Detrás de la máscara Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

La reacción del gigante no se hizo esperar. Cogió al joven por la pechera y lo alzó hasta que sus pies abandonaron el suelo.

—He dicho que fuera del salón.

Todo pasó muy deprisa. Uno de los jóvenes salió en defensa de su amigo estrellando una botella contra la cabeza del grandullón. El impacto hizo que el gigante soltara a Lambert, y los cinco cayeron encima de él, atacándolo al unísono.

—¿No creéis que es injusto cinco contra uno? —preguntó Arthur antes de salir presto en ayuda del gigante, aunque lo que en realidad quería era estrellar el puño en la cara de Lambert por haber llamado putilla a la muchacha del escenario.

Nicholas y Joshua intercambiaron una mirada divertida y se levantaron al unísono en pos de su amigo.

Entre los tres ayudaron al gigante a liberarse. El golpe en la cabeza le había afectado, porque se tambaleó un poco, pero pronto se recuperó y, con un par de puñetazos, noqueó a dos de los jóvenes.

Nicholas, Joshua y Arthur se encargaron de los otros tres.

Cuando terminó la pelea, se dieron cuenta de que la sala estaba en silencio.

La muchacha del escenario había dejado de cantar y los miraba consternada.

Los hombres presentes no tardaron en acercarse a palmearles la espalda y felicitarlos por la pelea.

Los cinco jóvenes problemáticos yacían sin sentido entre los restos de una mesa rota y varias sillas destrozadas durante la reyerta.

Entonces, una imperiosa voz femenina se dejó oír, haciendo que todo el mundo contuviera el aliento.

—¿Se puede saber por qué estáis destrozando mi salón?

Nicholas se giró de golpe y se encontró ante una mujer que no superaba el metro sesenta y cinco de estatura, aunque parecía más alta por el porte regio que envaraba su espalda.

Su cuerpo era esbelto, con suaves redondeces en los lugares adecuados, y estaba cubierto por un vestido de noche de seda negra, de corte convencional e incluso escote pudoroso, que ensalzaba sus curvas de una forma fascinante.

O al menos así le pareció a Nicholas, que sintió una súbita atracción sexual por ella.

Llevaba el cabello recogido en un elaborado peinado que dejaba algunos rizos, de un rubio muy claro, sueltos por encima del hombro derecho.

Una máscara de terciopelo negro cubría la parte superior de su rostro, contrastaba con la blancura de la poca piel visible en la parte inferior y resaltaba su boca.

Nicholas quedó prendado de ella: de sus labios carnosos y sensuales, en forma de corazón y realzados con un profundo color rojo, que enmarcaban una dentadura semejante a una ristra de perlas perfectas.

Iba acompañada por un hombre moreno, alto y de complexión atlética, que los estudiaba con el ceño fruncido y una mirada letal.

El gigante se tambaleó otra vez y cayó contra Nicholas, que lo ayudó a estabilizarse. La mujer actuó con presteza.

—Señor MacDunne, encárguese de limpiar la basura —solicitó la misteriosa mujer a su acompañante, señalando a los cinco jóvenes lores que yacían desmayados en el suelo—, y asegúrese de que se sirva a todos los presentes una ronda de champán por cuenta de la casa, por las molestias ocasionadas.

Eso hizo que los clientes vitorearan satisfechos.

—Y que el espectáculo continúe, Rose —apremió a la muchacha del escenario.

Enseguida la música comenzó a flotar por el salón.

—Vosotros, ayudad a Borys a andar y seguidme —ordenó a Joshua y a Arthur con voz autoritaria, evitando la mirada de Nicholas.

Que aquella deliciosa criatura, que no les llegaba ni al mentón, les diera órdenes como si fuera la reina Victoria no pareció sorprender a nadie allí.

De hecho, todo el mundo se afanó en cumplir sus mandatos.

Los tres hombres se miraron mudos de asombro y siguieron a la pequeña dictadora, sin atreverse a contradecirla.

La mujer los condujo fuera de la sala. Nicholas era muy consciente del suave contoneo de sus caderas.

Cuando se dio cuenta de que Arthur y Joshua también disfrutaban de las vistas, no pudo evitar un gruñido posesivo.

Caminaron por un amplio pasillo hasta detenerse ante unas hermosas puertas dobles.

Al abrirlas, accedieron a una espaciosa biblioteca.

—Id tendiéndolo en el sofá —indicó la mujer—. Mientras tanto, mandaré a alguien a buscar a un médico por si...

—Yo soy médico —informó Joshua mientras ayudaba al gigante a sentarse, tomando el mando de la situación—. Ve a buscar mi maletín, Arthur. Está en el carruaje.

Nicholas siempre se sorprendía de la transformación que experimentaba Joshua cuando ejercía la medicina.

Su hermano pequeño, de carácter desenfadado y bromista, desaparecía para dejar paso a un hombre serio, resolutivo y competente.

Con tan solo veinticuatro años, ya estaba considerado un médico brillante. La medicina era su vida.

—Necesitaré agua caliente y trapos de algodón limpios —le pidió Joshua a la mujer enmascarada.

Ella asintió y desapareció por la puerta.

