Capítulo 10
Media hora después, Kathleen todavía se preguntaba cómo demonios había podido acabar metida en semejante lío.
Estaba sentada detrás del hermoso escritorio barroco de la biblioteca, con el rostro cubierto por una sencilla máscara de terciopelo negro que le cubría casi por completo las facciones, y que gracias a Dios disimulaba el intenso rubor que se extendía por sus mejillas.
Ante ella se presentaban diez muchachas de aspecto muy diferente.
Rubias, castañas, pelirrojas y morenas; de la piel más pálida a un cálido tono bronce; voluptuosamente exuberantes o delicadamente delgadas; con la particularidad común de que poseían una belleza exquisita… y de su escandalosa falta de ropa.
Todas lucían primorosos corsés de seda y encaje que realzaban sin recato las curvas femeninas, con un escote indecente por el que, para horror de Kathleen, asomaba más de un pezón, y dejando las piernas al descubierto, embellecidas por delicadas medias.
Las diez chicas, de más o menos su edad, estaban de pie ante el escritorio, mirándola con curiosidad. MacDunne las había convocado a todas para hacer las oportunas presentaciones.
—Chicas, os presento a la nueva propietaria de El Jardín —anunció Connor con una sonrisa ladeada, sin duda adivinando la incomodidad que sentía Kathleen ante tal exhibición de desnudez—. Podéis llamarla Diana —añadió con ironía, en una alusión a la diosa virgen.
Cuando Kathleen lo fulminó con la mirada, su sonrisa se ensanchó. MacDunne se apoltronó con indolencia en el sillón, estirando las piernas y cruzando los brazos detrás de la cabeza, para disfrutar con comodidad del espectáculo.
No se lo estaba poniendo fácil, pero Kathleen ya lo esperaba. Suerte que había impartido clases en la Academia Carlston y sabía cómo manejarse en ese tipo de situaciones en las que debía imponer su autoridad.
Como siempre decía la señora Carlston, la actitud lo era todo. Así que irguió la espalda, alzó el mentón y con voz clara comenzó a hablar.
—Como bien ha dicho mi subordinado —dijo a modo de apertura y sonrió para sus adentros cuando escuchó un gruñido indignado—, soy la nueva propietaria de este establecimiento, y podéis dirigiros a mí como Diana.
Antes de nada, me gustaría conocer vuestros nombres y cualquier cosa que creáis oportuna decirme.
Una rubia alta y de cuerpo escultural, con un atrevido corsé rojo con adornos en encaje negro, dio un paso adelante.
—Mi nombre es Poppy, tengo diecinueve años y llevo tres años trabajando aquí —se presentó con voz firme y serena.
—Yo soy Marigold, tengo dieciocho años y llevo dos años en El Jardín —dijo una morena, más bajita y delgada, vestida de naranja.
Kathleen solo pudo pensar que había comenzado a trabajar allí a los dieciséis años.
Una exuberante pelirroja vestida de rosa fue la siguiente en presentarse.
—Me llamo Rose, tengo diecinueve años y solo llevo tres meses aquí. Creo que soy la última incorporación de El Jardín —añadió con una sonrisa vacilante.
Tenía un rostro tan dulce y vulnerable que Kathleen sintió simpatía por ella al instante.
—Dime, Rose, ¿te gusta trabajar aquí?
La muchacha la miró con los ojos como platos, sorprendida por la pregunta.
—Bueno, yo… —Miró de reojo a MacDunne, nerviosa—. Esto está bien. Es preferible a estar en la calle —añadió con un murmullo apagado.
—Todas preferimos estar aquí que en la calle —afirmó una morena vestida de amarillo—. Siempre es preferible abrirse de piernas que morirse de hambre —alegó con tono agrio.
Kathleen se sintió turbada por el amargo comentario, más aún cuando muchas de las muchachas asintieron conformes.
—¿Cómo te llamas?
—Soy Daffodil, aunque todos me llaman Daffy. Llevo aquí cinco años, desde los quince —aclaró la chica con tono desafiante—, y si quieres saber mi especialidad, doy lecciones de disciplina.
—¿Lecciones de disciplina? —inquirió Kathleen, confundida—. No comprendo a qué te refieres.
Daffodil intercambió una mirada divertida con Poppy antes de responder.
—Hay caballeros a los que les gusta que los castiguen, señorita.
Que una mujer tome las riendas y los trate con mano dura —explicó con una media sonrisa—.
Poppy y yo somos institutrices, como se dice en el oficio.
Bluebell y Daisy prefieren el papel contrario, el de recibir la disciplina —añadió, señalando a dos muchachas, una rubia vestida de azul y la otra pelirroja que iba de blanco, que la miraban con timidez—. El resto hacen lo convencional.
Kathleen tardó un instante en comprender el verdadero sentido de aquellas palabras, y cuando lo hizo, no pudo evitar que el rubor le subiera hasta las orejas.
—Ah. Ya veo —musitó, recomponiendo la compostura con esfuerzo.
Iris, Jasmin, Violet y Dahlia. Las chicas se fueron presentando una a una mientras Kathleen trataba de asimilar toda aquella información. Para una muchacha como ella que había crecido en un ambiente de decoro, hablar de temas sexuales de forma tan abierta resultaba muy perturbador.
—Chicas, ¿estáis seguras de que os gusta trabajar aquí? —insistió Kathleen—, tal vez fuera posible que encontrarais algún otro trabajo.
