Capítulo 11 #3
—Creo que, antes de despedirnos, deberíamos presentarnos —intervino Nicholas, intuyendo que estaban siendo elegantemente despachados—. El doctor es mi hermano, lord Joshua Richmond. Este caballero es lord Arthur Harold Collins, conde de Fullford. Y yo soy lord Nicholas Richmond, marqués de Dunmore.
Ella respondió con una cortés inclinación de cabeza.
Nicholas, sin embargo, necesitaba una excusa para tocarla.
Antes de que pudiera reaccionar, le tomó la mano con delicadeza y la sostuvo mientras depositaba un beso galante sobre el dorso.
Su piel era fresca como la seda.
No pudo evitar demorarse una fracción de segundo más de lo estrictamente correcto.
Sonrió para sus adentros al notar el leve estremecimiento que recorrió a la mujer, reflejo del suyo propio.
Diana retiró la mano con un movimiento casi brusco.
—Y usted, sin duda, es Diana —terció Arthur, cansado de quedar en un segundo plano—. Tiene un local interesante y unas chicas deliciosas. Sobre todo una: la que cantaba en el escenario, la pelirroja... Creo que la ha llamado Rose.
La actitud de la mujer se volvió cautelosa.
—¿Qué pasa con ella?
—Me gustaría pasar la velada en su compañía —insinuó Arthur con un guiño—. Dígame cuánto dinero haría falta para tenerla esta noche en exclusividad.
—Lord Fullford, para desgracia del mundo, cuando un hombre posee dinero suficiente puede conseguir casi cualquier cosa. Pero no todas mis chicas están dispuestas a conceder sus favores, por mucho dinero que se les ofrezca —advirtió Diana.
—Dígame el precio —insistió Arthur con confianza.
—El precio deberá negociarlo con Rose, pero cuando termine el espectáculo. Si tiene la amabilidad de esperar, ella se reunirá con usted cuando acabe y podrán conversar.
—De acuerdo. ¿Vamos? —apremió Arthur a sus amigos, impaciente por encontrarse con la nueva fuente de sus deseos.
—Id yendo vosotros; luego os alcanzo. Necesito hablar en privado con la señora —dijo Nicholas, sin despegar su mirada intensa de la mujer.
Arthur y Joshua lo miraron con curiosidad, pero no dijeron nada. Se despidieron de Diana y volvieron al salón.
En cuanto quedaron a solas en el pasillo, Nicholas comenzó su asedio.
—He de decir que yo también estoy interesado en una mujer —murmuró con voz ronca, acercándose a ella.
—¿Y cuál de mis chicas ha despertado su interés, lord Dunmore? —inquirió ella con frialdad.
—Usted —murmuró Nicholas, acercándose todavía más, hasta que apenas quedaron separados por unos centímetros.
Deslizó un dedo por la curva de su mandíbula hasta detenerse en la barbilla, alzándosela ligeramente para poder mirarla a los ojos.
—Dígame su precio —murmuró, ronco, acercando los labios a los de ella, despacio, hasta quedar a un suspiro de distancia.
Cuando estaba a punto de rozar su boca, la voz de la muchacha rompió el hechizo de seducción.
—Lord Dunmore, ¿hay alguna mujer joven en su vida por la que sienta afecto? ¿Hermanas? ¿Una prometida, tal vez?
La pregunta lo sorprendió. Dio un paso atrás de forma inconsciente.
—Sí, tengo hermanas —respondió en tono cauteloso, aunque fue incapaz de hablar de su prometida.
—Y dígame, milord: si un hombre le ofreciese dinero por pasar un rato con una de sus hermanas, por hacer que ella desnudara su cuerpo, por el riesgo de ser manoseada o algo más..., dígame, milord, ¿qué precio pediría por ella? —inquirió la mujer con voz suave, casi sedosa.
—Mis hermanas no están a la venta —masculló Nicholas, indignado.
—Pues yo tampoco —gruñó la mujer, con las manos en las caderas.
—¿Usted no, pero sus chicas sí?
—Esto no es un burdel convencional, lord Dunmore. Aquí cada chica pone el precio que considera oportuno, y algunas no se venden.
Nicholas emitió un bufido escéptico.
La mujer se acercó a él y le clavó un dedo en el pecho.
—El mundo sería mucho mejor si los hombres pomposos como usted dejaran de pensar que las personas pueden utilizarse como moneda de cambio —masculló, indignada.
—Comprenderá que esas palabras, viniendo de una mujer que regenta un prostíbulo, suenan bastante falsas.
—Las personas a veces no son lo que aparentan —musitó ella con los ojos entrecerrados—.
Y las circunstancias, en muchas ocasiones, ponen a gente honrada en situaciones difíciles.
Pero es algo que el todopoderoso marqués de Dunmore nunca podría entender, puesto que el mundo entero se postra a sus pies y siempre consigue lo que desea.
Nicholas la miró furioso. No podía rebatir sus palabras porque, en el fondo, eran acertadas.
Había tenido mucha suerte en la vida; era algo que no podía negar.
Nunca le había faltado de nada y, en los dos últimos años, había logrado su sueño de recorrer el mundo de forma ociosa, algo al alcance de muy pocos.
Aun así, le molestó que aquella mujer se lo echara en cara como si fuera algún crimen.
Para su asombro, la ira exacerbó el deseo que sentía por ella. Se acercó decidido y la hizo retroceder hasta que su espalda se topó con la pared. Plantó las manos sobre la superficie empapelada para impedir cualquier huida lateral, acorralándola con su presencia, pero sin tocarla.
La mujer, lejos de mirarlo con temor, conservó una actitud desafiante que avivó aún más su deseo.
—Entonces, tómate tus propias palabras como una advertencia —le dijo a escasos centímetros del rostro—. Siempre consigo lo que deseo —musitó, acercando los labios a la tentadora curva de su cuello y sumergiéndose por un instante en su aroma, hasta rozarle la oreja con la voz—, y te deseo a ti.
No la tocó en ningún momento, pero sintió las vibraciones que recorrían el cuerpo de la mujer: la piel erizada, la respiración jadeante, los labios entreabiertos.
Sonrió, complacido por aquella evidente respuesta femenina.
—No me hagas esperar demasiado, sirena —murmuró, circunspecto.
Se separó de ella y, con una reverencia burlona, se alejó.
«Fin del primer asalto: Nicholas uno, Diana cero», pensó con satisfacción.
—Esperarás hasta que los cerdos vuelen, mentecato presuntuoso.
Oyó la furiosa voz femenina justo antes de que un delicado zapato negro pasara volando a escasos centímetros de su cabeza y le arrancara una carcajada.