No había transcurrido ni un minuto cuando regresó con varios paños de un blanco inmaculado. Tras ella, una muchacha transportaba una jofaina con agua caliente.

—¿Dónde puedo lavarme las manos? —preguntó Joshua.

Ella señaló una puerta que daba acceso a un pequeño baño con agua corriente e inodoro. Todo un lujo para la época, reservado únicamente a los bolsillos más acomodados.

Su hermano se lavó las manos con detenimiento. Era un firme defensor de las teorías del doctor Joseph Lister sobre la importancia de la higiene antes de tratar a los pacientes.

Mientras Joshua examinaba al gigante, Nicholas centró toda su atención en la mujer.

Se acercó con disimulo hasta detenerse a escasos centímetros de ella.

Un suave perfume de jazmín, dulce y sensual, inundó sus sentidos.

Hasta ese momento, ella se había las ingeniado para evitar su mirada; pero, si algo definía a Nicholas, era la paciencia.

Ser paciente, analítico y reflexivo eran las cualidades que mejor lo describían.

Todos los que lo conocían aseguraban que tenía hielo en las venas, que era incapaz de perder los estribos y que mantenía un control absoluto sobre sí mismo.

Sin embargo, al contemplar la boca de aquella mujer, tan tentadora como una fresa madura esperando ser mordida, cualquier vestigio de hielo que pudiera quedar en su interior se deshizo por completo.

—¿Es que nadie le ha dicho que mirar fijamente a alguien es de muy mala educación? —señaló la mujer con rigidez, sin mirarlo todavía.

Y fue mejor que no lo hiciera antes, porque la sonrisa lobuna que curvó los labios de Nicholas habría bastado para hacerla desfallecer. Lo único que había conseguido con aquel comentario era demostrar que él no le resultaba tan indiferente como pretendía aparentar.

Él observó la tersura de su mentón y de su cuello, tan blancos como la nata fresca.

Fresa y nata.

Una combinación deliciosa que deseaba saborear.

Se acercó un poco más, casi sin ser consciente de ello.

—Está invadiendo mi espacio vital —masculló la mujer, visiblemente encrespada.

Esta vez sí alzó la vista hacia él.

Nicholas contuvo el aliento ante la intensidad de aquella mirada. Unas pestañas larguísimas y espesas, de un rubio oscuro, enmarcaban unos enormes ojos que, bajo la tenue luz de la biblioteca, se habían convertido en dos profundos pozos de obsidiana.

Las manos le escocieron por la necesidad imperiosa de descubrir su rostro, y tuvo que recurrir a todo su autocontrol para no arrancarle la máscara de un tirón.

La voz de Joshua interrumpió aquel duelo silencioso.

—Tienes una buena brecha en la cabeza, amigo. Voy a tener que darte unos cuantos puntos para cerrarla.

—Ese cabrón me ha arreado bien en toda la chola —gruñó dolorido Borys, con un inglés barriobajero salpicado de acento ruso.

Ese cambio sorprendió a Nicholas, pues en la sala el hombre había hablado con una dicción impecable.

—Borys... —lo reprendió la mujer con suavidad, apoyando una mano sobre su hombro para reconfortarlo.

—Perdone, señorita —se disculpó de inmediato el gigante, dirigiéndole una mirada reverente—. Quería decir que el caballero me golpeó muy fuerte en la cabeza.

Luego añadió en un murmullo apenas audible, procurando que ella no lo oyera:

—El muy hijo de puta.

—No tienes que disculparte, Borys. Actuaste muy bien. Estoy muy orgullosa de ti.

Aquel comentario iluminó por completo el rostro del gigante y lo hizo parecer mucho más joven.

Nicholas habría jurado que rondaba los cincuenta años, aunque quizá estuviera más cerca de los cuarenta.

Al observarlo con detenimiento resultaba evidente que había sido boxeador: la nariz, ligeramente desviada, delataba varias fracturas antiguas, y las cicatrices repartidas por su rostro hablaban de incontables combates.

Con semejante tamaño, debió de ser un rival demoledor en su juventud.

Joshua abrió el maletín de cuero negro que Arthur había traído del carruaje y sacó el instrumental de sutura. Pocos minutos después daba por concluido su trabajo con la precisión y pulcritud que siempre lo caracterizaban.

—Permanece aquí sentado unos minutos, hasta que te encuentres con fuerzas para levantarte e ir a descansar a tu habitación —murmuró la mujer con dulzura—. Candy, por favor, quédate con él por si necesita cualquier cosa.

Nicholas se tensó cuando ella volvió su atención hacia Joshua. Esperaba que reaccionara igual que tantas otras mujeres, que caían rendidas ante el atractivo natural de su hermano. Para su satisfacción, la muchacha mantuvo una actitud impecablemente cortés.

—Muchas gracias por su ayuda, doctor. Por favor, dígame cuánto le debemos por sus servicios.

—No se preocupe. No ha sido nada.

—Entonces permítanme invitarles a todas las consumiciones de esta noche en agradecimiento por su ayuda —dijo mientras los conducía hacia la salida de la biblioteca—. Daré instrucciones al señor MacDunne para que, a partir de ahora, se les trate como clientes preferentes.

Abrió la puerta.

—Ahora, si me disculpan...