«Algo más decente», pensó Kathleen. Después de todo, eran tan jóvenes y bonitas que era una pena que no tuvieran más expectativas en la vida.
Marigold la miró azorada.
—¿Es que acaso está pensando en hacer cambios?
—¿Nos va a des… despedir? —preguntó Bluebell balbuceando.
En unos segundos, la biblioteca se convirtió en un gallinero alborotado. Las diez chicas hablaban todas a la vez, algunas llorando a lágrima viva y otras mirándola con rencor.
—Yo no quiero volver a Whitechapel —exclamó Rose en tono lastimero, mientras las otras hacían eco de su lamento.
—No nos puede echar de aquí —gruñó Daffy fulminándola con la mirada.
—Prefiero la muerte antes de volver a las calles —dramatizó Daisy, llevándose el dorso de la mano a la frente.
El gallo del gallinero la miraba divertido, sentado cómodamente en el sillón, con esa sonrisa ladeada que Kathleen estaba empezando a detestar.
—Vaya, tú sí que sabes cómo hacer una presentación.
Kathleen lo ignoró.
—Calma, chicas. Tranquilizaos, no os voy a despedir —aseguró, alzando la voz para hacerse oír entre aquel barullo—. De todas formas, sois jóvenes y bonitas, seguro que podéis aspirar a un empleo mejor.
Un montón de bufidos poco femeninos atajaron su afirmación.
—La mayoría de nosotras venimos de Whitechapel, de familias de clase baja —explicó Daffodil—.
En mi caso, mis padres tuvieron ocho hijos y no ganaban lo suficiente para darnos de comer.
De bien jóvenes nos tuvimos que buscar la vida.
A los trece años conseguí trabajo de doncella en casa de unos señores con dinero.
Yo quería trabajar honradamente, pero el señor se encaprichó conmigo.
Cada noche entraba en mi habitación y me violaba —confesó con voz amarga—.
Hasta que después de un año la señora se enteró.
—¿Y qué hizo? ¿Impidió que te volvieran a maltratar? —preguntó Kathleen, afligida por el relato.
—Oh, vaya que lo impidió. Me echó a la calle por puta.
Kathleen no pudo contener una exclamación ahogada.
Daffodil continuó su relato.
—Con catorce años me vi en la calle. No podía acudir a mi familia, no tenían ni para comer ellos.
Así que acabé trabajando de prostituta en Whitechapel.
Venus me encontró un día y me ofreció este trabajo.
Aquí tengo un techo donde dormir, comida para llenar la tripa, y ropas bonitas con las que vestirme —declaró la muchacha con una sonrisa fugaz.
Señaló hacia las otras chicas—. Todas tenemos historias parecidas.
El Jardín sin duda es la mejor opción para nosotras.
—¿Hasta cuándo? ¿Qué pasará cuando dejéis atrás la juventud? —inquirió Kathleen intentando razonar con ellas—. ¿Lo habéis pensado?
Las muchachas se miraron entre ellas con miradas preocupadas, como si esa pregunta les hubiera rondado por la cabeza más de una vez.
—La que tiene suerte, antes de que llegue ese momento, encuentra a un protector con dinero que siga manteniéndola por unos años más —contestó Poppy con un grácil encogimiento de hombros.
—¿Y la que no?
En la habitación reinó el silencio.
—Esto es un negocio —sentenció con voz dura MacDunne—. Cuando alguien deja de ser rentable se va a la calle —añadió con una mirada de advertencia hacia las chicas, que acabaron bajando la cabeza.
Kathleen había intuido esa respuesta.
Era una vergüenza que su tía hubiera ganado una fortuna a costa de la explotación sexual de chicas como aquellas, y que luego, cuando ya no le habían sido valiosas, se hubiera deshecho de ellas sin más.
Pero sobre todo, lo que más la mortificaba era el hecho de saber que su educación, su nivel de vida, y todo lo que su tía le había dado en los últimos diez años, había sido costeado por aquel prostíbulo.
Tenía que hacer algo.
Pues, gracias al detective Roberts y sus maquinaciones, no tenía más remedio que implicarse en aquel lugar, bien podía buscar alguna manera de mejorar la vida de aquellas chicas.
—Está bien, en cuanto a lo de despediros, os aseguro que no sucederá. Pero lo que sí vamos a hacer es a establecer una serie de cambios.
—¿Cambios? —preguntaron las chicas al unísono.
—¿De qué demonios estás hablando? —masculló MacDunne con el ceño fruncido, incorporándose de su asiento—. Nadie va a hacer ningún cambio. Este lugar funciona bien tal y como está.
—Bueno, como nueva propietaria tengo derecho a hacer ciertas modificaciones en este lugar.
Unos ojos de jade se clavaron en ella de forma aniquiladora, pero Kathleen le sostuvo la mirada sin dejarse amedrentar. Incluso se atrevió a esbozar una sonrisilla retadora.
—Dejadnos solos —atronó MacDunne.
Las muchachas obedecieron al instante y salieron envueltas en una burbuja de cuchicheos y murmullos.
—Señora Veillard, por favor, quédese —invitó Kathleen con una sonrisa provocadora—. Creo que vamos a necesitar un árbitro para esta contienda.
Connor comenzó a hablar en cuanto se cerró la puerta.