Capítulo 11
Al acceder al vestíbulo de El Jardín Secreto, Nicholas quedó asombrado por la elegante decoración del lugar. Aun así…
—Todavía no entiendo cómo hemos podido pagar una suma semejante por entrar en un simple burdel —masculló, indignado.
No le gustaban los prostíbulos. Despreciaba el negocio que había detrás de ellos, la gente sin escrúpulos que se aprovechaba de la desgracia de unas mujeres obligadas a vender sus cuerpos para sobrevivir.
Tampoco entendía cómo un hombre podía pagar por obtener sexo sabiendo que, la mayoría de las veces, esa pobre chica a la que pagaba actuaba obligada a prestar sus servicios.
Él no era un santo ni un puritano, ni mucho menos.
Le gustaba el sexo como a cualquier hombre joven y sano.
Por suerte, nunca le había faltado compañía femenina hasta el punto de tener que pagar por los servicios de una mujer.
Y tampoco se había encaprichado con ninguna por la que estuviera dispuesto a desembolsar dinero a cambio de pasar un rato con ella.
Su mejor amigo, Arthur Harold Collins, conde de Fullford, le dio unas palmaditas de consuelo en la espalda.
—Amigo, tienes una de las fortunas más grandes de Inglaterra. Tu familia es una de las más ricas del país. No creo que tu bolsillo lo note.
—No creo que mi hermano lo diga por el dinero, sino por el lugar donde nos has traído —terció Joshua Richmond—. Cuando dijiste que nos ibas a llevar a una velada diferente, no pensamos que te referías a un prostíbulo.
—En realidad, yo solo quería un poco de tranquilidad en mi primera noche de regreso a Londres —agregó Nicholas en tono quejicoso.
—Os aseguro que esto no es un burdel —aseveró Arthur con suficiencia—. Es un lugar distinto a todo lo que hayáis visto hasta ahora.
El enorme vestíbulo de entrada daba acceso a dos salones enfrentados.
Uno de ellos estaba iluminado con luz tenue, lo que creaba un ambiente íntimo.
Varias mesas cubiertas con manteles de terciopelo rojo se disponían alrededor de un pequeño escenario, donde una hermosa muchacha rubia, cubierta con una delicada pieza de lencería de encaje, movía su cuerpo de forma sensual mientras utilizaba dos enormes abanicos de plumas de avestruz como complementos de su danza.
En la otra sala parecía desarrollarse un baile convencional.
Las muchachas que allí estaban vestían de forma elegante y a la moda, como auténticas damas, y charlaban con los caballeros o bailaban el vals.
Lo único que se echaba de menos eran los ojos prejuiciosos y atentos de las matronas y chaperonas encargadas de velar por el decoro.
Era un lugar relajado, donde los convencionalismos sociales se quedaban en la puerta.
Arthur los guio hacia la primera sala, donde tomaron asiento en una de las mesas.
—Hermosa, tráenos una botella del mejor coñac —le pidió Arthur a una de las chicas, guiñándole un ojo y deslizándole un billete en la mano.
—He de reconocer que este lugar es mejor de lo que esperaba —concedió Nicholas, renuente.
Observó con detenimiento cada detalle del salón.
Todo estaba decorado con elegancia, desde las luces de las arañas que destellaban en el techo hasta el suelo de madera noble, que confería a la estancia un ambiente acogedor.
La pintura neutra de las paredes enmarcaba a la perfección las exquisitas obras de arte expuestas; sin duda, falsificaciones, pero brillantemente ejecutadas.
El elegante mobiliario de caoba maciza, de líneas puras y sólidas, hacía que un hombre se sintiera cómodo en aquel lugar.
—¿Dónde se ha metido Joshua? —preguntó Arthur con el ceño fruncido, al darse cuenta de que el tercer hombre no estaba.
—Sin duda habrá sido acorralado por alguna de las chicas. Es su maldición —suspiró Nicholas con dramatismo fingido—. Es tan condenadamente hermoso que las mujeres, en cuanto lo ven, se lanzan desnudas a sus pies o intentan arrancarle la ropa.
Joshua era uno de los hermanos pequeños de Nicholas.
Por fortuna o por desgracia para él, había sido bendecido con una hermosura masculina que no dejaba indiferente a ninguna mujer, de modo que continuamente se veía perseguido y acosado por féminas de todas las edades, lo que le suponía un inconveniente en sus prácticas de medicina.
—Para mí eso no sería ninguna maldición; sería todo un sueño —aseguró Arthur con una sonrisa pícara.
Su sonrisa se amplió cuando la camarera dejó sobre la mesa una botella de Courvoisier.
—Excelente, tenía ganas de probar este coñac. Dicen que era el preferido de Napoleón —musitó, paladeando el líquido ambarino—, y ahora entiendo por qué —añadió con una sonrisa de deleite.
—Arthur, tenías razón. Las chicas de este lugar son realmente deliciosas —comentó Joshua al descuido cuando por fin pudo sentarse.
Nicholas y Arthur intercambiaron una sonrisa ante las evidentes marcas de carmín rojo que tenía en el cuello.
