraría antes la libreta y podría retomar las riendas de su vida.

Entonces el rostro de Nicholas irrumpió en su mente para recordarle que la libreta no era la única de sus preocupaciones.