Detrás de la máscara Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Este lugar funciona a la perfección —atajó MacDunne furioso—. No toleraré que una cría recién salida de la escuela, que sin duda no tiene ni idea del sexo, me diga cómo debo de llevar este negocio.

—¿Qué tú no tolerarás? Te recuerdo que eres mi subordinado y debes de hacer lo que yo te diga.

—Y dime, Diana, la diosa casta —dijo con una voz que rezumaba ironía—, ¿qué cambios sugiere tu mente virginal que se podrían hacer aquí?

—Bueno, para empezar, podríamos mejorar el vestuario.

—¿Qué demonios tiene de malo esa ropa? —gruñó el hombre.

—Ese es el problema… que no llevan ropa —apuntó Kathleen.

—No sé si te has dado cuenta, pero estamos en un burdel —replicó MacDunne con la ceja levantada—. A los clientes les gusta ver la mercancía.

—Pues yo creo que si no mostraran sus encantos de esa manera tan evidente…

—¿Qué quieres decir?

—L'imagination est le meilleur aphrodisiaque —musitó la señora Veillard, que había estado en un rincón observando en silencio—. Me gusta su modo de pensar, petite —dijo a Kathleen, con una sonrisa aprobadora.

Kathleen le devolvió la sonrisa, sin entender muy bien el porqué. «La imaginación es el mejor afrodisíaco». Hablaba francés a la perfección, podía traducir la frase sin problema, pero no entendía lo que significaba el término «afrodisíaco».

—Tengo casi sesenta años y llevo en este negocio más años de los que puedo recordar —continuó diciendo la señora Veillard—.

He sido bailarina, prostituta, alcahueta y he acabado como ama de llaves de este burdel.

En todos estos años he adquirido un amplio conocimiento de la naturaleza humana.

Entiendo a los hombres tan bien como conozco a las mujeres.

Venus nunca quiso escuchar mis consejos, así que ni me molestaba en dárselos.

Pero intuyo que usted es una muchacha más inteligente y que sabe escuchar —sostuvo, con un guiño conspirador.

—¿Qué tiene en mente, señora Veillard? —preguntó la muchacha, intrigada.

—Dar un pequeño giro que haga diferente a este lugar. Londres está desbordado de burdeles y sobrado de putas. El sexo es fácil de encontrar; lo difícil es encontrar sensualidad. Si algo he aprendido de los hombres es que, cuanto más les ocultas, más están dispuestos a pagar para ver.

—Céline, ¿por qué un hombre que acude a un burdel iba a perder el tiempo imaginando lo que puede haber debajo de un trozo de tela cuando puede pagar para verlo? —inquirió MacDunne, sin entender.

Una idea se encendió en la mente de Kathleen.

—¿Y si no pudiera?

—¿Qué quieres decir?

—Que no se dé por sentado que un caballero puede conseguir los favores de una de las chicas por dinero, que sea ella la que pueda decidir.

—En ese caso no acudiría a un burdel.

—Entonces hagamos algo diferente a un simple burdel, pero que igualmente atraiga a los hombres, aunque no puedan conseguir… sexo —dijo Kathleen, ruborizándose al decir la última palabra.

Los tres se quedaron pensativos durante unos segundos.

—¿Y si este lugar ofreciera sensualité en lugar de sexualité?

—propuso la señora Veillard entusiasmada—.

Este podría ser un lugar donde los hombres pudieran relajarse tomando una copa y disfrutando de espectáculos eróticos, algo exclusivo y elegante que se demarcara del resto de establecimientos.

No hablo de vender sexe, hablo de vender fantaisie.

MacDunne guardó silencio, meditando sobre todas aquellas sugerencias.

—Nunca dejará de asombrarme la inteligencia femenina —exclamó al final, mirándolas con admiración—. Creo que esa idea podría funcionar a la perfección, cuanto más exclusivo lo hagamos más atractivo resultará.

A Kathleen le vino a la mente la razón que la había llevado hasta allí. Tenía que abordar el tema de alguna manera, para ir tanteando a sus empleados.