La chica del escenario fue sustituida por una exótica morena cubierta tan solo con vaporosos velos que acariciaban su delicada figura.
Su cabello, del color del ébano, caía en sensuales ondas hasta la cintura.
Tenía el rostro parcialmente cubierto por un velo que solo le dejaba al descubierto unos enormes ojos castaños.
Cuando la muchacha empezó a ondular el cuerpo lentamente al ritmo de la música, todos los hombres de la sala contuvieron el aliento.
—Creo que me he enamorado —exclamó Arthur con una sonrisa soñadora, sin apartar los ojos de la joven, que, al compás de aquella melodía sensual, se iba deshaciendo de los velos que la envolvían.
Nicholas puso los ojos en blanco al escucharlo. Arthur era un libertino incorregible. Sentía adoración por las mujeres. Por todas las mujeres.
Debía reconocer que el espectáculo era bueno. Sensual sin llegar a ser sexual. Ejecutado para exacerbar la libido de los hombres.
Para que dejaran volar la imaginación.
Para incentivar el deseo.
Para sacar más dinero.
Era evidente que el establecimiento estaba dirigido con inteligencia.
A diferencia de otros burdeles en los que había estado, donde las mujeres exhibían el cuerpo descaradamente, allí las chicas insinuaban, pero no mostraban.
Eso, sin duda, estimulaba más el apetito de los hombres, que estarían dispuestos a pagar una suma mayor por pasar un buen rato con ellas.
Cinco jóvenes caballeros de unos veinte años, sentados en la mesa de al lado, empezaron a silbar y a hacer comentarios obscenos.
Se notaba que habían bebido más de la cuenta y que el espectáculo los estaba exaltando.
Un hombre imponente se acercó a llamarles la atención.
Nicholas se sorprendió de su tamaño. Rondaría los cuarenta años y era un gigante de más de dos metros de puro músculo. Sin duda, un empleado de seguridad.
—Señores, será mejor que se comporten o tendrán que abandonar el salón —gruñó el gigante con un acento que Nicholas no terminó de identificar.
Su intimidante tamaño y su mirada seria parecieron aplacar a los cinco, porque dejaron de silbar de inmediato, aunque lo miraron con el ceño fruncido.
Nicholas supo al instante que causarían problemas.
Conocía a uno de ellos, el joven conde de Lambert, y era un malcriado acostumbrado a salirse siempre con la suya.
Su padre acababa de morir, dejándole el título y la fortuna familiar.
En cuanto el gigante se retiró, los cinco jóvenes lores reanudaron los silbidos y comentarios.
A la bailarina exótica le siguió una muchacha de exuberante figura y una llamativa melena pelirroja.
Sus largos rizos, de un hermoso color cobrizo, centelleaban como llamas bajo las luces del escenario.
Escondía el rostro tras una máscara de plumas y lucía un atrevido vestido que dejaba al descubierto unas torneadas piernas cubiertas con medias de seda.
Por la parte de atrás, una cascada de plumas se balanceaba al compás del suave movimiento de sus caderas cuando caminaba por el escenario.
Cuando empezó a cantar, con voz ligeramente ronca y expresión juguetona, una canción picante, Arthur se irguió en su asiento y su sonrisa descuidada fue poco a poco sustituida por una mirada intensa, posesiva.
—¿La palomita ha llamado tu atención? —preguntó Nicholas, divertido, consciente del cambio de actitud de su amigo.
—Sabes que las pelirrojas son mi debilidad —gruñó Arthur sin apartar la mirada de la muchacha, que se contoneaba por el escenario—. Pagaría lo que fuera porque esa descarada me cantara al oído.
—Tú y la mitad de los hombres de la sala —convino Joshua, riendo—. Yo incluido —añadió, por lo que recibió una mirada iracunda de su amigo.
—Vamos, guapa, bájate un poco ese escote y enséñanos algo más —gritó en ese momento el joven conde de Lambert, mientras sus cuatro amigos lo coreaban con silbidos.
—Parece que estos cachorros necesitan un poco de educación —gruñó Arthur, enojado.
—Puedes apostar algo a que ese gigante sabrá muy bien cómo hacerlo —comentó Nicholas, observando cómo el hombre volvía a acercarse a la mesa con una mirada asesina.
—Señores, ya les avisé una vez —gruñó el hombretón, enojado—. En nuestro establecimiento no toleramos esta clase de comportamiento. Hagan el favor de acompañarme fuera del salón.
—Amigo, baja los humos. Solo nos estamos divirtiendo —exclamó el conde de Lambert, y le dio un codazo al que estaba sentado a su lado—. Tony, suéltale pasta para que nos deje en paz.
«Esos cinco deben de tener el instinto de supervivencia poco desarrollado», pensó Nicholas, porque seguían riéndose y bromeando estúpidamente a pesar de que el coloso parecía querer asesinarlos con la mirada.
—Toma, aquí tienes —dijo el tal Tony, tendiendo al vigilante un fajo de billetes.
El conde de Lambert miró al grandullón con una sonrisa condescendiente.
—Esta suma seguro que nos da derecho a armar un poco de jaleo. Y dile a la putilla del escenario que, cuando termine, se pase por aquí, que la queremos conocer.