—Creo que necesitaremos alguna chica más para poder realizar estos cambios. ¿Cuál es la edad mínima de las muchachas que trabajan aquí? —inquirió con aparente indiferencia.

Necesitaba tantear si el señor MacDunne podía tener algo que ver con la banda de Julius Brown, o si estaba implicado de alguna manera en la trata de niños tal y como había sugerido el detective Roberts.

No esperaba que aquella pregunta inocente fuera recibida con un profundo silencio cargado de tensión.

—Yo no contrataría a ninguna chica de menos de dieciocho años —contestó MacDunne con seriedad.

Aquella respuesta la sorprendió.

—Pero según han contado las chicas, la mayoría empezó a trabajar con quince o dieciséis años.

—Eso era cosa de Venus. En mi opinión con esas edades no son más que crías que no tienen atractivo sexual —murmuró el hombre encogiéndose de hombros—. Aunque siempre hay gustos para todo —añadió con disgusto.

Kathleen lo miró con fijeza, tratando de discernir si hablaba en serio o no. En verdad parecía sincero. Si era así, tal vez el detective Roberts estuviera equivocado y podía encontrar en él un aliado.

Solo el tiempo lo diría.

***

Tras un par de semanas cerrado por reformas, durante las cuales se redecoró el espacio con un estilo más elegante y discreto, El Jardín reabrió sus puertas convertido en un establecimiento que causó sensación entre los bolsillos más pudientes de Londres.

Pasó a llamarse El Jardín Secreto y, más que un burdel, pronto adquirió fama de exclusivo club donde se celebraban espectáculos eróticos.

No se permitía el acceso a cualquiera, y un mal comportamiento o la infracción de alguna de sus normas suponían la expulsión inmediata.

Para acceder al club se cobraba una entrada que no era barata, y el aforo estaba limitado a cincuenta personas.

Tan solo dos semanas después de su inauguración, el carácter selecto del club lo había convertido en uno de los locales de moda entre los caballeros adinerados de Londres.

El Jardín Secreto consiguió marcar la diferencia al elevar la sensualidad a la categoría de arte. Los espectáculos eróticos se ponían en escena con sumo cuidado, de una forma elegante y provocativa que explotaba la sensualidad sin resultar explícitamente sexual.

Las chicas iban impecables, cuidadosamente arregladas, con vestidos ligeramente más atrevidos que los que podían lucir las damas en un baile convencional.

Llevaban el rostro cubierto por máscaras de terciopelo negro, lo que contribuía a crear un aura de misterio que cautivaba al sexo masculino.

Alternaban con los hombres, conversaban con ellos, bebían en su compañía, bailaban y compartían un rato agradable.

Era como asistir a una velada en cualquier salón elegante, pero sin las restrictivas normas sociales que imperaban en aquella época.

No había temas de conversación prohibidos y se podía flirtear abiertamente sin la atenta mirada de una matrona.

Que la noche terminara allí o continuara en uno de los reservados que ofrecía el club era una decisión exclusiva de las chicas.

Y eso era lo que realmente marcaba la diferencia con el resto.

Las normas de la casa eran muy estrictas:

Primera. Se debía tratar a las chicas con absoluto respeto.

Segunda. Nadie podía quitarles la máscara.

Tercera. Las chicas eran quienes decidían si mantenían relaciones sexuales con los caballeros o no.

Cualquiera que incumpliera alguna de aquellas normas era expulsado de inmediato y se le prohibía la entrada para siempre. Pese a ello, muchos llegaban a ofrecer sumas exorbitadas para conseguir una entrada

Como cada noche desde la reapertura, Kathleen llegó a la biblioteca de El Jardín Secreto, cogió una máscara y se la colocó con cuidado. Después, se contempló un instante en el espejo para comprobar que su imagen era la adecuada.

—Veamos qué depara esta noche —musitó a su reflejo justo antes de salir para ocupar su lugar como Diana.